Infinito Por Infinito CAPÍTULO TRECE #3
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CAPÍTULO TRECE #3

Uno que intentaba entender la vida. Exactamente igual que ellos.

Debajo de la fotografía encontraron una nota.

Una única frase escrita a mano.

"Todo empezó aquí."

Gabriela sintió un escalofrío. Aquella frase cambiaba muchas cosas.

Las asignaturas de la vida no habían nacido en un libro.

Ni en una teoría.

Ni en una clase.

Habían nacido en una amistad.

En un grupo.

En una historia real.

Y de repente la aventura adquirió una dimensión completamente nueva. Ya no estaban siguiendo las huellas de un profesor sino las de alguien que había sido exactamente como ellos.

Y dentro de la caja todavía quedaba algo más.

Un último sobre más grueso.

Y en el frontal una frase que hizo que el corazón de Gabriela se acelerara inmediatamente.

"La historia que nunca os conté."

Nadie habló porque todos comprendieron que acababan de llegar a algo importante.

Muy importante.

Y que la verdadera historia de Abel estaba a punto de comenzar.

Nadie se atrevió a abrirlo inmediatamente comprendiendo que acababan de cruzar una frontera.

Hasta aquel momento habían conocido a Abel.

El profesor.

El mentor.

El hombre que parecía tener una historia para cada pregunta .

Una respuesta para cada herida.

Y una sonrisa para cada desastre.

Pero aquello era diferente.

Aquello hablaba del Abel que existió antes de convertirse en Abel.

Del Abel que todavía no sabía nada.

Del Abel que todavía estaba aprendiendo.

Exactamente igual que ellos.

Gabriela tomó el sobre y durante un instante sintió la misma emoción que había sentido al abrir las cartas de Alejandro.

Respeto.

Porque algunas palabras son demasiado importantes para leerse deprisa.

Finalmente rompió el sello y dentro encontró varias hojas y una fotografía más pequeña.

La dejó a un lado.

Y comenzó a leer.

"Si habéis llegado hasta aquí, significa que sois mucho más curiosos de lo que aparentáis."

Greta sonrió inmediatamente.

—Correcto.

—Ni se te ocurra interrumpir, dijo Laia.

—Vale.

Greta levantó las manos.

—Pero que conste que tenía un comentario excelente.

Gabriela siguió leyendo.

"La fotografía que habéis encontrado fue tomada hace muchos años."

"Los cuatro que aparecemos en ella creíamos que íbamos a comernos el mundo."

Una sonrisa apareció en el rostro de todos pues sonaba exactamente a algo que diría alguien joven y todos habían pensado alguna vez algo parecido.

"El chico de la izquierda se llamaba Marcos."

"El de la derecha era Sergio."

"Y la chica se llamaba Carolina."

Gabriela miró la fotografía .

Por primera vez aquellos nombres tenían rostro.

Historia.

Vida.

"Éramos inseparables."

"O al menos eso creíamos."

El tono cambió.

Muy ligeramente.

Pero cambió.

Y todos lo notaron.

"Teníamos una lista."

Silencio solemne porque nadie necesitó explicación.

Nadie.

"No se llamaba Las Asignaturas de la Vida."

"Era mucho peor."

Greta volvió a sonreír.

—Eso ya me gusta más.

Gabriela continuó.

"La llamábamos Las Cien Locuras."

Las carcajadas aparecieron inmediatamente.

Incluso Gabriela tuvo que detenerse unos segundos porque aquello encajaba perfectamente.

Un Abel muy joven llamando "Las Cien Locuras" a una lista imposible.

Era exactamente el tipo de cosa que haría.

"Queríamos viajar."

"Queríamos enamorarnos."

"Queríamos cambiar el mundo."

"Queríamos ser extraordinarios."

Las palabras parecían llenas de luz.

De juventud.

De futuro.

Y precisamente por eso la siguiente frase golpeó con tanta fuerza.

"Pero la vida tenía otros planes."

El aula quedó completamente en silencio intuyendo que algo estaba llegando. Importante y doloroso .

Gabriela siguió leyendo, esta vez más despacio.

"Una mañana de verano volvíamos en coche después de cumplir una de las locuras de la lista."

"Habíamos conducido tres horas solo para ver amanecer en un lugar del que nadie había oído hablar."

El corazón de Gabriela dio un vuelco porque conocía esa asignatura, ella misma la había cumplido.

Y de repente comprendió algo.

Muchas de las ideas de Alejandro.

Muchas de las de Abel.

Quizá venían de mucho más atrás.

"Llovía."

"Muchísimo."

"Y cometimos el error de creer que éramos invencibles."

La respiración de Gabriela se hizo más lenta.

Más pesada.

Porque ahora ya lo intuía.

Todos lo intuían.

"No lo éramos."

Nadie habló.

Nadie se movió.

Nadie respiró apenas.

"El accidente ocurrió a las doce y diecisiete"

Las palabras parecieron quedarse suspendidas en el aire.

"Marcos murió a esa hora"

Silencio total como si el tiempo hubiera dejado de existir.

Gabriela sintió un nudo en la garganta.

Laia se llevó una mano a la boca.

Greta bajó la mirada.

Y Vicente cerró lentamente los ojos.

Porque de repente todo cobraba sentido.

Todo.

La tristeza de Abel.

Las despedidas.

La forma en que hablaba de la pérdida .

La forma en que entendía el dolor.

La forma en que comprendía a los demás.

No había aprendido aquellas lecciones en los libros.

Las había aprendido sobreviviendo.

Gabriela continuó leyendo y la letra parecía más pesada a partir de aquel punto.

"Durante años creí que mi vida se había detenido aquella noche."

"Y durante años culpé al mundo."

"Después me culpé a mí mismo."

"Y finalmente comprendí algo."

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Gabriela porque sabía que  aquella frase era importante. Muy importante.

"La tragedia no me había roto."

"Me había obligado a elegir."

"Podía convertirme en alguien más pequeño por culpa del dolor."

"O podía convertirme en alguien más grande gracias a él."

El silencio era tan profundo que parecía físico.

Como si pudiera tocarse.

Y entonces llegó la última línea de aquella parte de la carta.

Una línea que hizo que todos comprendieran el verdadero origen de todo.

"Las Asignaturas de la Vida nacieron la noche en que decidí que Marcos no sería recordado por cómo murió."

"Sino por cómo vivió."

Gabriela dejó lentamente las hojas sobre sus piernas comprendiendo que las historias más importantes no nacen de la felicidad.

Nacen de lo que hacemos después del dolor.

Y aquella era, quizá, la historia más importante que Abel les había contado jamás.

Gabriela permaneció inmóvil durante varios segundos con las hojas entre las manos y el corazón lleno de una tristeza extraña y distinta.

Porque ya no estaba pensando en Abel.

Estaba pensando en Marcos. Aquel chico al que nunca había conocido y que, sin embargo, acababa de cambiar algo dentro de ella.

Porque de repente comprendía una verdad incómoda .

Todos los adultos habían sido jóvenes alguna vez.

Todos.

Incluso aquellos que parecían haber nacido sabiendo exactamente qué hacer.

Incluso Abel.

Vicente señaló las hojas.

—Sigue.

Gabriela asintió y continuó leyendo.

"Después del accidente ocurrió algo que no esperaba."

"No nos unió."

El silencio regresó inmediatamente.

Porque todos habían esperado exactamente lo contrario.

"Nos separó."

La palabra cayó como una piedra.

Pesada.

Dolorosa.

Real.

"Durante meses apenas hablamos."

"Cada uno sufrió a su manera."

"Cada uno intentó sobrevivir como pudo."

"Y poco a poco comenzamos a desaparecer de la vida de los demás."

Gabriela sintió un escalofrío porque aquello también era una forma de pérdida. Silenciosa. Lenta. De las peores.

La carta continuaba.

"Sergio se marchó a estudiar fuera."

"Carolina dejó de responder llamadas."

"Y yo me refugié en mí"

"Durante años creí que aquello era madurar."

La siguiente frase apareció sola en la hoja.

Como una confesión.

"No lo era."

Gabriela tragó saliva adivinando lo que venía después.

"Era miedo."

"Miedo a recordar."

"Miedo a sufrir. "

"Miedo a querer de nuevo algo que pudiera perder."

Vicente bajó la mirada pues aquellas palabras también hablaban de él, de Lucía y de muchas cosas que nunca había dicho en voz alta.

Gabriela siguió leyendo.

"Pasaron años antes de que volviéramos a reunirnos todos."

"Años."

"Una eternidad."

El grupo escuchaba en absoluto silencio sintiendo como si Abel estuviera sentado frente a ellos contándolo personalmente.

"Nos encontramos en el aniversario de fallecimiento de Marcos."

"Y descubrimos algo sorprendente."

"Seguíamos echándolo de menos."

"Pero también seguíamos necesitándonos los unos a los otros."

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Gabriela.

Aquello era hermoso y triste a la vez. Lo era al mismo tiempo.

"Aquella noche entendí algo."

"Las personas no solo pueden perderse por la muerte."

"También pueden perderse por el miedo."

Nadie habló. Todos conocían ejemplos. Amistades. Relaciones. Familias. Personas que seguían vivas y aun así habían desaparecido.

"Y me prometí una cosa."

"Nunca volvería a permitir que el miedo decidiera por mí."

Gabriela cerró los ojos un instante. Aquella frase parecía resumir toda la filosofía de Abel, sus historias, sus enseñanzas. Toda su vida.

Entonces llegó el último fragmento que estaba claramente escrito para ellos.

"Si estáis leyendo esto..."

"es porque os parecéis mucho más a nosotros de lo que imagináis."

Greta levantó la vista.

Laia también.

Vicente permaneció inmóvil.

Y Gabriela sintió cómo el corazón se aceleraba.

"No por vuestras circunstancias."

"Ni por vuestros problemas."

"Sino porque habéis encontrado algo extraordinario. "

"Os habéis encontrado los unos a los otros."

El silencio se hizo absoluto. Aquella frase era verdad, lo era profundamente.

"Y quiero pediros un favor."

"No cometáis nuestro error."

"No esperéis años para deciros lo importantes que sois."

"No dejéis que el miedo os robe tiempo."

"No deis por hecho que las personas seguirán ahí para siempre."

Gabriela sintió las lágrimas descender lentamente. Estaba pensando en Alejandro, en Abel, en todos los momentos que parecían eternos.....hasta que dejaban de serlo.

La carta terminaba con unas últimas líneas.

Las últimas.

Las definitivas.

"Si alguna vez dudáis sobre qué hacer..."

"elegid la opción que os permita querer más."

"Casi siempre será la correcta."

Y finalmente:

"Con cariño."

"Abel."