Infinito Por Infinito CAPÍTULO CATORCE #4
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CAPÍTULO CATORCE #4

El corazón de Gabriela se aceleró por saber inmediatamente que acababa de encontrar la historia, la historia que jamás habría escuchado.

Y mientras el sol comenzaba a hundirse lentamente en el mar, comprendió que aquella conversación estaba a punto de cambiar algo muy importante.

Porque algunas personas aparecen en tu vida para responder preguntas que todavía no sabías formular y aquel anciano desconocido acababa de convertirse en una de ellas.

El sol comenzaba a descender lentamente como si tampoco quisiera perderse aquella conversación. El anciano seguía observando el mar y Gabriela tuvo la extraña sensación de que no estaba mirando el presente.

Estaba mirando recuerdos.

Muchísimos recuerdos.

Finalmente habló.

—¿Sabes cuál es la mentira más peligrosa que nos contamos?

Gabriela negó con la cabeza.

—Que siempre tendremos tiempo.

El silencio se instaló entre ambos pues aquella frase tenía mucho peso.

—Yo pensaba eso,  continuó.

—Cuando tenía tu edad estaba enamorado.

Gabriela sonrió.

Porque todas las historias importantes parecían empezar así, con alguien enamorado o intentando estarlo.

—Se llamaba Clara .

La forma en que pronunció aquel nombre hizo que Gabriela comprendiera algo.

Noventa y dos años y seguía pronunciándolo igual.

Con cuidado, como si todavía pudiera romperse.

—Era la mujer más valiente que he conocido, sonrió.

—Lo cual era un problema.

—¿Por qué?

—Porque yo era exactamente lo contrario.

Gabriela permaneció en silencio escuchando con todos los sentidos como exigía la asignatura.

—Clara quería recorrer el mundo.

—¿Y usted?

—Yo quería tener garantías.

La respuesta llegó inmediatamente como si hubiera pasado toda la vida analizándola.

—Ella quería aventura.

—Yo quería seguridad.

—Ella quería vivir.

—Yo quería asegurarme de no equivocarme.

Gabriela sintió un escalofrío al resultarle aquellas palabras peligrosamente familiares.

El anciano continuó.

—Cuando cumplimos veintisiete años le ofrecieron un trabajo en otro país.

Hizo una pausa.

—Y me pidió que fuera con ella.

Gabriela ya intuía el resto pero aun así necesitaba escucharlo.

—¿Fue?

El anciano sonrió en una sonrisa triste,  profundamente triste.

—No.

El viento agitó suavemente el mar.

—Le dije que era una locura.

—Que debíamos esperar.

—Que primero necesitábamos estabilidad.

—Que ya viajaríamos más adelante .

Cerró los ojos.

Solo un instante.

—Siempre más adelante.

Gabriela sintió el corazón encogerse. Conocía aquellas palabras. Las había escuchado muchas veces en otras personas. Incluso en sí misma.

—¿Y qué ocurrió?, preguntó aunque ya sabía la respuesta porque algunas historias solo pueden terminar de una manera.

—Que Clara se marchó.

Silencio.

—¿Y usted?

—Yo me quedé.

El anciano soltó una pequeña carcajada sin alegría. Sólo verdad.

—Convencido de que estaba siendo sensato.

Miró el horizonte.

—Convencido de que hacía lo correcto.

La siguiente frase tardó varios segundos en llegar.

—Tardé muchos años en descubrir que a veces la prudencia también puede ser una forma de cobardía.

Gabriela dejó de respirar un instante pues aquella frase golpeó exactamente donde debía, en el centro, en ese lugar donde viven las verdades incómodas.

—¿Volvió a verla?

El anciano sonrió y por primera vez la sonrisa cambió para volverse luminosa, casi joven.

—Sí.

Gabriela parpadeó sorprendida al no esperar aquella respuesta.

—¿Sí?

—Sí.

Y entonces ocurrió algo hermoso.

El anciano comenzó a reír de una manera  tranquila y llena de vida.

—A los setenta y dos años.

Gabriela abrió mucho los ojos.

—¿Setenta y dos?

—Setenta y dos .

Repitió.

—Resulta que Clara nunca perdió la costumbre de enviarme postales.

La emoción apareció inmediatamente porque aquella imagen era perfecta.

Demasiado.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Cuarenta y cinco años.

Gabriela se quedó inmóvil.

Completamente inmóvil porque no encontraba palabras.

No existían.

—Y un día recibí una postal.

Continuó.

—Solo tenía una frase, sonrió.

—"Ya hemos esperado suficiente."

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Gabriela sin permiso. Sin avisar.

Aquella frase contenía una vida entera.

—¿Y qué hizo?, susurró.

El anciano observó el mar y respondió:

—Por primera vez dejé de pensar.

Sonrió.

—Y compré un billete.

Gabriela soltó una carcajada entre lágrimas.

—¿Así de simple?

—No, respondió él.

—Así de difícil.

El silencio volvió para ser distinto por estar lleno de significado y respuestas.

—¿Y fueron felices?, preguntó finalmente.

El anciano tardó varios segundos en responder.

—No.

Gabriela se quedó sorprendida porque no era el final  de cuento de hadas que esperaba.

—¿No ?

—Fuimos humanos.

La respuesta la desarmó por completo.

—Discutimos.

—Nos equivocamos.

—Nos cansamos.

—Nos perdonamos.

—Nos reímos.

—Nos asustamos.

—Vivimos.

Miró el horizonte y añadió suavemente:

—La felicidad no es una vida perfecta.

—Es una vida que no cambiarías por otra.

Las lágrimas descendieron lentamente por las mejillas de Gabriela entendiendo que aquella historia no hablaba realmente de Clara, ni del anciano. Ni siquiera del amor. Hablaba del tiempo.

Y de lo fácil que resulta desperdiciarlo esperando el momento adecuado cuando casi nunca existe.

El sol terminó de ocultarse y el cielo comenzó a oscurecerse.

El anciano se puso en pie lentamente.

—Creo que ya he hablado demasiado.

—No, respondió Gabriela.

—Creo que ha hablado exactamente lo necesario.

Los dos rieron.

Y luego él comenzó a alejarse.

Pero antes de marcharse se volvió una última vez y dijo algo que Gabriela recordaría durante el resto de su vida.

—No esperes años para elegir la vida que quieres.

Después desapareció lentamente por el camino del faro mientras Gabriela permaneció allí sola frente al mar con el corazón lleno de pensamientos.

Acababa de completar una asignatura pero intuía algo.

Aquella historia no había llegado a su vida para terminar una etapa.

Había llegado para comenzar otra.

El viaje de regreso fue diferente. Muy diferente .

Porque la ida había estado llena de preguntas y la vuelta estaba llena de respuestas. O al menos de algo parecido porque las mejores respuestas nunca eliminan las dudas, solo las hacen más interesantes.

Gabriela permaneció en cubierta durante toda la travesía contemplando cómo la isla se hacía cada vez más pequeña hasta convertirse en una mancha en la lejanía y después desaparecer.

Pero la historia del anciano seguía allí.

Intacta.

Como si ahora formara parte de ella.

"No esperes años para elegir la vida que quieres."

La frase volvía una y otra vez como el vaivén de una ola. Como el estribillo de una canción. Como una verdad que había llegado para quedarse.

Cuando el ferry atracó ya era de noche. Las luces del puerto brillaban sobre el agua y la ciudad parecía exactamente igual que siempre, mas Gabriela no. Ella era distinta. Quizá solo un poco. Quizá mucho más de lo que imaginaba.

Tomó el móvil y encontró varios mensajes.

Uno de Greta.

"¿Has sobrevivido?"

Uno de Laia.

"Ignora a Greta. ¿Cómo estás?"

Y uno de Vicente.

"Cuando vuelvas, llámame."

Gabriela sonrió solo durante unos segundos porque había algo extraño en aquel mensaje. Algo que no encajaba.

No decía:

"¿Cómo ha ido?"

Ni:

"¿Ya has llegado?"

Ni siquiera:

"Cuéntamelo todo."

Solo:

"Cuando vuelvas, llámame. "

Y de repente sintió una inquietud.

Llamó inmediatamente. El teléfono sonó una vez. Dos. Tres.

Hasta que Vicente respondió.

—Hola.

La voz sonó extraña.

No triste pero sí distinta.

—¿Qué pasa?, preguntó Gabriela directamente porque ya no tenía paciencia para rodeos. Porque acababa de aprender algo sobre el tiempo y no pensaba olvidarlo tan rápido.

Hubo un silencio breve y después Vicente respondió.

—Me han ofrecido una beca.

El corazón de Gabriela dio un vuelco.

—¿Qué?

—Una beca para estudiar en el extranjero.

—¿Dónde?

Silencio.

Demasiado silencio.

—En Canadá.

El mundo pareció detenerse sólo un instante. Pero suficiente.

Canadá.

La palabra quedó suspendida entre ellos.

Inmensa.

Lejana.

Real.

—¿Cuánto tiempo?, preguntó Gabriela.

La respuesta llegó suavemente. Casi con miedo.

—Dos años.

Dos años.

La cifra atravesó el aire como una flecha.

Dos años podían ser muchas cosas.

Podían ser una vida entera.

Durante unos segundos ninguno habló.

El anciano. Clara. El tiempo. Siempre el tiempo. Todo se agolpaba en la cabeza de Gabi.

Finalmente Vicente habló .

—Todavía no he decidido nada.

Gabriela cerró los ojos porque conocía perfectamente aquella voz, la de alguien dividido entre el miedo y el deseo, la de quien no sabe qué hacer, la que ella misma había tenido antes de viajar sola.

—¿Quieres ir?, preguntó.

Silencio.

Y después:

—Sí.

La respuesta salió inmediatamente.

Sin dudas. Sin matices. Sin excusas.

Y precisamente por eso resultó tan importante.

Porque cuando eliminas todas las explicaciones......solo queda la verdad.

Gabriela observó los destellos de las farolas reflejadas sobre el agua del puerto y de repente recordó una frase de Alejandro.

Una de las primeras.

Una de las más importantes.

"Las decisiones difíciles casi nunca consisten en elegir entre algo bueno y algo malo."

"Consisten en elegir entre dos cosas buenas."

Y comprendió.

Vicente no estaba eligiendo entre quedarse y marcharse.

Estaba eligiendo entre dos vidas que deseaba.

Y eso era mucho más difícil.

Muchísimo más.

—¿Cuándo tienes que responder?

—En una semana.

Gabriela asintió lentamente aunque él no pudiera verla.

Una semana.

Siete días.

Y de repente todo parecía acelerarse.

Otra vez.

Como siempre .

Como ocurre cuando algo importante está a punto de cambiar.

—Gabriela.

La voz de Vicente la sacó de sus pensamientos.

—¿Sí?

Hubo una pausa demasiado larga y después llegó una única pregunta, la que cambiaría el resto de la conversación.

—Si tú fueras yo...

Silencio.

—¿Qué harías?

Gabriela permaneció inmóvil frente al mar, frente a la noche y frente a todo lo que acababa de aprender.

Y por primera vez comprendió algo. Aquella respuesta no solo decidiría el futuro de Vicente. También decidiría el suyo.

Porque a veces la vida te obliga a demostrar si realmente has aprendido la lección y aquella era exactamente una de esas veces.