CAPÍTULO DOCE #2
—Simplemente voy a otra parte.
Nadie sonrió ya que aquella diferencia todavía parecía insuficiente .
Y entonces añadió algo que años después muchos de ellos seguirían recordando.
—Las personas que cambian tu vida nunca se van del todo.
El corazón de Gabriela se encogió.
Porque volvía a ser Alejandro.
Volvía a ser Carolina.
Volvía a ser todo, la misma lección contada de otra manera.
Y por primera vez comprendió que la vida llevaba años intentando enseñarle exactamente lo mismo.
Que perder no siempre significa desaparecer.
Que algunas personas permanecen incluso cuando se marchan y el amor tiene una forma extraña de sobrevivir a la distancia.
La clase terminó poco después pero nadie salió inmediatamente porque sabían que acababa de empezar una despedida.
Y nadie estaba preparado para ella.
Esa misma tarde, al llegar a casa, Gabriela encontró algo inesperado.
Otro sobre.
Fue dentro de la caja de Alejandro.
Un sobre que jamás había visto.
Más pequeño. Más antiguo.
Y en el frontal había una frase escrita con la letra de su padre.
Una única frase. Una frase que hizo que el corazón se detuviera.
"Ábrela cuando tengas que despedirte de alguien importante."
Gabriela cerró los ojos entendiendo inmediatamente una cosa.
Alejandro había sabido que este día llegaría y una vez más había dejado una luz encendida para ayudarla a atravesarlo.
Gabriela sostuvo el sobre entre las manos durante varios minutos.
Sin abrirlo. Sin moverse. Sin respirar apenas.
Ya conocía aquella sensación. La había vivido con la primera carta. La había vivido con la historia de Carolina.
Y ahora volvía a aparecer .
La sensación de estar a punto de escuchar algo importante.
Algo que podría cambiarla.
Algo que quizá ya la estaba cambiando.
En el exterior de la ventana la tarde comenzaba a oscurecerse.
Las sombras crecían lentamente sobre la habitación.
Y durante un instante Gabriela tuvo la absurda sensación de que Alejandro estaba allí. Esperando. Sonriendo.
Como siempre hacía cuando sabía una respuesta que ella todavía no conocía.
Finalmente abrió el sobre.
Dentro había una única hoja. Solo una.
Pero al desplegarla comprendió inmediatamente que aquella página contenía más cosas de las que parecía.
Comenzó a leer.
"Hola, pequeña."
Las lágrimas aparecieron inmediatamente.
"Si has abierto esta carta es porque estás a punto de despedirte de alguien importante."
Gabriela tragó saliva y siguió leyendo.
"Antes de continuar necesito pedirte un favor."
"No leas esto como alguien que está perdiendo algo."
"Léelo como alguien que tuvo la suerte de encontrarlo."
Las palabras golpearon directamente su corazón ya que aquella diferencia lo cambiaba todo.
Perder……o haber tenido.
Ausencia…..o gratitud.
Dolor……o amor.
La misma realidad….dos maneras completamente distintas de mirarla.
Continuó leyendo.
"Cuando eras pequeña me preguntaste cuál era el número más grande del mundo."
Una sonrisa apareció entre las lágrimas.
Recordaba aquella conversación perfectamente.
Tendría siete años. Quizá ocho. Y había insistido durante días .
—¿Un millón?
—Más.
—¿Mil millones?
—Más.
—¿Un billón?
—Más.
Hasta terminar frustrada porque el universo parecía empeñado en fabricar números más rápido de lo que ella podía aprenderlos.
La carta continuaba.
"Entonces te hablé del infinito y tú me preguntaste qué ocurría si multiplicábamos infinito por infinito."
Gabriela soltó una pequeña carcajada.
Sí.
También recordaba aquello porque había pasado una semana entera obsesionada con la pregunta.
"Nunca te respondí."
"O al menos no completamente."
Las lágrimas seguían descendiendo pero ahora también sonreía porque podía escuchar la voz de Alejandro en cada frase.
"La respuesta matemática no importa."
"La importante es otra."
El corazón comenzó a acelerarse por intuir que estaba llegando a la verdadera razón de la carta.
"Con los años descubrí algo extraño."
"Las personas creen que el amor se divide."
"Que si aparece alguien nuevo, el amor anterior disminuye."
"Que si pierdes a alguien, pierdes también todo lo que construiste con él."
"Que las despedidas son una forma de resta."
Gabriela dejó de respirar porque ya sabía dónde iba y aun así necesitaba leerlo.
Necesitaba escuchar aquellas palabras.
"Pero están equivocados."
"El amor no funciona con restas."
"Funciona con multiplicaciones."
Las lágrimas comenzaron a caer más deprisa .
"Cada persona importante añade algo a quién eres."
"Y cuando se marcha, eso no desaparece."
"Permanece dentro de ti."
"Multiplicándose."
La habitación pareció quedarse en silencio.
Completamente.
Como si incluso el mundo quisiera escuchar.
"Por eso el título de esta carta es infinito por infinito."
"Porque las personas que amamos no compiten entre sí."
"Se suman."
"Se mezclan."
"Se multiplican."
"Y terminan formando algo mucho más grande de lo que existía antes."
Gabriela ya lloraba abiertamente.
Porque comprendía.
Por fin comprendía.
Carolina.
Arantxa.
Ella.
Todas las personas que habían formado parte de la vida de Alejandro no se habían sustituido. No se habían borrado. Habían construido algo.
Algo más grande.
Algo infinito.
Y entonces llegó la última parte, la que parecía escrita específicamente para aquel momento.
"Cuando tengas que despedirte de alguien importante..."
"no te preguntes cuánto tiempo estuvo contigo."
"Pregúntate cuánto cambió tu vida mientras estuvo."
"Esa es la única medida que realmente importa."
Gabriela cerró los ojos porque pensó inmediatamente en Abel.
En todo lo que les había enseñado.
En todo lo que había cambiado.
En todo lo que seguiría existiendo cuando ya no estuviera allí .
Y por primera vez desde que conoció la noticia sintió algo diferente al dolor.
Gratitud.
Una gratitud inmensa.
Casi imposible de contener.
La carta terminaba con una última frase.
Una única frase.
La más importante de todas.
"Las despedidas duelen porque el amor fue real."
"Y eso, pequeña, nunca será una mala noticia."
Gabriela apoyó lentamente la carta sobre sus piernas.
Y permaneció allí.
Llorando.
Sonriendo.
Recordando.
Comprendiendo.
Mientras el sol desaparecía tras el horizonte.
Y mientras una verdad hermosa comenzaba a instalarse dentro de ella.
Las personas importantes no desaparecen.
Se convierten en parte de nosotros.
Y desde allí.....nos acompañan para siempre.
Vicente supo que algo había ocurrido en cuanto vio su mensaje.
No por las palabras, sino por el tiempo. Gabriela llevaba varios minutos escribiendo y borrando y escribiendo otra vez.
Aquello nunca era casual.
Finalmente llegó el mensaje.
"¿Puedes venir?"
Solo dos palabras.
Pero Vicente comprendió inmediatamente que eran importantes.
Muy importantes.
"Claro."
Respondió. Como siempre. Sin preguntas. Sin exigencias. Sin condiciones .
Una hora después caminaban junto al mar. El cielo estaba cubierto. Las nubes avanzaban lentamente sobre el cielo y el mundo parecía moverse a una velocidad distinta. Más despacio. Como si supiera que aquella conversación necesitaba espacio.
Gabriela llevaba la carta doblada dentro de la mochila y durante varios minutos no encontró el valor para sacarla.
Porque algunas palabras cambian cuando las compartes. Dejan de pertenecerte solo a ti.
Y eso siempre da miedo.
Finalmente se detuvo.
Abrió la mochila.
Y le entregó el papel.
—Léela.
Él observó la carta. Después la miró a ella y comprendió inmediatamente que estaba entrando en un territorio sagrado, en uno de esos lugares donde las personas guardan lo más importante de sí mismas.
Leyó despacio. Muy despacio.
Como quien sostiene algo frágil. Como quien sabe que algunas frases merecen ser escuchadas más de una vez.
Cuando terminó, permaneció varios segundos callado, observando el mar. Pensando.
Y finalmente sonrió.
Una sonrisa pequeña llena de emoción.
—Tu padre era injustamente bueno escribiendo.
Gabriela soltó una carcajada entre lágrimas.
—Lo sé.
—Es casi ofensivo.
—También lo sé.
Las risas rompieron la tensión.
Lo justo.
Porque enseguida volvió el silencio.
Un silencio cómodo. De esos que ya no necesitan llenarse.
Vicente dobló cuidadosamente la carta y entonces dijo algo que Gabriela jamás olvidaría .
—Creo que tu padre acaba de explicarme algo que llevaba años intentando entender.
Ella levantó la vista.
—¿Qué?
Vicente observó con pausa y respondió.
—Que nunca he dejado de querer a Lucía.
El corazón de Gabriela se encogió. No por dolor. Por comprensión.
Porque sabía exactamente dónde iba.
—Y que eso no tiene nada que ver con quererte menos a ti.
Las lágrimas volvieron pero esta vez no dolían porque la carta había hecho algo extraordinario. Había eliminado una mentira. La que ambos llevaban demasiado tiempo creyendo.
La mentira de que el amor tiene capacidad limitada.
La mentira de que querer a alguien nuevo significa abandonar a quien estuvo antes.
La mentira de que el corazón funciona como una habitación cuando en realidad funciona como un cielo.
Gabriela apoyó suavemente la cabeza sobre el hombro de Vicente y durante unos segundos ninguno habló. Ya no hacía falta.
Algunas respuestas llegan exactamente cuándo deben llegar.
Y aquélla acababa de hacerlo.
El mar continuaba moviéndose frente a ellos.
Las olas llegaban y se marchaban.
Llegaban y se marchaban.
Como las personas.
Como los momentos.
Como las etapas.
Y sin embargo el mar seguía siendo el mar.
Igual que ellos seguían siendo ellos.
Transformados.
Pero completos.
Entonces Gabriela recordó algo.
—¿Sabes qué es lo peor?
Vicente sonrió .
—Conociéndote, la pregunta me preocupa.
Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Las risas regresaron y después ella continuó.
—Lo peor es que creo que Alejandro y Abel se habrían llevado increíblemente bien.
Vicente soltó una carcajada.
—Dios mío.
—¿Qué?
—El nivel de frases profundas habría sido insoportable.
—Es verdad.
—Probablemente habrían fundado una secta filosófica.
—Con Greta como líder espiritual.
Las carcajadas resonaron junto al mar y por un instante todo resultó ligero, extraordinariamente ligero.
Pero cuando las risas desaparecieron, la realidad regresó.
Abel se marchaba.
Y ambos lo sabían.