Infinito Por Infinito CAPÍTULO NUEVE #2
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CAPÍTULO NUEVE #2

Al otro lado del aula, Vicente permanecía inmóvil observando su propia piedra sin moverse, sin escribir.

Hasta que finalmente bajó el bolígrafo y comenzó a hacerlo muy despacio.

Como si cada letra costara, como si estuviera levantando algo pesado.

Cuando todos terminaron, Abel colocó una caja en el centro del aula.

—Ahora podéis guardarlas aquí.

—O quedaros con ellas .

—Es vuestra decisión.

Los alumnos comenzaron a levantarse uno a uno, en silencio dejando caer las piedras de papel dentro de la caja.

Y ocurrió algo curioso que nadie esperaba.

Cada vez que una piedra caía, parecía pesar un poco menos.

Como si compartir un dolor no lo eliminara pero sí lo hiciera más llevadero.

Cuando la última piedra llegó a la caja, Abel la cerró y permaneció unos segundos observándola.

Después levantó la vista.

—¿Sabéis una cosa?

Nadie respondió.

—La mayoría de las personas creen que ser fuerte significa cargar con todo.

Varias cabezas asintieron. Parecía lógico. Parecía correcto.

Abel negó suavemente.

—No.

El aula quedó inmóvil.

—Ser fuerte también significa saber qué peso ya no necesitas seguir llevando.

Gabriela sintió un escalofrío porque nunca lo había pensado así. Jamás. Siempre había creído que dejar ir algo era una traición.

Como si soltar una parte del dolor significara querer menos a su padre pero quizá no era verdad, quizá nunca lo había sido.

Abel caminó lentamente hacia la ventana.

La lluvia había comenzado otra vez como tantas veces.

Y observándola dijo:

—Hay personas que pasan años cargando piedras que ya no les pertenecen.

El silencio era absoluto.

—Culpas que no son suyas.

—Errores que no pueden cambiar.

—Miedos que todavía no han ocurrido.

Miró a los alumnos.

—Y mientras tanto olvidan vivir .

La frase cayó sobre el aula como una ola porque todos comprendieron inmediatamente lo que significaba. Todos.

Entonces Abel tomó la mochila, la levantó y la dejó caer al suelo.

El golpe resonó en toda la clase. Seco. Pesado. Definitivo.

—Escuchad eso.

El aula permaneció inmóvil.

—Ese es el sonido de una vida demasiado cargada.

Nadie respiró, nadie habló.

Porque todos conocían ese sonido aunque nunca lo hubieran escuchado.

Y entonces Abel sonrió.

Una sonrisa tranquila. Serena.

Y pronunció una frase que Gabriela recordaría durante muchos años.

Una de esas frases que terminan acompañándote toda la vida.

—El problema no es que la vida te entregue piedras.

Guardó silencio.

—El problema es olvidar que también puedes soltarlas.

El timbre sonó pocos segundos después pero nadie se levantó inmediatamente porque por primera vez muchos estaban pensando en algo inesperado. No en las piedras que llevaban sino en cuáles podían empezar a dejar atrás.

Y mientras recogía sus cosas, Gabriela comprendió algo que no había entendido desde la muerte de Alejandro.

Recordarlo no era una piedra.

Amarlo no era una piedra.

La piedra era la culpa. El miedo. La idea equivocada de que para seguir queriéndolo tenía que seguir sufriendo.

Y quizá, sólo quizá, había llegado el momento de empezar a soltarla.

Cuando los alumnos ya estaban recogiendo sus cosas, Abel volvió a hablar.

—Una última cosa .

Nadie se movió porque todos sabían que las últimas cosas de Abel rara vez eran pequeñas.

Abel observó la mochila.

Todavía estaba allí.

Vacía por primera vez.

—Sería muy hipócrita por mi parte deciros que soltéis vuestras piedras si yo hubiera sabido hacerlo siempre.

El aula quedó en silencio.

Porque era la primera vez que Abel admitía algo así y Vicente y Gabriela escuchaban atentos como si fueran a obtener una pieza más en el puzle de sus teorías.

Una debilidad, un error, algo humano.

Abel sonrió.

—Durante muchos años llevé una piedra enorme.

Nadie habló.

—Una piedra hecha de culpa.

Gabriela levantó lentamente la vista.

—Pensaba que había llegado tarde.

Guardó silencio unos segundos.

—Demasiado tarde.

La voz sonó tranquila pero detrás había una tristeza antigua.

—Y durante años me castigué por ello.

Observó la lluvia detrás de la ventana.

—Hasta que comprendí algo.

El aula parecía contener la respiración.

—La culpa es una forma de intentar cambiar el pasado.

Nadie habló porque todos entendieron inmediatamente lo imposible que era aquello.

—Y el pasado nunca cambia.

Miró a sus alumnos.

—Lo único que puede cambiar es lo que hacemos con él.

Gabriela sintió un nudo en la garganta porque aquellas palabras parecían dirigidas exactamente a ella, a todas las noches preguntándose si podría haber hecho algo diferente, a todas las veces que había intentado negociar con algo que ya había sucedido .

Entonces Abel se acercó a la mochila, la levantó y la sostuvo con una sola mano como si no pesara nada.

—Las piedras no desaparecen.

La frase sorprendió a todos.

—¿No?, preguntó Greta.

—No siempre.

Abel sonrió.

—Pero dejan de gobernar tu vida.

El silencio fue absoluto.

—Llega un día en que sigues recordando.

—Sigues echando de menos.

—Sigues queriendo.

Guardó silencio.

—Pero ya no caminas encorvado.

Nadie habló. Aquella frase era mucho más que una metáfora. Era una promesa. Una promesa de futuro. Una promesa de que el dolor no duraría para siempre.

Y antes de que sonara el timbre, Abel añadió una última frase,  la última,  la que Gabriela escribiría esa misma noche en su cuaderno.

"No permitas que las piedras del pasado te impidan abrazar a las personas que todavía caminan a tu lado."

Entonces sonó el timbre y aquella vez sí se levantaron.

Pero algo había cambiado.

Porque por primera vez muchos comprendieron que sanar no consistía en olvidar, consistía en aprender a caminar más ligero.

Cuando salían del instituto el sol descendía lentamente sobre el horizonte, el mar parecía una inmensa lámina de cobre líquido y el viento obligaba a entrecerrar los ojos.

—Creo que debería existir una ley, dijo Greta de repente.

Laia suspiró.

—Cada vez que empiezas una frase así, alguien acaba sufriendo.

—Escúchame primero.

—Eso es exactamente lo que diría una villana .

Las risas aparecieron.

Greta señaló el horizonte.

—Debería ser obligatorio venir a ver un atardecer al menos una vez al mes.

Gabriela sonrió.

—¿Obligatorio?

—Sí.

—¿Y quién controlaría eso?

—Yo.

—Eso suena peligrosísimo.

—Lo sé.

Las carcajadas regresaron.

Después el silencio volvió a instalarse, uno de esos silencios que solo aparecen entre personas que se sienten cómodas juntas, uno de esos silencios que no necesitan ser llenados.

Vicente observaba el mar pensativo, como tantas veces hasta que habló.

—¿Os habéis dado cuenta de una cosa?

—Depende.

Respondió Greta.

—¿Es una cosa interesante?

—No lo sé.

—Entonces continúa.

—Hace un año ninguno de nosotros estaba aquí.

Gabriela levantó la vista.

—Bueno, probablemente sí.

—Ya me entiendes.

Y sí, lo entendía perfectamente.

Porque hacía un año no existía aquello. No existían ellos. No como ahora. No de aquella manera.

—Es raro, murmuró Gabriela.

—¿Qué?

—Pensar que las personas más importantes de tu vida empiezan siendo desconocidos .

El viento pareció llevarse las palabras y durante unos segundos nadie respondió porque la frase tenía  mucho peso.

—Supongo que por eso Abel habla tanto de los encuentros.

Gabriela sonrió porque era verdad.

Si aquel día lluvioso Vicente no hubiera estado sentado junto a la ventana.....

Si Greta no hubiera decidido sentarse con ellos.......

Si a Laia le hubiera tocado otra clase……

Nada de aquello existiría.

—Da un poco de miedo.

—¿Qué cosa?

—Pensar cuánto puede cambiar una vida por algo tan pequeño.

El silencio regresó hasta que Greta sonrió con una sonrisa extrañamente tranquila, poco habitual en ella.

—A mí no.

Los dos la miraron.

Sorprendidos.

—¿No?

Greta negó con la cabeza.

—A mí me parece bonito.

Gabriela arqueó una ceja.

—Eso ha sido sorprendentemente profundo.

—Lo sé.

Yo también me he asustado.

Las risas volvieron a aparecer.

Pero Greta continuó.

—Quiero decir que...

Por primera vez pareció buscar las palabras.

—Que si una pequeña casualidad puede cambiar tu vida para mal...

Miró el mar.

—También puede cambiarla para bien.

El silencio fue inmediato porque nadie esperaba aquella reflexión y mucho menos de Greta.

Y, sin embargo, era preciosa, terriblemente preciosa .

El sol continuó descendiendo cada vez más cerca del océano como si se buscaran en un abrazo

Y por primera vez en mucho tiempo Gabriela sintió una paz extraña.

No felicidad pero sí algo parecido, algo que se acercaba, la sensación de que el futuro volvía a existir y mientras observaba cómo el sol desaparecía lentamente sobre la línea en la que el cielo y mar se confunden, pensó que quizá algunas personas llegan a tu vida exactamente cuando las necesitas.

Aunque no lo sepas todavía.

Aunque tardes tiempo en comprenderlo.

Aunque no te des cuenta hasta mucho después.

Y entonces miró a sus amigos y pensó que tal vez aquella tarde también acabaría convirtiéndose en un recuerdo importante, uno de esos recuerdos que años después siguen viviendo dentro de ti.

El sol continuaba descendiendo lentamente, la línea naranja del horizonte se iba haciendo cada vez más pequeña, el viento soplaba con fuerza.

Y, por primera vez en mucho tiempo, ninguno parecía tener prisa por volver.

Greta seguía tumbada sobre el suelo como si hubiera decidido convertirse en parte del paisaje.

—Tengo hambre, anunció.

—Qué sorpresa!

—No entiendo por qué os sigue sorprendiendo.

—Porque llevas veinte minutos hablando del mar, de las estrellas y de la existencia humana.

—Y ahora tengo hambre.

—Eso sí parece propio de ti.

Las risas aparecieron otra vez.

Después el silencio regresó,  un silencio cómodo, tranquilo.

Hasta que Greta se incorporó de golpe lo cual nunca era buena señal.

—Vale, tengo una pregunta.

Vicente suspiró.

—¿Por qué siempre me da miedo cuando dices eso ?

—Porque eres inteligente.

—Continúa.

Greta los observó y sonrió.

—¿Cuál es el secreto más raro que nunca habéis contado a nadie?

—No.

Respondió Vicente inmediatamente.

—Ni siquiera has escuchado la pregunta entera.

—No importa.

La respuesta sigue siendo no.

Las carcajadas estallaron.

—Vamos, insistió Greta.

—Yo empiezo.