CAPÍTULO SEIS #2
Porque los cambios importantes rara vez anuncian su llegada, llegan disfrazados de rutina, de conversaciones cualquiera, de días aparentemente idénticos a todos los demás.
Gabriela llegó al instituto unos minutos antes de la primera clase.
Algo tan excepcional que Laia llegó a sospechar una conspiración.
—¿Quién eres y qué has hecho con mi Gabi?
—He madurado .
—No.
—Gracias por la confianza.
—De nada.
Greta apareció detrás de ellas.
—Estoy con Laia.
—Esto empieza a parecer una traición organizada.
Las tres comenzaron a caminar hacia el aula.
Y durante unos segundos todo pareció exactamente igual que siempre hasta que Gabriela lo vio.
Vicente sentado solo al final del pasillo con un cuaderno abierto sobre las rodillas y una expresión tan distante que parecía encontrarse a kilómetros de allí.
No estaba escribiendo, ni tampoco leyendo. Simplemente observaba una página en blanco como si estuviera esperando encontrar algo o recordar algo.
Aquella imagen permaneció en su mente durante toda la mañana porque conocía demasiado bien esa mirada.
Era la de alguien que está cansado. No físicamente. Por dentro.
La clase terminó, los alumnos comenzaron a salir y Gabriela aprovechó para acercarse.
—Hola.
Vicente levantó la vista y para sorpresa de ambos, sonrió, no mucho pero ya era un avance.
—Hola.
Gabriela comprendió que debajo de toda aquella tristeza existía una persona distinta que llevaba demasiado tiempo escondida.
—¿Qué piensas, que te notaba ausente?
Vicente permaneció unos segundos en silencio.
—Intento recordar cosas.
La respuesta fue inesperada.
—¿Qué clase de cosas?
Vicente bajó la mirada y entonces pareció dudar como si estuviera decidiendo cuánto contar.
—Mi hermana. Llevo varias noches donde siempre sueño con ella .
Puedo controlar algo mis pensamientos durante el día pero no lo que ocurre dentro de mí cuando duermo.
El corazón de Gabriela se detuvo un instante porque aquella palabra le resultó dolorosamente familiar.
Gabriela recordó inmediatamente a Alejandro. Recordó exactamente la misma conversación, la misma frase, el mismo dolor escondido detrás.
Reconocía el sufrimiento de Vicente y sólo ella podía entender cómo aunque tuviera semanas en las que todo parecía estar superado, podía haber días donde hubiera recaídas,
Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.
Porque algunas personas intentan salvar a los demás y terminan olvidando salvarse a sí mismas.
Mientras tanto siguieron hablando sin saber que día a día, en los momentos buenos y en los complicados, abrían cada vez más una puerta que ya no volvería a cerrarse.
—La gente cree que el duelo consiste en aprender a vivir sin alguien.
Sonrió con amargura.
—Pero eso es mentira.
Gabriela sintió un escalofrío porque ya intuía la respuesta.
—¿Entonces qué es?
Vicente cerró los ojos unos segundos.
—Aprender a vivir con todas las cosas que nunca llegarán a ocurrir.
La frase atravesó a Gabriela. Directamente. Sin defensa posible.
Porque era verdad, absolutamente verdad.
No solo echaba de menos a Alejandro. También todo lo que nunca sucedería, los cumpleaños, las conversaciones, las llamadas, las futuras fotografías, los momentos que jamás existirían.
Y de repente comprendió que Vicente llevaba años viviendo exactamente con la misma ausencia.
No veía en él al chico raro y misterioso que veían otros compañeros, especialmente al principio, ni a una persona rota. Veía a alguien agotado por llevar demasiado tiempo cargando completamente solo un peso enorme.
Sin darse cuenta, apoyó suavemente una mano sobre la suya. Solo un instante, un gesto pequeño, humano, nada más.
Vicente bajó la mirada sorprendido.
Como si hubiera olvidado cómo se sentía la cercanía y que alguien pudiera simplemente quedarse.
Y durante unos segundos ninguno dijo nada.
Porque algunas formas de compañía no necesitan palabras.
Al otro lado del edificio, Abel observaba pensando mucho, demasiado porque empezaba a comprender algo que no le gustaba.
Gabriela tenía una capacidad extraordinaria para ver el dolor de los demás y una necesidad casi imposible de ignorar el deseo de aliviarlo.
Era una de las cosas más bonitas de ella y también una de las más peligrosas.
Porque había heridas que podían compartirse y heridas que terminaban arrastrando a cualquiera que se acercara demasiado.
Así poco a poco las vidas de los tres, Gabriela, Vicente y Abel comenzaban a entrelazarse de una forma mucho más compleja de lo que habían imaginado.
Hay secretos que se guardan porque son dolorosos y hay otros que se guardan porque parecen imperdonables.
Vicente llevaba años conviviendo con uno de esos, cientos de días, miles de horas y ni una sola mañana se había despertado sin recordarlo.
Las conversaciones con Gabriela se sucedieron en los siguientes días.
No inmediatamente porque algunas historias necesitan rodeos, necesitan confianza. Necesitan tiempo.
Y Gabriela lo entendía perfectamente.
Aquella tarde estaban sentados en las gradas vacías de la pista deportiva.
Las clases habían terminado, el instituto comenzaba a vaciarse lentamente y el sol descendía sobre los edificios cercanos.
Durante varios minutos hablaron de cosas irrelevantes. Exámenes, profesores, música, películas. Temas seguros. Temas fáciles .
De todo lo que les enseñaba Abel, del misterio que parecía esconder, de la curiosidad que les despertaba.
Hasta que el silencio apareció otra vez y esta vez Vicente no intentó evitarlo.
—¿Sabes qué es lo peor?
La pregunta llegó tan de repente que Gabriela tardó unos segundos en reaccionar.
—¿De qué?
—De perder a alguien.
Gabriela permaneció inmóvil.
—¿Qué?
Vicente observó el suelo.
—Que llega un momento en que empiezas a olvidar cosas.
Aquella respuesta no era la que esperaba.
—¿Olvidar?
Vicente asintió.
—La voz, las expresiones, algunas conversaciones, detalles pequeños.
Su sonrisa desapareció lentamente.
—Y entonces te sientes culpable por seguir viviendo.
Gabriela sintió un escalofrío porque conocía exactamente ese sentimiento. El miedo a olvidar. El miedo a avanzar. El miedo a que el tiempo hiciera su trabajo-
—Yo todavía escucho la voz de mi padre, murmuró.
—Yo a veces también la de mi hermana.
Y aquella respuesta estuvo a punto de romperla porque contenía una verdad terrible.
"A veces."
No siempre, a veces.
Vicente permaneció varios segundos en silencio y entonces añadió:
—Pero esa no es la parte peor.
Gabriela lo miró y comprendió inmediatamente que estaban llegando al centro de la herida, al lugar que llevaba años evitando.
—¿Entonces cuál es ?
Vicente cerró los ojos como si necesitara reunir valor porque cada palabra pesara demasiado.
—Que la última vez que vi a mi hermana discutimos.
El mundo pareció detenerse durante solo un instante pero lo suficiente.
—¿Con Lucía?.
Vicente asintió.
—Por una tontería, una auténtica tontería.
Su voz se volvió amarga.
—Ni siquiera recuerdo exactamente por qué.
La tarde se había vuelto completamente silenciosa.
—Solo recuerdo que estaba enfadado, que le dije cosas horribles.
Que ella me respondió.
Que yo me marché dando un portazo.
Gabriela sintió como algo se encogía dentro de ella porque ya intuía lo que venía después.
—Y esa fue la última vez que hablé con ella.
Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Pesadas.
Inmóviles.
Insoportables.
Durante varios segundos ninguno habló porque no existía ninguna frase capaz de aliviar algo así.
Ninguna.
—El accidente con el coche que la atropelló fue aquella noche.
Continuó Vicente mirando al frente como si estuviera viendo una película que conocía demasiado bien.
—Y desde entonces...
Su voz se quebró.
Muy ligeramente.
Pero se quebró.
—Desde entonces llevo años pensando que esas fueron las últimas palabras que escuchó de mí.
Gabriela cerró los ojos porque comprendía la magnitud de aquella culpa .
La comprendía perfectamente. No era culpa racional, ni lógica o justa. Pero las culpas más profundas rara vez lo son.
Vicente llevaba años castigándose por una conversación, reviviendo una despedida que nunca supo que era una despedida. Intentando cambiar algo imposible de cambiar.
Y de repente Gabriela vio algo que nunca había visto antes.
No a un chico roto. No a alguien triste. No a alguien distante.
Vio a un chico que llevaba años pidiendo perdón a una persona que ya no podía escucharlo.
Las lágrimas aparecieron en sus ojos y por primera vez no intentó ocultarlas.
—Vicente...
Él sonrió.
Una sonrisa cansada.
—Lo sé.
Todo el mundo me dice que no fue culpa mía.
Gabriela negó lentamente con la cabeza.
—No iba a decir eso.
Vicente la miró sorprendido.
—¿No?
Gabriela tomó aire y pensó en Alejandro, en las enseñanzas vitales de Abel y en todas las cosas que había aprendido durante aquellos meses.
—Iba a decir que Lucía seguramente te conocía mejor que nadie.
Vicente permaneció inmóvil.