Infinito Por Infinito CAPÍTULO OCHO #2
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CAPÍTULO OCHO #2

Y aquella idea provocó una emoción tan intensa que tuvo que apartarla rápidamente porque si pensaba demasiado en ella terminaría llorando en mitad del campo y aquello sería muy poco profesional.

El partido continuó y poco a poco empezó a jugar como realmente sabía.

Un pase.

Otro.

Una carrera.

Una recuperación.

La confianza regresó.

Y entonces, a pocos minutos del descanso, ocurrió.

Recibió el balón cerca del área, controló, giró y durante una fracción de segundo todo pareció ralentizarse. Las defensas. El ruido. El tiempo.

Golpeó el balón.

Y la pelota salió disparada hacia la escuadra.

Gol.

El estadio estalló.

Las compañeras corrieron hacia ella.

Los gritos llenaron el aire.

La grada se levantó.

Y entre todas las voces, Gabriela escuchó una en particular.

Una carcajada.

Una celebración exagerada.

Una energía imposible de contener.

Abel.

Estaba de pie aplaudiendo, sonriendo como un niño.

Y por un instante fugaz.

Dolorosamente hermoso .

Gabriela vio a Alejandro.

No físicamente.

Nunca físicamente.

Pero sí en la emoción, en la alegría, en la atención.

Y algo se rompió dentro de ella. No de tristeza. De comprensión.

Porque por primera vez entendió algo que llevaba meses intentando aceptar.

Querer a nuevas personas no significaba querer menos a las que había perdido.

El corazón no funciona así.

El amor no funciona así.

Y mientras sus compañeras la abrazaban, una lágrima silenciosa recorrió su mejilla.

Nadie la vio.

Nadie excepto Abel.

Y al verla, comprendió que acababa de ocurrir algo mucho más importante que un gol.

Algo que cambiaría a Gabriela para siempre.

El descanso llegó pocos minutos después.

Y Gabriela necesitó varios segundos para recuperar el aliento. No solo por el esfuerzo. No solo por el gol sino por todo lo demás.

Porque había emociones que agotaban más que correr cuarenta y cinco minutos.

Mientras el equipo se reunía cerca del banquillo, Gabriela levantó la vista hacia la grada y volvió a encontrarlos.

Arantxa.

Y Abel.

Hablando.

Aquella imagen le produjo una sensación extraña.

Cálida. Familiar.

Y al mismo tiempo ligeramente inquietante.

Porque le gustaba verlos juntos.

Demasiado.

Como si ambos pertenecieran a partes distintas de su vida que empezaban a acercarse. Y aquello resultaba bonito. Pero también aterrador .

Porque las cosas importantes siempre tienen algo de aterrador.

El entrenador Dani comenzó a hablar entre aspavientos pero Gabriela apenas escuchó la mitad.

Su mente seguía en la grada.

Mientras tanto, varios metros más arriba, Arantxa observaba el campo con los brazos cruzados y una sonrisa imposible de ocultar.

—Es buena, dijo Abel.

—Lo sé, respondió Arantxa.

Aquella respuesta sonó tan inmediata que ambos sonrieron.

—No hablo solo del fútbol.

La sonrisa de Arantxa se suavizó.

—Yo tampoco.

Durante unos segundos permanecieron observando el terreno de juego.

Las jugadoras corrían, los entrenadores gritaban, el árbitro intentaba mantener cierto orden dentro del caos.

La vida seguía moviéndose delante de ellos.

—Ha cambiado mucho, murmuró Abel.

Arantxa tardó unos segundos en responder.

—Sí.

Muchísimo.

Su voz se volvió más baja, más íntima.

—Hubo momentos en los que pensé que no volvería.

Abel no preguntó comprendiendo perfectamente a qué se refería.

—No volvería a sonreír, no volvería a ilusionarse, no volvería a ser ella.

El duelo tiene esa capacidad,  la de hacerte creer que ciertas partes de ti han desaparecido para siempre.

—Pero volvió, dijo Abel.

Arantxa observó a su hija.

Gabriela estaba riendo con una compañera. Una escena sencilla. Normal.

Y precisamente por eso extraordinaria.

—Sí, respondió finalmente.

—Volvió .

Sin embargo, algo en aquella respuesta hizo que Abel percibiera una sombra. Una preocupación. Pequeña pero real.

—¿Qué ocurre?

Arantxa sonrió.

—Eres observador.

—Intento prestar atención.

La frase los hizo sonreír a ambos.

—Creo que me da miedo verla sufrir otra vez, confesó finalmente Arantxa.

El viento agitó suavemente su cabello.

—Y sé que es absurdo.

—No lo es.

—Sí lo es.

Suspiró.

—Porque sufrir forma parte de vivir.

Y aun así.....se quedó mirando el campo.

—Si pudiera evitarle un solo dolor más, lo haría.

Aquella frase golpeó a Abel de una forma inesperada porque comprendía perfectamente lo que significaba. Querer a alguien suele consistir exactamente en eso, en intentar protegerle incluso de cosas imposibles de proteger.

Durante unos segundos permanecieron en silencio hasta que Arantxa habló de nuevo.

—¿Sabes una cosa?

—¿Cuál?

Ella sonrió.

Una sonrisa tranquila, de esas que parecen saber más de lo que dicen.

—Alejandro te habría apreciado.

Abel parpadeó sorprendido.

—No puedes saber eso.

—Sí puedo.

La respuesta fue tan firme que no dejó espacio para discusión.

—¿Por qué?

Arantxa observó el campo .

—Porque sabía reconocer a las personas que miran de verdad.

El corazón de Abel se aceleró ligeramente.

—Alejandro prestaba atención, escuchaba, recordaba detalles, hacía sentir importantes a los demás.

Sonrió.

—Tú también haces eso.

Por primera vez en mucho tiempo, Abel no encontró una respuesta inmediata porque aquella comparación le parecía demasiado grande,  demasiado importante y porque una parte de él le emocionaba oír hablar de Alejandro.

No por curiosidad sino porque sentía que le conocía más a través de Gabriela, a través de sus historias, de sus recuerdos, de las huellas que había dejado.

El silbato anunció el final del descanso. Las jugadoras regresaron al campo.

Y cuando Gabriela levantó la vista una vez más hacia la grada, encontró a Abel observándola.

No sonrió. No saludó. Simplemente la observó.

Con esa atención tranquila que parecía envolverlo todo.

Y por alguna razón inexplicable, Gabriela sintió que acababa de aprobar una asignatura mucho más importante que cualquier examen aunque todavía no supiera cuál era.

La segunda parte del partido pasó demasiado deprisa o quizá fue Gabriela quien perdió la noción del tiempo.

A veces ocurre cuando estás completamente presente, cuando no piensas en el pasado, ni en el futuro, ni en lo que podría salir mal, solo en el instante.

Y durante aquellos cuarenta y cinco minutos ocurrió algo que no le sucedía desde hacía mucho tiempo.

Fue feliz sin darse cuenta. Simplemente jugó. Corrió. Rio. Se enfadó con una decisión arbitral absurda. Celebró una recuperación como si fuera un gol.

Y durante un rato olvidó que llevaba meses reconstruyéndose.

Simplemente vivió .

Cuando sonó el pitido final, el marcador reflejaba una victoria pero curiosamente eso fue lo menos importante.

Las compañeras se abrazaron, saltaron, celebraron y Gabriela participó en todo aquello con una sonrisa enorme.

Sin embargo, mientras caminaba hacia la banda, sabía que el partido había significado algo más, mucho más porque no era la primera vez que ganaba pero sí era la primera vez que sentía que Alejandro habría disfrutado viéndola así. Sin tristeza, sin culpa, sin miedo, simplemente feliz.

La idea apareció de repente y la emocionó profundamente.

Arantxa la abrazó nada más llegar con esa mezcla imposible de orgullo y emoción que las madres intentan disimular sin éxito.

—Has estado increíble.

—He fallado tres controles.

—Detalles técnicos.

Gabriela rio.

—Claro.

—Yo solo evalúo lo importante.

—¿Y qué es lo importante?

Arantxa la observó unos segundos.

—Que vuelves a parecer tú.

La respuesta la dejó sin palabras porque en el fondo sabía exactamente a qué se refería.

Durante muchos meses había sentido que vivía detrás de un cristal viendo pasar la vida sin formar parte de ella.

Y ahora aquel cristal empezaba a desaparecer poco a poco.

Después llegó el momento de despedirse. Las compañeras. Los entrenadores. Los padres. La rutina habitual.

Y sin darse cuenta, terminó caminando junto a Abel hacia el aparcamiento.

Arantxa se había adelantado para responder una llamada.

Así que, por primera vez en todo el día, estaban solos.

El sol brillaba entre nubes y el aire tenía esa calma especial de los días que terminan bien.

—Gracias por venir, dijo Gabriela .

Abel sonrió.

—Gracias por invitarme.

—Yo no te invité.

—Tu madre sí.

—Eso no cuenta.

—Cuenta bastante.

Las risas aparecieron inmediatamente y después llegó uno de esos silencios extraños. No incómodos pero sí importantes, como si ambos supieran que había algo más detrás de la conversación.

—¿Sabes?, dijo finalmente Abel.

—¿Qué?

—Creo que hoy he entendido algo sobre tu padre.

El corazón de Gabriela se aceleró.

—¿Sí?

Abel asintió lentamente.

—Creo que no te enseñó a jugar al fútbol.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿No?

—No.

Sonrió.

—Creo que te enseñó a amar las cosas.

El mundo pareció quedarse quieto porque aquella frase contenía algo profundamente verdadero, algo que ella jamás había conseguido expresar.

Alejandro nunca había insistido en los resultados, ni en los goles, ni en ganar. Lo que siempre había intentado enseñarle era otra cosa. La pasión. La curiosidad. La capacidad de entregarse por completo a lo que hacía. La capacidad de prestar atención. Y de repente todo conectó.

La clase, el partido, los recuerdos, las conversaciones. Todo.

Gabriela sintió cómo se le humedecían los ojos.

—Sí.

Murmuró.

—Creo que sí.

Durante unos segundos ninguno habló porque algunas verdades necesitan silencio .

Y mientras caminaban hacia la salida del recinto deportivo, ambos sintieron que acababan de compartir algo importante, algo difícil de explicar pero imposible de olvidar.

Sin saberlo, aquella conversación iba a permanecer en la memoria de Gabriela durante muchos años.

Porque había momentos que cambian una vida.

Y otros que cambian la forma de entenderla.

Esa pertenecía a la segunda categoría.

Aquella noche la casa estaba especialmente tranquila, no silenciosa, tranquila. Había una diferencia importante. Los silencios podían estar llenos de ausencia,  la tranquilidad, en cambio, suele estar llena de paz.

Gabriela salió de la ducha, se puso una sudadera amplia y bajó a la cocina buscando agua.

Encontró a Arantxa sentada junto a la mesa  con una taza de té entre las manos y una expresión pensativa.