Infinito Por Infinito CAPÍTULO NUEVE #5
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CAPÍTULO NUEVE #5

La primera asignatura de la lista.

La primera promesa cumplida a Alejandro.

Cuando esa noche preparaba la mochila para la mañana siguiente comprendió algo. Tenía miedo. Muchísimo.

Pero por primera vez en mucho tiempo, el miedo no estaba deteniéndola, la estaba acompañando.

Y quizá eso era exactamente lo que Abel había intentado enseñarles todo el año.

Que la valentía nunca consiste en no tener miedo, consiste en avanzar con él.

El despertador sonó a las cuatro y cuarto de la mañana .

Y durante unos segundos Gabriela se preguntó seriamente si Alejandro había perdido completamente la cabeza al incluir aquella  asignatura en la lista.

Porque esa hora no parecía una hora razonable para absolutamente nada. Ni para vivir, ni para pensar, ni siquiera para existir.

Sin embargo sonrió.

Porque aquella queja también sonaba exactamente a algo que su padre habría dicho.

Se vistió deprisa, acabó de llenar una mochila pequeña y salió de casa intentando no despertar a Arantxa.

Fracasó por supuesto.

Las madres tienen un sistema de detección imposible de explicar científicamente.

Cuando llegó a la cocina encontró una nota.

"La primera asignatura siempre cuesta."

"Disfrútala."

"Mamá."

Gabriela sonrió y guardó la nota dentro del bolsillo.

Media hora después encontró a Vicente junto a la estación.

Llevaba una sudadera oscura, una cartera y la expresión típica de alguien que todavía no está completamente despierto.

—Pareces un fantasma.

—Tú tampoco pareces especialmente viva.

—Punto para ti.

Las risas aparecieron inmediatamente.

Tomaron un taxi, después caminaron y finalmente llegaron a una pequeña colina que dominaba el mar.

No era un lugar espectacular. No aparecía en las guías. No tenía miradores famosos. No era especial para nadie…….excepto para ellos.

Porque iban a descubrirlo juntos y eso lo convertía en único.

Cuando alcanzaron la cima todavía era de noche.

El horizonte apenas comenzaba a aclararse. Se sentaron sobre unas  rocas y esperaron. Sin móviles. Sin música. Sin distracciones.

Solo ellos …….y el cielo .

Durante varios minutos ninguno habló porque algunos momentos exigen silencio.

Y aquel era uno de ellos.

—Creo que nunca había hecho algo así.

—¿Ver amanecer?

—No.

Sonrió.

—Pararme.

Gabriela lo miró y comprendió exactamente lo que quería decir.

Porque llevaba años corriendo. Corriendo del dolor, corriendo de la culpa, corriendo de los recuerdos.

Y aquella mañana estaba quieto por primera vez.

—Yo tampoco, confesó ella.

Vicente observó el horizonte.

—¿Sabes qué creo?

—¿Qué?

—Creo que tu padre era bastante inteligente.

Gabriela sonrió.

—Muchísimo.

—Eso parece.

El cielo comenzó a cambiar.

Primero azul oscuro, después violeta, después naranja. Y lentamente el mundo empezó a iluminarse como si alguien estuviera encendiendo la realidad poco a poco.

Ambos observaron en silencio y entonces ocurrió.

El primer rayo de sol apareció sobre el mar.

Solo uno.

Pero bastó.

Porque algo dentro de Gabriela se rompió.

No de tristeza.

De emoción.

Pensó en Alejandro.

Pensó en la carta.

Pensó en la lista.

Pensó en todo lo que había perdido .

Y en todo lo que todavía le quedaba.

Y las lágrimas llegaron. Suaves. Silenciosas.

Vicente no dijo nada. No intentó arreglarlo. No intentó consolarla. No intentó llenar el silencio.

Simplemente permaneció allí y aquello fue exactamente lo que ella necesitaba.

Después de unos minutos sonrió.

—Creo que lo estoy consiguiendo.

Vicente la miró.

—¿El qué?

Gabriela observó el amanecer.

Y respondió.

—Seguir adelante sin dejarlo atrás.

El silencio que siguió fue hermoso porque contenía una verdad muy difícil de alcanzar y Vicente comprendió inmediatamente lo que significaba.

Porque él también llevaba años intentando aprender exactamente lo mismo.

El sol continuó ascendiendo. El mar comenzó a brillar. La ciudad despertaba a lo lejos.

Y por primera vez en mucho tiempo ninguno de los dos sintió que  estuviera sobreviviendo. Simplemente estaban viviendo.

Después de un largo rato Gabriela sacó la lista  de la mochila.

Buscó la primera línea.

Y sonrió.

Ver amanecer en un lugar donde nunca hayas estado.

Tomó un bolígrafo.

Y la tachó.

La primera asignatura completada.

La primera promesa cumplida.

La primera victoria.

Y mientras observaba aquella marca sobre el papel comprendió algo extraordinario .

La lista nunca había sido una lista.

Era una invitación.

Una invitación a volver a vivir.

Y acababa de aceptar.

Cuando emprendieron el camino de regreso, el mundo parecía exactamente el mismo. Las mismas calles. El mismo cielo. La misma ciudad.

Y sin embargo todo había cambiado.

Porque las transformaciones importantes nunca ocurren fuera.

Ocurren dentro.

Y tanto Gabriela como Vicente acababan de dar un paso que ninguno de los dos olvidaría jamás.

Muy lejos de allí, todavía dormido, Abel ignoraba que aquella mañana dos de sus alumnos habían comenzado una nueva etapa.

Pero quizá habría sonreído al saberlo.

Porque esa había sido siempre la verdadera última lección.

No aprender.

No comprender.

No recordar.

Sino atreverse a vivir.