Infinito Por Infinito CAPÍTULO NUEVE
40%

CAPÍTULO NUEVE

La última lección

La lluvia caía otra vez suavemente sobre las ventanas, no una tormenta,  no una lluvia triste, simplemente una de esas lluvias que parecen invitar a quedarse un rato más en casa, a pensar, a recordar, a escuchar el sonido del mundo bajando el volumen.

Gabriela removía el cacao caliente distraídamente, el vapor ascendía en pequeñas espirales y durante unos segundos nadie habló hasta que Arantxa rompió el silencio.

—Hablas mucho de Abel últimamente.

La cuchara se detuvo solo un instante.

Pero Arantxa lo vio. Las madres ven cosas que nadie más ve.

—No hablo tanto de él, respondió Gabriela demasiado deprisa.

Arantxa sonrió.

—Claro.

—Es verdad.

—Por supuesto.

Gabriela entrecerró los ojos.

—Te estás riendo de mí.

—Un poco.

La lluvia siguió golpeando el cristal.

Y entonces llegó la exclamación compartida de ¡ Qué profesor tan especial!

Ambas sonrieron mientras el mundo desaparecía.

O al menos eso sintió Gabriela.

Porque algunas personas tienen la capacidad de detener el tiempo.

Se quedó callada.

Porque acababa de descubrir que cuando Abel hablaba todo parecía más claro.

Que esperaba sus clases, que recordaba sus frases, que las conversaciones con él se quedaban viviendo dentro de su cabeza durante días .

Y aquello no se parecía a lo que sentía con otros maestros. Era diferente, completamente diferente.

Y precisamente por eso resultaba tan difícil explicarlo.

Arantxa comprendió inmediatamente lo que estaba ocurriendo.

Era admiración. Era fascinación. Era el descubrimiento de alguien que estaba ayudando a reconstruir partes de ella que llevaban mucho tiempo rotas.

Y eso también podía ser muy poderoso.

—Escucha una cosa, dijo suavemente.

Gabriela levantó la mirada.

—Hay personas que aparecen en nuestra vida para quedarse.

Hizo una pausa.

—Y otras aparecen para enseñarnos algo.

A veces son la misma persona.

Y otras veces no.

Gabriela permaneció pensativa pues aquella frase sonaba exactamente a algo que habría dicho Abel.

Y eso hizo sonreír a Arantxa.

—¿Ves?

—¿Qué?

—Que ya empiezas a pensar como él.

Gabriela lanzó una servilleta en su dirección y ambas terminaron riendo.

Hacía mucho tiempo que aquella cocina no sonaba así. Con risas. Con vida. Con futuro.

Muy lejos de allí, Vicente observaba la lluvia desde la ventana de su habitación.

Llevaba varios minutos mirando la pantalla del móvil. Una conversación abierta. Un mensaje sin enviar.

El nombre de Gabriela brillaba en la parte superior.

Había escrito algo, lo había borrado y lo había vuelto a escribir y lo había vuelto a borrar.

Porque existían batallas mucho más difíciles que cualquier pelea.

Por ejemplo: atreverse a importar .

Vicente volvió a escribir el mensaje y volvió a borrarlo por cuarta vez.

Se dejó caer sobre la cama.

El móvil aterrizó sobre el pecho.

Y cerró los ojos.

Aquello era ridículo. Había sobrevivido a cosas muchísimo peores. A hospitales. A entierros. A noches enteras haciéndose preguntas.

Y sin embargo...

mandar un mensaje a Gabriela le parecía en ese momento aterrador.

Porque el dolor te enseña algo peligroso.

Que perder a alguien duele.

Y cuando aprendes eso demasiado pronto, empiezas a protegerte de cualquier cosa que pueda importar demasiado, incluso de las personas buenas, incluso de la felicidad, incluso del amor.

Abrió de nuevo la conversación.

Respiró hondo.

Y escribió:

«¿Has estudiado algo para el examen de historia o voy a suspender solo?»

Lo leyó.

Era un mensaje pésimo. Absolutamente mediocre.

Pero antes de arrepentirse volvió a pulsar enviar y ya no había vuelta atrás.

Durante varios segundos observó la pantalla sin respuesta.

Diez segundos. Veinte. Treinta. Un minuto.

—Perfecto, murmuró.

—Ahora pensará que soy idiota.

Justo entonces apareció la notificación.

Gabriela estaba escribiendo lo que le hizo sentir una descarga absurda en el estómago, como si tuviera trece años y jamás hubiera hablado con una chica,  como si su cerebro hubiera decidido dejar de funcionar.

Finalmente llegó la respuesta.

«No te preocupes. Suspenderemos juntos. »

Vicente sonrió.

Y aquella sonrisa apareció tan deprisa que incluso le sorprendió. Apareció sin esfuerzo, simplemente porque sí.

Comenzaron a hablar. Primero del examen, después de Abel, de cómo Greta era probablemente el ser humano más incapaz del planeta para mantener una conversación discreta, de memes, canciones,  películas, series.

Pequeñas cosas pero a veces las relaciones más importantes crecen exactamente así.

No con grandes declaraciones. No con momentos épicos, sino con conversaciones aparentemente insignificantes, con la sensación de que hablar con alguien resulta sorprendentemente fácil aunque al principio pareciera una odisea.

Gabriela estaba tumbada en su cama sonriendo a la pantalla y eso la asustaba un poco porque llevaba muchísimo tiempo sin sentir ilusión por nada relacionado con otra persona.

Muchísimo tiempo sin esperar una notificación, sin releer mensajes,  sin preguntarse qué estaría pensando alguien.

Cuando finalmente dejaron de escribir ya era muy tarde pero ninguno de los dos quería ser quien terminara la conversación.

Hasta que Gabriela envió el último mensaje.

«Buenas noches, Vicente.»

Y él respondió:

«Buenas noches, Gabi.»

Gabi.

Solo cuatro letras.

Pero nadie la llamaba así excepto las personas que le importaban.

Y aquella noche tardó muchísimo en dormirse. Cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma sonrisa. La del chico triste del fondo de la clase que dejó de ser un desconocido.

La semana siguiente pasó volando.

Como pasan siempre las semanas cuando esperas algo.

Aquella mañana, cuando los alumnos entraron en clase, encontraron algo extraño sobre la mesa de Abel.

Una mochila .

Nada más.

Una mochila vieja. Grande. Desgastada.

Y aparentemente llena. Muy llena.

Greta fue la primera en señalarla.

—Vale.

Esto sí que es nuevo.

—¿Qué crees que hay dentro?, preguntó Vicente.

—Un cadáver.

—Tu capacidad para exagerar sigue siendo admirable.

—Gracias.

Las risas recorrían el aula justo cuando Abel entró. Sin libros sin carpeta, sin apuntes.

Y se dirigió directamente hacia la mochila.

—Necesito un voluntario obligado que elegiré yo

Todos rieron y varias personas bajaron la cabeza inmediatamente.

Una reacción que hizo sonreír a Abel.

Finalmente señaló a un alumno del fondo.

—Asier.

El chico levantó la vista.

—¿Sí?

—¿Puedes traer la mochila?

Asier se levantó, caminó hasta la mesa, agarró la mochila y su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué pasa?, preguntó Greta.

—Pesa muchísimo.

Algunas risas aparecieron.

Pero Asier no sonreía. Realmente pesaba. Muchísimo.

Con esfuerzo consiguió llevarla hasta el centro del aula,  la dejó en el suelo y se frotó el brazo.

—¿Qué lleva dentro?

Abel abrió la mochila y comenzó a sacar piedras.

Una. Dos. Tres. Diez. Quince.

El aula entera observaba hasta que la mesa quedó cubierta de piedras.

Grandes. Pequeñas. Irregulares. Pesadas .

—¿Cuánto creéis que pesa?, preguntó Abel.

Hubo varias respuestas.

—Diez kilos.

—Quince.

—Veinte.

Abel asintió.

—Más o menos.

Después volvió a guardar las piedras y cerró la mochila.

—Ahora necesito otro voluntario.

Greta levantó la mano.

—Esto parece una trampa.

—Probablemente.

—Perfecto.

Y se levantó.

Las risas aparecieron inmediatamente.

Abel le entregó la mochila.

Greta intentó ponérsela y casi perdió el equilibrio.

—¡Pero qué demonios...!

La clase estalló en carcajadas.

—¿Pesa?, preguntó Abel.

—Creo que he envejecido tres años.

Las risas aumentaron pero Abel permaneció serio observándola.

—Ahora imagina que tienes que llevarla todo el día.

Greta dejó de sonreír.

—¿Todo el día?

—Todo el día.

—No, gracias.

—¿Y una semana?

—Ni hablar.

—¿Un año?

Greta negó inmediatamente.

—Me destrozaría la espalda.

Abel asintió y entonces miró a toda la clase.

—Exactamente .

El silencio apareció poco a poco porque todos comprendieron que la mochila no era realmente una mochila. Era otra cosa. Algo mucho más importante.

Abel apoyó una mano sobre ella y preguntó:

—¿Sabéis cuál es el problema?

Nadie respondió.

—Que la mayoría de las personas caminan por la vida exactamente así.

El aula quedó inmóvil.

—Solo que las piedras no son de verdad.

Miró a los alumnos.

Uno por uno.

—Son preocupaciones.

—Miedos.

—Culpas.

—Rencores.

—Errores del pasado.

—Cosas que no pueden cambiar.

El silencio era absoluto porque todos pensaron inmediatamente en alguna piedra.

Y Gabriela pensó en Alejandro.

Pensó en todas las veces que se había preguntado si podría haber hecho algo más aunque supiera que no.

Pensó en la culpa. Pensó en el dolor. Pensó en el miedo.

Y comprendió exactamente de qué estaba hablando Abel.

—La mayoría de las personas creen que el sufrimiento viene de las cosas que les ocurren.

Continuó.

Negó suavemente con la cabeza.

—Muchas veces viene de las cosas que deciden seguir cargando.

Y por primera vez aquella mañana nadie tomó apuntes.

Porque todos estaban demasiado ocupados mirando sus propias piedras.

Nadie habló durante varios segundos porque todos estaban pensando en algo o en alguien .

En alguna piedra, una invisible pero real, terriblemente real.

Abel abrió un cajón de la mesa y comenzó a repartir pequeños papeles recortados en forma de piedra.

Uno para cada alumno.

El aula observaba en silencio porque ya intuían que aquello iba a doler.

Las actividades de Abel casi siempre dolían un poco antes de ayudar.

—Quiero que escribáis algo.

—No pongáis vuestro nombre.

—No tenéis que enseñárselo a nadie.

—Ni siquiera a mí.

Se apoyó sobre la mesa.

—Escribid cuál es la piedra más pesada que lleváis encima.

El silencio fue inmediato. Mucho más profundo que antes.

Porque una cosa era escuchar una metáfora y otra muy distinta ponerle nombre.

Gabriela observó el papel durante mucho tiempo sin escribir porque conocía la respuesta pero escribirla la haría real, más real, mucho más real.

Al final escribió lentamente:

"El miedo a olvidar a mi padre."

Las palabras parecieron pesar sobre el papel, como si realmente fueran una piedra, como si tuvieran masa, como si ocuparan espacio. Y quizá lo hacían.