Infinito Por Infinito CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

Las personas rotas

La siguiente noche Gabriela tardó mucho en dormirse simplemente porque era feliz y estaba descubriendo algo extraño, que la felicidad también puede dar miedo, muchísimo miedo.

Porque cuando has perdido algo importante, aprendes una lección peligrosa.

Aprendes que todo puede desaparecer. Todo. Las personas. Los planes. Las promesas. Las certezas.

Y una parte de ti empieza a vivir siempre alerta.

Como si intentara protegerse. Como si quisiera evitar futuros dolores aunque para hacerlo tenga que renunciar también a futuras alegrías.

Gabriela observó el techo de su habitación, las sombras proyectadas por la farola de la calle, el silencio de la casa y pensó en Vicente. Por supuesto que pensó en Vicente.

Últimamente ocurría demasiado. Más de lo razonable y recomendable, más de lo que estaba dispuesta a admitir delante de Greta y Laia porque conociéndolas, organizarían inmediatamente una boda y eso sería insoportable.

Sonrió sola y pensó otra vez en él.

La sonrisa desapareció lentamente porque había algo que llevaba días rondándole la cabeza. No era una cuestión de simpatía, amistad, o curiosidad.

Era otra cosa. Una sensación. Una intuición.

Como cuando observas una fotografía antigua y sabes que detrás existe una historia enorme que todavía nadie te ha contado.

Eso le parecía, una historia enorme escondida detrás de un silencio.

Y Gabriela conocía bien los silencios porque había pasado meses viviendo dentro de uno.

Antes de quedarse dormida recordó una frase que Alejandro le había dicho años atrás .

Una de esas frases que parecen simples cuando las escuchas y profundas cuando las entiendes.

"Las personas más fuertes que conocerás no son las que nunca se rompen."

"Son las que siguen adelante después de romperse."

Aquella noche soñó con esa frase y también con el recuerdo de la mirada triste del primer Vicente que había conocido. Como si ambas cosas estuvieran conectadas y el sueño intentara decirle algo, algo que todavía no comprendía.

A la mañana siguiente el instituto parecía exactamente igual que siempre. Pasillos llenos, mochilas, exámenes, conversaciones,  gente corriendo porque llegaba tarde, gente corriendo sin ningún motivo aparente y profesores que parecían haber renunciado ya a entender a los adolescentes.

—Buenos días.

Laia apareció a su lado como una fuerza de la naturaleza.

Greta apareció también detrás de ellas.

—Llevo exactamente treinta segundos aquí y ya estoy cansada.

—Eso es porque eres una persona negativa.

—Eso es porque te conozco.

Las tres comenzaron a caminar hacia clase y durante unos segundos Gabriela sintió algo maravilloso, la normalidad.

Esa palabra tan pequeña y valiosa.

Reflexionó para sí misma sobre lo maravillosa que era simplemente el estar allí riendo, discutiendo, llegando tarde a primera hora  como cualquier adolescente del planeta.

Y quizá eso era exactamente lo que Alejandro habría querido. No que dejara de echarlo de menos sino que siguiera viviendo.

Sin darse cuenta, mientras cruzaba el pasillo principal, levantó la vista y encontró a Vicente apoyado junto a una ventana mirando hacia fuera como si el mundo entero estuviera ocurriendo en otro lugar.

Y entonces volvió a recordar a aquel chico tímido e inseguro que había encontrado por primera vez .

Vicente estaba roto.

La verdadera pregunta era:

¿Qué lo había roto?

O mejor dicho, que puede haber pasado por la cabeza de alguien que le haga recordar que está roto?

Entonces Gabriela comprendió que cuando uno tiene heridas, aunque puedan estar sanando, a veces un sueño, un recuerdo, una palabra pueden hacer revivir como las ascuas de un fuego el dolor interno que aún se tiene.

Cuando Abel entró en el aula llevaba un café en una mano y varios folios completamente desordenados en la otra.

—Buenos días, mis alumnos queridos.

Las risas aparecieron inmediatamente.

—Buenos días.

—Más energía.

—BUENOS DÍAS.

—Mucho mejor.

Abel dejó el vaso sobre la mesa. y observó la clase durante unos segundos como si estuviera pensando y hubiera cambiado de idea sobre lo que quería explicar.

Y probablemente era exactamente eso lo que estaba ocurriendo  porque Abel parecía improvisar la mitad de sus clases y milagrosamente siempre funcionaban.

Tomó una tiza y escribió lentamente una frase enorme en la pizarra.

HAGO QUE CADA SEGUNDO CUENTE

El aula quedó completamente en silencio y Gabriela sintió inmediatamente un escalofrío porque aquella frase tenía algo que siendo difícil de explicar parecía dirigirse directamente a ella.

—¿Qué significa esto?, preguntó Abel.

Nadie respondió.

Después de unos segundos finalmente Greta habló .

—Que deberíamos aprovechar el tiempo.

—Correcto.

—¿Ya está?

—No.

—Menos mal.

Las risas recorrieron el aula.

Abel comenzó a caminar lentamente entre las mesas.

—La mayoría de personas cree que tiene muchísimo tiempo.

Miró a los alumnos.

—Años.

Décadas.

Una vida entera.

Hizo una pausa.

—Y quizá sea verdad.

O quizá no.

El silencio volvió a caer sobre la clase. Más pesado esta vez. Más reflexivo.

—El problema es que vivimos como si lo importante pudiera esperar siempre.

Más adelante. La próxima semana. El próximo verano. Cuando termine el curso. Cuando tenga más dinero. Cuando tenga menos miedo. Cuando todo sea perfecto.

Y mientras esperamos.....La vida sigue avanzando.

Gabriela bajó la mirada pues conocía demasiado bien aquella sensación.

Había pasado meses esperando. Esperando encontrarse mejor. Esperando volver a ser quien era. Esperando recuperar algo que nunca iba a volver exactamente igual. Y mientras tanto los días habían seguido pasando, uno detrás de otro.

—¿Sabéis cuál es la gran trampa?, preguntó Abel.

Nadie respondió.

—Que creemos que viviremos cuando desaparezcan los problemas.

Apoyó una mano sobre una mesa .

—Pero los problemas nunca desaparecen sino que cambian, se transforman, se sustituyen unos a otros.

Y si esperamos una vida perfecta para empezar a vivir..... Nunca empezaremos.

El aula permanecía completamente inmóvil. Incluso los alumnos que normalmente no escuchaban con otros profesores parecían atentos.

Porque Abel tenía esa capacidad extraña, la de hablar de todos sin señalar a nadie.

—Las personas solemos pensar que estamos rotas porque sufrimos.

La frase cayó lentamente sobre el aula.

—Pero no.

Miró a todos. Uno por uno.

—Sufrir forma parte de estar vivo.

Lo que realmente nos rompe es creer que debemos hacerlo solos.

El corazón de Gabriela se encogió. porque durante meses había vivido exactamente así. Sola incluso rodeada de gente.

Y entonces miró a Vicente porque de repente tuvo una sensación muy clara, la de que él seguía atrapado allí,  en ese lugar oscuro donde ella había estado y del que poco a poco iban saliendo ambos pero con posibilidad de tener recaídas.

Y quizá por eso no podía dejar de observarlo. Porque reconocía el camino. Porque reconocía la herida. Porque algunas personas identifican el dolor ajeno como si fuera un idioma que ya hablan.

Y Gabriela empezaba a comprender perfectamente el suyo pero ya no resultaba tan incómodo.

Una vez que terminó la clase……

—¿Esperas a alguien?, preguntó Vicente.

—A mi madre.

—Ah.

—¿Y tú?

Vicente observó al otro lado del cristal.

—No tengo demasiada prisa por llegar a casa .

La frase fue sencilla pero algo en su forma de decirla llamó inmediatamente la atención de Gabriela porque sonó casual y triste, muy triste.

Y de repente comprendió algo.

Había casas a las que uno quería volver y casas de las que uno simplemente no podía escapar.

—Lo siento.

Vicente negó con la cabeza.

—No hace falta, es que hoy tengo un día complicado.

Otra respuesta extraña, la de alguien acostumbrado a cargar con cosas que no explicaba.

—¿Puedo hacerte una pregunta?, dijo Gabriela.

Vicente arqueó una ceja.

—Depende.

—Eso se lo he copiado a otra persona.

—Entonces probablemente es una buena respuesta.

Aquello hizo que Gabriela sonriera.

Y por primera vez tuvo la sensación de que estaba viendo algo real, no la máscara, la distancia o el personaje que Vicente mostraba al mundo sino algo más profundo.

—Pareces muy triste hoy.

La frase salió con más suavidad de la que esperaba, sin acusar, sin invadir, simplemente observando.

Vicente permaneció completamente inmóvil y durante unos segundos ella pensó que había cometido un error enorme.

Después él soltó una pequeña risa. Sin alegría ni humor, solo cansancio.

—¿Tanto se nota?

Aquella respuesta le rompió algo dentro porque era exactamente la respuesta que ella misma habría dado meses atrás.

Exactamente.

Vicente la observó de verdad y algo cambió.

Algo pequeño pero importante.

—Supongo que tú también sabes algo sobre eso.

Gabriela asintió lentamente .

—Sí.

A veces las personas rotas se reconocen entre sí sin necesidad de presentaciones.

En ese momento sonó un claxon en el exterior. Era el coche de Arantxa.

Gabriela se levantó, recogió su mochila y durante un instante dudó.

—Nos vemos mañana.

Y mientras atravesaba la puerta principal tuvo la extraña sensación de que acababa de asomarse a una historia enorme. Una historia dolorosa. Una historia complicada. Una historia que todavía no comprendía del todo pero sabía que merecía la pena dar a las personas el tiempo necesario para curarse.

Desde el otro extremo del patio, apoyado junto a las escaleras cubiertas, alguien había observado toda la escena.

Abel.

No había escuchado la conversación, ni una sola palabra.

Pero había visto las miradas, había visto la tristeza de Vicente y había visto la forma en que Gabriela lo observaba.

Como si intentara rescatar algo o a alguien.

Y por primera vez, una inquietud silenciosa apareció dentro de él.

Porque algunas heridas quieren ser curadas pero otras terminan arrastrando consigo a quien intenta salvarlas.

Y Abel empezaba a temer que Gabriela no distinguiera todavía la diferencia.

El lunes comenzó de forma completamente normal.

Y precisamente por eso nadie sospechó que algo estaba cambiando.