Infinito Por Infinito CAPÍTULO CATORCE #3
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CAPÍTULO CATORCE #3

—Sigue leyendo.

Gabriela bajó la vista y encontró el último fragmento.

"Si algún día descubres que todo acabó demasiado rápido..."

"Si algún día descubres que había algo que no te conté..."

"necesito que recuerdes una cosa."

Las lágrimas caían sobre el papel.

"Nunca te quise menos."

"Ni un solo día."

"Ni un solo minuto."

"Ni un solo segundo."

Gabriela dejó de leer porque ya no podía, porque comprendía, por fin comprendía.

Alejandro había vivido creyendo una historia incompleta y había cargado durante años con una despedida construida sobre el silencio.

La mujer observó el mar y añadió suavemente:

—Mi hermana murió años después.

Gabriela levantó la vista.

—¿Llegó a saber que él fue feliz?

La mujer sonrió y las lágrimas aparecieron también en sus ojos.

—Sí.

Una pausa.

Pequeña.

Hermosa.

—Y esa fue la única noticia que siempre quiso recibir.

El silencio que siguió fue inmenso porque algunas historias no terminan con respuestas. Terminan con comprensión.

Y mientras observaba aquella carta, Gabriela sintió que acababa de descubrir algo mucho más importante que un secreto .

Había descubierto que incluso las grandes historias de amor están llenas de errores. De silencios. De decisiones equivocadas.

Y aun así.....

siguen siendo amor.

El camino de regreso fue silencioso. No incómodo. No triste. Simplemente silencioso. Como si las palabras necesitaran tiempo para encontrar su lugar.

Gabriela caminó hasta casa con la carta cuidadosamente guardada dentro de la mochila.

Y durante todo el trayecto no dejó de pensar en una idea.

Carolina había amado.

Alejandro había amado.

Y ambos habían tomado decisiones equivocadas intentando proteger a la otra persona.

Aquello la perseguía por ser profundamente humano y profundamente triste.

Demostraba que incluso el amor más sincero puede equivocarse.

Cuando llegó a casa encontró a Arantxa leyendo en el salón.

—¿Qué tal ha ido?, preguntó.

Gabriela se sentó a su lado y durante casi una hora le contó toda la historia.

La llamada.

La hermana de Carolina.

La enfermedad.

La despedida.

La carta.

Arantxa escuchó sin interrumpir entendiendo que la historia necesitaba espacio.

Cuando terminó, ambas permanecieron en silencio hasta que Arantxa habló.

—Tu padre habría querido saberlo, Gabriela asintió.

—Lo sé.

Y por primera vez sintió algo inesperado.

Paz.

Porque aquella verdad no destruía la historia de Alejandro .

La completaba.

La hacía más humana.

Más imperfecta.

Más real.

Aquella noche subió a su habitación.

Abrió la caja.

La misma caja.

La que había iniciado todo.

Y guardó la carta junto a las demás.

Historias distintas y sin embargo conectadas por algo invisible.

El amor.

Justo cuando iba a cerrar la tapa observó algo.

Un pequeño papel doblado escondido entre dos fotografías.

No recordaba haberlo visto antes.

Lo tomó y reconoció inmediatamente la letra.

Alejandro.

Desplegó lentamente la hoja.

Parecía una anotación rápida.

No una carta.

No un mensaje preparado.

Solo un pensamiento escrito.

Una reflexión privada.

Una conversación consigo mismo.

Comenzó a leer.

"Llegué a conocer la verdad sobre Carolina y le pedía a su hermana que te la contara ella."

Gabriela dejó de respirar comprendiendo inmediatamente lo que significaba.

Aquello había sido escrito después.

Mucho después.

Muchos años después.

Siguió leyendo.

Tardé muchos años en descubrir algo que habría cambiado mi vida."

El corazón comenzó a acelerarse.

"Y sin embargo no sentí rabia. "

Gabriela frunció el ceño pues ésa no era la reacción que esperaba ni remotamente.

"Intenté sentirla."

"De verdad."

"Pero no apareció."

El silencio llenó la habitación ya que aquella respuesta parecía imposible después de tantos años. Después de tanto dolor. Después de tanto tiempo.

¿Cómo no sentir rabia?

La siguiente frase respondió.

"Porque el perdón se vuelve sencillo cuando entiendes el miedo de la otra persona."

Las lágrimas aparecieron inmediatamente porque la frase era hermosa y porque era verdad. Pura verdad.

Alejandro continuaba.

“ Carolina tomó una mala decisión pero no nació de la crueldad."

"Nació del amor y eso cambia las cosas."

Gabriela permaneció inmóvil. De repente estaba pensando en todas las personas a las que nunca había perdonado del todo.

Y en todas las veces que había juzgado una acción sin comprender el miedo que había detrás.

La anotación continuaba.

"Con los años he descubierto algo extraño."

"Las personas solemos hacer daño por tres motivos."

"Por maldad."

"Por egoísmo."

"O por miedo."

"Y el miedo es, con diferencia, el más frecuente."

La habitación parecía completamente silenciosa como si incluso el tiempo estuviera escuchando.

"No justifico las heridas."

"Pero comprenderlas ayuda a que dejen de gobernarte.

Y te hacen comprender que todo pasa perfecto, que la vida tiene un plan perfecto .

Y el mío era el haber podido conocer después al gran amor de mi vida que fue, es y siempre será tu madre Arantxa."

Gabriela sintió un escalofrío porque aquella frase no hablaba  de Carolina.

Ni siquiera hablaba de Alejandro.

Hablaba de todos.

De ella.

De Vicente.

De Abel.

De cualquier ser humano que hubiera sufrido alguna vez.

Y entonces llegó la última parte.

La más sencilla y a la vez más poderosa.

"Si alguna vez descubres una verdad que cambia tu pasado..."

"no te preguntes quién tuvo la culpa."

"Pregúntate qué puedes aprender."

Gabriela cerró lentamente los ojos porque ahora lo comprendía.

El perdón no consiste en olvidar. Ni en justificar. Ni en fingir que nada ocurrió.

Consiste en dejar de vivir encadenado a una herida.

Y aquella diferencia era la clave.

Cuando volvió a abrir los ojos observó las cartas sobre la cama.

Las historias.

Los recuerdos.

Las personas que habían construido su vida.

Y sintió alivio y gratitud.

Por Alejandro.

Por Carolina.

Por Abel.

Por todos.

Porque incluso sus errores habían terminado enseñándole algo.

Y mientras guardaba cuidadosamente la nota en la caja, una nueva certeza apareció dentro de ella.

La asignatura de viajar sola seguía esperándola.

La isla seguía allí.

El mapa seguía abierto .

Y por primera vez comprendió que aquel viaje no trataba de escapar.

Trataba de encontrarse.

Y quizá ya estaba preparada para empezar.

El puerto olía a sal.

Y a despedidas. Siempre olía un poco a despedidas.

Porque los puertos son lugares extraños. Lugares donde algunas personas llegan. Y otras se marchan. A veces el mismo día. A veces en el mismo barco.

Gabriela observó el ferry mientras esperaba para embarcar.

Y por primera vez sintió el peso real de lo que estaba haciendo.

Ya no era una idea,  no era una asignatura escrita en una libreta,  no era una conversación junto al mar.

Era real.

Estaba allí.

Con una mochila.

Un billete.

Y ningún plan.

Exactamente como temía.

Exactamente como necesitaba.

Tomó el móvil y encontró tres mensajes.

El primero era de Laia.

"No hables con desconocidos peligrosos."

El segundo de Greta.

"Habla con desconocidos peligrosos. Son los que tienen mejores historias."

Gabriela sonrió y abrió el tercero.

Era de Vicente.

"No demuestres que puedes hacerlo."

"Descubre que ya podías."

El corazón se encogió ligeramente pensando que aquella frase era hermosa  porque sabía exactamente lo que significaba.

Guardó el móvil. y subió al barco.

Durante la travesía permaneció en cubierta.

Observando. Pensando. Respirando .

Y poco a poco ocurrió algo curioso.

El miedo empezó a transformarse.

No desapareció.

Simplemente cambió de forma.

Como una tormenta que deja de amenazar y empieza a empujar.

Dos horas después divisó la isla.

Pequeña, rocosa, hermosa, aislada.

Como un secreto perdido en mitad del agua.

Cuando desembarcó sintió una emoción inesperada.

Orgullo.

No un orgullo ruidoso. No arrogancia. Algo mucho más sencillo.

La satisfacción silenciosa de haber hecho algo que creía imposible.

Y apenas acababa de empezar.

La isla era pequeña, tanto que podía recorrerse caminando.

Había unas pocas casas.

Un faro.

Una plaza.

Y una cafetería frente al mar.

Gabriela sonrió porque al parecer el universo insistía en resolver las cosas con cafeterías.

Caminó durante horas. Sin rumbo. Sin objetivo. Aprendiendo a estar sola.

Y descubriendo algo sorprendente. No estaba sola. Nunca lo había estado.

Porque llevaba a Alejandro. A Abel. A Vicente. A Arantxa. A Greta. A Laia. Dentro.

Como había dicho tantas veces Alejandro.

Al caer la tarde llegó al faro, el punto más alto de la isla, y allí encontró a alguien.

Un anciano.

Sentado frente al horizonte.

Completamente inmóvil.

Como si llevara años observando el mar.

Quizá los llevaba.

Gabriela dudó .

Pensó en seguir caminando.

Y entonces recordó una asignatura.

Escucha una vida que jamás habrías escuchado.

Sonrió amablemente y se acercó.

—Buenas tardes.

El hombre levantó la vista y respondió con voz tranquila.

—Buenas tardes.

Hubo unos segundos de silencio.

Después Gabriela señaló el mar.

—Es bonito.

El anciano soltó una pequeña carcajada.

—Esa es una forma elegante de empezar una conversación cuando no sabes qué decir.

Gabriela se echó a reír.

—Me ha descubierto.

—Tengo experiencia, respondió él.

—Llevo noventa años observando personas.

Gabriela parpadeó.

—¿Noventa?

—Noventa y dos el mes que viene y a mi espalda le gusta recordármelo.

Las risas aparecieron inmediatamente.

Algo en aquel hombre transmitía una calma especial.

Una calma construida durante décadas.

Se sentó a su lado y durante unos minutos contemplaron el mar sin hablar hasta que el anciano preguntó:

—¿Qué te trae a una isla como ésta?

Gabriela pensó la respuesta.

—Estoy intentando aprender algo.

El hombre sonrió como si aquella respuesta le gustara.

—¿Cómo qué?

Gabriela observó el mar y dijo la verdad.

—Cómo dejar de tener miedo .

El anciano permaneció en silencio largo rato para después regalarle una sonrisa triste pero hermosa.

—Entonces has venido al lugar adecuado.

Gabriela frunció el ceño.

—¿Por qué?

El hombre observó a lo lejos como si estuviera mirando otra época, contemplando otra vida.

Y entonces respondió:

—Porque yo pasé media vida huyendo del mío.