CAPÍTULO QUINCE
Las consecuencias de soñar
Las decisiones tienen una característica curiosa.
Todo el mundo habla del momento en que las tomas pero muy poca gente habla de lo que ocurre después.
Porque decidir es apenas un segundo.
Vivir con la decisión es otra historia.
Una historia mucho más larga.
Y mucho más difícil.
Canadá dejó de ser una posibilidad un lunes por la mañana y se convirtió en una fecha. Una fecha concreta. Una fecha real. Una fecha escrita en un billete de avión.
Vicente se marcharía el 3 de septiembre.
Gabriela lo descubrió mientras observaban la pantalla de su ordenador.
El vuelo. La ciudad. Todo estaba allí. Todo existía y ahora era una realidad, no una simple posibilidad.
Y por primera vez comprendió algo.
Las decisiones importantes no producen dolor cuando las tomas.
Lo producen cuando empiezan a hacerse reales.
—3 de septiembre, murmuró.
Vicente asintió.
—Lo sé.
Silencio.
—Suena menos doloroso cuando lo dices así.
—Ese es precisamente el problema, respondió Gabriela.
Los dos sonrieron pero la sonrisa duró poco porque ambos estaban pensando lo mismo.
El tiempo. Siempre el tiempo.
Aquella noche Gabriela volvió a abrir la libreta.
La nueva. La suya. La del grupo.
Pasó las páginas lentamente .
Las asignaturas, las anotaciones, las ideas, los lugares.
Y entonces encontró una hoja en blanco. Completamente en blanco.
La observó durante varios segundos y una pregunta apareció dentro de ella.
¿Qué haces cuando sabes que algo importante va a terminar?
Porque esa era la verdadera cuestión.
No Canadá. No la distancia. No los kilómetros.
La cuestión era otra.
¿Cómo se ama algo sabiendo que es temporal?
La pregunta permaneció flotando sin una respuesta y precisamente por eso era importante.
Al día siguiente quedó con Arantxa.
Las dos caminaban por el paseo marítimo sin prisa como tantas veces.
—Estás preocupada, dijo su madre.
No fue una pregunta.
Nunca lo era.
Gabriela sonrió.
—¿Tanto se nota?
—Solo desde aproximadamente tres kilómetros.
Las dos rieron y después volvió el silencio.
Hasta que Gabriela habló.
—¿Cómo sabes cuándo merece la pena arriesgarse?
Arantxa tardó varios segundos en responder porque estaba pensando de verdad.
—No lo sabes.
Gabriela frunció el ceño.
—Vaya ayuda.
—Es la verdad, respondió Arantxa.
Observó el mar y continuó.
—Las cosas más importantes de mi vida nunca vinieron acompañadas de garantías.
—¿Por ejemplo?
Arantxa sonrió .
—Casarme con tu padre.
Gabriela bajó la mirada porque seguía siendo capaz de emocionarse cuando alguien hablaba de Alejandro. Incluso ahora. Especialmente ahora.
—¿Tuviste miedo?
Arantxa soltó una carcajada.
—Estaba aterrorizada.
—¿De verdad?
—Por supuesto.
Se detuvo y sonrió.
—Las personas valientes no son las que no tienen miedo.
—¿Entonces?
—Son las que deciden que hay algo más importante que el miedo.
Gabriela permaneció en silencio pues aquella frase encontró inmediatamente un lugar dentro de ella.
Uno de esos lugares donde terminan viviendo las verdades.
Aquella misma tarde recibió un mensaje de Greta.
"Emergencia."
Gabriela respondió inmediatamente.
"¿Qué ha pasado?"
La respuesta llegó diez segundos después.
"He aprobado una clase de baile."
Gabriela cerró los ojos.
"Eso no es una emergencia."
"Para mí sí."
"¿Por qué?"
"Porque ahora tendré que seguir yendo."
Las carcajadas llegaron antes incluso de terminar de leer.
Y de repente comprendió algo.
La vida seguía ocurriendo.
Incluso mientras tenía miedo. Incluso mientras dudaba. Incluso mientras el futuro amenazaba con cambiarlo todo.
La vida seguía avanzando.
Y quizá ésa era precisamente la lección.
Porque nadie espera a sentirse preparado .
Ni el amor. Ni los sueños. Ni el tiempo.
Y mientras observaba el último mensaje de Greta, Gabriela sintió una intuición.
Pequeña pero poderosa.
La verdadera asignatura de aquel verano todavía no había aparecido.
Pero estaba muy cerca.
Y cuando llegara...ya no podrían practicar.
Tendrían que vivirla.
La oportunidad apareció un miércoles.
Como suelen aparecer las cosas que cambian una vida sin avisar, sin prepararte, sin preguntarte si es un buen momento porque nunca lo es.
Greta fue quien envió el mensaje porque las noticias importantes parecían sentirse atraídas por ella o quizá ella por las noticias importantes.
"Reunión urgente."
Gabriela respondió inmediatamente.
"¿Nivel Greta o nivel persona normal?"
La respuesta llegó al instante.
"Nivel Greta."
"Eso no ayuda."
"Precisamente."
Dos horas después estaban los cuatro sentados en la misma cafetería frente al mar.
La de siempre.
La que ya empezaba a parecer una oficina improvisada de la vida.
Greta colocó un folleto sobre la mesa.
—Antes de que nadie diga nada...
Laia suspiró.
—Eso significa que vamos a decir muchas cosas.
—Probablemente, reconoció Greta.
Gabriela tomó el folleto y leyó el título.
PROYECTO HORIZONT E
Jóvenes Creadores Sociales
Frunció el ceño.
—¿Qué es esto?
Greta sonrió.
Aquella sonrisa que siempre anunciaba problemas disfrazados de oportunidades.
—Una locura.
—Lo sabía, murmuró Laia.
Vicente tomó el folleto y comenzó a leer.
Poco a poco su expresión cambió. Primero curiosidad, después sorpresa y finalmente algo parecido a entusiasmo.
—Greta...
—¿Sí?
—Esto es serio.
—Lo sé.
—¿Qué es?, preguntó Gabriela.
Vicente levantó la vista.
—Es un programa internacional.
—¿Y?
—Y buscan proyectos creados por jóvenes que tengan impacto social.
Silencio.
—¿Y?, repitió Greta.
—Y el premio es financiación.
—¿Cuánta?, preguntó Laia.
Vicente volvió a leer y entonces levantó lentamente la vista.
—Mucha.
Greta sonrió porque había llegado exactamente al punto que esperaba.
—¿Y cuál es el problema?, preguntó Gabriela.
Greta señaló la última página.
—Que hay que presentarse en equipo.
Silencio.
Después comprensión .
Porque todos entendieron inmediatamente que aquello no era solo una oportunidad sino una prueba enorme.
—¿Qué tipo de proyecto?, preguntó Laia.
Greta respiró hondo.
Y por primera vez desapareció el humor completamente.
—Creo que deberíamos crear Las Asignaturas de la Vida.
El mundo pareció detenerse porque nadie esperaba aquellas palabras.
Gabriela observó a Greta intentando comprender.
—¿Qué quieres decir?
—Exactamente lo que he dicho.
Greta se inclinó hacia delante.
—Pensadlo.
Su voz sonaba diferente.
—Alejandro ayudó a una persona.
—Abel ayudó a una clase.
—¿Y si nosotros pudiéramos ayudar a cientos?
Silencio.
Porque la idea era hermosa a la vez que aterradora.
—No sabemos hacer algo así, dijo Gabriela.
—Correcto, respondió Greta.
—Esa suele ser una característica habitual de las cosas que merecen la pena. Por eso ya envié un resumen de nuestro proyecto.
Vicente permanecía inmóvil pensando hasta que dijo algo que hizo que el corazón de Gabriela se acelerara.
—Canadá empieza dentro de muy poco.
El silencio cayó sobre la mesa pesado porque allí estaba la primera consecuencia real de un sueño.
Dos caminos, dos futuros, dos posibilidades y ninguna sencilla.
Laia bajó la mirada. Gabriela también.
Por primera vez comprendían algo.
Crecer no consiste en elegir entre lo correcto y lo incorrecto.
Consiste en elegir entre varias cosas importantes y aceptar que no puedes vivir todas las vidas al mismo tiempo.
Greta habló entonces suavemente .
—No quiero que nadie renuncie a nada.
Por primera vez no estaba bromeando, ni exagerando, ni escondiéndose.
—Solo quiero que pensemos si esta historia termina aquí.
Miró a todos a los ojos.
—O si acaba de empezar.
Nadie respondió porque ninguno conocía la respuesta pero mientras observaban aquel folleto sobre la mesa, los cuatro tuvieron exactamente la misma sensación.
La sensación de encontrarse ante una puerta. Una puerta enorme. Una que daba miedo y que precisamente por eso......merecía ser abierta.
La primera discusión llegó tres días después y nadie estaba preparado para ella porque durante mucho tiempo habían confundido amistad con acuerdo sin que sean lo mismo, nunca lo han sido.
Las amistades reales sobreviven precisamente porque permiten el desacuerdo y aquella iba a ser la primera prueba.
Se reunieron en casa de Gabriela.
El salón estaba cubierto de papeles, folletos, cuadernos, mapas, notas y una cantidad preocupante de post-its escritos por Greta.
—¿Por qué hay uno que dice "comprar una cabra"?, preguntó Laia.
Greta lo observó.
—Porque nunca sabes cuándo una idea va a necesitar una cabra.
—Esa no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Las risas aparecieron pero duraron poco porque la realidad seguía allí esperando.
Vicente observaba el folleto del Proyecto Horizonte.
Llevaba varios minutos sin hablar y eso, en Vicente, era una señal evidente.
Gabriela lo notó y también las demás.
Finalmente fue Greta quien disparó.
—Lo estás pensando demasiado.
Vicente levantó la vista.
—Probablemente .
—Definitivamente.
—No quiero abandonar Canadá, dijo finalmente.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire porque nadie quería que lo hiciera ni remotamente.
—Nadie te lo está pidiendo, respondió Gabriela.
Vicente asintió.
—Lo sé.
Pero después añadió algo mucho más complicado.
—Y tampoco quiero perder esto.
El silencio regresó porque allí estaba el verdadero problema.
No se trataba de elegir entre algo bueno y algo malo.
Se trataba de elegir entre dos sueños.
Y eso era infinitamente más difícil.
Laia apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Y si estamos planteándolo mal?
Todos la miraron.
—¿Qué quieres decir?, preguntó Gabriela.
Laia respiró hondo.
—Llevamos tres días actuando como si esto fuera una decisión para siempre.
Nadie respondió porque tenía razón y porque no lo habían visto.
—Canadá son dos años, continuó.
—El proyecto podría durar más.
—O menos, intervino Greta.
—Gracias por tu optimismo.
—Intento aportar equilibrio.
Las sonrisas aparecieron brevemente pero la reflexión de Laia seguía allí.
Gabriela observó el mapa, después la libreta, después a sus amigos.
Y de repente comprendió algo que nunca había tenido que afrontar.
Hasta ahora todos los sueños habían sido personales.
Alejandro. Abel. La isla. Viajar. Conocer. Aprender
Pero esto era diferente.