Infinito Por Infinito CAPÍTULO DIEZ #3
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CAPÍTULO DIEZ #3

Durante varios segundos ninguno habló.

Hasta que Vicente dijo algo, sencillo pero inolvidable.

—Entonces prometamos una cosa.

Gabriela levantó la vista.

—¿Cuál?

Vicente sonrió.

—Que cuando tengamos miedo de vivir...

Hizo una pausa .

—Recordaremos que esa era exactamente la idea de la lista.

Las lágrimas de Gabriela se mezclaron con una sonrisa porque tenía razón, Alejandro habría dicho exactamente lo mismo y porque, sin darse cuenta, Vicente acababa de acercarse todavía más a una parte de su corazón que llevaba mucho tiempo cerrada.

Cuando regresaron a casa aquella noche, ambos sabían que algo había cambiado.

No sabían ponerle nombre.

Todavía no.

Pero lo sentían.

Y a veces sentir algo es el primer paso para comprenderlo.

Abel tardó varios días en admitirlo, incluso ante sí mismo.

Porque algunas verdades son fáciles de reconocer cuando pertenecen a otras personas y tremendamente difíciles cuando hablan de nosotros.

Aquella tarde permanecía solo en el aula corrigiendo trabajos o al menos intentándolo.

Porque llevaba diez minutos leyendo la misma página y no recordaba absolutamente nada de lo que acababa de leer.

Su atención estaba en todos sus alumnos, en sus vidas, en su pasado,  en sus problemas, en sus progresos. No porque estuviera preocupado. Todo lo contrario. Porque los veía cambiar. Crecer. Recuperar partes de sí mismos que parecían perdidas.

Y aquello era hermoso.

Profundamente hermoso.

Cada vez que observaba a Gabriela sonreír junto a Vicente comprendía algo.

Ella estaba encontrando un camino propio, un camino donde él no tenía un lugar especial y esa era exactamente la forma en que debía ser.

Abel cerró lentamente la carpeta y pensó:

Algunas personas llegan a tu vida para ser protagonistas.

Y otras para ayudarte a descubrir quién eres.

Gabriela no era parte de su historia. Él había sido parte de la de ella .

Pero él aprendía tanto o más de lo que enseñaba.

Llamaron suavemente a la puerta. Abel levantó la vista.

Era Marta, la profesora de literatura, una de las pocas personas capaces de leerle con demasiada facilidad.

—Tienes cara de estar pensando demasiado.

—Es posible.

—Entonces tengo razón.

Marta dejó unos libros sobre la mesa y lo observó durante unos segundos.

—¿Quieres hablar?

Abel sonrió.

—Esa es una pregunta peligrosa.

—Las mejores suelen serlo.

Durante unos instantes reinó el silencio hasta que finalmente habló.

—¿Alguna vez has tenido miedo de no ser suficiente, de no ser capaz de dar todo lo que tus alumnos merecen?

Marta tardó exactamente medio segundo en comprender.

—Sí.

—¿Y qué hiciste?

Ella sonrió con una sonrisa tranquila, madura.

—Lo correcto.

Abel soltó una pequeña carcajada.

—Esperaba una respuesta más útil.

—Las respuestas útiles suelen ser decepcionantes.

Se sentó frente a él.

Eres el mejor maestro que jamás haya visto. No por lo que les enseñes a los chicos sino por la reacción que provocas en ellos, por cómo les haces pensar.

Ojalá los institutos estuvieran llenos de más Abeles, ojalá lo estuviera el mundo.

Hay personas que llegan para enseñarnos algo.

Abel sintió un escalofrío.

Porque aquella frase le resultaba demasiado familiar.

—Y cuando aprenden la lección.. .

Continuó Marta.

—Nuestro trabajo termina.

La puerta se cerró suavemente.

Y Abel quedó solo.

Pensando en Gabriela.

Pensando en Vicente.

Pensando en todos sus alumnos.

Pensando en sí mismo.

Y por primera vez comprendió algo.

No estaba perdiendo nada. Estaba viendo cómo sus chicos encontraban el camino que necesitaban.

Y en cierto modo...

aquello era la mayor muestra de amor que podía darles.

Mientras tanto, a varios kilómetros de allí, Gabriela releía la lista de Alejandro. Y Vicente respondía a uno de sus mensajes.

Ambos sin saber que alguien acababa de tomar una decisión silenciosa.

Una decisión que protegería el equilibrio de los tres.

Y que cambiaría para siempre el rumbo emocional de la historia.

La siguiente asignatura apareció una tarde de domingo.

Sin avisar.

Como casi todas las cosas que terminan siendo importantes.

Gabriela estaba sentada en el suelo de su habitación con la lista extendida frente a ella, un lápiz entre los dedos y la extraña sensación en el pecho que llevaba días acompañándola.

No era tristeza. No era miedo. O al menos no exactamente. Era algo más complejo.

Como si una parte de ella estuviera acercándose a una verdad que todavía no se atrevía a mirar directamente.

Su mirada descendió por la lista hasta detenerse en una frase.

17. Dile a alguien lo importante que es para ti.

Gabriela cerró inmediatamente la lista.

—Ni hablar .

Porque algunas asignaturas daban miedo y otras daban pánico.

Justo entonces sonó el móvil.

Vicente.

Gabriela observó el nombre y sintió aquella sonrisa involuntaria que empezaba a aparecer demasiado a menudo.

"¿Qué haces?", ella respondió:

"Intentando sobrevivir a una asignatura."

La respuesta llegó casi al instante.

"¿Tan grave es?"

"Mucho."

"Ahora necesito saber cuál es."

Gabriela dudó.

Y después envió una fotografía de la lista.

Un minuto. Dos. Tres. Silencio.

Finalmente apareció el mensaje.

"Entiendo el problema."

"¿Verdad?"

"Sí."

Y después añadió:

"Porque las cosas importantes dan más miedo que las difíciles."

Gabriela permaneció inmóvil porque aquella frase era completamente cierta, mucho más de lo que le habría gustado.

Aquella misma tarde quedaron junto al mar, su lugar.

Porque empezaba a convertirse en eso, un lugar compartido, un territorio construido a base de conversaciones, de silencios, de confianza.

El cielo estaba cubierto de nubes suaves. El agua parecía una inmensa lámina de plata.

Durante varios minutos caminaron sin hablar de la lista como si ambos supieran que tarde o temprano terminarían llegando allí.

Y así ocurrió.

—¿A quién se lo dirías?, preguntó Vicente.

—Eso es trampa, Gabriela sonrió,

—Lo sé.

—Y además tú tampoco has respondido.

Vicente aceptó el golpe .

—Justo.

Se sentaron frente al mar y durante unos segundos observaron las olas hasta que él habló.

—Creo que se lo diría a Lucía y a mi abuelo.

Gabriela giró la cabeza.

—¿Sí?

Vicente asintió.

—Nunca se lo dije.

Su voz se volvió más baja.

—Siempre pensé que tendría tiempo.

El viento movió suavemente el agua.

—Y después ya no lo tuve.

Gabriela bajó la mirada entendiendo perfectamente esa sensación.

Las palabras que no se dicen terminan pesando más que las que se dicen mal. Mucho más.

—¿Y tú?,  preguntó Vicente.

Gabriela permaneció unos segundos en silencio pensando porque la respuesta era sencilla y complicada al mismo tiempo.

—A mi padre y a mi madre.

Vicente sonrió.

—Ella ya lo sabe.

—Sí.

Gabriela devolvió la sonrisa.

—Pero no se lo digo suficiente.

Aquella respuesta quedó suspendida entre ambos y entonces ocurrió algo inesperado, pequeño pero definitivo.

Vicente la observó unos segundos como si estuviera reuniendo valor y finalmente habló.

—Yo sí quiero decirte algo.

El corazón de Gabriela se aceleró inmediatamente porque algo en su tono era diferente. Más serio. Más vulnerable. Más verdadero.

—¿Qué?

Vicente tomó aire y por primera vez pareció completamente desarmado, sin defensas, sin ironía, sin escondites. Solo él.

—Quiero darte las gracias .

Gabriela parpadeó pues no esperaba aquello ni remotamente.

Vicente continuó.

—Por quedarte.

Las palabras salieron despacio.

—Por escuchar.

—Por insistir cuando yo no quería hablar.

Sonrió ligeramente.

—Por recordarme que todavía existía una vida fuera de mi tristeza.

Gabriela sintió cómo sus ojos comenzaban a humedecerse pues aquella confesión era mucho más íntima que cualquier declaración romántica. Muchísimo más.

Vicente bajó la mirada.

—Eres una de las mejores personas que he conocido.

El mundo desapareció durante unos segundos. El mar. Las nubes. El viento. Todo.

Porque algunas frases encuentran directamente el lugar exacto donde vive el corazón y aquella acababa de hacerlo.

Gabriela respiró hondo y comprendió algo.

La asignatura nunca había consistido únicamente en decirle a alguien que lo quieres. Consistía en atreverse a reconocer lo que significa para ti.

Y por primera vez dejó de huir de la verdad.

Sonrió……y respondió.

—Yo también quiero darte las gracias.

Vicente levantó la vista.

—¿Por qué?

Gabriela observó el horizonte y respondió con absoluta sinceridad.

—Porque desde que apareciste...

Hizo una pausa. Una pausa pequeña pero suficiente.

—La vida me da un poco menos de miedo.

El silencio que siguió fue hermoso porque ambos comprendieron que acababa de ocurrir algo importante.

No era una declaración. No todavía. Era algo mejor. Era la verdad.

Y toda historia de amor importante empieza exactamente ahí.

En la verdad .

Cuando regresaron a casa aquella tarde ninguno habló de lo ocurrido.

No hacía falta.

Porque algunas conversaciones continúan mucho después de haber terminado.

Y aquella acababa de empezar.