Infinito Por Infinito CAPÍTULO ONCE #3
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CAPÍTULO ONCE #3

Dos emociones que durante demasiado tiempo habían vivido mezcladas dentro de ella hasta parecer la misma cosa.

Vicente sonrió ligeramente.

—Creo que tu padre te conocía demasiado bien.

Gabriela soltó una pequeña carcajada entre lágrimas.

—Sí.

—Muchísimo.

El silencio regresó pero siendo esta vez diferente, ligero.

Como si una puerta acabara de abrirse y el aire pudiera entrar por fin.

Y entonces ocurrió algo. Algo pequeño pero decisivo.

Gabriela observó a Vicente y dejó de preguntarse si estaba sintiendo algo.

Porque ya conocía la respuesta. La conocía desde hacía tiempo.

Simplemente había tenido miedo de nombrarla.

Y mientras contemplaba el mar comprendió algo.

Alejandro no había dejado aquella carta para enseñarle a olvidar, la había dejado para enseñarle a seguir amando.

Y quizá...

solo quizá...

había llegado el momento de aprender la lección completa.

Durante los días siguientes, Gabriela notó algo extraño .

Ya no estaba luchando contra sus sentimientos lo cual cambiaba muchas cosas.

Porque hasta entonces había dedicado una enorme cantidad de energía a intentar no sentir. A intentar controlar. A intentar protegerse.

Y ahora estaba cansada. Cansada de esconderse. Cansada de negociar constantemente con el miedo.

La carta de Alejandro había roto algo o puede ser que lo hubiera liberado.

Y desde entonces una pregunta aparecía constantemente.

Si mi padre tuvo el valor de volver a amar...

¿por qué yo no?

Aquella pregunta la acompañó toda la semana.

En clase. En casa. Durante los entrenamientos. Incluso por las noches.

Hasta que llegó el viernes. Y con él una nueva asignatura.

Aquella tarde, al regresar del instituto, volvió a abrir la lista.

Sus dedos recorrieron lentamente las líneas hasta detenerse en una frase.

31. Di una verdad que pueda cambiar algo importante.

Gabriela cerró los ojos pues el universo empezaba a tener un sentido del humor bastante cuestionable.

—No puede ser, murmuró.

Pero sí era.

Porque aquella asignatura parecía escrita específicamente para ella.

Y para aquel momento.

Esa noche apenas pudo dormir al dejar de preguntarse qué sentía. Y empezar a preguntarse qué iba a hacer con lo que sentía.

La diferencia era enorme.

A la mañana siguiente quedó con Vicente.

Su lugar. El mar. El banco. El horizonte.

Ya casi parecía una tradición y precisamente por eso resultaba tan importante.

Cuando llegó, Vicente ya estaba allí. Sentado. Observando las olas .

Y durante unos segundos Gabriela se quedó quieta mirándolo. La vida te regala momentos de absoluta claridad, momentos donde todo encaja y ya no necesitas analizar. Donde simplemente sabes.

Y Gabriela acababa de tener uno.

Vicente levantó la vista y sonrió. Aquella sonrisa. La misma que aparecía constantemente en sus pensamientos, la misma que llevaba semanas intentando ignorar sin éxito.

—Hola.

—Hola.

Se sentó a su lado y por un momento, el silencio resultó difícil al haber demasiadas cosas queriendo salir……demasiadas.

Vicente lo notó inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

Gabriela respiró profundamente, observó sus propias manos y finalmente habló.

—Creo que ya sé cuál es mi moneda número cien.

Vicente frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Ella sonrió de manera nerviosa y vulnerable.

—Durante mucho tiempo pensé que mi moneda número cien era recuperar a mi padre.

La voz tembló ligeramente.

—Y después comprendí que eso era imposible.

Vicente escuchaba sin moverse ni interrumpir como siempre.

—Entonces pensé que quizá nunca volvería a sentirme completa.

Tomó aire al estar llegando al lugar del que llevaba meses huyendo.

—Pero estaba equivocada.

El corazón de Vicente comenzó a acelerarse sin saber aún por qué pero intuyendo ya algo dentro de sí.

Gabriela levantó la vista y lo miró directamente a los ojos sin esconderse ni intentar escapar.

Sin miedo o con él pero avanzando igualmente como Abel les había enseñado y su padre habría esperado.

—Porque la vida nunca iba de encontrar una moneda que falta.

Las lágrimas aparecieron pero ella siguió hablando .

—Va de darte cuenta de que ya eres afortunado.

Vicente sintió un nudo en la garganta comprendiendo que aquello significaba algo más, mucho más.

Y entonces Gabriela pronunció la verdad que llevaba meses creciendo dentro de ella.

—Y una de mis noventa y nueve monedas eres tú.

El mundo se detuvo.

Las olas.

El viento.

El tiempo.

Todo.

Porque algunas frases cambian una vida y aquella acababa de hacerlo.

Vicente bajó la mirada, no para esconderse sino por estar emocionado. Muchísimo.

Y durante unos segundos fue completamente incapaz de hablar.

Cuando finalmente levantó la vista, los ojos brillaban.

—Gabriela...

Pero las palabras no llegaron, todavía no porque acababa de comprender algo que llevaba mucho tiempo evitando y ahora ya no podía seguir escondiéndolo.

La verdad tiene esa costumbre. Cuando aparece una vez..... termina arrastrando a las demás.

Vicente permaneció en silencio, no porque no supiera qué decir sino porque sabía exactamente qué decir y eso resultaba mucho más difícil.

El mar continuaba moviéndose frente a ellos, las olas seguían llegando y el viento seguía soplando pero para Vicente todo parecía haberse detenido.

"Una de mis noventa y nueve monedas eres tú."

La frase seguía resonando dentro de él.

Nadie le había dicho algo así antes.

Nunca .

Y en el fondo, llevaba mucho tiempo necesitando escucharlo. No por vanidad u orgullo sino porque durante años se había sentido exactamente lo contrario. Una carga. Un problema. Una persona rota.

Y ahora Gabriela acababa de decirle que era una de las cosas buenas de su vida. Una de las cosas valiosas. Una de las que permanecían.

Tomó aire lentamente y levantó la vista.

—No tienes ni idea de lo importante que acaba de ser eso para mí.

La voz sonó baja y más frágil de lo habitual.

Gabriela sintió cómo el corazón se aceleraba por ser aquella vulnerabilidad nueva, muy nueva.

Vicente nunca había sido una persona que mostrara fácilmente lo que sentía. No por falta de emociones. Precisamente por exceso de ellas.

—Sí la tengo, respondió suavemente.

Vicente sonrió.

Y negó con la cabeza.

—No.

Miró el mar.

Después volvió a mirarla.

—Porque tú tampoco tienes idea de lo importante que eres para mí.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Ninguno apartó la mirada.

Por primera vez.

Sin refugios.

Sin bromas.

Sin excusas.

Solo verdad.

La verdad completa.

Vicente tragó saliva al no haber ya vuelta atrás y curiosamente aquello dejó de darle miedo.

—Cuando te conocí...

Sonrió ligeramente.

—Pensé que eras insoportable.

Gabriela soltó una carcajada .

—Gracias.

—Estoy siendo sincero.

—Lo aprecio muchísimo.

Las risas suavizaron la emoción durante unos segundos.

Lo justo.

Porque después Vicente continuó.

—Y luego empezaste a quedarte.

El corazón de Gabriela se encogió.

—Incluso cuando yo no quería que nadie se quedara.

La voz volvió a quebrarse apenas un instante.

—Y poco a poco dejé de sentirme solo.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de ambos porque algunas frases contienen años enteros y aquella era una de ellas.

—Gabi.....

El viento agitó suavemente el cabello de ella y entonces Vicente sonrió con la sonrisa diferente de alguien que finalmente deja de esconderse.

—Creo que eres el “Love of my life”.

El mundo desapareció por completo.

No hubo ruido.

No hubo mar.

No hubo horizonte.

Solo aquella frase.

Aquella verdad.

Y el extraño milagro de escuchar exactamente lo que tu corazón llevaba tiempo esperando.

Las lágrimas descendieron lentamente por las mejillas de Gabriela a la vez que estaba sonriendo.

Sonriendo como no sonreía desde hacía muchísimo tiempo.

Porque ya no sentía culpa. Ya no sentía traición. Ya no sentía miedo.

O quizá sí sentía miedo pero por primera vez era más pequeño que la esperanza, mucho más pequeño.

—Yo también, susurró.

Vicente cerró los ojos durante un instante. Apenas unos segundos .

Como si necesitara asegurarse de que aquello era real y necesitara respirar dentro de aquella felicidad.

Y entonces ambos comenzaron a reír, no porque fuera gracioso sino porque algunas emociones son tan grandes que no encuentran otra salida.

Rieron.

Lloraron.

Y permanecieron sentados frente al mar sin prisas.

Porque ninguno quería escapar de aquel momento.

Porque habían esperado demasiado para llegar hasta allí.

Muchísimo.

El sol comenzaba a descender lentamente tiñendo el agua de tonos dorados.

Y mientras observaban el horizonte, Gabriela recordó algo.

La lista.

Sacó el papel de la mochila.

Lo desplegó.

Y buscó una línea concreta.

31. Di una verdad que pueda cambiar algo importante.

Sonrió.

Y la tachó.

Despacio.

Con cuidado.

Como quien completa una promesa.

Porque acababa de hacerlo.

Y había cambiado algo importante.

Había cambiado todo.

Mientras regresaban caminando hacia la ciudad, ninguno sabía qué ocurriría en el futuro ni cuánto duraría, ni qué dificultades llegarían, ni qué nuevas pérdidas o nuevas alegrías.

Pero por primera vez eso no importaba por haber comprendido algo esencial.

La felicidad nunca consiste en encontrar una vida sin riesgos.

Consiste en encontrar algo por lo que merezca la pena arriesgar.

Y ambos acababan de encontrarlo.