Infinito Por Infinito CAPÍTULO DOCE #3
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CAPÍTULO DOCE #3

El curso avanzaba.

El tiempo avanzaba.

La despedida avanzaba.

Y por primera vez Gabriela no intentó escapar de esa verdad.

Simplemente la aceptó.

Porque la carta le había enseñado algo esencial.

El dolor no siempre es un enemigo.

A veces es la prueba de que algo valió la pena.

Y si despedirse de Abel dolía tanto...

era porque había significado muchísimo.

Exactamente igual que Alejandro.

Exactamente igual que Vicente.

Exactamente igual que todas las personas que cambian una vida.

Aquella tarde, mientras observaban el horizonte, ninguno sabía que la despedida estaba mucho más cerca de lo que imaginaban.

Y que la última lección de Abel no sería una clase .

Ni una historia.

Ni siquiera un discurso.

Sería un regalo.

Un regalo capaz de acompañarlos durante el resto de sus vidas.

Los últimos días de mayo llegaron demasiado deprisa.

O quizá siempre ocurre lo mismo cuando algo importante está a punto de terminar.

El tiempo acelera. Como si quisiera llegar antes que nosotros a las despedidas.

Gabriela empezó a notarlo en pequeños detalles. En los pasillos. En los recreos. En las clases de Abel.

Porque ahora todos eran conscientes.

Quedaban pocas semanas. Muy pocas.

Y aquello había cambiado la forma en que miraban las cosas.

Las bromas seguían existiendo. Las risas también. Pero debajo de todo había otra emoción, silenciosa pero intensa.

La certeza de que estaban viviendo algo irrepetible.

Aquella tarde Gabriela volvió a abrir la lista.

Lo hacía cada vez con menos frecuencia.

No porque hubiera perdido importancia sino porque ya formaba parte de ella. Como una brújula. Como una conversación permanente con su padre.

Pasó lentamente las páginas.

Varias asignaturas estaban tachadas.

El amanecer.

Las verdades difíciles.

Aprender a arriesgar.

Reconocer lo importante.

Cada una representaba una versión distinta de sí misma.

Versiones que ya no existían y que, sin embargo, seguían formando parte de quien era.

Cuando llegó al final observó algo extraño.

Una pequeña anotación escrita en un margen.

Nunca la había visto .

O quizá la había visto y no había entendido su importancia.

La letra era de Alejandro.

Pequeña.

Discreta.

Casi escondida.

Gabriela acercó el papel y leyó.

"Si completas todas las asignaturas pero no aprendes a compartirlas con alguien..."

La frase terminaba en una flecha.

Una flecha que continuaba en la última página.

Gabriela pasó rápidamente.

Y allí encontró el resto.

"Entonces habrás entendido la aventura."

"Pero no habrás entendido la vida."

El corazón comenzó a latir con fuerza porque algo dentro de ella comprendió inmediatamente.

Las cincuenta asignaturas nunca habían sido un proyecto individual.

Nunca.

No trataban de acumular experiencias o completar una lista.

No trataban de convertirse en alguien extraordinario.

Trataban de construir una vida que mereciera ser compartida.

Pensó en Arantxa.

Pensó en Greta.

Pensó en Laia.

Pensó en Abel.

Pensó en Vicente.

Y por primera vez vio un patrón.

Todas las asignaturas importantes habían terminado conduciéndola hacia otras personas.

Siempre.

Como si Alejandro hubiera sabido algo que ella estaba descubriendo solo ahora.

Que la felicidad aislada es demasiado pequeña.

Que necesita ser compartida para convertirse en algo real .

Aquella misma tarde, en otra parte de la ciudad, Abel trabajaba solo en el aula vacía.

Las mesas estaban ordenadas.

El silencio llenaba el espacio.

Y frente a él descansaba una caja.

Una caja grande.

Llena de sobres.

Decenas de sobres.

Cada uno con un nombre escrito a mano.

Abel tomó uno.

Greta.

Sonrió.

Después otro.

Laia.

Y finalmente uno más.

Gabriela.

Lo observó durante varios segundos como si estuviera pensando cuidadosamente cada palabra porque era lo que estaba haciendo.

Aquello no era una tarea.

Ni una actividad.

Ni una clase.

Era algo mucho más importante.

La última lección.

La única que nunca podría repetir.

Tomó el bolígrafo.

Y siguió escribiendo durante horas mientras fuera anochecía, mientras el instituto quedaba vacío y mientras el final se acercaba lentamente.

Entre tanto, sin saber nada de aquella caja, Gabriela permanecía sentada junto a su ventana observando el cielo, pensando y comprendiendo algo que hasta entonces había pasado por alto.

Las despedidas no son el final de una historia.

Son el momento en que descubres cuánto significó.

Y cuanto más importante fue algo...

más difícil resulta decir adiós.

Pero también más imposible resulta olvidarlo .

Aquella noche se durmió con la extraña sensación de que algo importante estaba preparándose.

Como si el mundo estuviera conteniendo la respiración esperando.

Y por una vez no estaba equivocada.

Porque la última lección de Abel ya había comenzado.

La última clase llegó como no podía ser de otra manera, un viernes.

Y nadie estaba preparado para ella aunque todos supieran que iba a llegar.

Porque conocer una fecha no hace más fácil una despedida.

Nunca.

El aula estaba extrañamente silenciosa incluso antes de que Abel entrara.

Greta no bromeaba. Laia apenas hablaba. Y Gabriela tenía una sensación constante de nudo en la garganta.

Vicente le apretó suavemente la mano bajo la mesa.