Infinito Por Infinito CAPÍTULO SIETE #2
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CAPÍTULO SIETE #2

Llegaron al patio exterior, el cielo comenzaba a cubrirse de nubes y una brisa fresca agitaba los árboles.

—¿Sabes qué me da miedo?

La pregunta salió de Vicente tan de repente que Gabriela tardó unos segundos en reaccionar.

—¿Qué?

Vicente observó el suelo.

—Que llegue un día en que deje de pensar en ella.

Aquella confesión la golpeó directamente porque era exactamente el mismo miedo que ella había sentido durante meses.

—No ocurrirá.

Vicente sonrió con tristeza.

—¿Cómo lo sabes?

Gabriela pensó en todas las veces que había temido olvidar a su padre pensando que avanzar significaba dejarlo atrás.

Y entonces comprendió algo importante.

—Porque las personas importantes no viven en nuestra memoria.

Vicente levantó la vista .

—¿No?

Gabriela negó lentamente con la cabeza.

—Viven en la forma en que miramos el mundo.

El silencio cayó entre ambos.

—Mi padre sigue aquí cuando hago una broma mala.

Sonrió.

—Cuando ayudo a alguien.

Cuando escucho una canción que le gustaba.

Cuando tomo una decisión que él me enseñó a tomar.

Respiró profundamente.

—No recuerdo cada conversación.

Pero sigo siendo parte de él.

Y él sigue siendo parte de mí.

Vicente permaneció completamente inmóvil porque nadie le había dicho algo así antes.

Nadie.

Y por primera vez en mucho tiempo, sintió algo extraño.

No alivio.

Todavía no.

Pero sí una pequeña grieta en la culpa.

Una grieta por la que comenzaba a entrar algo de luz.

Desde la otra punta del patio, alguien observaba la escena.

Abel.

No escuchaba las palabras pero veía algo evidente.

Gabriela estaba haciendo exactamente lo que mejor sabía hacer.

Estaba ayudando a alguien a respirar de nuevo.

Y aunque aquello era hermoso...le asustaba porque las personas que dedican su vida a sostener a otros a veces olvidan quién las sostiene a ellas.

Y Abel empezaba a sospechar que pronto tendría que tomar una decisión importante.

Una decisión que podría cambiarlo todo .

El problema de los rumores es que nunca llegan caminando, llegan corriendo. Y aquella mañana el rumor atravesó el instituto como un incendio.

Gabriela lo descubrió antes incluso de entrar en clase porque todo el mundo hablaba de lo mismo. Los pasillos. Las escaleras. La cafetería.

Incluso los profesores parecían más tensos de lo habitual.

Algo había ocurrido y nadie terminaba de explicarlo del todo.

—¿Qué está pasando?, preguntó Gabriela.

Greta apareció a su lado con la expresión que siempre tenía cuando traía noticias.

—Ha habido una pelea.

—¿Una pelea?

—Bastante seria.

—¿Quién?

—Vicente.

El mundo pareció detenerse solo un instante pero suficiente.

—¿Qué?

—Eso dicen.

No tenía sentido. Ninguno.

Gabriela había visto tristeza en Vicente. Culpa. Dolor. Silencio. Pero jamás violencia.

—Tiene que haber un error.

Greta se encogió de hombros.

—No lo sé.

Solo sé que dirección está involucrada y que hay un alumno en enfermería.

Aquella información la acompañó durante toda la mañana, clase tras clase, minuto tras minuto.

Y cuanto más pensaba en ello, menos sentido tenía.

Hasta que llegó el recreo y entonces lo encontró.

Vicente estaba sentado solo detrás del gimnasio en el lugar más apartado de todo el instituto. Tenía el labio ligeramente partido y un pequeño corte cerca de la ceja.

Cuando levantó la vista y la vio acercarse, sonrió con cansancio.

—Hola .

Gabriela permaneció inmóvil unos segundos.

—¿Qué ha pasado?

Vicente soltó una pequeña carcajada, sin humor, sin alegría.

—Sabía que preguntarías eso.

—Porque todo el mundo está hablando.

Vicente bajó la mirada.

—Ya.

El silencio cayó entre ambos.

—¿Es verdad?

Vicente tardó varios segundos en responder.

—Sí.

La respuesta la sorprendió porque esperaba una negación, una explicación inmediata, algo.

—¿Por qué?

Vicente cerró los ojos.

—Porque perdí el control.

Aquellas palabras sonaron mucho más duras que la propia pelea porque parecían llenas de vergüenza.

—¿Qué ocurrió?

Vicente permaneció callado mucho tiempo y entonces habló.

—Mencionó a Lucía.

Gabriela sintió un escalofrío.

—¿Qué?

—No sabía quién era, no sabía nada.

Respiró profundamente.

—Solo estaba intentando hacer gracia delante de otros.

Su mandíbula se tensó.

—Y dijo algo sobre los muertos.

El silencio se volvió pesado, muy pesado.

—Y yo...

Vicente bajó la cabeza.

—No pensé.

Aquella frase contenía más dolor que rabia, más culpa que justificación.

—Simplemente reaccioné. Gabriela observó el suelo pensando .

No aprobaba la pelea, no podía aprobarla pero comprendía el origen y podía entenderle.

Y aquello lo hacía mucho más complicado.

—¿Te arrepientes?

Vicente soltó una risa amarga.

—Cada segundo.

No parecía una respuesta preparada. Parecía la verdad.

Y entonces Gabriela comprendió algo.

La pelea no era el problema sino la consecuencia.

El verdadero problema eran años de dolor, de culpa, de no saber cómo respirar.

Y ahora todo aquello había explotado.

Sin darse cuenta, alguien observaba desde cierta distancia.

Abel.

Había visto a Vicente. Había visto el corte. Y había visto también a Gabriela sentarse junto a él.

Durante unos segundos permaneció inmóvil pensando porque aquello confirmaba algo que llevaba tiempo sospechando.

Vicente no era peligroso. No era agresivo. No era un problema.

Era alguien que había sufrido muchísimo.

Y precisamente por eso la situación podía volverse tan difícil.

Porque Gabriela estaba entrando cada vez más profundamente en aquella herida y eso le había hecho revivirla.

Mientras tanto, sentados detrás del gimnasio, Gabriela y Vicente permanecían en silencio. Un silencio extraño. No vacío. No incómodo.

Simplemente humano.

Y por primera vez desde que se conocían, Vicente sintió algo que llevaba años sin sentir, la sensación de que no tenía que cargar con todo solo.

Una sensación pequeña. Frágil. Pero suficiente para cambiar algo aunque todavía ninguno de los dos lo supiera.

Las consecuencias llegaron a la mañana siguiente, como siempre ocurre con las consecuencias.

Nunca tienen prisa pero siempre terminan llegando .

Vicente fue llamado a dirección a primera hora. Todo el instituto lo sabía porque los rumores son rápidos y los adolescentes todavía más.

Cuando atravesó el pasillo principal, decenas de miradas lo siguieron. Algunas curiosas. Algunas críticas. Algunas simplemente morbosas.

Vicente mantuvo la vista al frente como si nada de aquello importara.

Pero sí importaba. Mucho.

Porque cuando llevas años sintiéndote diferente, la última cosa que deseas es convertirte en el centro de atención.

Gabriela observó cómo desaparecía tras la puerta de dirección y sintió una inquietud extraña intuyendo algo.

Las personas suelen juzgar los actos pero casi nunca investigan las heridas que los provocan y aquella diferencia era enorme.

La mañana pasó demasiado lentamente hasta que llegó la clase de Abel. Vicente no apareció.

Su silla permaneció vacía. Silenciosa. Y aquello le produjo una sensación desagradable.

Abel también lo notó. Por supuesto que lo notó.

Porque tenía la capacidad de notar esas cosas. La ausencia de una persona. Una sonrisa menos. Una preocupación escondida.

Cuando terminó la clase, alguien llamó suavemente a la puerta.

Era la secretaria.

—¿Abel?

—¿Sí?

—Dirección quiere hablar contigo.

El aula quedó en silencio.

Abel asintió.

Y durante un instante su mirada se cruzó con la de Gabriela.

Fue solo un instante pero lo suficiente para que ambos pensaran exactamente lo mismo……Vicente.

Lo encontró una hora después sentado solo en un despacho pequeño mirando por la ventana como si estuviera a kilómetros de allí.

Abel cerró la puerta y tomó asiento frente a él.

Durante unos segundos ninguno habló porque las conversaciones importantes nunca empiezan deprisa .

—¿Cómo estás?, preguntó Abel finalmente.

Vicente soltó una carcajada breve y agotada.

—Esa es una pregunta trampa.

—Probablemente.

Volvió el silencio.

Vicente observó sus manos.

—Van a suspenderme tres días.

Abel asintió.

—Lo sé y no te lo mereces. Hay que poner alguna sanción porque no se puede legitimar el uso de la violencia pero te conozco, entiendo perfectamente lo que pudo ocurrir y pienso que eres una gran persona que ha cometido un fallo.

Aquella respuesta sorprendió a Vicente.

—¿No vas a decirme que soy un desastre?

—No.

—¿Que la violencia está fatal?

—No.

—¿Que no hice lo correcto?

—Tampoco.

Vicente bajó la mirada.

—No he venido a darte una charla porque todas esas cosas ya las sabes, no necesitas que yo te las recuerde.

Quiero transmitirte que estás rodeado de gente que te quiere.

Nunca tengas miedo o vergüenza por pedir ayuda.

A veces las cargas son muy pesadas como para soportarlas uno solo.

Llevas mucho tiempo castigándote y has de permitirte ser feliz.

El golpe fue inmediato. Directo. Preciso.

Vicente apartó la mirada porque acababan de tocar el centro exacto de la herida.

Abel observó con ojos tiernos y comprensivos.

—Perdiste a alguien.

Silencio.

—Te convenciste de que fue culpa tuya.

Silencio .

—Y desde entonces llevas años intentando pagar una deuda que no existe.

El mundo pareció detenerse porque nadie, absolutamente nadie había formulado aquello de manera tan exacta.

Vicente sintió cómo la garganta se cerraba y comenzó a llorar.

Abel lo abrazó y le dijo con tono cálido

—No olvides que las personas que amamos suelen ser mucho más generosas con nosotros de lo que somos nosotros mismos.

El despacho quedó completamente en silencio porque aquella frase encontró algo profundo, algo que Vicente llevaba años evitando mirar.

Por primera vez imaginó a Lucía observándolo. No durante la discusión. No el último día, sino durante toda una vida.

Y una pregunta apareció dentro de él, una pregunta insoportable.

¿De verdad ella habría querido verlo sufrir así durante tres años?

La respuesta llegó inmediatamente y le dolió más que cualquier otra cosa porque sabía que no.

Abel se levantó despacio.

—No tienes que responder ahora.

Se dirigió hacia la puerta.

—Pero algún día tendrás que decidir si quieres seguir castigándote o empezar a vivir.

Y después salió.