Infinito Por Infinito CAPÍTULO DOCE
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CAPÍTULO DOCE

Infinito por infinito

La felicidad tiene una costumbre extraña.

Cuando por fin llega, siempre aparece acompañada de un pequeño miedo. El miedo a perderla. El miedo a que desaparezca. El miedo a descubrir que solo era un espejismo.

Y durante los días que siguieron a aquella conversación junto al mar, Gabriela convivió con los tres.

Porque era feliz, profundamente feliz y eso la aterraba un poco.

No por Vicente. Nunca por Vicente. Sino por ella.

Durante mucho tiempo había aprendido a protegerse esperando lo peor y ahora la vida parecía empeñada en demostrarle que todavía podían ocurrir cosas buenas.

Aquella mañana llegó al instituto antes de lo habitual. El patio todavía estaba medio vacío. Algunos alumnos caminaban distraídos. Otros repasaban apuntes de última hora. Y Greta discutía apasionadamente con una máquina expendedora.

—¿Qué haces?, preguntó Gabriela.

—Negociando.

—¿Con una máquina?

—De momento las conversaciones no avanzan bien.

Gabriela soltó una carcajada y Greta la observó durante unos segundos.

Después sonrió. Una sonrisa peligrosa.

—Estás feliz.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Greta.

—Gabi.

Laia apareció justo a tiempo .

—¿Qué ocurre ahora?

—Está enamorada.

—Greta.

—¿Qué?

—Voy a empujarte dentro de la máquina.

—Lo entiendo, asintió Greta.

—La violencia suele aparecer cuando alguien ya no tiene argumentos.

Las tres terminaron riendo y por primera vez en muchísimo tiempo Gabriela se permitió disfrutar del momento. Sin culpa. Sin pensar en el mañana…….simplemente disfrutándolo.

Sin embargo, mientras caminaban hacia clase, algo llamó su atención.

Abel estaba cruzando el patio.

Solo.

Con las manos en los bolsillos y una expresión diferente. Más seria. Más triste.

Fue apenas un instante pero Gabriela lo notó porque había aprendido a prestar atención y Abel siempre había sido una de esas personas cuya sonrisa parecía iluminar una habitación.

Cuando desaparecía...se notaba. Mucho.

La clase comenzó con normalidad o al menos aparentemente.

Abel sonrió.

Bromeó.

Preguntó cómo estaban.

Pero algo había cambiado.

Algo pequeño.

Casi invisible.

Y aun así estaba allí.

Al final de la sesión guardó lentamente los apuntes y permaneció unos segundos observando a la clase como si quisiera memorizarla, recordar cada rostro, cada detalle, cada mirada.

Entonces habló.

—¿Sabéis una cosa?

El aula quedó en silencio .

—Hay personas que creen que lo más difícil de la vida es aprender a empezar.

Nadie respondió. Intuían que aquello no formaba parte de la lección prevista.

—Pero no es verdad.

Abel sonrió de manera hermosa pero triste.

—Lo más difícil es aprender a despedirse.

El corazón de Gabriela dio un vuelco pues algo en aquella frase sonó diferente, demasiado.

Y por primera vez en mucho tiempo sintió una sensación desagradable,  una intuición, la de que algo estaba a punto de cambiar.

Algo importante. Algo que ninguno de ellos estaba preparado para perder.

Gabriela no consiguió quitarse aquella sensación de encima ni durante el resto de las clases, ni durante la comida.

Ni siquiera cuando Vicente la acompañó hasta casa.

Algo ocurría.

Y aunque no sabía exactamente qué era, estaba convencida de ello. Lo había visto en la mirada de Abel y las miradas no mienten tan bien como las palabras.

Aquella tarde, mientras hacía deberes, el móvil vibró.

Era Laia.

"¿Te pareció raro Abel hoy?"

Gabriela se incorporó inmediatamente.

"Sí."

La respuesta llegó enseguida.

"Vale. Entonces no soy la única."

Gabriela observó la pantalla ya que acababa de confirmar algo.

No era imaginación suya. Otros también lo habían notado.

Un minuto después apareció otro mensaje.

Greta.

"Tengo una teoría."

Gabriela cerró los ojos.

Siempre que Greta tenía una teoría ocurrían dos cosas.

La primera normalmente era absurda .

La segunda a veces terminaba teniendo razón.

"Te escuchamos."

"Creo que está enamorado."

Laia respondió primero.

"Por favor."

"¿Qué?"

"Todo el mundo no está enamorado."

"Eso es exactamente lo que diría alguien enamorado."

La conversación degeneró rápidamente como casi todas las conversaciones con Greta y aun así consiguió algo. Hacer sonreír a Gabriela aunque la inquietud permaneció ya que en el fondo seguía convencida de que aquello era algo más serio. Mucho más serio.

Días después llegó el viernes.

La clase de Abel.

La asignatura de la vida.

Y desde que entró por la puerta todos comprendieron que algo iba a pasar. No sabían qué pero lo sintieron.

Abel dejó la mochila sobre la mesa y durante unos segundos permaneció en silencio como quien contempla algo valioso e intenta grabar una imagen en la memoria.

Finalmente sonrió.

—Hoy no voy a contaros una historia.

Las miradas se cruzaron porque aquello era raro, muy raro.

—Hoy quiero hablaros de una asignatura.

Gabriela sintió un escalofrío porque inmediatamente pensó en Alejandro. En la lista. En todas aquellas lecciones que habían cambiado su vida.

Abel escribió lentamente una frase en la pizarra.

APRENDER A DEJAR MARCHAR

El aula quedó completamente inmóvil al entender todos aquellas palabras aunque nadie quisiera hacerlo.

Abel observó la frase y después habló.

—Hay cosas que llegan a nuestra vida para quedarse .

Hizo una pausa.

—Y hay cosas que llegan para enseñarnos algo antes de irse.

El silencio era absoluto.

—Personas.

Momentos.

Etapas.

Sueños.

Su voz sonaba tranquila pero había algo debajo. Algo que no estaba consiguiendo esconder.

—Y cuanto más importantes son...

Miró la ventana.

—Más difícil resulta despedirse de ellas.

Gabriela sintió un nudo en el estómago. Ya no era una sospecha. Ahora estaba segura. Aquella clase no era una casualidad. Aquella lección no era una casualidad.

Y la tristeza de Abel tampoco.

—¿Y cómo se hace?, preguntó de repente Vicente.

La pregunta sorprendió a todos.

Incluso a Abel.

—¿Cómo se hace qué?

—Dejar marchar algo que no quieres perder.

La pregunta quedó suspendida en el aire por ser demasiado real a la vez que dolorosa.

Abel tardó varios segundos en responder y cuando lo hizo, la voz sonó diferente. Más sincera y frágil.

—No se hace de golpe.

El aula permaneció inmóvil.

—Primero lo niegas.

—Después te enfadas.

—Después intentas negociar.

Sonrió ligeramente.

—Como si la vida aceptara negociaciones.

Algunas risas tristes aparecieron.

—Y finalmente comprendes algo.

Se hizo un silencio profundo .

—Que amar algo no significa poseerlo.

Nadie respiraba.

—Significa agradecer que haya existido.

La frase golpeó directamente el corazón de Gabriela por ser exactamente lo que su padre había intentado enseñarle.

Y porque por primera vez comprendió que Abel también estaba despidiéndose de algo o de alguien.

Mientras cada uno daba su opinión, Gabriela no dejaba de pensar en una despedida que le inmovilizaba, que le aterraba.

La campana sonó aunque nadie se movió.

Nadie.

Hasta que Abel respiró hondo y sonrió.

—Bueno.

—Por hoy ya os he destrozado emocionalmente bastante.

Las risas aparecieron. Pequeñas. Agradecidas.

Y entonces añadió una última frase.

Una frase que dejó helada a toda la clase.

—La próxima semana tendré algo importante que contaros.

Y por primera vez desde que lo conocían...

Abel pareció tener miedo.

La noticia llegó. Y llegó de la forma más cruel posible. Sin preparación. Sin aviso. Sin tiempo para acostumbrarse.

Porque las despedidas importantes casi nunca preguntan si estás listo.

Simplemente llegan.

Aquella mañana el aula estaba extrañamente silenciosa.

Incluso Greta parecía más tranquila de lo habitual lo cual era equivalente a observar un eclipse. Algo excepcional.

Gabriela ocupó su asiento y observó la puerta porque llevaba varios días pensando en la frase de Abel.

"La próxima semana tendré algo importante que contaros."

Y desde entonces una inquietud constante habitaba dentro de ella, la que aparece cuando sabes que algo está cambiando pero aún no sabes cuánto.

La puerta se abrió y Abel entró sonriendo. Como siempre .

Pero esta vez todos percibieron algo.

La sonrisa era diferente.

Y precisamente por eso resultaba más triste.

Parecía una despedida.

Abel dejó la mochila sobre la mesa.

Observó la clase.

Y durante unos segundos nadie habló.

Ni siquiera él.

Finalmente tomó aire.

—Bueno.

Sonrió.

—Supongo que ha llegado el momento.

El silencio fue inmediato.

Absoluto.

Como si todos hubieran dejado de respirar al mismo tiempo.

—Hace unas semanas recibí una propuesta.

Gabriela sintió cómo el corazón comenzaba a acelerarse.

—Una propuesta para incorporarme a un proyecto educativo internacional.

Algunas miradas se cruzaron.

Nadie entendía todavía hacia dónde iba aquello hasta que Abel añadió:

—Y he decidido aceptarla.

El tiempo se detuvo por completo.

Gabriela sintió exactamente lo mismo que el día que recibió la noticia de la enfermedad de Alejandro.

No la misma intensidad.

No el mismo dolor.

Pero sí la misma sensación.

La sensación de que el mundo acababa de desplazarse unos centímetros y ya nada volvería a ocupar exactamente el mismo lugar.

Nadie habló porque todos estaban intentando comprender.

Y aceptar.

Y procesar.

Todo al mismo tiempo .

Fue Greta quien rompió el silencio como siempre porque siempre era la primera en correr hacia las emociones aunque fingiera lo contrario.

—¿Te vas?

La voz sonó mucho más pequeña de lo habitual.

Muchísimo más.

Abel asintió lentamente.

—Sí.

Aquella palabra cayó sobre el aula como una piedra sobre agua tranquila generando ondas, muchas.

—¿Cuándo?, preguntó Laia.

—Al finalizar el curso.

Nadie respondió.

Porque de repente el final de curso había dejado de ser una fecha para convertirse en una cuenta atrás.

Gabriela bajó la mirada.

No quería llorar.

Todavía no.

Pero ya sentía el nudo creciendo en la garganta.

Abel había llegado a sus vidas en el momento exacto. Cuando más lo necesitaban.

Y ahora se iba.

Como si la propia vida estuviera empeñada en enseñar una lección más.

La lección definitiva.

Aprender a dejar marchar.

Abel observó el aula y entendió perfectamente lo que estaban sintiendo.

Porque él también lo sentía. Muchísimo.

—Escuchadme.

Su voz sonó firme, serena, llena de cariño.

—No estoy desapareciendo.

Sonrió.