Infinito Por Infinito CAPÍTULO CATORCE #2
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CAPÍTULO CATORCE #2

Porque las personas importantes desaparecen pero las enseñanzas permanecen.

Cuando comenzaron a recoger las cosas, algo cayó de la libreta.

Un papel doblado, pequeño y amarillento.

Gabriela lo observó confundida.

—¿Eso estaba ahí?

Vicente negó.

Laia también.

Greta ya estaba intentando abrirlo.

—Greta.

—¿Qué?

—A veces das miedo.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo acepto igualmente.

Las risas aparecieron pero desaparecieron cuando desplegaron la hoja porque reconocieron inmediatamente la letra.

Abel.

Otra vez Abel .

El corazón de Gabriela comenzó a acelerarse porque ya no parecía casualidad. La nota estaba escondida exactamente en el lugar donde ella había escrito su asignatura.

Las primeras palabras la dejaron inmóvil.

"Si estás leyendo esto, probablemente acabas de elegir una asignatura que te asusta."

Gabriela dejó de respirar un instante ya que era exactamente lo que acababa de ocurrir. Exactamente.

Continuó leyendo.

"Si es así, me alegro."

Greta sonrió inmediatamente.

—Eso es muy Abel.

Gabriela siguió.

"Las asignaturas fáciles entretienen."

"Las difíciles transforman."

El viento agitó ligeramente el papel y durante unos segundos solo se escuchó el mar.

"Existe un error que casi todo el mundo comete."

"Confundir seguridad con libertad."

Gabriela sintió un nudo en el estómago pues la frase parecía dirigida directamente a ella.

"La seguridad consiste en permanecer donde todo es conocido."

"La libertad consiste en descubrir que puedes sobrevivir fuera de ese lugar."

Las palabras golpearon con fuerza. Hablaban exactamente de su miedo. Del viaje sola. De la incertidumbre. De todo aquello que llevaba años evitando.

Y entonces llegó la última parte.

"Si alguna vez dudas entre crecer o quedarte donde estás..."

"elige crecer. "

"Tendrás miedo igualmente."

"Pero al menos el miedo te llevará a algún sitio."

Gabriela bajó lentamente la hoja y permaneció en silencio porque algo dentro de ella acababa de moverse.

Algo importante. Algo que llevaba demasiado tiempo dormido.

Vicente la observó.

—¿En qué piensas?

Gabriela tardó varios segundos en responder.

Miró el mapa. La libreta. Las cinco asignaturas.

Y después el horizonte. Ese que parecía llamarla desde hacía meses.

Finalmente sonrió. Una sonrisa pequeña pero decidida.

—Creo que ya sé cuál será la primera.

—¿Cuál?, preguntó Greta.

Gabriela tomó el mapa y señaló un punto rojo.

Una pequeña isla.

La más lejana. La más difícil. La que estaba completamente sola en medio del mar.

Y por primera vez desde la muerte de Alejandro sintió exactamente la misma emoción que había sentido cuando abrió la primera carta.

No miedo.

No tristeza.

Expectativa.

La sensación de que algo extraordinario estaba a punto de comenzar.

Y quizá lo estaba.

La decisión parecía sencilla hasta que llegó la noche.

Porque las decisiones importantes siempre son valientes por la tarde y aterradoras cuando intentas dormir.

Gabriela estaba tumbada en la cama sin poder conciliar el sueño.

El mapa permanecía abierto sobre el escritorio y la isla marcada con un círculo rojo.

Su asignatura.

Pierde el miedo a caminar sola .

Seis palabras.

Solo seis.

Y sin embargo parecían contener un universo entero.

No hablaban realmente de viajar.

Hablaban de confiar. De avanzar sin garantías. De descubrir quién era cuando nadie la sostenía.

Y eso daba miedo. Mucho miedo.

Más del que quería admitir.

Tomó el móvil y abrió la conversación con Vicente.

Escribió un mensaje. Lo borró. Escribió otro. Lo volvió a corregir.

Finalmente escribió:

"Creo que me estoy arrepintiendo."

La respuesta llegó menos de un minuto después.

"Perfecto."

Gabriela frunció el ceño.

"¿Perfecto?"

"Sí."

"Las asignaturas importantes siempre dan ganas de escapar."

Gabriela sonrió pues le sonaba sospechosamente a Abel.

"Estás empezando a dar miedo."

"Lo tomo como un cumplido."

"No lo era."

"Lo acepto igualmente."

Gabriela soltó una carcajada y durante unos segundos el miedo retrocedió.

Solo unos segundos.

Porque entonces sonó el teléfono.

Un número desconocido.

Frunció el ceño.

Dudó.

Y finalmente respondió.

—¿Sí?

Al otro lado apareció una voz de mujer.

Una voz adulta .

Serena.

Desconocida.

—¿Gabriela?

—Sí.

Hubo una pequeña pausa.

Como si la mujer estuviera reuniendo valor.

—No sé si esta llamada tiene sentido.

—Perdone, ¿quién es?

Silencio.

Breve.

Tenso.

Y entonces llegó la respuesta.

—Me llamo Eva Navarro, soy la hermana de Carolina.

El corazón de Gabriela dejó de latir por un instante.

Porque conocía aquel nombre perfectamente.

Carolina.

La mujer de la carta.

El primer amor de Alejandro.

Gabriela se incorporó de golpe.

El mundo comenzó a girar demasiado deprisa.

—¿Qué ha dicho?

La respiración se volvió irregular.

Confusa.

Imposible.

Porque aquello no podía estar ocurriendo.

Simplemente no podía.

La voz permaneció en silencio unos segundos.

Y cuando volvió a hablar sonó triste.

Profundamente triste.

—Creo que tu padre cometió un error.

Gabriela sintió un escalofrío recorrerle todo el cuerpo.

—No entiendo.

—Lo sé.

La mujer respiró hondo.

—Porque la historia que te contó no era exactamente cierta .

Silencio.

Completo.

Porque algunas frases tienen la capacidad de cambiar una vida.

Y aquella acababa de hacerlo.

Y precisamente por eso resultó aún más inquietante.

El corazón golpeó con fuerza porque aquella posibilidad ni siquiera había existido en su mente.

Ni una sola vez.

La mujer continuó.

—Tengo algo de mi hermana y tu padre que deberías tener tú.

—¿Algo?

—Sí.

Otra pausa.

Lenta.

Pesada.

Como si cada palabra exigiera esfuerzo.

—Una carta que tu padre escribió.

Gabriela cerró los ojos intuyendo lo que venía y porque una parte de ella ya sabía que aquella llamada no era casual.

No podía serlo.

—¿Qué decía?

La respuesta llegó muy despacio como una gota cayendo en un charco.

Era una despedida.

El aire desapareció de la habitación.

Ya no era una coincidencia.

Ya no era una historia antigua.

Ya no era el pasado.

Era algo que acababa de regresar.

La mujer continuó.

—Hay algo sobre tu padre que mereces saber.

Gabriela apretó el teléfono con fuerza, muchísima fuerza, porque una intuición imposible comenzaba a formarse.

Una que no entendía pero que estaba allí esperando.

Y mientras escuchaba aquella voz desconocida comprendió algo .

El viaje a la isla iba a tener que esperar ya que acababa de aparecer una nueva asignatura.

Una que nadie había escrito.

Una que nadie había previsto.

La asignatura de descubrir quién fue realmente Alejandro.

Y por primera vez en mucho tiempo.....

Gabriela no tenía ni idea de cuál sería la respuesta.

Gabriela apenas durmió aquella noche.

Y cuando finalmente consiguió cerrar los ojos, los sueños llegaron fragmentados. Incompletos. Confusos. Como piezas de un rompecabezas que todavía no encajaban.

Carolina.

La carta.

La llamada.

La voz de aquella mujer.

Y sobre todo una pregunta.

Una pregunta imposible.

¿Por qué aparecía todo esto ahora?

A las diez de la mañana llegó al lugar acordado.

Una cafetería pequeña y tranquila en el Paseo marítimo.

Porque, al parecer, las conversaciones importantes siempre terminaban encontrándola cerca del agua.

Una mujer estaba allí sentada junto a una ventana.

Y cuando Gabriela la vio sintió algo extraño.

No porque se pareciera a Carolina a la que sólo había visto en foto.

Era porque se parecía un poco a Alejandro. No físicamente. En la mirada. En la calma. En cierta melancolía serena.

La mujer se puso en pie.

—Gabriela.

—Sí.

—Gracias por venir.

Gabriela asintió.

Y ambas se sentaron.

Durante unos segundos ninguna habló .

Porque las dos sabían que estaban entrando en un territorio delicado.

Muy delicado.

Finalmente la mujer sacó un sobre.

Antiguo pero cuidadosamente conservado.

Y lo colocó sobre la mesa.

—Esta es la carta.

Gabriela observó el papel.

Y reconoció inmediatamente la letra.

Alejandro.

Otra vez Alejandro.

Siempre Alejandro.

—¿Por qué la guardó su hermana?

La mujer sonrió tristemente y esa sonrisa era un misterio en sí misma.

Gabriela tomó aire y abrió el sobre.

Las manos le temblaban ligeramente.

Mucho más de lo que quería admitir.

Comenzó a leer.

"Querida Carolina."

El corazón golpeó con fuerza.

"Si estás leyendo esto significa que finalmente he reunido el valor para decir algo que llevo tiempo callando."

Gabriela frunció el ceño porque algo no encajaba.

Nada encajaba.

Continuó leyendo.

"Sé que dentro de unos meses te marcharás."

El mundo pareció detenerse por completo.

"Y sé que probablemente nunca volveremos a vernos."

Gabriela levantó la vista.

La mujer la observaba en silencio como si esperara exactamente aquella reacción.

La voz apenas salió.

—¿Entonces qué pasó?

La mujer bajó la mirada .

Y por primera vez pareció más joven y vulnerable.

—Mi hermana estaba enferma.

Gabriela permaneció inmóvil.

—¿Enferma?

—Sí.

La mujer respiró hondo.

—Tenía una enfermedad degenerativa muy grave.

El corazón de Gabriela comenzó a acelerarse porque ya intuía el resto y no quería tener razón.

—Los médicos le dijeron que con el tiempo perdería autonomía.

Que necesitaría ayuda constante.

Que gran parte de la vida que había imaginado desaparecería.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de la mujer.

—Y ella tomó una decisión.

Gabriela sintió un nudo en la garganta porque podía ver a aquella Carolina, joven, asustada, valiente intentando decidir entre dos imposibles.

—Dejó a tu padre.

La frase quedó suspendida en el aire.

—¿Por qué?

La pregunta salió inmediata e instintivamente.

Porque no tenía sentido si se querían...

—Porque lo amaba.

La respuesta llegó sin vacilar y precisamente por eso resultó devastadora.

—Creyó que le estaba regalando una vida mejor.

Gabriela cerró los ojos entendiendo ahora el razonamiento y también el error,  el terrible error.

La mujer continuó.

—Le dijo que había dejado de quererlo.

—¿Mintió?

—Sí.

—¿Y él la creyó?

—Sí .

Las lágrimas comenzaron a descender lentamente por las mejillas de Gabriela.

Estaba pensando en Alejandro. En aquel Alejandro joven convencido de que había sido abandonado, de que el amor había terminado, sin saber que la verdad era exactamente la contraria.

La mujer señaló la carta.