CAPÍTULO NUEVE #3
Aquello despertó inmediatamente la curiosidad de todos porque Greta rara vez empezaba por sí misma.
—Cuando tenía nueve años, comenzó solemnemente.
—Estuve convencida durante dos meses de que tenía poderes mentales.
El silencio fue inmediato.
Después llegaron las carcajadas.
—¿Qué?
—Hablo completamente en serio.
—¿Y por qué lo pensabas?
Greta señaló el cielo.
—Porque una vez pensé en una canción y empezó a sonar en la radio.
Vicente se tapó la cara.
—Es incluso peor de lo que imaginaba.
—Todavía podría ser verdad.
—No.
—Nunca sabes.
Las risas continuaron durante varios minutos y Gabriela se sintió ligera, simplemente ligera.
—Ahora os toca, dijo Greta.
—Ni hablar, respondió Vicente.
—Cobarde .
—Prudente.
—Cobarde.
—Prudente.
—Cobarde.
—Prudente.
Gabriela ya estaba riéndose otra vez.
Hasta que finalmente Vicente levantó las manos.
—Vale.
Vale.
Greta sonrió victoriosa.
—Sabía que acabarías cayendo.
Vicente observó el mar y durante unos segundos pareció dudar.
—Cuando era pequeño quería ser astronauta.
Greta parpadeó.
—Eso no es un secreto.
—Espera.
Las sonrisas desaparecieron poco a poco porque Vicente seguía mirando el horizonte.
—Lucía también quería ser astronauta.
El silencio cayó inmediatamente.
Su nombre seguía teniendo ese efecto. No porque doliera. Sino porque importaba.
Mucho.
Vicente sonrió. Una sonrisa suave. Llena de recuerdos.
—Pasábamos horas mirando las estrellas.
Guardó silencio.
—Y jurábamos que algún día viajaríamos al espacio.
Nadie habló porque aquella imagen era demasiado bonita, demasiado real.
—Durante años no pude volver a mirar las estrellas, añadió.
La voz apenas cambió pero Gabriela sintió algo dentro del pecho porque entendía perfectamente lo que quería decir.
Había lugares. Canciones. Momentos que dolían demasiado.
Entonces Vicente sonrió otra vez. Una sonrisa diferente por ser más luminosa .
—Pero últimamente vuelvo a hacerlo.
Gabriela levantó la vista.
—¿Sí?
Vicente asintió.
—Sí.
Y observó el cielo que comenzaba a llenarse de estrellas.
—Creo que a ella le habría enfadado bastante que dejara de mirarlas para siempre.
Nadie respondió porque no hacía falta pues todos sabían que tenía razón.
Y mientras una estrella aparecía sobre el mar, Gabriela comprendió algo.
A veces sanar no significa dejar atrás a las personas que has perdido.
A veces significa volver a hacer las cosas que amabas con ellas.
Y encontrar la manera de que sigan acompañándote.
—Vale, ahora te toca a ti.
Gabriela sonrió.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí, es inútil resistirse.
—Gracias por tu apoyo.
—Siempre.
Las risas aparecieron pero terminaron desapareciendo poco a poco y por alguna razón Gabriela comprendió que podía decir la verdad.
Quizá porque estaba oscureciendo, quizá porque el mar hacía que todo pareciera más sencillo o quizá porque estaba con las personas adecuadas.
Guardó silencio unos segundos, después respiró hondo.
—Tengo un secreto.
Greta sonrió inmediatamente.
—Sabía que existía .
Algo en la voz de Gabriela cambió entonces, algo importante.
Ella observó el horizonte, las últimas luces del día, las primeras estrellas y habló.
—Durante mucho tiempo pensé que si volvía a ser feliz significaría que quería menos a mi padre.
El silencio fue inmediato, completo.
El viento parecía haberse detenido, incluso el mar parecía escuchar.
Gabriela tragó saliva.
—Nunca se lo he dicho a nadie.
La voz tembló ligeramente.
—Pero después de que muriera...
Guardó silencio.
—Cada vez que me reía.
—Cada vez que me lo pasaba bien.
—Cada vez que olvidaba pensar en él durante unas horas...
Bajó la mirada.
—Me sentía culpable.
Nadie habló porque aquella verdad era demasiado grande, demasiado sincera, demasiado humana.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos pero continuó.
—Como si seguir adelante significara dejarlo atrás.
El silencio se hizo aún más profundo y durante unos segundos Gabriela se preguntó si había cometido un error, si había dicho demasiado, si debería haberse callado.
Entonces sintió una mano apoyarse suavemente sobre la suya.
Vicente.
No dijo nada.
Ni una palabra.
Solo permaneció allí.
Y, por alguna razón, eso ayudó más que cualquier frase.
Greta también guardó silencio. Algo extraordinariamente raro.
Hasta que finalmente habló.
Y cuando lo hizo, su voz era mucho más suave de lo habitual.
—Creo que tu padre estaría bastante enfadado contigo.
Gabriela levantó la vista sorprendida .
—¿Qué?
Greta sonrió.
—Porque parece muchísimo trabajo morirse para luego tener que seguir preocupándote de que tu hija sea feliz.
Durante un segundo nadie reaccionó y entonces Gabriela soltó una carcajada, una carcajada mezclada con lágrimas.
La clase de risa que aparece cuando alguien dice exactamente lo que necesitabas escuchar.
Vicente también sonrió y observó el mar, las estrellas, la noche.
—Creo que tiene razón.
Gabriela miró el horizonte y por primera vez pensó que quizá era verdad, que Alejandro no quería que cargara con su ausencia, que quería exactamente lo contrario.
Que viviera.
Que riera.
Que amara.
Que siguiera adelante.
Y mientras la primera estrella brillaba sobre el mar oscuro, Gabriela sintió algo extraño, como si una piedra hubiera perdido un poco de peso.
Solo un poco pero lo suficiente.
Porque a veces sanar no ocurre de golpe.
A veces ocurre en una conversación, una tarde cualquiera. Con amigos frente al mar.
Aún con recuerdos y reflexiones de la última clase y casi sin darse cuenta llegó otro viernes como sinónimo de "Día de Abel"
Cuando entró en el aula aquella mañana llevaba una energía diferente. Tranquila y profunda. Como si hubiera decidido hablar de algo importante, realmente importante.
Se sentó encima de la mesa, observó a todos durante unos segundos.
Y después escribió una única palabra en la pizarra.
MIEDO .
Nadie habló.
Porque aquella palabra no necesitaba presentación.
Todos conocían el miedo. Cada uno el suyo.
—¿Qué es lo peor que os podría pasar ahora mismo?
Las respuestas comenzaron a aparecer.
—Suspender.
—Hacer el ridículo.
—No entrar en la universidad.
—Que me deje alguien.
—Quedarme solo.
Abel escuchó todas.
Sin interrumpir.
Sin juzgar.
Hasta que finalmente habló.
—Curioso.
Se hizo un pequeño silencio.
—La mayoría de vuestros miedos están relacionados con cosas que todavía no han ocurrido.
La clase quedó pensativa.
—Y muchas ni siquiera ocurrirán nunca.
Gabriela dejó de escribir porque aquella frase acababa de golpear algo muy profundo dentro de ella.
Abel continuó abriendo una carpeta ante el silencio y la expectación de todos y repartió varias hojas en blanco.
—Hoy vais a hacer algo diferente.
Las expresiones de preocupación aparecieron al instante porque cuando un profesor dice eso, rara vez significa algo bueno.
—Tranquilos, añadió Abel.
—No puntúa.
Las caras mejoraron visiblemente.
—Aunque probablemente sea más importante que cualquier examen que hagáis este año.
Y volvieron a empeorar.
Abel apoyó ambas manos sobre la mesa .
—Quiero que escribáis una carta.
Greta levantó una ceja.
—¿Romántica?
—No.
—Qué decepción.
—Una carta a vuestro yo del futuro parecida a otra que ya hicimos pero esta vez hablaremos del miedo.
El aula quedó en silencio.
—¿Del futuro?, preguntó Laia.
—Sí, Abel asintió.
—Será nuestro yo de dentro de cinco años.
Miró a todos.
—Quiero que le contéis quién sois hoy.
Qué os preocupa.
Qué os ilusiona.
Qué os da miedo.
Qué esperáis no perder.
Y qué esperáis encontrar.
La clase permaneció inmóvil porque aquella tarea parecía sencilla.
Pero no lo era. En absoluto.
—Y hay una condición, añadió Abel.
—¿Cuál?
—No podéis mentir.
El silencio se volvió todavía más profundo porque aquella condición eliminaba cualquier escapatoria.
Nada de respuestas bonitas. Nada de frases perfectas. Nada de aparentar.
Solo verdad.
Gabriela observó la hoja en blanco y sintió vértigo porque llevaba mucho tiempo evitando ciertas preguntas.
¿Qué quería realmente?
¿ En quién estaba convirtiéndose?
¿Qué esperaba del futuro?
Tomó el bolígrafo y comenzó a escribir.
"Hola. "
Se detuvo.
Aquello era más difícil de lo esperado.
Respiró hondo.
Y volvió a intentarlo.
"Hola, Gabi."
"Espero que estés bien."
Sonrió.
Porque sonaba exactamente como empezaría una conversación con cualquier persona.
Incluso consigo misma.
Continuó.
"Ahora mismo tengo miedo de muchas cosas."
La frase apareció sola.
Sin esfuerzo.
Porque era verdad.
"Tengo miedo de olvidar a papá."
"Tengo miedo de recordarlo demasiado."
"Tengo miedo de volver a sufrir."
"Tengo miedo de querer a alguien y perderlo."
Las palabras comenzaron a fluir como si hubieran estado esperando una oportunidad para salir.
"Pero también tengo esperanza."
Aquella frase la sorprendió porque no había pensado escribirla.
Simplemente apareció.
Y al verla escrita comprendió algo.
Era cierta.
Por primera vez en mucho tiempo era cierta.
Levantó ligeramente la vista.
A su alrededor todos escribían.
Incluso Greta, lo cual resultaba casi milagroso.
Incluso Vicente, especialmente Vicente.
Gabriela lo observó unos segundos. Estaba completamente concentrado. Y algo en su expresión parecía diferente. Como si hubiera dejado de luchar contra sí mismo durante un rato.
Volvió a su carta y entonces escribió algo que no esperaba escribir .
Algo que hizo que el corazón le golpeara el pecho.
"Espero que hayas aprendido que seguir adelante no significa abandonar a las personas que amas."
Se quedó mirando aquella frase mucho tiempo porque resumía exactamente todo lo que llevaba meses intentando comprender.
Y quizá...
solo quizá...
empezaba a conseguirlo.
Al otro lado del aula, Abel observaba en silencio.
No leía.
No invadía.
Simplemente contemplaba a aquellos chicos y chicas intentando responder preguntas que muchos adultos jamás se atreven a formularse.
Y sintió una emoción difícil de explicar.
Porque enseñar no consiste en llenar cabezas, consiste en abrir puertas.
Y aquella mañana, sin que ellos lo supieran, varias acababan de abrirse.
Las hojas comenzaron a llenarse poco a poco. Con letras. Con tachones. Con verdades.
Porque cuando una persona escribe para sí misma deja de tener sentido fingir.