CAPÍTULO ONCE
CAPÍTULO ONCE
—¿Qué tal estáis hoy, chicos?
Las respuestas llegaron mezcladas.
Algunas voces sonaron despiertas y unas pocas directamente parecían pertenecer a personas que se dormían con los ojos abiertos.
Abel dejó la mochila sobre la mesa y observó a la clase.
Le gustaba hacerlo. No por autoridad ni por costumbre.
Lo hacía porque prestar atención a las personas era una forma de conocerlas.
Y él creía profundamente en eso.
Durante unos segundos nadie habló hasta que Abel sonrió.
—No, negó lentamente.
—Os he preguntado cómo estáis de verdad.
El aula quedó en silencio pues aquella pregunta siempre era más complicada de lo que parecía.
Greta fue la primera en reaccionar por supuesto.
—Yo estoy cansada.
Las risas aparecieron inmediatamente.
—Eso no invalida mi teoría, respondió Abel.
—¿Qué teoría?, preguntó Laia.
Abel caminó lentamente entre las mesas.
—Que hoy estáis maravillosamente bien.
Varias cejas se levantaron al mismo tiempo.
—No lo parece, murmuró alguien.
—Precisamente.
Abel señaló la ventana.
El cielo estaba despejado y la luz de la mañana inundaba el aula.
—Tenéis salud.
Tenéis amigos.
Tenéis una familia.
Tenéis sueños .
Tenéis tiempo.
Se detuvo.
—Y tenéis una vida entera por delante.
El silencio regresó porque era difícil discutir contra aquello.
Gabriela apoyó la barbilla sobre una mano escuchándolo. Como siempre. Y sin querer recordó la lista de Alejandro.
Las asignaturas. El amanecer. Sus momentos con Vicente. Y una sensación cálida apareció dentro de ella. La de percibir algo, no todo lo que había perdido sino todo lo que todavía conservaba.
Abel continuó caminando.
—El problema es que los seres humanos tenemos una habilidad extraordinaria.
Hizo una pausa.
—Y terrible.
Greta levantó una mano.
—¿Como cuál?
—La de fijarnos en lo único que nos falta.
El aula permaneció inmóvil.
—Aunque tengamos noventa y nueve cosas maravillosas delante.
La frase golpeó a Gabriela de inmediato pues comprendió exactamente de qué estaba hablando.
Durante meses había sido incapaz de ver nada más allá de la ausencia de Alejandro. Y era lógico, normal, humano.
Pero también era cierto que, poco a poco, estaba empezando a recuperar otras cosas. Su madre. Sus amigas. El fútbol. La esperanza.
Y aquello también merecía atención.
Abel volvió al frente de la clase.
—Pensamos más en la moneda número cien.
Cogió una moneda del bolsillo y la levantó.
—Que en las noventa y nueve que ya tenemos.
Greta entrecerró los ojos.
—Eso ha sonado sospechosamente profundo.
Las risas recorrieron el aula.
Abel sonrió.
—Perfecto .
Guardó la moneda.
—Entonces ha llegado el momento de contaros una historia.
Y cuando Abel decía aquellas palabras, toda la clase sabía que significaban que durante los próximos minutos iban a olvidarse de que estaban en un instituto y que algo más relevante estaba a punto de ocurrir.
Abel se sentó sobre la mesa durante unos segundos y observó a la clase como quien prepara cuidadosamente algo importante.
Después comenzó.
—Hace muchos años existió un rey que aparentemente lo tenía todo.
El aula quedó en silencio.
Porque las historias de Abel nunca eran realmente historias.
Eran espejos y ellos lo sabían.
—Poseía castillos, ejércitos, tierras, tesoros.
Podía viajar donde quisiera, comprar lo que quisiera, ordenar lo que quisiera.
Abel caminó lentamente entre los pupitres.
—Sin embargo era profundamente infeliz.
La sonrisa de Greta desapareció. porque aquello ya no sonaba a cuento. Sonaba a verdad.
—Cada mañana despertaba pensando en algo que no tenía.
Miró a sus chicos.
—Un territorio que pertenecía a otro reino.
Una joya más valiosa. Un caballo más rápido. Un palacio más grande.
—Y cuando conseguía una de esas cosas...
Abel hizo una pausa.
—Inmediatamente encontraba otra que le faltaba.
El silencio se hizo más profundo pues todos conocían esa sensación.
La del móvil nuevo, la de la nota perfecta, la de la ropa, la de los seguidores, la de cualquier cosa que parece imprescindible......hasta que la consigues.
Y entonces deja de ser suficiente.
Abel continuó .
—Un día el rey observó a un jardinero cantar mientras trabajaba.
La historia empezó a desplegarse lentamente.
—Cantaba. Sonreía. Disfrutaba.
Y eso enfureció al rey.
—¿Cómo es posible?, preguntó.
—Yo tengo todo lo que alguien podría desear y él apenas tiene nada.
Varias cabezas asintieron. Era exactamente la pregunta. La pregunta eterna.
—Así que ordenó a uno de sus consejeros que averiguara cuál era el secreto del jardinero.
Abel volvió a sentarse.
—El consejero investigó durante semanas.
Y finalmente regresó.
—Majestad.
—El jardinero no pertenece al Club de las 99 Monedas.
Greta levantó una mano inmediatamente.
— ¿Qué club?
Abel sonrió.
—Sabía que preguntarías eso.
—Porque no tiene ningún sentido.
—Todavía.
Las risas aparecieron y desaparecieron enseguida porque todos querían saber cómo continuaba la historia.
—Aquella misma noche el consejero en compañía del rey dejó una bolsa frente a la casa del jardinero para así enseñarle aquello de lo que le había estado hablando.
El aula permanecía completamente inmóvil.
—Dentro había noventa y nueve monedas de oro.
Abel dejó que el número flotara unos segundos.
Noventa y nueve.
No cien.
Noventa y nueve.
—Cuando el jardinero encontró la bolsa creyó que estaba soñando.
Corrió .
Contó las monedas.
Volvió a contarlas.
Y las contó una tercera vez.
Noventa y nueve.
Su felicidad fue inmensa.
Hasta que apareció un pensamiento. Uno pequeño. Insignificante. Pero peligroso.
"Falta una."
El aula quedó en absoluto silencio pues todos intuían lo que iba a ocurrir y aun así necesitaban escucharlo.
—El jardinero pasó toda la noche intentando averiguar dónde estaba la moneda número cien.
El 99 estaba bien pero era un número imperfecto, no era como el 100.
Pensó que quizá se había caído. Que la había contado mal. Que alguien se la había robado.
Pero no apareció.
Al día siguiente comenzó a trabajar más horas.
Y más.
Y más.
Porque estaba convencido de que si conseguía una moneda más...
solo una más...
sería completamente feliz ya que ahora no lo era.
Abel observó a la clase. Nadie hablaba y apenas se movían porque todos estaban viendo el final y porque el final resultaba demasiado familiar.
—Dejó de cantar.
—Dejó de descansar.
—Dejó de disfrutar.
—Y comenzó a vivir obsesionado con aquello que le faltaba.
Abel hizo una pausa.
Una pausa larga.
—Exactamente igual que el rey.
El silencio fue total.
Porque la historia ya no hablaba de un jardinero, ni de un rey.
Hablaba de todos ellos. Hablaba de los seres humanos .
Y de esa tendencia absurda que tenemos a olvidar noventa y nueve bendiciones por culpa de una única ausencia.
Gabriela sintió un escalofrío porque estaba pensando en Alejandro.
Y por primera vez comprendió algo.
Ella había estado buscando la moneda número cien, la única imposible de recuperar, mientras ignoraba muchas de las otras que seguían allí.
Su madre, sus amigas, Vicente, la lista, la vida.
Y aquella comprensión la golpeó con una fuerza inesperada.
Porque quizá...
solo quizá...
la felicidad no consistía en recuperar lo perdido...
sino en aprender a amar lo que permanece.
Durante toda la clase reflexionaron sobre el cuento, sus interpretaciones, sus experiencias y las enseñanzas que podían extraer hasta que el timbre sonó.
Pero nadie se levantó inmediatamente como ocurría cada vez que Abel terminaba una de aquellas historias.
Porque la clase ya había terminado pero la reflexión acababa de empezar.
Gabriela guardó lentamente el cuaderno y mientras lo hacía seguía pensando en el jardinero.
En las noventa y nueve monedas.
Y en Alejandro.
Especialmente en Alejandro.
Porque por primera vez se atrevía a formular una pregunta incómoda.
¿Qué habría querido él?
¿Que pasara el resto de su vida mirando la moneda que faltaba?
¿O que aprendiera a valorar todas las que seguían allí?
La respuesta parecía evidente y precisamente por eso dolía tanto.
Cuando salió al pasillo encontró a Vicente esperándola.
—¿Qué te ha parecido?, preguntó él.
Gabriela sonrió .
—Creo que Abel tiene una habilidad especial para arruinarte el día.
Vicente soltó una carcajada.
—Sí.
—Entras a clase pensando que todo va bien.
—Y de repente descubres que llevas meses engañándote.
—Exacto.
Caminaron hacia la salida.
El instituto comenzaba a vaciarse. Los pasillos estaban llenos de conversaciones. De mochilas. De despedidas rápidas.
Y sin embargo ellos parecían caminar dentro de una burbuja silenciosa.
—¿Sabes qué moneda era la tuya?, preguntó Vicente.
Gabriela tardó unos segundos en responder.
—Mi padre.
La sinceridad apareció sin esfuerzo porque con Vicente ya no necesitaba esconder ciertas cosas.
—Pensaba que si no podía recuperarlo...
Miró al suelo.
—Nada volvería a estar bien.
Vicente asintió lentamente porque entendía perfectamente aquella lógica.
Era la misma lógica que había gobernado gran parte de su vida.
—¿Y ahora?
Gabriela pensó.
Mucho.
—Ahora creo que las personas importantes no son monedas que desaparecen.
Vicente levantó la vista.
—¿No?
—No.
Sonrió ligeramente.
—Creo que se convierten en parte de las otras noventa y nueve.
El silencio que siguió fue hermoso porque ninguno de los dos esperaba aquella respuesta.
Y porque ambos comprendieron inmediatamente que era cierta .
Muy cierta.
Llegaron al parque donde solían sentarse algunas tardes y allí ocurrió algo inesperado.
Gabriela sacó la lista, la misma lista, la que estaba empezando a cambiar sus vidas.
Vicente observó cómo recorría las líneas con el dedo hasta detenerse en una de ellas.
23. Encuentra algo que creías perdido.
Ambos permanecieron unos segundos observando la frase.
—Esa parece fácil, dijo Vicente.
Gabriela negó lentamente.
—Las fáciles suelen ser las peores.
—Buen argumento.
Ella sonrió y entonces recordó algo que llevaba semanas olvidado. Algo relacionado con la caja de Alejandro.
La caja.
El sobre.
Y un pequeño paquete que había quedado debajo de la carta.
Un paquete que todavía no había abierto.
El corazón comenzó a latir un poco más deprisa porque de repente tuvo una intuición.