CAPÍTULO TRECE #2
—Un poco sí, reconoció Gabriela.
Vicente siguió leyendo.
"Durante mucho tiempo creí que mi trabajo consistía en enseñaros respuestas."
"Después comprendí algo mejor."
"Mi trabajo consistía en enseñaros a hacer preguntas."
El aula quedó en silencio pues aquella frase explicaba muchas cosas.
Demasiadas.
"Si todavía estáis buscando la siguiente pista, es porque seguís haciendo preguntas."
"Y esa es una excelente noticia."
Gabriela sonrió.
Podía escuchar perfectamente la voz de Abel incluso leyendo, especialmente leyendo.
Vicente continuó.
"La llave que habéis encontrado abre algo importante."
"No porque lo que hay detrás sea extraordinario sino porque os obligará a responder una pregunta."
Laia tragó saliva.
Greta dejó de sonreír.
Incluso Gabriela sintió una tensión creciente.
Todos sabían lo que venía. Las preguntas de Abel nunca eran fáciles. Nunca.
La carta terminaba con una última instrucción.
Una sola.
Clara.
Directa .
Imposible de ignorar.
"Llevad la llave al lugar donde cada uno guarda aquello que más teme perder."
Silencio.
Completo.
Absoluto.
—Vale, dijo Greta.
—No entiendo absolutamente nada.
Por primera vez, nadie se rio, todos estaban pensando exactamente lo mismo.
Y mientras observaban la llave sobre la mesa, Gabriela tuvo la sensación de que acababan de cruzar una puerta invisible.
La aventura ya no trataba de Abel.
Ni de Alejandro.
Ni siquiera de las asignaturas.
Empezaba a tratar de ellos.
De quiénes eran.
Y de quiénes querían llegar a ser.
Y por alguna razón, esa idea resultaba mucho más aterradora que cualquier misterio.
Durante varios minutos ninguno habló.
La llave permanecía sobre la mesa. Pequeña. Antigua. Inofensiva.
Y sin embargo todos la observaban como si acabara de convertirse en el objeto más importante del mundo. Ya no era una llave. No realmente. Era una pregunta.
Y las preguntas correctas siempre pesan más que las respuestas.
—Odio admitirlo, dijo Greta.
—Pero creo que esta vez Abel se ha pasado.
Laia asintió lentamente.
—Yo también.
Gabriela seguía observando la carta.
Especialmente aquella frase.
"Aquello que más temes perder."
Porque había algo extraño en ella.
Algo que no terminaba de encajar .
Durante años habría respondido inmediatamente.
Alejandro.
La respuesta habría sido automática.
Instintiva.
Dolorosa.
Pero ahora...
ahora ya no estaba tan segura.
Y aquella duda la asustó porque significaba que algo dentro de ella había cambiado.
Vicente rompió finalmente el silencio.
—Creo que no nos está preguntando por personas.
Todos levantaron la vista.
—¿Entonces?, preguntó Laia.
Vicente pensó unos segundos.
—Creo que pregunta por algo más profundo.
—Eso no aclara absolutamente nada, respondió Greta.
—Lo sé.
—Entonces vamos bien.
Apareció entonces una sonrisa. Pequeña y necesaria pero que desapareció enseguida.
Todos seguían pensando. Algunos pensamientos son demasiado grandes para ignorarlos.
Finalmente Gabriela habló.
—Creo que ya sé mi respuesta.
Los demás la miraron esperando pero ella tardó unos segundos en continuar porque decir ciertas cosas en voz alta las vuelve reales. Y eso siempre da miedo.
—No temo perder a alguien.
Su propia respuesta la sorprendió por ser cierta y por no haberlo sido durante mucho tiempo.
—¿Entonces qué temes perder?, preguntó Vicente.
Gabriela observó la luz entrando en el aula y las partículas de polvo flotando lentamente y entonces comprendió.
—La capacidad de volver a empezar.
Silencio .
Absoluto.
Porque nadie esperaba aquella respuesta.
Tampoco ella.
—Después de que muriera mi padre...
Su voz sonó tranquila.
Mucho más tranquila de lo que habría sonado meses atrás.
—Llegué a pensar que mi vida había terminado.
Miró a Vicente.
Después a Greta.
Después a Laia.
—Y ahora creo que lo que más miedo me da es olvidar que siempre se puede empezar otra vez.
Nadie habló porque aquella verdad era demasiado sincera.
Laia bajó la mirada y cuando volvió a levantarla, tenía los ojos húmedos.
—Yo temo perder la capacidad de decepcionar a la gente, Greta parpadeó.
—Esa es la frase más rara que he escuchado nunca, Laia sonrió.
—Lo sé.
Respiró hondo.
—Pero es verdad.
Todos esperaron.
—Durante años he intentado ser exactamente lo que los demás esperaban.
La voz apenas fue un susurro.
—Y ahora que empiezo a decidir por mí misma...
Hizo una pausa.
—Tengo miedo de volver atrás.
Gabriela sintió un escalofrío entendiendo perfectamente aquello.
Después todas las miradas se dirigieron hacia Greta que suspiró dramáticamente.
—Sabía que este momento llegaría.
—Greta, dijo Gabriela.
—Ya voy.
Por primera vez desapareció el humor completamente .
—Yo temo perder la capacidad de reírme.
Silencio.
Porque nadie esperaba eso.
Absolutamente nadie.
—La gente cree que hago bromas porque sí.
Sonrió.
Una sonrisa triste.
—Pero la verdad es que empecé a hacerlas cuando las cosas iban mal.
Laia abrió mucho los ojos.
Gabriela también.
Porque Greta no solía hablar de sí misma en un tono tan solemne.
—Y tengo miedo de convertirme en una persona amarga.
Miró el suelo.
—Tengo miedo de olvidar cómo encontrar luz cuando todo se pone oscuro.
Nadie habló porque acababan de descubrir una parte de Greta que jamás habían visto. Una parte vulnerable. Lo era profundamente.
Y entonces solo quedó Vicente.
La última respuesta.
La última verdad.
Vicente observó la llave.
Durante mucho tiempo.
Demasiado tiempo.
Hasta que finalmente habló.
—Yo temo perder la capacidad de querer a las personas.
El corazón de Gabriela se detuvo un instante.
Solo uno pero lo suficiente.
Vicente continuó.
—Después de mi hermana pensé que ya no volvería a ocurrir.
La voz sonaba serena. Sin dolor. Sin culpa. Solo verdad.
—Y durante años me acostumbré a vivir así.
Miró a Gabriela y sonrió.
—Hasta que ocurrió.
Nadie necesitó preguntar a qué se refería .
Porque todos lo sabían.
Todos.
El silencio que siguió fue distinto. No incómodo o triste. Simplemente distinto.
Y en ese instante Gabriela comprendió algo. La pregunta de Abel nunca había tratado sobre el miedo. Había tratado sobre el valor.
Porque cuando descubres lo que más temes perder también descubres lo que más merece ser protegido.
Y mientras observaba a sus amigos sentados alrededor de aquella mesa, sintió una certeza inesperada.
La aventura estaba cambiando.
Ya no consistía en completar asignaturas.
Ni en seguir pistas.
Ni siquiera en encontrar respuestas.
Consistía en conocerse.
De verdad.
Y quizá aquella era la asignatura más difícil de todas.
La llave permaneció sobre la mesa.
Pequeña.
Silenciosa.
Y, sin embargo, parecía observarlos.
Como si estuviera esperando.
Como si supiera algo que ellos todavía ignoraban.
Durante varios minutos nadie habló.
Porque después de aquellas confesiones todo había cambiado.
Un poco.
Lo suficiente.
Ya no eran exactamente las mismas personas que habían entrado en el aula aquella mañana y lo sabían.
Finalmente Greta rompió el silencio.
—Vale.
—¿Qué?, preguntó Laia.
—Ya hemos compartido nuestros traumas.
Ahora quiero saber qué abre la maldita llave .
Las risas aparecieron inmediatamente y todos agradecieron que así fuera. Necesitaban respirar. Volver a la superficie.
Vicente tomó la llave, la giró entre los dedos.
Y entonces ocurrió algo.
—Esperad.
Los demás levantaron la vista.
—¿Qué?
Vicente observó atentamente el metal.
En uno de los lados había algo grabado.
Muy desgastado.
Casi borrado por el tiempo.
Gabriela se acercó.
Laia también.
Greta prácticamente invadió el espacio personal de todos.
—Aquí, dijo Vicente señalando una inscripción diminuta.
Dos letras.
A.A
Silencio.
Después comprensión.
—Abel Alonso.
Susurró Gabriela.
Vicente asintió.
Porque no podía ser otra cosa.
O quizás sí.
Y de repente comprendieron algo.
La llave no era antigua.
O al menos no tanto como parecía.
Había sido preparada.
Pensada.
Diseñada.
Para ellos.
—La pregunta es....,dijo Laia.
—¿dónde está la cerradura ?
Aquella misma tarde comenzaron a buscar por todas partes. Por el instituto. Por los pasillos. Por la biblioteca. Incluso por el antiguo despacho donde Abel preparaba las clases.
Nada.
Absolutamente nada.
Hasta que Gabriela recordó algo. Algo que Abel había dicho meses atrás. Una frase perdida entre cientos de conversaciones.
Una que en su día pareció aparentemente insignificante.
"Las cosas más importantes suelen esconderse a plena vista."
Se detuvo de golpe.
—Creo que sé dónde.
Los demás se giraron.
—¿Dónde?
Gabriela sonrió porque de repente tenía sentido todo.
La pizarra.
La primera clase.
El aula.
Volvieron corriendo.
Subieron las escaleras.
Abrieron la puerta.
Y durante unos segundos observaron la sala.
Buscando.
Hasta que la vieron.
En una esquina.
Junto a una estantería antigua que llevaba allí todo el curso.
Una pequeña cerradura.
Oculta.
Casi invisible.
Nadie la había visto antes.
Porque nadie había tenido razones para buscarla.
Vicente introdujo la llave.
El corazón de Gabriela golpeaba con fuerza.
El de todos.
Giró .
Y escucharon un clic.
Suave.
Preciso.
Definitivo.
La estantería se desplazó apenas unos centímetros.
Silencio absoluto.
—No puede ser, murmuró Greta.
Porque aquello parecía una película escrita por una versión excesivamente creativa de Abel.
Empujaron.
Y detrás apareció un compartimento oculto.
Pequeño.
Sencillo.
Sin tesoros.
Sin misterios espectaculares.
Solo una caja de madera.
Y una fotografía.
Gabriela tomó primero la fotografía.
Y se quedó inmóvil porque reconoció inmediatamente a una de las personas que aparecían.
Abel.
Muchísimo más joven.
Quizá veinte años.
Tal vez menos.
Sonriendo.
Junto a otros tres adolescentes.
Dos chicos.
Y una chica.
Los cuatro sentados en un banco frente al mar.
Exactamente igual que ellos.
Exactamente.
—Dios mío, susurró Laia porque acababa de comprender.
Todos acababan de comprender.
Abel también había formado parte de un grupo como el suyo.
Abel también había tenido sus propias asignaturas .
Sus propias aventuras.
Sus propios miedos.
Y por primera vez dejaron de verlo únicamente como profesor.
Porque antes de ser Abel.....había sido simplemente un chico.