CAPÍTULO SEIS #3
—Y si te conocía mejor que nadie...
Continuó Gabriela.
—Entonces también sabía que la querías.
El silencio que siguió fue absoluto porque aquella idea jamás había cruzado por la mente de Vicente.
Jamás.
Durante años había recordado la discusión pero nunca se había permitido recordar todo lo demás. Los años anteriores. El cariño. La complicidad. La vida compartida .
Y por primera vez algo pareció moverse dentro de él. Algo pequeño. Una grieta. Una posibilidad. Una mínima posibilidad de perdonarse algún día.
Muy lejos de allí, sin que ninguno lo supiera, Abel observaba el atardecer desde la parada del autobús y tenía la sensación de que algo importante estaba ocurriendo. Algo que todavía no podía ver pero que estaba a punto de cambiar la vida de los tres.
Aquella noche ninguno de los tres durmió especialmente bien y lo curioso era que ninguno sabía exactamente por qué.
Vicente permaneció despierto hasta muy tarde sentado frente a su escritorio con una vieja fotografía entre las manos, la misma que llevaba años guardando en el cajón, la misma que casi nunca se atrevía a mirar.
En ella aparecía Lucía sonriendo. Por supuesto. Porque en todos los recuerdos importantes Lucía estaba sonriendo.
Durante mucho tiempo aquella imagen había sido una herida, una prueba, una condena pero aquella noche ocurrió algo distinto.
Por primera vez en años no recordó la discusión.
No inmediatamente.
Primero recordó una tarde de verano, un helado compartido, una canción absurda, una carcajada.
Y aquello lo desarmó completamente porque comprendió algo.
Durante años había reducido toda una vida a un único día, a una única conversación, a un único error.
Y quizá Lucía merecía algo mejor que eso.
Muy lejos de allí, Gabriela tampoco conseguía dormir.
Estaba sentada junto a la ventana de su habitación observando las luces de la ciudad. Pensando demasiado. Como siempre.
Pensaba en Vicente, en Lucía, en Alejandro.
Y en algo que empezaba a comprender poco a poco.
Las personas no se rompen únicamente cuando pierden a alguien.
También se rompen cuando dejan de permitirse vivir después y tienen miedo de volver a amar.
Había pasado meses atrapada exactamente ahí, en aquel lugar oscuro donde cada paso hacia adelante parecía una traición.
Y quizá Vicente seguía atrapado allí todavía .
La idea le produjo una tristeza profunda pero también una determinación inesperada porque ahora sabía algo que no sabía antes.
Sabía que era posible salir. Difícil. Lentamente. Con recaídas. Con días malos. Pero posible.
Y entonces la tristeza se suavizó inmediatamente
Recordó los paseos con Vicente, las conversaciones, las bromas absurdas, las tardes en la biblioteca, la forma en que la escuchaba, la forma en que permanecía.
Y por primera vez se permitió formular una pregunta que llevaba semanas evitando.
¿Qué estaba ocurriendo exactamente entre ellos?
El corazón respondió mucho antes que la razón.
Y aquello la obligó a sonreír.
Mientras tanto, Vicente caminaba solo por la playa.
Era algo que hacía cuando necesitaba ordenar sus pensamientos.
Y últimamente tenía demasiados.
Las olas rompían suavemente contra la arena, el viento agitaba su chaqueta y la noche parecía más silenciosa de lo habitual.
Pensó en Gabriela por supuesto.
Últimamente todo terminaba llevándolo hasta ella.
En el día que se conocieron, en cómo le miraba mientras escuchaba, en todas las pequeñas cosas que se habían ido acumulando.
Gabriela tenía la costumbre de cargar con el dolor ajeno.
Vicente tenía demasiado dolor acumulado.
Era una ecuación peligrosa. Muy peligrosa.
Sin embargo, mientras observaba el mar, otra idea apareció en su cabeza.
Una idea incómoda pero imposible de ignorar.
Quizá no era solo preocupación. Quizá también existía algo más.
Algo que llevaba semanas creciendo, algo que ya no podía seguir fingiendo que no estaba allí.
La imagen de Gabriela apareció una vez más en su mente y entonces comprendió la verdad, una verdad sencilla y aterradora.
Se estaba enamorando de ella y el abrir su corazón otra vez le hacía aflorar las heridas que aún no estaban completamente cicatrizadas .
La reflexión llegó de golpe, sin dramatismo, sin fuegos artificiales, sin música. Simplemente estaba ahí. Inevitable. Clara. Real.
Vicente se quedó inmóvil frente al mar.
Y durante unos segundos no supo si aquello era una buena noticia o una mala. Probablemente ambas cosas.
Porque enamorarse siempre es una forma de esperanza y también una forma de riesgo.
Muy lejos de allí, Gabriela acababa de quedarse dormida.
Diferentes personas.
Diferentes heridas..
Pero caminos que acababan de cruzarse.
Y ninguno de ellos podía imaginar que lo más difícil aún no había comenzado.
Porque algunas historias empiezan cuando los personajes se encuentran pero las mejores empiezan cuando descubren todo lo que pueden perder.
A la mañana siguiente, una noticia inesperada sacudiría el instituto, una relacionada con Vicente que obligaría a Gabriela a tomar partido y que les enseñaría que proteger a alguien y amarlo no siempre son la misma cosa.