Infinito Por Infinito CAPÍTULO SIETE
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CAPÍTULO SIETE

La atención es amor

Los días volvieron a correr. Siempre terminaban haciéndolo por mucho que una parte de nosotros quisiera detenerlos y por mucho que intentáramos aferrarnos a ciertos momentos.

Los días seguían avanzando y casi sin darse cuenta, Gabriela volvió a encontrarse caminando hacia el instituto un viernes por la mañana.

Otro viernes. Otra clase de Abel. Otra de esas horas extrañas que parecían quedarse resonando dentro de ella durante toda la semana.

Gabriela llevaba auriculares pero no escuchaba realmente la música.

Últimamente utilizaba las canciones igual que otras personas utilizan el ruido de fondo, solo para acompañar pensamientos porque tenía demasiados, pensaba en su padre,  pensaba en Vicente, pensaba en Abel.

Y aquello ya empezaba a parecer peligroso porque cada vez que pensaba en Abel sentía algo distinto, algo difícil de nombrar.

No era exactamente admiración aunque le admiraba.

No era exactamente cariño aunque también existía cariño.

Era otra cosa.

Algo que todavía no entendía. Algo que aparecía cada vez que él hablaba, cada vez que sonreía, cada vez que parecía comprender emociones que ella misma no conseguía explicar.

Y aquello empezaba a asustarla un poco.

Cuando entró en el aula encontró el caos habitual. Greta estaba sentada encima de una mesa, Laia discutía con Carlota sobre una serie, Mara intentaba terminar unos ejercicios que claramente debería haber hecho la noche anterior...

Gabriela sonrió porque algunas cosas empezaban a resultar familiares y las cosas familiares tranquilizan.

—Estoy emocionalmente destruida .

Greta lo anunció con absoluta solemnidad como quien comunica una tragedia internacional.

—¿Otra vez?

—Sí.

—¿Qué ha pasado ahora?

Greta suspiró dramáticamente.

—El amor.

Las carcajadas aparecieron inmediatamente.

—Greta.

Laia negó con la cabeza.

—Te has enamorado de cuatro personas distintas este mes.

—Cinco, corrigió Greta.

—Pero una era actor y no cuenta.

Las risas aumentaron todavía más.

Incluso Vicente sonrió ligeramente y Gabriela lo vio. Aquella pequeña sonrisa duró apenas un segundo pero allí estaba como si algo dentro de él estuviera empezando a respirar otra vez.

Entonces la puerta se abrió y el aula cambió como siempre.

Abel apareció con su sonrisa habitual, la de alguien a quien le apasiona su trabajo.

—Buenos días, guapísimos!

Las risas aparecieron automáticamente.

—Buenos días.

Respondió la clase.

—No os escucho.

—¡BUENOS DÍAS!

—Mucho mejor.

Abel observó a los alumnos durante unos segundos..

Con aquella costumbre extraña que tenía de mirar realmente a las personas,  no por encima ni superficialmente. De verdad.

Y entonces dijo algo que dejó el aula en silencio.

—¿Sabéis cuál es una de las formas más bonitas de amor que existen?

Nadie respondió.

—La atención .

El silencio se volvió todavía más profundo porque no esperaba aquella respuesta.

Abel tomó una tiza y escribió lentamente en la pizarra:

LA ATENCIÓN ES AMOR

Gabriela sintió inmediatamente que aquella frase iba a quedarse con ella mucho tiempo, muchísimo.

Porque pensó en su padre, en cómo siempre escuchaba sus historias aunque fueran absurdas, en cómo recordaba detalles que nadie más recordaba, en cómo conseguía hacerle sentir que todo lo que ella decía era importante.

Y por primera vez comprendió algo.

Quizá eso también era amor.

No los grandes discursos, ni lo regalos o los momentos extraordinarios.

Era la capacidad de prestar atención real.

Abel apoyó la tiza y sonrió.

—Vamos a hablar de eso.

Y el aula entero se preparó para escuchar porque todos intuían que aquella iba a ser una de esas clases que recordarían durante años.

Abel permaneció unos segundos en silencio, no porque hubiera olvidado lo que quería decir sino porque sabía algo importante:

las ideas más valiosas necesitan espacio para aterrizar.

—Pensad en la última vez que alguien os escuchó de verdad.

Nadie respondió pero todos empezaron a buscar recuerdos.

—No me refiero a que os oyera.

Me refiero a escuchar, a prestar atención, a estar completamente presente.

Comenzó a caminar despacio entre las mesas.

—Porque oír es automático.

Escuchar es un regalo.

Gabriela dejó de escribir.

Simplemente lo observó .

—Muchas veces estamos hablando con alguien y ya estamos pensando en qué responderemos después.

O miramos el móvil, o pensamos en nuestros problemas, o estamos físicamente presentes pero mentalmente ausentes.

Hizo una pausa.

—Y eso ocurre porque la atención se ha convertido en uno de los bienes más escasos del mundo.

El aula permaneció completamente en silencio.

—Antes las personas competían por dinero, por tierras, por poder.

Sonrió ligeramente.

—Ahora las empresas compiten por vuestra atención.

Greta levantó la mano.

—TikTok resumido.

Las risas aparecieron inmediatamente.

—Exactamente.

TikTok, Instagram, YouTube, Netflix, Videojuegos, Notificaciones, Mensajes, Publicidad.

Abel levantó ligeramente el móvil.

—Miles de personas intentando capturar cada minuto de vuestra atención.

Lo dejó sobre la mesa.

—Y cuanto más repartís vuestra atención.....menos vida experimentáis.

Aquella frase provocó un silencio diferente,  más profundo.

Gabriela sintió un pequeño escalofrío porque pensó en cuántas veces había vivido en automático.

Pensó en las cenas mirando una pantalla, en los paseos sin observar nada, en los momentos junto a su padre donde quizá no había estado completamente presente.

Y aquello le dolió muchísimo.

Abel pareció leer algo en las expresiones de varios alumnos.

—No os sintáis culpables, nos ocurre a todos.

Sonrió.

—La cuestión no es lamentarse.

La cuestión es despertar .

Volvió a escribir en la pizarra:

"ATENCIÓN = VIDA"

—Porque aquello a lo que prestáis atención termina convirtiéndose en vuestra vida.

Se giró hacia ellos.

—Si prestáis atención continuamente a los problemas.....viviréis dentro de los problemas.

—Si prestáis atención continuamente al miedo.....viviréis dentro del miedo.

—Si prestáis atención continuamente a lo que os falta.....sentiréis que siempre sois pobres.

El silencio era absoluto.

—Pero si aprendéis a prestar atención a lo bueno.....a lo importante.....a las personas que amáis.....entonces vuestra experiencia de la vida cambia.

Vicente levantó lentamente la cabeza.

Aquella vez no parecía esconderse, parecía escuchar  de verdad.

—¿Y si lo bueno desaparece?

La pregunta salió casi en un susurro pero toda la clase la escuchó.

Y Gabriela sintió inmediatamente un nudo en la garganta porque comprendió perfectamente lo que significaba esa pregunta.

Abel lo observó durante varios segundos sin prisas, sin intentar responder demasiado rápido.

—Entonces agradeces haberlo vivido.

El aula quedó inmóvil.

—Porque hay personas que pasan toda una vida sin experimentar ciertas cosas.

Su voz bajó ligeramente.

—Sin conocer el amor, sin tener una amistad verdadera, sin sentirse comprendidas, sin compartir momentos extraordinarios con alguien importante.

Gabriela pensó inmediatamente en Alejandro y sintió lágrimas acumulándose detrás de los ojos .

—El dolor existe precisamente porque algo fue valioso.

Nadie hablaba ni se movía.

—Y aunque perder a alguien duele.....haberlo tenido sigue siendo un privilegio.

Aquella frase atravesó directamente el corazón de Gabriela porque por primera vez alguien expresaba algo que llevaba años intentando entender.

Sí.

Dolía.

Muchísimo.

Pero el dolor solo existía porque antes había existido amor y quizá eso cambiaba ligeramente la forma de mirar la pérdida.

Abel volvió a sonreír muy suavemente.

—Por eso os digo que la atención es amor.

Se apoyó sobre la mesa.

—Porque cuando alguien os escucha de verdad.....os está diciendo:

"Tu existencia importa."

Y entonces añadió algo que ella escribiría aquella misma noche en sus notas, algo que recordaría durante años.

—La mayoría de las personas no necesitan más consejos, no necesitan más soluciones, no necesitan más discursos.

Miró a toda la clase.

—Necesitan sentirse vistas.

Cuando sonó el timbre, nadie se levantó inmediatamente.

Gabriela cerró lentamente el cuaderno.

La frase seguía escrita en la última página.

"La mayoría de las personas no necesitan sentirse salvadas. Necesitan sentirse vistas."

No podía dejar de pensar en ella.

Porque de repente muchas cosas empezaban a encajar. Alejandro. Arantxa. Abel. Incluso Vicente .

Durante meses había creído que ayudar a alguien consistía en encontrar las palabras adecuadas, las soluciones correctas, las respuestas perfectas.

Ahora empezaba a sospechar que quizá no, que quizá ayudar era quedarse, escuchar, prestar atención y dar a Vicente su tiempo para ser capaz de volver a amar la vida.

Nada más y nada menos.

Cuando salió del aula encontró a Vicente apoyado junto a una ventana esperando o quizá simplemente evitando marcharse demasiado rápido.

—Hola.

Vicente levantó la vista.

—Hola.

Durante unos segundos permanecieron en  un silencio no incómodo, pensativo.

—La clase te ha gustado.

No era una pregunta.

Vicente sonrió ligeramente.

—¿Tanto se nota?

—Un poco.

—Entonces debería practicar mejor mi cara de indiferencia.

—Fracasarías.

La sonrisa apareció otra vez.

Caminaron juntos por el pasillo.

Las voces de otros alumnos resonaban a su alrededor mientras se oía el bullicio de los alumnos

—Cuando ha hablado de la atención...

Vicente dejó la frase suspendida.

Como si estuviera buscando las palabras.

—¿Sí?

—He pensado en Lucía.

Gabriela no respondió.

Simplemente esperó.

—Porque ella era así.

Una pequeña sonrisa apareció en su rostro .

—Siempre recordaba todo.

Bajó la mirada.

—Los cumpleaños, las conversaciones,  las cosas pequeñas.

Su voz se suavizó.

—Te hacía sentir importante.

Gabriela sintió un nudo en la garganta porque conocía perfectamente ese tipo de personas.

Alejandro era igual.

—Mi padre también hacía eso.

Vicente la miró.

—¿Sí?

Gabriela asintió.

—Te escuchaba como si fueras la única persona del mundo.

Ambos sonrieron y durante unos segundos compartieron algo extraño. No dolor. No tristeza. Gratitud.

La de haber conocido a alguien extraordinario aunque ya no estuviera.