Infinito Por Infinito CAPÍTULO CINCO #3
29%

CAPÍTULO CINCO #3

Preguntaba Alejandro en su sueño.

—¿Cuál?

—Que intenta controlar cosas que no puede controlar.

—Eso es muy poco específico.

—Lo sé.

—Entonces es un consejo horrible.

—También lo sé.

Gabriela se reía.

Y Alejandro también.

Después la observaba unos segundos con aquella mirada tranquila que parecía verlo todo.

Y añadía:

—No tengas miedo de vivir solo porque un día vaya a terminar.

Se despertó justo después con el corazón acelerado.

Y durante varios segundos permaneció inmóvil porque el sueño parecía increíblemente real.

Aquella frase la acompañó durante toda la semana.

Especialmente el jueves porque aquel día ocurrió algo inesperado.,  pequeño pero importante.

Llovía muchísimo. De esas lluvias que convierten cualquier trayecto de cinco minutos en una expedición de supervivencia.

Las clases acababan de terminar y la mayoría de estudiantes esperaban bajo el porche principal observando resignados la tormenta.

—Creo que vamos a vivir aquí para siempre.

—Podría ser peor.

—¿Cómo?

—Podríamos tener examen.

—Tienes razón .

La lluvia es preferible.

Vicente sonrió.

Y entonces ocurrió.

Una anciana intentó cruzar la calle. El viento le arrancó el paraguas de las manos que salió disparado, rodando varios metros y terminando en mitad de la calzada.

Antes de que nadie reaccionara, Vicente ya estaba corriendo bajo la lluvia hasta empaparse completamente.

Tras recuperar el paraguas ayudando a la mujer volvió unos segundos después completamente mojado, con el pelo divertidamente pegado a la frente y una sonrisa absurda en la cara.

—Eres idiota, dijo Gabriela.

—Lo sé.

—Podrías haberte resbalado.

—También lo sé.

—¿Y aun así has ido?

—Sí.

—¿Por qué?

Vicente pareció sinceramente sorprendido por la pregunta como si la respuesta fuera evidente.

—Porque necesitaba ayuda.

Y eso fue todo.

Nada más.

Sin heroicidades.

Sin discursos.

Sin intentar parecer mejor de lo que era.

Simplemente porque alguien necesitaba ayuda. Y aquello conmovió profundamente a Gabriela porque le recordó a alguien.

Aquella noche, mientras hablaba con Arantxa durante la cena, mencionó la historia y cuando terminó de contarla, su madre sonrió de manera nostálgica.

—¿Qué?, preguntó Gabriela.

—Nada.

—Mamá.

—Solo estaba pensando que tu padre habría hecho exactamente lo mismo.

El silencio que siguió fue suave y durante unos segundos Gabriela comprendió algo.

Quizá la vida no consistía en encontrar personas que sustituyeran a las que habíamos perdido porque eso era imposible.

Quizá consistía en encontrar personas que nos recordaran por qué merece la pena seguir queriendo.

Y aquella idea permaneció con ella mucho tiempo después de apagar la luz, mucho después de quedarse dormida y que terminara aquel día.

Porque algunas verdades tardan tiempo en encontrar las palabras adecuadas y Gabriela empezaba a sospechar que acababa de descubrir una de ellas.

Los días tienen una extraña costumbre.

Mientras los estás viviendo parecen normales, corrientes, pequeños, insignificantes.

Y sin embargo, años después descubres que algunos cambiaron tu vida aunque entonces no lo supieras.

Gabriela llevaba varios días sintiendo algo extraño. Como una conversación pendiente, como una pregunta sin formular, como si hubiera algo importante esperando el momento adecuado para salir.

Aquella tarde volvieron a caminar junto al mar.

Se estaba convirtiendo en una costumbre y las costumbres tienen algo peligroso porque empiezan siendo casualidades y terminan convirtiéndose en necesidades.

El agua avanzaba lentamente en su vaivén con las olas, el cielo estaba teñido de colores y durante varios minutos ninguno habló. No porque no tuvieran cosas que decir sino porque el silencio seguía siendo cómodo y eso era raro, muy raro.

Finalmente fue Gabriela quien rompió el silencio.

—¿Tienes miedo?

Vicente la miró sorprendido.

—¿De qué?

Gabriela tardó unos segundos en responder porque la pregunta real era mucho más complicada. Mucho más profunda. Mucho más honesta .

—De volver a perder a alguien.

La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Vicente.

El viento movió algunas hojas cerca del agua. y durante unos segundos el mundo pareció quedarse quieto porque ambos sabían exactamente de qué estaban hablando.

Vicente se quedó pensando buscando las palabras correctas y cuando finalmente habló, su voz sonó diferente. Más vulnerable. Más real.

—Sí.

No intentó disimularlo. parecer fuerte o intentar esconderse.

Simplemente dijo la verdad.

—Muchísimo.

Gabriela bajó la mirada porque aquella respuesta la emocionó más de lo que esperaba y coincidía exactamente con la suya.

—Yo también.

La confesión salió apenas en un susurro pero fue suficiente.

Vicente permaneció unos segundos en silencio. Después sonrió suavemente.

—Creo que eso nunca desaparece.

—¿El miedo?

—Sí.

Gabriela observó el agua.

—Entonces es horrible.

Vicente negó con la cabeza muy despacio.

—No.

—¿No?

—Creo que simplemente significa que has amado de verdad.

Aquella frase impactó directamente en el centro de su corazón porque era una idea que jamás había considerado.

Siempre había visto el miedo como una debilidad, como algo que debía superar, eliminar, vencer.

Y de repente Vicente lo estaba describiendo de otra manera. Como una consecuencia del amor. Como una prueba de que algo había importado. Y aquello lo cambiaba todo.

El sol descendía lentamente coloreando el río de reflejos dorados.

Y por primera vez en mucho tiempo Gabriela sintió que algo dentro de ella terminaba de encajar como una pieza que llevaba meses buscando su lugar.

—¿Sabes qué creo?

—¿Qué?

—No dejo de pensar en que mi padre te habría caído bien.

Vicente sonrió inmediatamente.

—Eso espero.

—No.

Vicente negó con la cabeza y una pequeña risa escapó de sus labios.

—No lo entiendes.

—Explícamelo.

—Creo que tú también le habrías caído bien a él.

Durante unos segundos ninguno dijo nada porque ambos comprendieron el significado real de aquella frase.

No era un cumplido. Era una invitación. Una confianza. Una puerta abierta.

Y quizá el regalo más importante que Gabriela podía ofrecerle.

El viento sopló suavemente. El río continuó avanzando. La ciudad siguió viviendo y sin embargo, durante aquel instante, todo pareció detenerse.

Porque algunos momentos son así, pequeños, silenciosos y aun así capaces de dividir una vida en dos partes. La que existía antes  y la que viene después.

Cuando finalmente emprendieron el camino de regreso, ambos caminaban más cerca que al principio. No mucho. Solo un poco. Pero suficiente.

Y mientras avanzaban bajo las primeras luces de la noche, Gabriela comprendió algo que llevaba meses intentando descubrir.

La felicidad no consiste en dejar atrás el dolor, consiste en aprender a caminar junto a él, en seguir adelante sin olvidar,  en encontrar razones para sonreír sin sentir culpa por hacerlo.

Y quizá.

Solo quizá.

También consiste en permitir que nuevas personas entren en tu vida.

Aunque dé miedo. Aunque no existan garantías. Aunque un día puedan marcharse.

Porque algunas personas merecen el riesgo.

Y por primera vez desde la muerte de Alejandro, Gabriela estaba empezando a creer que eso era verdad.

Muy lejos, sobre el agua, una gaviota cruzó el horizonte y Gabriela sonrió porque durante un segundo imaginó a su padre observándola desde algún lugar y diciendo exactamente lo que siempre decía cuando ella complicaba demasiado las cosas.

"Ya era hora, Gabi."

Y por primera vez en muchísimo tiempo, el recuerdo no dolió,  solo acompañó.

Aquella noche, antes de quedarse dormida, Gabriela recibió un último mensaje.

Era de Vicente.

Solo una frase.

Una frase sencilla.

Una frase aparentemente normal.

"Me alegro mucho de haberte encontrado."

Gabriela observó la pantalla durante varios segundos y sonrió sin saber que lo más difícil de aquella historia no sería encontrarse sino todo lo que estaba a punto de ocurrir después.