Infinito Por Infinito CAPÍTULO DIEZ
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CAPÍTULO DIEZ

El primer amor

—¿Qué tal fue la aventura, Gabi?

La voz de Arantxa llegó desde la cocina.

Gabriela acababa de entrar por la puerta, dejó la mochila en el sofá y durante unos segundos se quedó quieta sonriendo sin darse cuenta.

Había días que dejaban una sensación extraña, como si algo bueno hubiera ocurrido aunque no supieras explicarlo exactamente.

Y aquel era uno de ellos.

—Muy bien, respondió.

Demasiado rápido, demasiado feliz.

Arantxa levantó una ceja.

—¿Tan bien?

—Sí.

—Interesante.

Gabriela ya conocía ese tono y era peligroso muy peligroso.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No sé de qué hablas.

Mentira.

Las dos lo sabían.

Arantxa volvió a concentrarse pero una pequeña sonrisa seguía instalada en sus labios porque llevaba meses observando algo.

Meses. Pequeños detalles. Comentarios. Historias. Miradas perdidas. Silencios.

Y aunque todavía no comprendía exactamente qué estaba ocurriendo, sí sabía una cosa……Gabriela estaba volviendo a abrirse al mundo.

Y eso era maravilloso……Y aterrador.

Porque querer a alguien implica aceptar que puede sufrir.

—Es increíble, dijo Gabriela .

Y ahí estaba otra vez.

El nombre.

Abel.

Arantxa fingió absoluta normalidad fracasando en el intento.

—¿Sí?

—Sí.

—Hablas mucho de él.

Silencio.

Un silencio sospechosamente largo.

—Hablo de sus clases.

—Claro.

—Mamá.

—No he dicho nada.

—Precisamente ese es el problema.

Las dos terminaron riendo pero cuando Gabriela subió a su habitación seguía pensando en aquella conversación porque una parte de ella sabía que su madre había detectado algo y quizá tenía razón aunque no de la forma que imaginaba.

Se tumbó sobre la cama, miró el techo y cerró los ojos.

Entonces aparecieron imágenes. El amanecer, la lista, la conversación con Vicente, su sonrisa, la forma en que había escuchado cada palabra, la forma en que parecía comprender cosas que ella misma apenas entendía.

Y entonces ocurrió.

Por primera vez se permitió formular una pregunta que llevaba semanas evitando.

¿Qué estaba pasando exactamente entre ellos?

El corazón respondió antes que la razón y aquello no ayudó en absoluto.

Porque cuanto más pensaba en él...

más presente parecía estar.

Más importante.

Más necesario.

Gabriela se incorporó de golpe.

—No .

Como si pudiera discutir con sus propios pensamientos.

—No.

Repitió.

Porque enamorarse daba miedo.

Muchísimo.

Especialmente cuando ya habías perdido a alguien importante.

Porque una parte de ti aprende algo terrible. Que las personas pueden desaparecer.

Y hay que intentar protegerse pero en el intento no puedes impedirte vivir.

Se acercó a la ventana. Observó la calle, las luces. Y recordó una frase de Abel.

"La valentía no consiste en no tener miedo."

"Consiste en avanzar con él."

Aquella frase volvía constantemente como si estuviera persiguiéndola y quisiera enseñarle algo.

Y quizá era así.

Porque sin saberlo, Gabriela estaba a punto de enfrentarse a una de las asignaturas más difíciles de toda la lista de Alejandro.

No ver un amanecer.

No viajar.

No arriesgarse.

Algo mucho más complicado.

Permitir que alguien volviera a importar.

A las ocho en punto Gabriela salió de casa.

El aire todavía conservaba el calor acumulado durante el día, ese calor suave que parece resistirse a desaparecer.

Caminó hasta el parque con las manos en los bolsillos intentando convencerse de que estaba tranquila.

No lo estaba porque llevaba toda la tarde pensando y pensar demasiado casi nunca ayuda. Especialmente cuando el tema eres tú misma.

Greta y Laia ya estaban allí cuando llegó.

Sentadas en un banco compartiendo una bolsa enorme de patatas.

—Has llegado tarde, anunció Greta .

—Tres minutos.

—Tres minutos son tres minutos.

—No tienes solución.

—Lo sé.

—Es uno de mis mayores encantos.

Laia puso los ojos en blanco.

—Y también uno de tus mayores problemas.

Comenzaron a caminar entre los puestos iluminados.

Había música, niños corriendo, familias paseando, parejas cogidas de la mano.

Y aquel detalle hizo que Gabriela apartara la mirada inmediatamente sin saber muy bien por qué.

O quizá sí lo sabía.

Greta la observó.

Y sonrió.

Aquello nunca era buena señal.

—¿Qué?, preguntó Gabriela.

—Nada.

—Greta.

—¿Qué?

—Estás pensando algo.

—Siempre estoy pensando algo.

Lo peor era que tenía razón.

Greta señaló entonces a una pareja adolescente que caminaba unos metros por delante.

—Mira.

—¿Qué pasa?

—Primer amor.

Gabriela suspiró.

—No todos los chicos y chicas que pasean juntos están enamorados.

—Estos sí.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque se miran como si el resto de la humanidad hubiera desaparecido .

Laia soltó una carcajada.

—Eso es sorprendentemente preciso.

—Gracias, dijo Greta.

—Mi talento suele estar infravalorado.

Siguieron caminando.

Y durante unos minutos hablaron de cualquier cosa hasta que Greta lanzó la bomba.

Como siempre.

—¿Y Vicente?

Gabriela casi tropieza.

Literalmente.

—¿Qué pasa con Vicente?

—Nada.

Greta sonrió.

Aquella sonrisa, la que anunciaba desastre.

—Solo preguntaba.

—Claro.

—¿Qué?

—Nunca preguntas solo por preguntar.

—Eso también es verdad, reconoció Greta.

Laia comenzó a reír porque conocía perfectamente a su amiga.

—Os escribís mucho últimamente, continuó Greta.

—Somos amigos.

—Ajá.

—Greta.

—¿Qué?

—Somos amigos, repitió Gabriela.

Y mientras pronunciaba aquellas palabras descubrió algo incómodo.

Que estaba intentando convencerse a sí misma.

No a Greta.

Aquello no le gustó.

Nada.

Porque significaba que quizá había una pregunta detrás que no quería responder .

Siguieron caminando pero Greta todavía no había terminado. Por supuesto que no.

—Entonces no te importa si empieza a salir con alguien.

El corazón de Gabriela reaccionó antes que su cerebro.

Un segundo.

Solo uno.

Pero suficiente.

Suficiente para sentir un pinchazo extraño.

Pequeño.

Ridículo.

Inexplicable.

Y absolutamente real.

Greta lo vio.

Laia también.

Y ambas intercambiaron una mirada. Una mirada peligrosísima.

—Oh, dijo Greta.

—No digas "oh".

—He dicho "oh".

—Lo sé.

—Porque acaba de pasar algo interesante.

Gabriela empezó a caminar más deprisa.

Las otras dos la siguieron muertas de risa.

—No estoy enamorada de Vicente.

—Nadie ha dicho eso.

—Lo estás pensando.

—Sí.

—Greta.

—¿Qué?

—Te odio.

—No es verdad.

—Un poco sí.

Las tres terminaron riendo pero cuando la conversación cambió de tema, Gabriela siguió pensando.

Porque Greta había hecho algo terrible, había puesto palabras donde antes solo había sensaciones y ahora resultaba imposible ignorarlas .

Mientras regresaba a casa aquella noche recordó el amanecer, la conversación,  la sonrisa de Vicente, la forma en que había dicho que sí.

Y por primera vez apareció una posibilidad. Pequeña. Lejana. Pero posible.

Quizá Greta estaba equivocada.

O quizá no.

Y precisamente no saberlo era lo que más miedo daba.

Aquella noche Gabriela intentó estudiar.

Lo intentó de verdad.

Abrió el libro,  subrayó dos páginas. Leyó tres veces el mismo párrafo……Y no recordó absolutamente nada.

Porque su cabeza estaba en otra parte o más concretamente en otra persona.

Miró el móvil.

Nada.

Volvió al libro.

Dos minutos después volvió a mirar el móvil.

Seguía siendo nada.

—Esto es ridículo, murmuró.

Y tenía razón.

Completamente.

Porque hacía apenas unos meses ni siquiera se habría planteado esperar un mensaje de nadie.

Y ahora parecía incapaz de concentrarse.

Justo entonces la pantalla se iluminó.

Su corazón reaccionó antes que sus ojos.

Era él.

Gabriela cerró los ojos pero aquello tampoco ayudaba. Nada.

Abrió la conversación.

"Necesito una opinión profesional."

Sonrió automáticamente.

"Depende."

"¿Profesional en qué?"

La respuesta llegó enseguida.

"En cosas importantes. "

"Eso no responde a mi pregunta."

"Precisamente por eso necesito ayuda."

Gabriela soltó una carcajada y algo dentro de ella se relajó.

Porque había aprendido que el auténtico Vicente, despojado de la máscara de su timidez, mostraba una capacidad única, la de convertir un día normal en algo un poco mejor.

Durante varios minutos intercambiaron mensajes absurdos hasta que llegó una pausa. Una de esas pausas que aparecen cuando la conversación empieza a acercarse a algo más profundo.

Y entonces Vicente escribió:

"¿Puedo preguntarte algo?"

Gabriela notó inmediatamente el cambio de tono.

"Claro."

Pasaron casi dos minutos, dos minutos completos.

Lo que significaba que estaba pensando mucho cada palabra.

Finalmente apareció el mensaje.

"¿Cómo supiste que estabas preparada para abrir la carta de tu padre?"

Gabriela dejó de sonreír.

No por tristeza.

Por sorpresa.

Porque no esperaba aquella pregunta.

Y porque comprendió inmediatamente que no estaba hablando solo de la carta. Estaba hablando de otra cosa. De sí mismo. De Lucía.

De todo aquello que todavía no conseguía mirar de frente.

Apoyó el móvil sobre la cama y pensó.

Porque algunas preguntas merecen una respuesta de verdad, no una respuesta rápida.

Finalmente escribió.

"No creo que estuviera preparada."

La burbuja de escritura desapareció.

Volvió.

Desapareció otra vez.

Vicente estaba leyendo lentamente.

Gabriela continuó.

"Creo que simplemente llegó un momento en el que me cansé de tener miedo. "

Silencio.

Después añadió:

"Y descubrí que abrir la carta dolía menos que seguir evitándola."

Envió el mensaje.

Y durante unos segundos observó la pantalla.

La respuesta tardó.

Mucho más que las anteriores.

Finalmente apareció.

"Creo que entiendo eso."

Solo una frase.

Pero Gabriela supo inmediatamente que significaba mucho más.

Porque algunas personas hablan así.

Dicen poco. Pero sienten muchísimo.

Pasaron varios minutos hasta que Vicente volvió a escribir.

"A veces me preocupa olvidar cosas de ella."

Gabriela sintió un nudo en la garganta.

"¿De Lucía?"

"Sí."

La conversación se volvió más lenta, más cuidadosa, como requería el caminar por un lugar delicado.

"¿Qué cosas?", preguntó ella.

La respuesta tardó casi un minuto.

"Su voz."

Gabriela cerró los ojos porque entendía perfectamente aquel miedo.

Demasiado bien.

"Yo también tenía miedo de olvidar la voz de mi padre.", escribió.

"¿Y qué hiciste?"

Gabriela sonrió tristemente.

"Nada."

"¿Nada?"

"Sí."