CAPÍTULO OCHO
La asignatura de la vida
El sábado amaneció con un cielo limpio, de esos que parecen recién estrenados, sin nubes, sin ruido, como si el mundo hubiera decidido conceder una tregua.
Gabriela abrió los ojos varios segundos antes de que sonara el despertador y permaneció observando el techo y escuchando el silencio de la casa.
Aquello era algo que hacía cada vez más.
Antes se levantaba deprisa, sin pensar.
Ahora necesitaba unos minutos para situarse, para recordar dónde estaba y comprobar que el dolor seguía siendo soportable.
Porque el duelo tenía algo extraño.
Había días donde parecía una montaña y otros donde se convertía simplemente en una piedra dentro del bolsillo.
Seguía pesando pero aprendías a caminar con ella.
Escuchó movimiento en la cocina y sonrió automáticamente.
Su madre.
Siempre era su madre.
El olor a café comenzó a recorrer lentamente el pasillo y durante un instante, apenas un segundo, Gabriela volvió a tener aquella sensación absurda de que Alejandro también estaba allí.
Preparando tostadas, cantando algo desafinado, buscando una taza limpia.
El corazón se le encogió pero ya no como antes.
Antes aquella sensación la destruía, ahora simplemente la acompañaba. Como una cicatriz.
Se incorporó despacio, miró la fotografía que seguía sobre la mesita.
Su padre. Sonriendo. Con aquella expresión imposible de olvidar.
—Hoy jugamos, murmuró.
Como si pudiera escucharla .
Y por alguna razón aquello le hizo sentir mejor.
Cuando llegó a la cocina encontró a Arantxa preparando el desayuno.
Llevaba una camiseta amplia, el pelo recogido y una expresión mucho más descansada que meses atrás.
No feliz, todavía no, pero sí menos rota.
Y Gabriela comprendió algo importante, no solo ella estaba aprendiendo a vivir otra vez.
Su madre también.
—Buenos días.
—Buenos días, futbolista.
Gabriela sonrió.
—Hoy ganamos.
—Eso dijiste la semana pasada.
—Y funcionó.
Las dos rieron y durante unos segundos la cocina volvió a parecer una cocina normal, no marcada por una ausencia, no donde el dolor hubiera vivido durante meses, simplemente una cocina.
Y eso ya era una victoria.
Mientras desayunaban, Arantxa observó a su hija en silencio, disimuladamente, como hacen las madres.
Y vio algo que llevaba mucho tiempo esperando volver a ver.
La pequeña mujercita en la que se había convertido.
La muerte de Alejandro no había desaparecido, nunca desaparecería pero la vida estaba empezando a abrirse paso otra vez y aquello le produjo una emoción tan fuerte que tuvo que apartar la mirada.
Porque la esperanza también puede hacer llorar.
—¿Qué pasa?, preguntó Gabriela.
—Nada, mintió Arantxa.
Y ambas sonrieron porque las dos sabían perfectamente que era mentira.
Pero algunas mentiras están hechas de amor y nadie las discute.
El fútbol siempre había sido mucho más que fútbol.
A los ojos de cualquiera era simplemente un deporte.
Un balón .
Un campo.
Veintidós personas corriendo detrás de algo redondo.
Pero para Gabriela nunca había sido eso.
Nunca.
Porque el fútbol tenía la voz de su padre. El fútbol olía a césped mojado un sábado por la mañana. A chocolate caliente en un vaso de cartón.
A bocadillos envueltos en papel de aluminio. A madrugones imposibles. A conversaciones en el coche. A abrazos después de perder.
Y a celebraciones exageradas después de ganar.
Cuando era pequeña pensaba que todos los padres vivían los partidos igual.
Años después comprendió que no. Alejandro no iba a verla jugar. Alejandro iba a compartir algo con ella.
Y aquella diferencia lo cambiaba todo.
Recordó perfectamente su primer entrenamiento. Tenía miedo. Muchísimo. Las otras niñas parecían mayores. Más rápidas. Más fuertes. Más seguras. Ella apenas sabía colocarse las espinilleras.
Durante media hora pensó seriamente en fingir una lesión pero entonces levantó la vista y allí estaba su padre sonriéndole desde detrás de la valla como si no existiera ninguna posibilidad de fracaso, como si estuviera orgulloso de ella antes incluso de empezar.
Y aquello lo cambiaba todo.
Porque sentirse querido te vuelve más valiente, muchísimo más valiente.
Con los años llegaron los primeros goles, las primeras derrotas, las primeras lágrimas deportivas.
Y Alejandro seguía allí.
Siempre.
A veces gritaba demasiado.
Arantxa protestaba.
—Vas a dejar sin voz a todo el campo.
—Es una ocasión histórica.
—Va ganando siete a cero.
—Precisamente .
Gabriela se reía cada vez que recordaba aquellas discusiones porque eran absurdas y precisamente por eso eran perfectas.
La felicidad casi siempre funciona así.
Nunca parece importante mientras está ocurriendo.
Solo después.
Mucho después. Cuando ya no puedes volver.
La enfermedad cambió todo lentamente.
Al principio Alejandro seguía yendo a los partidos. Más cansado. Más callado. Pero seguía allí.
Después empezó a faltar a algunos.
Y finalmente llegó el día en que ya no pudo ir.
Gabriela nunca olvidaría aquella mañana.
Nunca.
Porque mientras se ataba las botas comprendió algo que llevaba semanas evitando aceptar. Su padre estaba empeorando. Era una realidad, no una posibilidad, no un miedo, no una exageración. Era real.
Y aquella realidad le produjo más terror que cualquier otra cosa que hubiera sentido en su vida.
Durante el partido jugó mal, muy mal.
Falló pases fáciles. Se equivocó continuamente. No conseguía concentrarse.
Porque parte de ella seguía en casa junto a Alejandro.
Cuando regresó encontró a su padre dormido en el sofá, mucho más delgado, más cansado, mucho más cerca de desaparecer.
Aquella imagen la perseguiría durante años porque hay momentos que no sabes que son despedidas hasta mucho tiempo después y aun así tu corazón parece reconocerlos.
Por eso dejó el fútbol cuando murió. No porque hubiera dejado de gustarle sino porque dolía demasiado.
Todo.
El campo. Los entrenamientos. Las gradas. Los sábados.
Cada rincón estaba lleno de recuerdos.
Y los recuerdos, cuando son demasiado recientes, pueden convertirse en cuchillas .
Durante meses ni siquiera abrió la bolsa deportiva, permaneció abandonada en el armario. Esperando.
Como si también estuviera de duelo.
Hasta aquella tarde.
Aquella tarde en la que entró sola en su habitación, abrió el armario y encontró las botas. Las mismas. Cubiertas de polvo.
Las sostuvo entre las manos y lloró.
Muchísimo.
Porque comprendió algo. Si abandonaba el fútbol......
también abandonaba una parte de su padre.
Y no estaba preparada para perderlo dos veces.
Así que volvió.
Asustada.
Temblando.
Rota.
Pero volvió.
Y desde entonces, antes de cada partido, repetía el mismo ritual.
Mirar unos segundos al cielo y pensar:
"Este también va por ti."
Aquella mañana volvió a hacerlo.
Exactamente igual.
Sin saber que aquel partido estaba a punto de convertirse en uno de los más importantes de toda su vida.
Y sin saber que, sentado en una grada, alguien inesperado iba a cambiar por completo el significado de aquel día.
El campo olía a hierba húmeda, a tierra recién removida, a nervios porque los nervios también tienen olor aunque nadie hable de ello.
Gabriela ajustó las espinilleras, se colocó la camiseta y observó el césped mientras las demás jugadoras terminaban de calentar.
Siempre ocurría igual justo antes de cada partido.
Un instante de silencio, un instante en el que el mundo parecía contener la respiración y después todo comenzaba.
Se acercó a la valla, miró las gradas y sonrió automáticamente al encontrar a su madre como siempre, sentada en la misma zona con un café en las manos y esa mezcla imposible de orgullo y preocupación que solo tienen las madres.
Arantxa levantó una mano.
Gabriela respondió con otra sonrisa.
Y entonces ocurrió algo completamente inesperado porque unos metros más allá había alguien más.
Alguien que no debería estar allí.
Alguien que jamás había estado allí antes.
Abel.
El corazón de Gabriela olvidó latir durante un segundo.
Solo un segundo pero suficiente.
Parpadeó convencida de que se había equivocado.
No.
Seguía allí. Vaqueros ajustados. Chaqueta azul. Zapatillas negras deportivas.
Y esa expresión tranquila que parecía acompañarlo a todas partes.
Gabriela sintió una oleada de emociones imposibles de ordenar.
Sorpresa. Alegría. Nervios. Confusión.
Y algo más, algo que empezaba a aparecer cada vez que él estaba cerca.
Abel la vio y levantó ligeramente la mano como si aquello fuera perfectamente normal, como si los profesores aparecieran habitualmente en los partidos de sus alumnos.
Gabriela caminó hacia la grada intentando parecer tranquila.
—¿Qué hace aquí?
Abel sonrió.
—Buenos días para ti también.
—Lo digo en serio.
—Yo también.
La sonrisa se amplió ligeramente.
—Me invitó tu madre.
Gabriela giró inmediatamente la cabeza.
Arantxa levantó las cejas con absoluta inocencia.
Una inocencia completamente falsa.
—Mamá .
—¿Qué?
—Has invitado a Abel.
—Sí.
—¿Por qué?
Arantxa tomó un sorbo de café.
—Porque siempre hablas de él.
El corazón de Gabriela decidió suicidarse en ese mismo instante.
—Mamá.
—¿Qué?
—Por favor.
Abel estaba intentando no reírse y aquello empeoraba la situación.
—Creo que voy a jugar.
—Buena idea, respondió Abel.
—Excelente plan, añadió Arantxa.
Gabriela se alejó lo más rápido que pudo y escuchó claramente las risas detrás de ella.
Traidores.
Los dos.
Sin embargo, mientras regresaba al campo, una sonrisa apareció en su rostro.
Porque algo dentro de ella estaba feliz, ridículamente feliz.
El árbitro llamó a las jugadoras, los equipos ocuparon posiciones y el partido comenzó.
Durante los primeros minutos Gabriela apenas consiguió concentrarse porque cada vez que levantaba la vista veía dos figuras en la grada.
Arantxa.
Y Abel.
Observando.
Animando.
Prestando atención.
Y de repente recordó la clase.
"La atención es amor. "
Aquella frase volvió a su mente con una fuerza inesperada porque Alejandro siempre había estado allí, siempre, partido tras partido, año tras año.
Y ahora, por primera vez desde su muerte, había alguien ocupando una parte de aquel espacio vacío.
No sustituyéndolo, eso era imposible pero acompañándolo.