CAPÍTULO TRECE #4
Nadie habló durante mucho tiempo pues algunas historias necesitan silencio para terminar de entrar en el corazón y por primera vez desde que había comenzado aquella búsqueda, Gabriela comprendió el verdadero motivo.
Abel no les había dejado pistas.
No les había dejado un juego.
Ni siquiera una aventura.
Les había dejado un espejo para que vieran en quiénes estaban empezando a convertirse.
Y mientras observaba a sus amigos sintió una certeza tranquila.
Quizá ese era el verdadero día después.
No el día después de perder a alguien sino el día después de comprender lo que te dejó.
Y algunas personas dejan tanto......que continúan enseñándote incluso cuando ya no están .
Durante varios minutos nadie se movió.
La carta de Abel seguía abierta sobre la mesa.
El aula permanecía en silencio.
Y el sol comenzaba a teñir de naranja las paredes como si el propio tiempo hubiera decidido avanzar más despacio.
Fue Greta quien volvió a la realidad como de alguna manera siempre terminaba haciéndolo.
—Vale.
Laia levantó la vista.
—¿Qué?
Greta señaló la caja.
—Si he aprendido algo de toda esta historia...
Hizo una pausa.
—Es que siempre hay una última sorpresa.
Gabriela sonrió porque probablemente tenía razón.
Vicente observó el interior de la caja y entonces lo vio.
Un compartimento oculto.
Más pequeño todavía.
Casi invisible.
—Greta...
—¿Sí?
—Odio admitirlo.
—Lo sé.
—Pero creo que tienes razón.
La sonrisa de Greta apareció inmediatamente.
—Es mi actividad favorita.
Abrieron el compartimento y encontraron una libreta pequeña y gastada.
En la portada solo había una frase.
"Para cuando estéis preparados."
Gabriela sintió un escalofrío porque aquella frase ya no hablaba de Abel. Hablaba de ellos.
Abrió lentamente la libreta .
La primera página estaba escrita a mano con aquella letra inconfundible.
"Si habéis llegado hasta aquí, significa que ya no me necesitáis."
El corazón de Gabriela se encogió porque era exactamente la clase de frase que Abel escribiría. Una frase capaz de doler y consolar al mismo tiempo.
"Y esa es la mejor noticia que podría recibir un profesor."
Las lágrimas volvieron.
Pequeñas.
Silenciosas.
"Porque el objetivo de un maestro nunca es que sus alumnos dependan de él."
Es que algún día sean capaces de caminar solos."
Gabriela miró a sus amigos y comprendió que aquello era verdad.
Ya no estaban perdidos. No como antes. No de la misma manera.
La página continuaba.
"Ahora necesito pediros una última cosa."
"No completéis mis asignaturas."
Silencio porque nadie esperaba aquello.
"Inventad las vuestras."
"Construid vuestra propia lista."
"Equivocaos en ella."
"Cambiadla."
"Rompedla si hace falta."
"Pero que sea vuestra."
Gabriela sintió una emoción extraña.
Una emoción enorme.
De repente comprendió lo que Abel llevaba intentando enseñar desde el primer día.
Nunca quiso que vivieran como él.
Nunca.
Quiso que aprendieran a vivir como ellos mismos.
Y entonces llegó la última página.
La última y definitiva.
Solo contenía una pregunta.
Una única. La misma para todos .
"¿Qué vais a hacer con el tiempo que os queda?"
Nada más.
Ninguna respuesta.
Ninguna explicación.
Ninguna pista.
Solo la pregunta.
Y quizá por eso era tan poderosa.
Porque por primera vez no podía responderla Abel.
Ni Alejandro.
Ni nadie.
Solo ellos.
El silencio se instaló en el aula.
Largo.
Hermoso.
Necesario.
Hasta que Vicente habló muy despacio.
—Creo que sé cuál será mi primera asignatura.
Los demás levantaron la vista.
—¿Cuál?
Vicente sonrió mirando a los tres.
—No perderos.
Las lágrimas aparecieron inmediatamente pues aquella frase contenía toda la historia.
Marcos. Sergio. Carolina. Abel. Alejandro. Todos.
Laia fue la siguiente.
—La mía será aprender a elegir mi vida sin pedir permiso.
Greta respiró hondo y sonrió.
—La mía será seguir encontrando razones para reír.
Y entonces todos miraron a Gabriela esperando.
Ella observó la libreta. La caja. La ventana. La luz. A sus amigos.
Y finalmente respondió.
—La mía será no volver a vivir con miedo .
El silencio que siguió fue simplemente perfecto porque ninguno necesitaba añadir nada. Todos comprendían exactamente lo que significaba
Por primera vez, sentían que el futuro no era algo que hubiera que temer sino algo que construir.
Aquella tarde abandonaron el aula juntos por última vez pero ya no sintieron tristeza. No exactamente. Sintieron agradecimiento.
Una gratitud inmensa.
Por Alejandro. Por Abel. Por las cartas. Por las pérdidas. Por los encuentros. Por todas las personas que los habían ayudado a llegar hasta allí.
Y mientras descendían las escaleras, Gabriela comprendió finalmente algo que llevaba tiempo aprendiendo.
La vida nunca te entrega todas las respuestas.
Nunca.
Lo único que hace es ponerte junto a personas que te ayudan a formular mejores preguntas.
Y quizá eso era suficiente.
Más que suficiente.
Porque al salir del instituto el sol seguía brillando.
El mundo seguía girando.
Y la aventura continuaba.
Pero ahora ya no era la aventura de Alejandro.
Ni la de Abel.
Era la suya.
Y acababa de empezar.
"La vida no consiste en encontrar el camino correcto."
"Consiste en caminar junto a las personas correctas."
— Abel, vuestro profe.