CAPÍTULO DIEZ #2
Miró la pantalla unos segundos.
"Porque me di cuenta de algo."
"¿Qué? "
"Las personas importantes dejan demasiadas huellas como para desaparecer del todo."
El mensaje quedó ahí suspendido entre ambos y durante un largo rato ninguno escribió nada.
Porque no hacía falta. Porque aquella conversación ya estaba diciendo mucho más de lo que aparecía en la pantalla.
Finalmente llegó el último mensaje de Vicente.
"Me alegro de haberte conocido, Gabi."
El corazón de Gabriela olvidó cómo funcionar durante varios segundos.
Porque aquella frase era sencilla. Muy sencilla.
Y precisamente por eso resultaba tan poderosa.
No había adornos. No había dramatismo. No había intención de impresionar.
Solo verdad.
Y las verdades suelen ser las cosas más difíciles de olvidar.
Gabriela tardó varios minutos en responder pues necesitaba encontrar las palabras correctas.
Finalmente escribió:
"Yo también me alegro de haberte conocido, Vicente."
Y cuando apagó la luz aquella noche, comprendió algo que llevaba semanas intentando ignorar.
Ya no esperaba hablar con Vicente.
Lo necesitaba.
Y aquella diferencia lo cambiaba todo.
El día siguiente amaneció extraño.
No porque hubiera ocurrido nada especial sino porque Gabriela se despertó sonriendo y tardó varios segundos en comprender por qué.
Después recordó muchos momentos especiales y la sonrisa regresó inmediatamente.
Aquello empezaba a inquietarle porque una cosa era apreciar a alguien y otra muy distinta era que apareciera en tus pensamientos antes incluso de abrir los ojos .
—Definitivamente esto es preocupante, murmuró pero sin sonar preocupada, sonaba feliz y quizá ése era precisamente el problema.
Cuando llegó al instituto encontró a Greta junto a la entrada.
Error. Gravísimo error. Porque Greta poseía una habilidad sobrenatural para detectar cualquier emoción antes incluso de que la persona que la sentía fuera consciente de ella.
La observó durante no más de tres segundos y sonrió.
—Oh.
Gabriela cerró los ojos.
—No.
—Oh, repitió Greta.
—No empieces.
—Ya he empezado.
—Greta.
—Gabi.
—Te prometo que no está pasando nada.
—Esa es exactamente la frase que utiliza la gente cuando está pasando algo.
Laia apareció justo a tiempo para presenciar el desastre.
—¿Qué me he perdido?
—Vicente, respondió Greta.
—No.
Respondió Gabriela.
—Sí.
Respondió Greta.
—Definitivamente sí, confirmó Laia tras observarla unos segundos.
Gabriela se rindió porque luchar contra aquellas dos era completamente inútil.
Las clases comenzaron y durante varias horas consiguió olvidarse del tema más o menos hasta la última hora.
La clase de Abel, por supuesto.
Porque últimamente las cosas importantes parecían ocurrir siempre allí .
Aquella tarde Abel entró con una pequeña caja de madera y eso llamó inmediatamente la atención de todos.
—¿Qué es eso?, preguntó Greta.
—Una de las actividades más extrañas que vais a hacer este año.
Abel sonrió.
—Hoy vamos a trabajar la memoria.
El aula quedó en silencio.
—Pero no la memoria académica.
Abrió la caja.
Y sacó varios objetos.
Una fotografía antigua.
Una llave.
Un reloj estropeado.
Un billete de tren.
Una piedra lisa.
Objetos normales.
Completamente normales.
—Quiero que elijáis uno.
Las miradas se cruzaron.
—¿Y después?, preguntó Laia.
—Después vais a contarme una historia.
Varias caras reflejaron pánico inmediato.
—No una historia inventada.
Abel observó los objetos.
—Una historia real.
El silencio regresó porque todos comprendieron inmediatamente la diferencia.
Gabriela escogió una llave sin saber exactamente por qué. Simplemente la eligió.
Vicente tomó el reloj y cuando sus dedos tocaron aquel objeto, algo cambió en su expresión. Algo pequeño. Pero evidente.
La actividad comenzó.
Algunos compartieron anécdotas divertidas. Otros recuerdos familiares. Pequeñas historias.
Hasta que llegó el turno de Gabriela .
Observó la llave y sonrió.
—Mi padre siempre perdía las llaves.
Las primeras risas aparecieron.
—Siempre.
Continuó.
—Era casi un talento.
Más risas.
—Una vez las perdió tres veces el mismo día.
La clase estalló.
Gabriela también.
Y por un instante Alejandro volvió a estar allí.
Vivo.
Presente.
No como un recuerdo triste.
Como una historia, como alguien real.
Cuando terminó, Abel sonrió.
Y algo dentro de Gabriela comprendió que acababa de superar la pequeña frontera de hablar de Alejandro sin romperse.
Después llegó el turno de Vicente y entonces ocurrió algo inesperado porque observó el reloj durante varios segundos, demasiados. Hasta que finalmente habló.
—Este reloj me recuerda a mi abuelo.
Gabriela levantó la vista porque jamás lo había escuchado hablar de su abuelo, jamás.
Vicente giró lentamente el objeto entre las manos.
—Cuando era pequeño pensaba que podía arreglar cualquier cosa.
Sonrió. Una sonrisa triste pero bonita.
—Televisores, radios, lavadoras, relojes.
Levantó la vista.
—Todo.
Se hizo un silencio.
—Y durante años pensé que las personas funcionaban igual.
La frase golpeó el aula entera porque todos comprendieron inmediatamente lo que significaba.
Vicente bajó la mirada .
—Pensé que si me esforzaba lo suficiente podría arreglar cualquier problema.
Respiró hondo.
—Y luego descubrí que algunas cosas no se arreglan.
El silencio fue absoluto.
Gabriela sintió cómo algo se encogía dentro de ella porque aquella frase no hablaba de relojes. Hablaba de Lucía. Y hablaba de él.
Cuando terminó la clase, Abel observó cómo Gabriela y Vicente abandonaban el aula juntos. Hablando. Sonriendo. Prestándose atención.
Y sintió una mezcla extraña de emociones. Alegría. Orgullo.
Y algo más difícil de nombrar, algo que comprendió inmediatamente.
Los dos estaban empezando a encontrar en el otro aquello que llevaban mucho tiempo buscando y quizá eso era exactamente lo que debía ocurrir.
Aunque descubrirlo le doliera un poco más de lo que esperaba.
La siguiente asignatura apareció tres días después de forma completamente inesperada. Como suelen aparecer las cosas importantes.
Gabriela estaba sentada en el suelo de su habitación, la lista abierta sobre la cama, un bolígrafo entre los dedos y una expresión concentrada.
Había leído aquellas cincuenta asignaturas tantas veces que empezaba a conocerlas de memoria.
Algunas parecían sencillas o al menos relativamente sencillas.
Otras resultaban aterradoras. Y unas pocas parecían imposibles.
Su mirada se detuvo en una de ellas.
12. Cuenta una verdad que nunca te hayas atrevido a decir.
Permaneció observándola varios segundos.
Después sonrió.
—Papá, definitivamente tenías problemas, murmuró.
Porque aquella asignatura era una locura, una absoluta locura .
Justo entonces sonó el móvil.
Vicente.
La sonrisa apareció antes incluso de leer el mensaje y aquello empezaba a ser sospechoso.
Muy sospechoso.
"¿Qué haces?"
Gabriela miró la lista y respondió.
"Intentando decidir cuál será la próxima asignatura."
La respuesta llegó enseguida.
"¿Puedo votar?"
"No."
"Entonces votaré igualmente."
Gabriela soltó una carcajada.
Cada vez le resultaba más fácil imaginar su voz mientras leía los mensajes y aquello tampoco ayudaba. Nada.
Veinte minutos después estaban caminando junto al paseo marítimo a la altura de la estatua de los señores bailando sardanas.
El mar estaba tranquilo, las olas rompían suavemente contra las rocas y el cielo comenzaba a teñirse de naranja.
Aquellas tardes empezaban a convertirse en una costumbre y ambos eran peligrosamente conscientes de ello.
—¿Cuál era la asignatura?, preguntó Vicente.
Gabriela le mostró la lista.
Él leyó la frase y se quedó muy callado.
—Vale, dijo finalmente.
—¿Vale qué?
—Creo que tu padre era un genio.
—Hace dos semanas dijiste que estaba loco.
—Las dos cosas pueden ser ciertas.
Gabriela tuvo que admitir que aquel argumento era sólido.
Continuaron caminando hasta que Vicente habló.
—¿Y si la hacemos?
Gabriela se detuvo.
—¿Qué?
—La asignatura .
—¿Ahora?
—Ahora.
Ella lo observó porque estaba hablando completamente en serio y eso daba muchísimo más miedo.
—No vale una verdad pequeña, añadió él.
—Eso no está escrito.
—Pero debería.
Gabriela suspiró porque acababa de comprender que iba a aceptar y también comprendió algo peor. Que quería aceptar.
Se sentaron frente al mar.
El viento agitaba suavemente sus cabellos y durante unos segundos ninguno habló.
Porque las verdades importantes no suelen salir corriendo. Necesitan tiempo.
Finalmente fue Gabriela quien rompió el silencio.
—Empieza tú.
—Cobarde.
—Muchísimo.
Vicente sonrió y después la sonrisa desapareció lentamente porque había llegado el momento.
Tomó aire y habló.
—Durante mucho tiempo pensé que si dejaba de sentirme culpable significaría que estaba olvidando a Lucía.
Gabriela permaneció inmóvil porque aquella frase era mucho más profunda de lo que parecía.
Vicente observó el mar.
—Y creo que por eso no quería mejorar.
El corazón de Gabriela se encogió.
—¿Qué quieres decir?
—Que una parte de mí pensaba que sufrir era una forma de seguir queriéndola.
Las olas rompieron contra las rocas. Suaves. Constantes.
—Y ahora sé que no.
Su voz apenas fue un susurro.
—Pero me ha costado años entenderlo .
Gabriela sintió un nudo en la garganta entendiendo que acababa de regalarle una verdad enorme, una que probablemente casi nadie conocía.
Vicente la miró.
—Te toca.
—No me gusta esta asignatura.
—A mí tampoco.
Ella sonrió y después dejó de sonreír porque también había llegado su momento.
Observó el horizonte, el mar, la puesta de sol y dijo algo que nunca había dicho en voz alta.
—A veces tengo miedo de ser feliz.
El silencio cayó entre ambos porque la frase sorprendió incluso a quien la había pronunciado.
Gabriela bajó la mirada.
—Después de lo de mi padre...
Tragó saliva.
—Hay una parte de mí que piensa que si vuelvo a ser completamente feliz, algo malo volverá a pasar.
Vicente no respondió.
Simplemente escuchó.
Como ella había escuchado tantas veces.
—Sé que es absurdo.
Continuó.
—Pero a veces siento que la felicidad es una especie de deuda.
Las lágrimas aparecieron. Pequeñas. Silenciosas.
—Y que tarde o temprano alguien vendrá a cobrarla.