CAPÍTULO QUINCE #2
Porque ahora el sueño pertenecía a varias personas .
Y cuando un sueño es colectivo......la responsabilidad también lo es.
Aquello la asustó muchísimo.
Por primera vez entendió lo que sintieron Alejandro y Abel.
La dificultad de intentar construir algo para otros. La dificultad de liderar. Y la dificultad aún mayor de aceptar que no puedes controlar el camino de quienes quieres.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Greta cerró el folleto de golpe y todos la miraron.
—Tengo una pregunta.
—Eso nunca termina bien, murmuró Laia.
—Probablemente no, reconoció Greta.
Después observó a Vicente directamente.
—Si Canadá no existiera...
Silencio.
—¿Harías esto?
La pregunta atravesó la habitación porque eliminaba todas las excusas, todos los escenarios, todos los "sí, pero".
Y dejaba solo una cosa, la verdad.
Vicente tardó varios segundos en responder.
Y cuando finalmente habló......no dudó.
—Sí.
La palabra cayó suavemente pero cambió algo porque ya sabían que no era una cuestión de deseo. Era una cuestión de cómo.
Y eso era completamente diferente.
Gabriela sintió una emoción inesperada……Esperanza porque por primera vez el problema parecía difícil pero no imposible.
Y entonces sucedió algo aún más inesperado.
El teléfono de Greta sonó.
Todos se sobresaltaron porque el sonido rompió la tensión.
Greta miró la pantalla y frunció el ceño.
—Qué raro.
—¿Qué pasa?, preguntó Gabriela.
Greta observó el número confundida.
—Es del Proyecto Horizonte .
Sorpresa total.
—¿Qué?, dijeron todos al mismo tiempo.
Greta respondió. Escuchó. Y poco a poco su expresión fue cambiando.
Primero atención.
Después incredulidad.
Finalmente algo parecido al vértigo.
Cuando colgó, permaneció inmóvil.
Nadie habló.
Nadie respiró apenas.
Hasta que Vicente preguntó:
—¿Qué ha pasado?
Greta levantó lentamente la vista y respondió:
—Creo que el universo acaba de complicarnos la vida.
—Greta.
—Nos han invitado a presentar una propuesta preliminar.
Tensión en el ambiente.
—¿Y?, Preguntó Laia.
Greta tragó saliva.
—La reunión es dentro de diez días.
Una pausa.
Pequeña.
Devastadora.
—En Montreal.
El mundo pareció detenerse.
Montreal estaba en Canadá.
Exactamente en Canadá.
Y de repente el problema ya no era elegir entre dos caminos.
Era descubrir si, de alguna manera imposible...ambos caminos podían ser el mismo.
Nadie habló durante varios segundos. Montreal ya no era una palabra, era una colisión.
Una de esas coincidencias tan improbables que parecen escritas por alguien con demasiado sentido del humor.
—No puede ser, murmuró Laia. Somos manifestadores expertos .
—Esa ha sido exactamente mi reacción, respondió Greta.
—Y después mi segunda reacción.
—¿Cuál?, preguntó Gabriela.
—Pánico.
Las risas aparecieron.
Pequeñas. Nerviosas. Necesarias.
Porque la situación había dejado de ser sólo teórica.
Ahora existía una fecha. Un lugar. Una oportunidad.
Y las oportunidades reales siempre son más aterradoras que los sueños.
Diez días después estaban los cuatro en un avión.
Juntos.
Por primera vez viajando tan lejos pero tan cerca de un sueño.
Llevaban algo más que una aventura. Llevaban una idea. Una idea enorme. Y eso pesaba mucho más que cualquier maleta.
Greta ocupaba el asiento de la ventanilla porque había ganado una apuesta absurda que nadie recordaba haber aceptado.
—Las nubes parecen espuma, dijo.
—Llevas veinte minutos diciendo cosas sobre las nubes, respondió Laia.
—Porque son fascinantes.
—Son agua.
—Agua con narrativa.
Gabriela apoyó la cabeza en el asiento y sonrió porque incluso en medio del nerviosismo seguían siendo ellos y eso ayudaba muchísimo.
Cuando aterrizaron en Montreal sintieron algo extraño.
Una mezcla de emoción y vértigo.
Porque el mundo acababa de hacerse más grande de repente.
La ciudad los recibió con avenidas inmensas, edificios de cristal, idiomas mezclándose en las calles y esa sensación tan particular que producen los lugares nuevos, la de que cualquier cosa podría ocurrir en cualquier momento.
Aquella noche apenas durmieron porque la presentación era al día siguiente y el miedo tiene la mala costumbre de aparecer justo cuando apagas la luz .
Gabriela permaneció despierta mirando el techo del hotel recordando la primera carta de Alejandro.
Recordando a Abel.
Recordando la isla.
Y preguntándose qué pensarían si la vieran ahora.
Probablemente sonreirían.
Y probablemente dirían algo desesperantemente profundo.
La idea la hizo reír.
Y finalmente consiguió dormir.
La mañana siguiente llegó demasiado rápido.
El edificio del Proyecto Horizonte era impresionante. No por el tamaño sino por la energía.
Había jóvenes de todas partes, equipos, ideas, sueños.
Centenares de sueños.
Todos intentando encontrar un lugar.
Gabriela observó el vestíbulo y por primera vez sintió miedo de verdad. No al fracaso. Algo diferente.
Miedo a que aquello funcionara……porque si funcionaba.....todo cambiaría.
Y esa posibilidad resultaba mucho más aterradora de lo que esperaba.
Vicente la observó.
—Estás pensando demasiado.
—Lo sé.
—¿Quieres que te diga algo tranquilizador?
—Por favor.
Vicente señaló el vestíbulo.
—Todos parecen aterrorizados.
Gabriela observó alrededor y tuvo que admitirlo.
Era cierto. Todos. Sin excepción.
Sonrió.
—Extrañamente ayuda.
—Lo sé.
Y entonces ocurrió .
Una mujer apareció junto a ellos. Tendría unos cincuenta años. Mirada inteligente. Gesto amable y tranquilo.
Y esa serenidad extraña que tienen algunas personas cuando llevan años construyendo cosas importantes.
—¿Equipo Asignaturas de la Vida?
Los cuatro se giraron.
—Sí, respondió Gabriela.
La mujer sonrió.
—Llevo semanas esperando conoceros.
Silencio.
Porque ninguno esperaba aquello.
—¿Perdón?, preguntó Laia.
La mujer soltó una pequeña carcajada.
—Vuestra propuesta preliminar llamó mucho la atención.
Gabriela sintió cómo el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Por qué?
La mujer tardó varios segundos en responder como si eligiera cuidadosamente las palabras.
—Porque la mayoría de proyectos intentan resolver problemas.
Una pausa.
—Vosotros intentáis enseñar a las personas a vivir mejor.
El silencio fue absoluto.
Porque aquella frase contenía exactamente lo que habían estado intentando explicar durante meses y por primera vez alguien lo había entendido de verdad.
La mujer continuó.
—Pero necesito haceros una pregunta.
Gabriela tragó saliva intuyendo que era importante. Muy importante.
—¿Cuál?
La mujer la miró directamente y preguntó:
—¿Estáis preparados para que esta historia deje de perteneceros?
El tiempo pareció detenerse porque aquella pregunta atravesó todas las capas superficiales llegando directamente al centro.
Esa era la verdadera cuestión .
No el dinero. No el proyecto. No Montreal.
La verdadera cuestión era otra.
¿Qué ocurre cuando algo que amas crece tanto que deja de ser solo tuyo?
Gabriela sintió un escalofrío por no tener una respuesta. Aún no.
Y comprendió entonces que la siguiente asignatura no iba a tratar sobre viajar. Ni sobre amar. Ni siquiera sobre el miedo.
Iba a tratar sobre aprender a compartir un sueño y sospechaba que sería la más difícil de todas.
La pregunta permaneció flotando en el aire mucho después de que la mujer se marchara.
¿Estáis preparados para que esta historia deje de perteneceros?
La sala de presentaciones estaba llena, más de lo que esperaban. Muchísimo más.
Representantes de fundaciones, Universidades, Organizaciones sociales, Inversores, Educadores, Personas acostumbradas a evaluar ideas y decidir cuáles merecen existir.
Gabriela observó el escenario y sintió cómo el corazón latía con fuerza.
No era miedo escénico. No exactamente. Era algo más profundo.
Porque aquella presentación no hablaba de un proyecto.
Hablaba de Alejandro. De Abel. De todo lo que había ocurrido desde aquella primera carta.
Y de repente comprendió que estaba a punto de compartir algo muy íntimo con completos desconocidos.
Eso daba muchísimo vértigo.
—Todavía podemos salir corriendo, susurró Greta.
—No, respondió Laia.
—Pero agradezco que la opción exista.
Vicente sonrió y entonces les tendió la mano.
Una mano.
Después otra .
Y otra.
Hasta que los cuatro formaron un pequeño círculo.
Como siempre.
Como en el instituto.
Como frente al mar.
Como en cada momento importante.
—Pase lo que pase, dijo Vicente.
—Ya ha merecido la pena.
El silencio fue inmediato porque era profundamente verdad y a veces la verdad es suficiente.
Cuando pronunciaron su nombre, Gabriela fue la primera en subir al escenario.
Las luces parecían más brillantes de lo normal, la sala más grande. el silencio más profundo.
Tomó aire y durante un instante pensó en su padre.
Luego en Abel.
Y finalmente comenzó.
—Hace unos años mi padre me dejó una lista.
Silencio.
Completo.
Porque las historias importantes siempre empiezan de forma sencilla.
—No era una lista de objetivos.
—Ni una lista de éxitos.
—Era una lista de experiencias.
—De preguntas.
—De maneras distintas de mirar la vida.
La sala escuchaba muy atentamente y poco a poco Gabriela dejó de ver un auditorio y empezó a ver personas.
Personas con historias. Personas con pérdidas. Personas con sueños.
Exactamente igual que ella.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Dejó de tener miedo porque comprendió una verdad sencilla.
Aquella historia ya no era solo suya .
Nunca lo había sido.
Porque las mejores historias pertenecen a cualquiera que las necesite.
Cuando terminó de hablar, Greta tomó el relevo.
Después Laia.
Después Vicente.
Y por primera vez Las Asignaturas de la Vida dejaron de parecer un recuerdo y comenzaron a parecer una posibilidad.
Algo real.
Algo capaz de existir fuera de ellos.
Cuando terminaron, la sala permaneció callada.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Y entonces llegaron los aplausos.
Largos.
Sinceros.
Emocionados.
No los aplausos de cortesía.
Los otros.
Los importantes.
Los que aparecen cuando una idea consigue tocar algo humano.
Gabriela sintió un nudo en la garganta comprendiendo que aquello ya era una victoria independientemente de lo que ocurriera después.
La deliberación duró casi una hora, la más larga de sus vidas.