CAPÍTULO CATORCE
El mapa de lo que importa
Hay un momento en la vida en que dejas de buscar quién quieres ser y empiezas a preguntarte quién estás siendo.
La diferencia parece pequeña pero cambia absolutamente todo.
La primera pregunta mira hacia el futuro y la segunda te obliga a mirar el presente.
El verano llegó despacio sin hacer ruido ni pedir permiso.
Las clases terminaron. Los exámenes quedaron atrás. Y el instituto comenzó a vaciarse.
Los pasillos. Las aulas. Los recreos. Todo parecía pertenecer ya a otra vida.
Gabriela lo notó una mañana mientras guardaba unos libros en una caja. Había pasado meses creyendo que el final de curso sería una meta y ahora descubría que era otra cosa.
Una frontera donde terminaba una versión de sí misma para comenzar otra.
Sobre la mesa descansaba la libreta de las clases de Abel.
La misma.
La del último día.
La abrió y volvió a leer la pregunta.
¿Qué vais a hacer con el tiempo que os queda?
Aquella frase se había convertido en una especie de compañero silencioso que la acompañaba en todas partes. Mientras caminaba. Mientras leía. Mientras pensaba. Incluso cuando intentaba olvidarla.
Porque las mejores preguntas funcionan así.
No desaparecen, te transforman.
Aquella tarde quedó con Vicente en su lugar. El banco frente al mar. El horizonte. Las olas.
Algunas cosas cambian y otras permanecen .
Vicente llegó unos minutos después portando una mochila y una expresión sospechosamente optimista.
—Eso me preocupa, dijo Gabriela.
—¿Qué?
—Tu cara.
—Mi cara es excelente.
—Precisamente por eso.
Vicente sonrió y se sentó a su lado.
—Tengo una idea.
Gabriela cerró los ojos.
—¿Por qué todo el mundo tiene ideas últimamente?
—Porque crecimos con Abel.
—Buen argumento.
Vicente abrió la mochila y sacó algo.
Un mapa. Era grande y parecía antiguo. Estaba lleno de anotaciones.
Gabriela lo observó algo confundida.
—¿Qué es esto?
Vicente extendió el papel y señaló varios puntos marcados con rotulador rojo.
—Nuestro próximo curso.
Silencio.
Después una sonrisa.
Porque empezaba a entender y porque ya sabía que iba a gustarle mucho la idea.
—Explícate.
Vicente señaló el primer punto.
—Recuerdas lo que dijo Abel.
—¿Cuál de las siete mil cosas?
—La de crear nuestras propias asignaturas.
Gabriela asintió. Claro que la recordaba. Llevaba días pensando en ella.
—Bien.
Vicente respiró hondo y sonrió.
—Creo que las asignaturas necesitan escenarios .
—Sigo sin entender nada.
—Perfecto.
—Vicente.
—Voy.
Señaló el mapa.
—Cada uno va a elegir cinco asignaturas nuevas.
—¿Cinco?
—Cinco.
—¿Y después?
—Después iremos a cumplirlas.
Gabriela permaneció inmóvil porque aquello era exactamente el tipo de locura que Alejandro habría aprobado y exactamente el tipo de plan que Abel habría celebrado.
—¿Dónde?
Vicente señaló los puntos marcados.
Un faro.
Una montaña.
Un pequeño pueblo.
Un bosque.
Una isla.
Cinco lugares.
Cinco historias esperando.
Cinco oportunidades.
Y entonces Gabriela comprendió algo.
Por primera vez la lista ya no pertenecía al pasado.
No hablaba de Alejandro.
No hablaba de Abel.
Hablaba del futuro.
De ellos.
Y de todo lo que todavía estaba por ocurrir.
—¿Y las demás personas saben esto?
Vicente sonrió de manera peligrosamente tranquila.
—Greta ya está preparando una mochila.
Gabriela soltó una carcajada.
—Eso significa que estamos perdidos .
—Completamente.
—¿Y Laia?
—Laia está elaborando una lista de razones por las que no deberíamos hacerlo.
—¿Y?
—Va por la número cuarenta y tres.
Las risas resonaron en el ambiente y durante unos segundos todo pareció sencillo. Ligero y posible.
Entonces Gabriela volvió a mirar el mapa y una emoción nueva apareció dentro de ella. Una emoción que no sentía desde hacía mucho tiempo. Aventura. Pura aventura.
Porque por primera vez en su vida no estaba intentando recuperarse de algo No estaba intentando sobrevivir. No estaba intentando volver a ser quien era.
Estaba avanzando. Simplemente avanzando.
Y mientras observaba el mar comprendió algo.
Quizá crecer no consiste en dejar atrás a las personas que te enseñaron. Consiste en llevarlas contigo mientras exploras territorios nuevos.
Y por primera vez el futuro dejó de parecer una pregunta para empezar a parecer una invitación.
Greta llegó exactamente doce minutos antes de la hora acordada lo que resultaba inquietante.
—Esto confirma mi teoría, dijo Laia.
—¿Cuál?, preguntó Gabriela.
—Que algo va mal.
—Gracias por la confianza, respondió Greta.
—No es confianza.
—¿Entonces?
—Es estadística.
Las risas aparecieron inmediatamente y con ellas esa sensación familiar, la de estar exactamente donde debías estar.
Los cuatro estaban sentados sobre una manta en la playa frente a las olas con el mapa extendido entre ellos y una libreta nueva.
Una libreta completamente vacía .
La primera libreta que no pertenecía ni a Alejandro ni a Abel.
La primera que les pertenecía solo a ellos.
Durante unos segundos nadie escribió nada comprendiendo la importancia del momento.
Aquella libreta era un comienzo.
Y los comienzos siempre tienen algo de sagrado.
Finalmente Vicente tomó el bolígrafo y escribió en la primera página:
LAS NUEVAS ASIGNATURAS
Greta observó el título.
—Suena increíblemente serio.
—Es un cuaderno, dijo Laia.
—Precisamente.
Gabriela sonrió imaginando a Abel disfrutando de aquella conversación y probablemente tomando notas.
—Vale, dijo Vicente.
—Primera pregunta.
Los tres levantaron la vista.
—¿Qué queremos aprender?
El silencio apareció. Aquella pregunta era mucho más difícil de lo que parecía.
No se refería a qué querían hacer sino a aprender, a quienes querían llegar a ser lo cual cambiaba completamente las cosas.
La primera en responder fue Laia para sorpresa de todos.
—Quiero aprender a decir que no.
Silencio seguido después de comprensión.
Era una respuesta perfecta y profundamente personal y valiente.
Vicente escribió:
Aprende a decir que no sin sentirte culpable.
Greta observó la frase y asintió.
—Me gusta .
—¿La siguiente?, preguntó Gabriela.
Greta sonrió con su sonrisa de las ocurrencias.
—Quiero aprender a hacer algo en lo que sea terrible.
—Eso no tiene sentido, dijo Laia.
—Claro que sí.
Greta se encogió de hombros.
—Toda mi vida he intentado parecer competente.
La sinceridad sorprendió a todos además de a ella misma.
—Y creo que sería bueno hacer algo horrible.
—¿Como qué?, preguntó Vicente.
—No sé.
Pensó unos segundos.
—Bailar.
Las carcajadas fueron inmediatas porque todos habían visto bailar a Greta entendiendo perfectamente el riesgo.
Vicente escribió:
Atrévete a ser principiante.
Gabriela observó la lista para comprender que aquellas asignaturas eran diferentes. Mucho más personales. Mucho más auténticas
Ya no nacían de sueños.
Nacían de heridas.
Y de deseos.
Y de verdades.
Cuando llegó su turno permaneció callada durante bastante tiempo hasta que finalmente habló.
—Quiero viajar sola.
El grupo quedó inmóvil sorprendido al escucharlo.
Nunca lo había pensado conscientemente hasta ese instante.
—¿Sola?, preguntó Vicente.
Gabriela asintió y sintió inmediatamente algo.
Miedo. Un miedo inesperado. Profundo.
Era así porque comprendió que aquella asignatura escondía algo más. Mucho más .
No hablaba de viajar. Hablaba de independencia. De confianza. De descubrir quién era cuando nadie la conocía. Cuando nadie podía ayudarla. Cuando nadie podía rescatarla.
Y de repente supo que aquella sería la más difícil.
Con diferencia.
Vicente escribió:
Pierde el miedo a caminar sola.
Gabriela observó la frase sintiendo un escalofrío.
Después todos miraron a Vicente esperando.
Él sonrió y tardó más de un minuto en responder.
—Quiero aprender a confiar en que las cosas buenas pueden durar.
Nadie habló por saber inmediatamente de dónde venía aquella respuesta.
Lucía. La pérdida. El miedo. Y también Gabriela. Mucho Gabriela.
Vicente bajó la mirada y añadió:
—Creo que todavía estoy aprendiendo.
Gabriela le apretó suavemente la mano y él sonrió mientras la miraba.
Luego escribió:
Aprende a no vivir esperando el final.
La lista empezaba a llenarse y buscaban entonces otra asignatura pero no encontraban una idea.
Hasta que Greta señaló el horizonte y dijo algo que los dejó en silencio.
—Creo que esta asignatura debería darnos miedo a todos.
Nadie respondió porque tenía razón. Las mejores asignaturas siempre daban miedo.
Y mientras el sol descendía lentamente sobre el mar, los cuatro comenzaron a debatir cuál sería y sin saber que esa decisión terminaría llevándolos mucho más lejos de lo que cualquiera de ellos podía imaginar .
El debate duró más de una hora lo cual ya era una señal porque las decisiones importantes rara vez llegan deprisa.
Llegan después de muchas dudas. De muchas preguntas. Y de varios intentos fallidos.
Greta propuso saltar en paracaídas.
La propuesta fue rechazada inmediatamente.
—Eso no es una asignatura, dijo Laia.
—Es una negligencia organizada.
Vicente propuso aprender un idioma nuevo.
—Demasiado útil, respondió Greta.
—Las mejores asignaturas tienen que parecer malas ideas al principio.
—Esa es probablemente la definición más peligrosa que he escuchado nunca, murmuró Gabriela.
Finalmente se quedaron en silencio observando la inmensidad del océano hasta que Laia habló muy despacio.
—Creo que ya la tengo.
Todos levantaron la vista esperando.
Laia respiró hondo y dijo:
—Conoce la historia de alguien que normalmente nunca escucharías.
Silencio.
Completo.
Porque la frase tenía algo especial.
Algo importante.
No hablaba de aventuras.
No hablaba de lugares.
Hablaba de personas.
Y eso la hacía diferente.
Mucho más profunda.
Vicente fue el primero en sonreír.
—Esa es buena.
Greta asintió.
—Mucho .
Gabriela sintió un pequeño escalofrío porque aquella asignatura parecía contener todas las demás.
Viajar. Escuchar. Aprender. Comprender.
Todo.
Vicente escribió lentamente la última línea.
Escucha una vida que jamás habrías escuchado.
Y cuando terminó, los cuatro permanecieron observando la página.
Las cinco asignaturas.
Su lista.
La primera completamente suya.
Sin Alejandro.
Sin Abel.
Y, sin embargo, llena de ambos.