Infinito Por Infinito CAPÍTULO DOCE #4
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CAPÍTULO DOCE #4

Un gesto pequeño pero suficiente.

La puerta se abrió y Abel apareció como otras veces pero sin embargo todos sabían que era la última vez.

Aquello fue lo que lo hizo diferente.

Abel dejó una caja sobre la mesa.

La caja de los sobres.

Y durante unos segundos simplemente observó a la clase como quien contempla algo que ama y que no quiere olvidar jamás.

Finalmente habló.

—He pensado mucho sobre qué deciros hoy.

Nadie se movió.

—Muchísimo.

Sonrió.

—Y he llegado a la conclusión de que ya os he dado suficientes discursos para varias vidas.

Las primeras risas aparecieron.

Pequeñas.

Necesarias.

—Así que he decidido hacer algo diferente.

Abrió la caja y comenzó a repartir sobres .

Uno a uno.

Greta. Laia. Roser. Asier. Mara. Aleix. Vicente. Gabriela.

Todos tenían uno.

Todos.

Cuando terminó volvió al frente.

—No los abráis todavía.

La curiosidad explotó inmediatamente por supuesto.

—Eso es cruel, protestó Greta.

—Lo sé.

—Muchísimo.

—También lo sé.

Las risas volvieron para luego desaparecer porque el momento era demasiado importante.

Abel observó el aula y habló por última vez como profesor.

—Si pudiera resumir todo este año en una sola idea...

Hizo una pausa.

—Sería esta.

El silencio se volvió absoluto.

—No intentéis ser perfectos.

Miró a Greta.

—Ni siquiera tú.

—Era mi plan principal, respondió ella.

Las carcajadas recorrieron la clase para preceder al silencio.

—Intentad ser valientes.

La sonrisa desapareció lentamente de su rostro.

—Porque la vida siempre recompensa más la valentía que la perfección.

Nadie apartó la mirada.

Nadie.

—Equivocaos.

—Pedid perdón.

—Perdonad.

—Quered mucho.

—Y cuando algo os importe...

La voz se quebró apenas un instante .

Solo uno pero todos lo escucharon.

—No os escondáis.

Gabriela sintió las lágrimas.

Vicente también. Laia. Greta. Todos.

Porque aquella ya no era una clase.

Era una despedida.

Y las despedidas sinceras siempre encuentran el camino hacia el corazón.

Abel respiró hondo y sonrió. Una última vez.

—Ahora podéis abrir los sobres.

El sonido del papel llenó el aula.

Decenas de sobres abriéndose al mismo tiempo, decenas de corazones acelerándose.

Gabriela extrajo una única hoja y comenzó a leer.

"Querida Gabi."

Las lágrimas aparecieron inmediatamente al reconocer la misma estructura, la misma cercanía, la misma honestidad.

"Cuando llegaste a esta clase estabas intentando sobrevivir."

"Ahora vuelves a vivir."

Gabriela dejó de respirar. Aquellas palabras describían exactamente el viaje que había recorrido.

"No has superado tu dolor."

"Has aprendido a caminar con él."

"Y eso requiere mucho más valor."

Las lágrimas caían libremente.

"Nunca olvides algo."

"Las personas que amamos no nos acompañan detrás."

"Nos acompañan dentro."

La carta continuaba.

"Por eso Alejandro sigue contigo."

"Y por eso siempre seguirá."

Gabriela cerró los ojos por sentir por un instante a su padre.

Y a Abel.

Y a todos.

Como parte de la misma historia. Como parte del mismo cielo .

Cuando levantó la vista descubrió que toda la clase estaba llorando, incluso Greta, especialmente ella.

—No estoy llorando, protestó.

—Claro que no, respondió Laia.

—Son alergias.

—Dentro de un edificio.

—Alergias muy avanzadas.

Las risas aparecieron entre lágrimas y aquello las hizo todavía más hermosas.

Abel observó la escena sin decir nada porque no hacía falta.

Porque aquella imagen contenía todo lo que había intentado enseñarles.

La importancia de sentir.

La importancia de conectar.

La importancia de vivir.

Cuando sonó el timbre nadie quería ser el primero en moverse porque el primero convertiría el momento en realidad.

Y la realidad era que había terminado.

Finalmente Abel habló muy suavemente.

—Gracias.

Solo eso.

Gracias.

Y entonces ocurrió algo extraordinario.

Toda la clase se puso en pie al mismo tiempo.

Y comenzó a aplaudir.

Un aplauso largo.

Emocionado.

Infinito.

Un aplauso que hablaba de gratitud.

De cariño.

De todo lo que resulta imposible explicar con palabras.

Abel intentó sonreír pero no lo consiguió del todo porque también estaba llorando.

Y durante aquellos segundos nadie sintió vergüenza porque algunas emociones son demasiado importantes para esconderlas .

Cuando finalmente abandonaron el aula, Gabriela fue la última en salir.

Se volvió una última vez.

Y observó la clase vacía.

Las mesas.

La ventana.

La pizarra.

El lugar donde todo había comenzado.

Y entonces comprendió algo.

Abel tenía razón.

Las despedidas no son una forma de perder.

Son una forma de demostrar cuánto importó algo.

Sonrió.

Secó sus lágrimas.

Y salió al pasillo.

Donde la esperaban Vicente, Laia, Greta.

La vida.

Y mientras caminaba hacia ellos recordó las palabras de Alejandro.

"Las personas que amamos no compiten."

"Se multiplican."

"Infinito por infinito".

Eso era exactamente aquello.

Y por primera vez comprendió el verdadero significado de toda la lista.

No aprender a vivir sino aprender a compartir la vida con quienes la hacen extraordinaria.

"Las despedidas duelen porque el amor fue real."

— Alejandro

"Y precisamente por eso merecen la pena.

— Abel.