Infinito Por Infinito CAPÍTULO TRECE
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CAPÍTULO TRECE

El día después

Existe un momento del que casi nadie habla.

No ocurre durante las grandes tragedias ni durante las grandes alegrías.

Ocurre después. Siempre después. El día después de la despedida. El día después de la noticia. El día después de cumplir un sueño.

Ese momento extraño en el que el mundo sigue funcionando exactamente igual aunque tú ya no seas el mismo.

Y eso fue exactamente lo que sintió Gabriela el lunes siguiente.

El despertador sonó, la luz entró por la ventana, los coches circularon por la calle y la ciudad despertó como si nada hubiera ocurrido.

Pero algo sí había ocurrido, Abel ya no estaba.

La idea seguía resultando difícil de aceptar porque durante meses había sido una presencia constante.

Una voz.

Una guía.

Una especie de faro.

Y ahora quedaba un silencio extraño en el lugar que ocupaba.

Mientras desayunaba, Arantxa observó a su hija.

—¿Lo echas de menos?

Gabriela levantó la vista.

No necesitó preguntar de quién hablaba.

—Sí.

La respuesta salió inmediatamente pues las verdades sencillas no necesitan pensarse, salen solas.

Arantxa sonrió.

—Eso significa que fue importante.

Gabriela recordó la carta.

La de Alejandro.

La de Abel.

Las noventa y nueve monedas .

Infinito por infinito.

Y asintió.

—Mucho.

Durante unos segundos ninguna habló hasta que Arantxa añadió:

—Las personas que dejan huella siempre parecen irse demasiado pronto.

Gabriela sonrió pues sonaba exactamente a algo que Alejandro habría dicho y también a algo que Abel habría enseñado.

Y quizá ésa era la prueba definitiva de como las personas importantes terminan pareciéndose unas a otras.

No por cómo hablan.

Ni por cómo piensan.

Sino por cómo hacen sentir a los demás.

Aquella mañana el instituto parecía diferente. No físicamente. Las mismas aulas. Los mismos pasillos. Las mismas ventanas.

Y sin embargo algo había cambiado.

Algo invisible.

Algo importante.

Greta fue la primera en verbalizarlo.

—Esto es rarísimo.

—¿Qué?, preguntó Laia.

—Todo.

Greta señaló el edificio.

—¿No os da la sensación de que falta una pared?

Gabriela soltó una carcajada.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Lo sé.

Greta suspiró.

—Pero es exactamente así.

Y, para sorpresa de todos, nadie discutió porque todos entendían perfectamente lo que quería decir.

A veces una persona cambia tanto un lugar que cuando se marcha parece que el espacio se vuelve más pequeño.

Las clases comenzaron y transcurrieron con normalidad o al menos con algo parecido a ella hasta el recreo .

Fue entonces cuando ocurrió algo inesperado.

Vicente apareció con una pequeña caja de cartón.

—¿Qué es eso?, preguntó Gabriela.

Vicente sonrió.

Una sonrisa sospechosa.

—Una idea.

—Eso me preocupa.

—A mí también, reconoció Greta.

—Las ideas suelen acabar en problemas.

—No todas, respondió Vicente.

Dejó la caja sobre una mesa del patio.

Y la abrió.

Dentro había decenas de papeles doblados.

Pequeños. Iguales. Misteriosos.

—¿Qué es esto?, preguntó Laia.

Vicente miró a Gabriela.

Y después al resto.

—Creo que Abel se equivocaba en una cosa.

El grupo se quedó inmóvil porque aquello era una afirmación peligrosa, enormemente peligrosa.

—Explícate, dijo Greta.

Vicente sonrió.

—Decía que las asignaturas de la vida no terminan nunca.

—Y tenía razón.

Hizo una pausa.

—Pero creo que algunas personas sí terminan los cursos.

El silencio apareció suave y curioso.

—¿Y?, preguntó Gabriela.

Vicente señaló la caja.

—Y creo que ahora nos toca a nosotros diseñar las siguientes asignaturas.

Nadie habló porque la idea era hermosa…….y aterradora al mismo tiempo.

Exactamente el tipo de cosa que Alejandro habría aprobado. Y que Abel habría celebrado .

Gabriela observó los papeles y por primera vez desde la despedida sintió algo nuevo.

No tristeza, nostalgia o expectación.

Porque quizá el final de una etapa no era realmente un final. Quizá era el lugar exacto donde comenzaba la siguiente.

Y  una pregunta apareció dentro de ella.

¿Quién quieres llegar a ser cuando ya no tengas a nadie enseñándote el camino?

Greta fue la primera en sacar un papel porque jamás había dejado que la prudencia estropeara una buena historia.

Desdobló el papel, lo leyó y frunció el ceño.

—No pienso hacerlo.

—¿Qué pone?, preguntó Laia.

—Nada.

—Greta.

—He dicho nada.

Vicente le arrebató el papel y comenzó a leer.

"Pasa una tarde entera sin hablar de ti."

El silencio fue inmediato, después llegaron las carcajadas.

Muchas.

Incluso Gabriela tuvo que apoyarse en la mesa.

—Eso es imposible, dijo Laia entre risas.

—Es inhumano, confirmó Gabriela.

Es discriminación, añadió Greta.

—Y probablemente ilegal.

Vicente devolvió el papel.

—Precisamente por eso deberías hacerlo.

Greta lo fulminó con la mirada.

—Empiezo a entender por qué te llevas tan bien con Gabriela.

—¿Por inteligentes?

—No.

—¿Por encantadores?

—Tampoco.

—¿Entonces?

—Por insoportables .

Las risas volvieron a recorrer el grupo.

Por primera vez desde la marcha de Abel, algo pareció encajar.

Porque estaban riendo. De verdad. Sin culpa. Sin tristeza.

Como él habría querido.

Cuando todos sacaron sus papeles descubrieron algo.

Vicente había preparado las asignaturas con mucho más cuidado del que parecía.

No eran bromas. Cada una escondía una pequeña lección. Una pequeña aventura. Una pequeña oportunidad.

La de Laia decía:

"Haz algo mal a propósito y no te disculpes por ello."

La de Gabriela:

"Visita un lugar al que nunca hayas ido y no hagas ninguna fotografía."

La de Vicente:

"Cuenta una historia que nunca hayas contado."

Y entonces Greta levantó la vista.

—Vale.

—¿Qué?, preguntó Gabriela.

Greta sonrió.

Aquella sonrisa, la que anunciaba problemas.

—Tenemos que hacerlas juntos.

—Eso no era la idea.

Respondió Vicente.

—Ahora sí lo es.

—Greta.

—¿Qué?

—No puedes cambiar las reglas.

—Claro que puedo.

Se puso en pie.

—Las reglas son sugerencias con buena prensa.

Laia cerró los ojos.

Gabriela comenzó a reír.

Y Vicente se rindió.

Porque todos sabían que ya era demasiado tarde .

Aquella misma tarde tomaron un tren sin un destino especialmente importante, sin un plan detallado, sin saber exactamente qué estaban buscando.

Y quizá por eso fue perfecto.

El viaje duró apenas cuarenta minutos pero para Gabriela tuvo un significado especial.

Porque llevaba meses descubriendo algo. Las mejores aventuras nunca empiezan con certezas. Lo hacen  con curiosidad.

Llegaron a un pequeño pueblo costero de esos que parecen existir fuera del tiempo.

Calles estrechas, casas antiguas, balcones llenos de flores.

Y un silencio amable.

Caminaron durante horas sin rumbo, sin prisa.

Simplemente dejándose llevar.

Y por primera vez Gabriela cumplió una asignatura sin pensar en completarla. Simplemente viviéndola.

Cuando el sol comenzaba a caer, se sentaron frente al mar. El mismo mar y al mismo tiempo diferente.

Porque todos los lugares cambian cuando los compartes con las personas adecuadas.

Fue entonces cuando Vicente encontró algo. Un sobre pequeño y blanco que estaba escondido dentro de uno de los papeles de la caja.

—¿Qué es eso?, preguntó Gabriela.

Vicente lo observó confundido.

Os prometo que yo no lo he puesto. De verdad, creedme por favor.

Salvada la confusión, lo abrió lentamente y dentro encontró una única hoja, una hoja escrita con una letra que todos reconocieron al instante.

Abel.

El corazón de Gabriela se aceleró y el de los demás también porque aquello significaba una cosa.

La última lección todavía no había terminado.

Ninguno habló durante varios segundos .

El papel seguía allí moviéndose ligeramente por culpa del viento como si incluso la carta estuviera impaciente.

—" Donde todo empezó ….. ."

—¿Qué significa eso?

Greta levantó una mano.

—Tengo siete teorías.

—Eso es exactamente lo que me preocupa, dijo Gabriela.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo acepto igualmente.

Vicente volvió a leer la carta despacio buscando algo que se les estuviera escapando porque Abel jamás elegía las palabras al azar.

Finalmente levantó la vista.

—Creo que sé a qué se refiere.

Las tres lo miraron.

—Nos está hablando de la primera clase.

Silencio.

Después comprensión.

Porque tenía sentido. Muchísimo sentido. La primera historia. La primera pregunta. El primer día en que Abel dejó de ser simplemente un profesor y comenzó a convertirse en algo más.

—El aula.

Susurró Gabriela.

Vicente asintió.

Y de repente todos sintieron la misma emoción mezcla imposible entre nostalgia y expectación.

Como si estuvieran regresando al principio de una historia cuyo final todavía desconocían.

A la mañana siguiente llegaron al instituto antes de la apertura oficial.

Lo suficientemente temprano como para que el edificio estuviera casi vacío pareciendo los pasillos diferentes, más silenciosos y grandes.

Como ocurre con los lugares cuando los observas desde la distancia del recuerdo .

Subieron las escaleras, atravesaron el corredor y finalmente llegaron al aula.

La puerta estaba cerrada pero no con llave, solo cerrada.

Esperando.

Gabriela sintió un escalofrío.

Durante meses aquella habitación había sido mucho más que una clase.

Había sido un refugio.

Un mapa.

Un espejo.

Vicente abrió lentamente la puerta y los cuatro entraron.

El aula estaba vacía. Exactamente igual que el último día.

Las mesas.

La pizarra.

La ventana.

Todo parecía detenido en el tiempo.

Durante unos segundos nadie habló porque todos estaban recordando.

Las historias. Las risas. Las lágrimas. Las preguntas imposibles.

Y entonces Greta señaló algo.

—¿Eso estaba ahí?

Todos siguieron la dirección de su dedo.

Sobre la mesa de Abel había una caja pequeña de madera.

Nadie la había visto antes.

Gabriela se acercó lentamente con su corazón golpeando cada vez más deprisa.

Sobre la tapa había una frase grabada.

Una única frase.

"La curiosidad siempre ha sido una forma de valentía."

—Es él, murmuró Laia.

Porque aquella frase era Abel.

Completamente Abel.

Gabriela abrió la caja .

Dentro encontraron otro sobre.

Y una llave antigua.

Nada más.

Vicente tomó la carta y comenzó a leer.

"Si habéis llegado hasta aquí, significa que habéis hecho exactamente lo que esperaba."

Greta sonrió.

—Eso suena peligrosamente manipulador.