CAPÍTULO OCHO #3
—No me mires así, dijo Gabriela inmediatamente.
Arantxa sonrió.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras pensando algo.
—Estoy pensando algo.
—Precisamente ese es el problema.
Las dos rieron.
Aquella facilidad para reír juntas había tardado mucho tiempo en regresar.
Muchísimo.
Y quizá por eso ambas la valoraban más ahora.
Gabriela se sentó frente a ella.
Durante unos segundos ninguna habló hasta que Arantxa rompió el silencio.
—Tu padre habría disfrutado muchísimo hoy.
La frase llegó sin aviso. Sin preparación. Sin defensa posible.
Y sin embargo, para sorpresa de Gabriela, no dolió.
No como antes.
Dolió un poco, claro que dolió.
Pero también calentó algo dentro de ella .
Porque empezaba a ser posible recordar sin derrumbarse.
—Sí, respondió suavemente.
—Lo sé.
Arantxa asintió.
—Y estaría insoportable.
Gabriela soltó una carcajada.
—Completamente insoportable.
—Le habría contado el gol a personas que ni siquiera preguntaron.
—Durante meses.
—Años.
Las dos volvieron a reír.
Y durante unos segundos Alejandro estuvo allí.
No físicamente.
No como un fantasma.
Sino como hacen las personas que han sido profundamente amadas.
A través de los recuerdos compartidos.
Después llegó el silencio otra vez. Un silencio más íntimo, más profundo.
Arantxa observó a su hija y algo cambió en su expresión.
—¿Puedo preguntarte una cosa?
Gabriela arqueó una ceja.
—Eso nunca termina bien.
—Probablemente no.
Aquella sinceridad hizo que ambas sonrieran.
—Adelante.
Arantxa giró lentamente la taza entre las manos.
Como si estuviera escogiendo cuidadosamente las palabras.
—¿Eres feliz?
La pregunta sorprendió completamente a Gabriela porque esperaba cualquier otra cosa.
Menos esa.
Durante varios segundos no respondió porque necesitaba pensar de verdad, no ofrecer una respuesta automática, no responder lo que creía que su madre quería escuchar. Quería contar la verdad y la verdad era complicada.
Pensó en Alejandro.
Pensó en todo lo que había perdido.
Pensó en las noches difíciles.
En los días malos.
En las lágrimas que todavía aparecían algunas veces.
Después pensó en Abel, en Vicente, en Greta, en Laia, en su madre, en el partido, en las risas, en las conversaciones, en la vida que poco a poco estaba regresando.
Y finalmente respondió.
—A veces.
Arantxa sonrió con una sonrisa hermosa porque comprendió inmediatamente lo que significaba aquella respuesta.
No felicidad perfecta.
No felicidad constante.
Felicidad real.
La única que existe.
—Creo que es una buena respuesta.
Gabriela apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Y tú?
La pregunta tomó a Arantxa por sorpresa porque llevaba mucho tiempo centrada en cómo estaba su hija y muy poco tiempo preguntándose cómo estaba ella misma.
Pensó en Alejandro. Pensó en los años juntos. Pensó en la enfermedad. En el vacío. En el dolor. Y también pensó en aquella cocina. En aquella conversación. En Gabriela riendo otra vez.
Y por primera vez en mucho tiempo respondió con absoluta sinceridad.
—Yo también a veces.
Ninguna añadió nada más porque no hacía falta.
A veces las personas creen que la felicidad es un lugar al que se llega.
Pero quizá no .
Quizá es algo mucho más sencillo. Momentos. Instantes. Pequeñas pausas de luz entre las dificultades. Y aquella conversación era una de ellas.
Cuando Gabriela subió a su habitación una hora después, se sentía extrañamente ligera, como si hubiera dejado algo atrás. No el dolor.
Todavía no. Pero sí parte del miedo.
Se acercó a la ventana, observó la noche, las luces lejanas de la ciudad, el reflejo de las estrellas. Y entonces vio algo sobre el escritorio.
Una vieja caja, la caja de Alejandro.
La misma que llevaba meses sin abrir.
La misma que había evitado mirar.
La misma que contenía las últimas cosas que su padre había dejado para ella.
Permaneció inmóvil observándola.
Y por primera vez sintió algo diferente. No miedo. Curiosidad.
Porque quizá había llegado el momento.
Quizá estaba preparada.
Y sin saberlo, acababa de acercarse al acontecimiento que cambiaría el rumbo de toda la historia.
Hay puertas que no se abren porque encontremos la llave, se abren porque finalmente encontramos el valor.
Y Gabriela llevaba meses reuniendo ese valor sin darse cuenta.
La habitación estaba en silencio, solo se escuchaba el sonido lejano de algún coche atravesando la ciudad.
La caja seguía sobre el escritorio. Esperando. Como había esperado durante meses.
Se acercó despacio y durante unos segundos permaneció inmóvil frente a ella porque sabía perfectamente lo que contenía y al mismo tiempo no tenía ni idea.
Sabía que eran cosas de Alejandro. Recuerdos. Papeles. Fotografías.
Pequeños fragmentos de una vida. Pero también sabía que aquello era mucho más.
Era una despedida que todavía no se había atrevido a leer.
Tomó aire y abrió la tapa .
El corazón comenzó a latir con fuerza.
Dentro encontró fotos, entradas de cine, una bufanda antigua, algunas notas escritas a mano y varios sobres.
Los observó durante unos segundos hasta que vio uno diferente.
En la parte frontal aparecía una frase.
Solo una.
Escrita con la letra inconfundible de Alejandro.
"Para Gabriela. Cuando estés preparada."
Las lágrimas aparecieron inmediatamente porque incluso desde allí, incluso desde la ausencia, su padre parecía conocerla perfectamente.
No había escrito:
"Ábrelo cuando yo muera."
Ni:
"Ábrelo dentro de un año."
Había escrito:
"Cuando estés preparada."
Como si supiera que cada persona tiene su propio calendario para sanar, como si supiera que el amor nunca tiene prisa.
Con las manos temblando abrió el sobre.
Dentro había varias hojas dobladas y una carta.
La carta.
Durante unos segundos no pudo leer porque las lágrimas le impedían enfocar las palabras.
Finalmente respiró hondo y comenzó.
"Hola, Gabi."
La voz de Alejandro apareció inmediatamente dentro de su cabeza.
No leyendo.
Hablando.
Como siempre.
"Si estás leyendo esto significa que has sido más valiente de lo que imaginas."
Gabriela sonrió entre lágrimas porque aquello también sonaba exactamente a él.
"Probablemente has esperado demasiado. "
La sonrisa se amplió.
"Y probablemente tu madre me está dando la razón mientras lee esto contigo en algún momento."
Una carcajada escapó entre las lágrimas porque era verdad, absolutamente verdad.
Siguió leyendo.
"Voy a pedirte algo difícil."
El corazón volvió a acelerarse.
"No quiero que conviertas mi ausencia en el centro de tu vida."
Las lágrimas regresaron inmediatamente.
"Quiero que recuerdes algo."
"Yo he tenido una vida extraordinaria."
"No porque fuera perfecta."
"No porque fuera larga."
"Sino porque os tuve a vosotras."
Gabriela cerró los ojos y durante unos segundos no pudo continuar porque comprendió algo.
Alejandro no estaba escribiendo desde la tristeza. Estaba escribiendo desde la gratitud.
Y eso lo cambiaba todo.
Volvió a mirar la carta.
"Así que no me debes sufrimiento."
"No me debes tristeza."
"No me debes quedarte parada."
"Lo único que me debes..."
Las lágrimas cayeron sobre el papel.
"Es vivir."
El mundo desapareció.
La habitación.
La noche.
El tiempo.
Todo.
Solo existían aquellas palabras.
"Enamórate."
"Viaja. "
"Equivócate."
"Haz amigos."
"Juega partidos."
"Llora cuando haga falta."
"Ríe cuando puedas."
"Pero vive."
"Porque esa era siempre la idea."
Gabriela lloró.
Muchísimo.
Pero no era el mismo llanto.
No era desesperación.
No era rabia.
No era impotencia.
Era otra cosa.
Era amor encontrando una nueva forma de quedarse.
Cuando terminó la carta, encontró algo más dentro del sobre.
Una hoja doblada.
La abrió lentamente y descubrió una lista.
Una lista escrita por Alejandro.
Cincuenta cosas.
Cincuenta experiencias.
Cincuenta aventuras.
Cincuenta retos.
Cincuenta formas de vivir.
En la parte superior había un título.
"Las asignaturas de la vida."
Debajo, la primera línea decía:
Ver amanecer en un lugar donde nunca hayas estado.
La segunda:
Ayudar a alguien sin que llegue a saberlo.
La tercera:
3. Hacer algo que te dé miedo .
Gabriela siguió leyendo.
Y mientras avanzaba por aquella lista comprendió algo extraordinario.
Su padre acababa de darle un mapa.
No para superar el dolor porque eso no funciona así.
Sino para seguir avanzando junto a él.
Y de repente entendió el verdadero significado de todo.
La asignatura de la vida.
Nadie la enseña en el instituto.
Nadie la explica en los libros.
Pero todos terminamos examinándonos de ella.
Aquella noche Gabriela permaneció horas leyendo la lista.
Sonriendo.
Llorando.
Recordando.
Y cuando finalmente apagó la luz, algo había cambiado para siempre.
Porque por primera vez desde la muerte de Alejandro no estaba pensando únicamente en lo que había perdido. También estaba pensando en todo lo que aún le quedaba por vivir.
Y eso hacía que todo fuera diferente.
A la mañana siguiente, Gabriela tomaría una decisión inesperada.
La primera de las cincuenta asignaturas.
Una decisión que involucraría a Abel, a Vicente y a una promesa hecha a un hombre que ya no estaba allí.
Sin saberlo, acababa de comenzar el viaje más importante de toda su vida.