CAPÍTULO CINCO #2
El banco donde una vez su padre había afirmado con absoluta seriedad que las gaviotas eran espías internacionales, una teoría que había defendido durante meses para desesperación de ambas.
—No puede ser.
Arantxa siguió la dirección de su mirada y también sonrió.
—Lo había olvidado.
—Nunca lo olvidaste.
—Tienes razón .
Nunca lo olvidé.
Se sentaron.
Y durante unos segundos ninguna dijo nada porque algunas memorias son demasiado grandes para las palabras.
Entonces Gabriela recordó algo.
Un verano, muchos años atrás, ella tendría diez años, quizá once.
Habían venido los tres a pasar la tarde y en mitad de una conversación absurda había preguntado:
—Papá.
—¿Sí?
—¿Cuál es el secreto para ser feliz?
Él había permanecido pensativo durante varios segundos como si estuviera considerando una cuestión filosófica de enorme importancia.
Después respondió:
—No esperar demasiado para empezar a vivir.
Aquella respuesta la había decepcionado profundamente porque esperaba algo más espectacular, más misterioso, más digno de una película.
Ahora entendía que probablemente había sido una de las cosas más inteligentes que le había escuchado jamás.
El mar continuó avanzando y retrocediendo como llevaba haciendo miles de años.
Y Gabriela lo miró pensando en aquella frase porque durante mucho tiempo había vivido esperando. Esperando sentirse mejor. Esperando dejar de echar de menos. Esperando dejar de sufrir. Y quizá ese era el problema. Que la vida no espera, la vida sigue, siempre sigue.
—¿En qué piensas?, preguntó Arantxa.
Gabriela sonrió.
—En que papá tenía razón.
Su madre asintió lentamente.
—Eso ocurre más veces de las que me gustaría admitir.
Las dos se echaron a reír.
Pasaron allí más de una hora hablando y recordando, compartiendo anécdotas.
Y por primera vez en muchísimo tiempo, recordar a Alejandro no se sintió como abrir una herida sino como visitar un lugar querido, un lugar al que siempre podrían volver.
Cuando emprendieron el camino de regreso, el sol comenzaba a descender lentamente.
El paseo estaba más lleno, más vivo y ruidoso.
Y sin embargo caminaban con una calma extraña, la de que algo se hubiera recolocado dentro de ellas. Como si una pieza que llevaba meses fuera de sitio hubiera encontrado por fin su lugar.
No porque el dolor hubiera desaparecido que no lo había hecho.
Seguía allí. Probablemente siempre estaría.
Pero ya no era lo único.
Y aquella diferencia lo cambiaba todo.
Mientras se alejaban de la playa, Gabriela recibió una notificación en el móvil.
Un mensaje de Vicente.
La pantalla se iluminó y sin saber exactamente por qué, Gabriela sonrió antes incluso de abrirlo.
A veces el corazón reconoce ciertas personas unos segundos antes que la razón.
El mensaje era absurdamente simple y precisamente por eso consiguió hacerla sonreír.
"Necesito una opinión profesional."
Gabriela lo leyó dos veces.
Después respondió.
"Eso suena peligroso."
La respuesta llegó casi inmediatamente.
"Lo es."
"Explica."
"Estoy discutiendo con mi primo."
"¿Sobre?"
"Sobre si una pizza con piña es una aberración contra la humanidad."
Gabriela soltó una carcajada tan repentina que Arantxa levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Esa sonrisa dice exactamente lo contrario.
Gabriela ignoró cuidadosamente el comentario y volvió a mirar la pantalla.
"Tu primo tiene razón."
Pasaron apenas unos segundos.
"Traición."
"Realismo."
"Creía que te conocía."
"Nunca me conociste realmente."
"Necesito tiempo para procesar esta información."
Aquella conversación continuó durante casi una hora.
Y lo curioso era que no hablaban de nada importante, ni de pérdidas, recuerdos o heridas.
Solo de tonterías, películas, canciones, comida, historias ridículas.
Y sin embargo Gabriela se fue a dormir pensando en ella.
Porque las personas no entran en tu vida únicamente por las grandes conversaciones.
También entran por las pequeñas, las absurdas, las que parecen insignificantes.
Durante las semanas siguientes Vicente y Gabriela se hacían más y más inseparables.
Mensajes, audios, conversaciones improvisadas.
Nada extraordinario y al mismo tiempo absolutamente extraordinario.
Porque cada día era un poco más fácil su relación y cada día resultaba un poco más difícil imaginar que no estuviera allí.
Hablaban de libros, de viajes, de sueños absurdos, de teorías sobre Abel, de los lugares que querían visitar algún día y de los que nunca visitarían.
Vicente confesó que siempre había querido ver Islandia.
Gabriela confesó que llevaba años queriendo conocer Japón.
Y ambos descubrieron que compartían una lista sorprendentemente parecida de cosas pendientes.
Cuando salieron de la biblioteca ya estaba anocheciendo. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse y el aire se había vuelto más fresco.
Caminaron unos metros juntos, sin prisa, como si ninguno tuviera demasiadas ganas de terminar la conversación hasta que llegaron a una esquina donde sus caminos se separaban y entonces ocurrió algo sencillo pero muy importante.
—Me lo he pasado bien, dijo Vicente
Gabriela sonrió.
—Yo también.
Y por primera vez aquella frase no fue una cortesía.
Fue la verdad. Completa y absoluta.
Y mientras lo veía alejarse calle abajo, comprendió algo que llevaba semanas intentando ignorar. Ya no esperaba encontrárselo en algún lugar. Ahora esperaba verlo y esa diferencia cambiaba todo.
Una tarde de miércoles quedaron para estudiar juntos en casa de Gabriela.
Arantxa trabajaba y tendrían varias horas tranquilas para avanzar o al menos esa era la intención inicial porque apenas habían pasado veinte minutos cuando Vicente descubrió una vieja fotografía apoyada sobre una estantería.
Una fotografía familiar.
Alejandro. Arantxa. Gabriela.
Los tres sonriendo frente al mar.
Se quedó observándola unos segundos sin decir ni preguntar nada lo que llamó la atención de Gabriela.
—Fue un verano en Cadaqués.
La frase salió sola.
Vicente giró ligeramente la cabeza.
—Parece un buen recuerdo.
Gabriela sonrió.
—Lo fue.
Durante unos segundos permanecieron observando la fotografía.
Luego Gabriela le habló de los desayunos de los domingos, de las teorías absurdas sobre las gaviotas, de su obsesión por cantar canciones que no sabía cantar, de las pizzas de los viernes, de las bromas repetidas hasta el infinito.
Y mientras hablaba, se dio cuenta de algo.
Estaba sonriendo. No recordando una enfermedad. No recordando una despedida.
Recordando una vida. Una vida llena. Una vida bonita .
Y aquello cambiaba completamente el recuerdo.
—Me habría gustado conocerlo.
La frase de Vicente fue sencilla, pero impactó profundamente porque sonó totalmente sincera. Como si Alejandro ya fuera algo más que una historia para él.
Durante unos segundos ninguno habló.
La luz de la tarde entraba por la ventana mientras el salón estaba en silencio.
Y por alguna razón aquel momento quedó grabado en la memoria de Gabriela porque comprendió que nunca perdería a su padre y cada vez le costaba menos el compartirlo con otras personas.
La tarde avanzó. Finalmente estudiaron No demasiado pero sí lo suficiente para evitar una catástrofe académica y cuando terminaron decidieron salir a caminar porque quedarse encerrados parecía un desperdicio.
El cielo comenzaba a teñirse de tonos anaranjados, las calles estaban llenas, la ciudad seguía respirando, viviendo y moviéndose.
Y por primera vez en mucho tiempo Gabriela sintió que ella también formaba parte de ese movimiento, que ya no observaba la vida desde fuera, que había vuelto a entrar en ella.
Llegaron a una pequeña plaza solitaria.
Uno de esos lugares donde casi nunca hay demasiada gente. Se sentaron en un banco y durante unos minutos permanecieron simplemente allí mirando el cielo y disfrutando del silencio.
Hasta que Vicente habló.
—¿Sabes qué es lo raro?
—¿Qué?
—Que hace unos meses ni siquiera sabía que existías.
Gabriela soltó una pequeña carcajada.
—Eso suele pasar con la mayoría de personas.
—Ya.
Vicente sonrió pero después añadió:
—Y ahora me cuesta imaginar que no estuvieras.
El corazón de Gabriela dio un pequeño vuelco.
Silencioso .
Inesperado.
Inconfundible.
Porque había frases que parecían sencillas y sin embargo cambiaban algo dentro de ti.
Aquella era una de ellas.
No respondió inmediatamente porque no sabía cómo hacerlo y en el fondo sentía exactamente lo mismo lo que empezaba a asustarla un poco pero lo suficiente para comprender que aquello ya no era una amistad cualquiera, una casualidad o un encuentro pasajero.
Era algo más.
Algo que estaba creciendo despacio. Sin hacer ruido. Como crecen las cosas importantes.
Y ninguno de los dos estaba preparado todavía para ponerle nombre.
Aquella noche Gabriela tardó más de lo habitual en dormirse, no porque estuviera triste o porque algo fuera mal.
Precisamente por lo contrario, porque algo iba demasiado bien y eso resultaba desconcertante.
Llevaba meses acostumbrándose al dolor, aprendiendo a convivir con él, entendiendo sus ritmos, sus regresos inesperados pero nadie le había enseñado qué hacer cuando la felicidad volvía poco a poco.
Nadie le había explicado cómo dejarle espacio, cómo confiar en ella, cómo permitirle entrar.
Se giró en la cama y miró el techo volviendo a pensar en la frase de Vicente
"Ahora me cuesta imaginar que no estuvieras."
El corazón volvió a reaccionar exactamente igual que horas antes y aquello era un problema. Enorme porque empezaba a importarle mucho, demasiado, y las personas que te importan tienen la capacidad de hacerte daño.
La idea apareció de repente. Sin avisar y la golpeó con fuerza porque detrás de la ilusión empezaba a esconderse algo más.
Miedo. Mucho miedo.
El miedo de quien ya ha perdido.
El miedo de quien sabe que nada dura para siempre.
El miedo de quien conoce perfectamente el precio de querer a alguien .
Aquella noche soñó con Alejandro No con hospitales. No con despedidas. No con enfermedad.
Soñó con uno de aquellos domingos en la terraza.
Chocolate caliente. Café. El sonido lejano de los pájaros…..Y su padre sonriendo.
Como siempre.
—¿Sabes cuál es el problema de la gente?