Infinito Por Infinito CAPÍTULO CINCO
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CAPÍTULO CINCO

APRENDER A VIVIR

El viernes por la noche empezó como empiezan muchas de las cosas que terminan convirtiéndose en recuerdos importantes sin que nadie lo supiera.

La lluvia golpeaba suavemente las ventanas del salón. No con fuerza o como una tormenta sino más bien como si el cielo estuviera susurrando algo que nadie terminaba de entender.

Gabriela apareció con una manta enorme arrastrando los pies por el pasillo.

—He traído el equipamiento oficial.

Arantxa levantó una ceja.

—¿El equipamiento oficial?

—Sí.

Manta, almohada, chocolate, y capacidad para criticar películas malas.

—Entonces estamos perfectamente preparadas.

Gabriela sonrió.

Aquellas noches se habían convertido en algo importante.

Mucho más importante de lo que cualquiera habría imaginado.

Porque después de la muerte de Alejandro ambas habían tenido que aprender una habilidad extraña, la de seguir siendo familia cuando faltaba una de las personas que la había construido.

Y no siempre resultaba fácil. Había noches buenas donde conseguían reír, hablar, compartir recuerdos. Y había otras donde el silencio parecía ocupar demasiado espacio y ambas pensaban exactamente lo mismo pero ninguna encontraba las palabras.

Aquella noche, sin embargo, parecía una de las buenas, muy buena.

Arantxa encendió la televisión.

—Tengo tres opciones.

—Mentira .

—¿Cómo?

—Ya has elegido una.

Solo estás fingiendo que puedo participar.

La sonrisa culpable de su madre confirmó inmediatamente la teoría.

—Te conozco demasiado.

—Eso es porque soy una madre excelente.

—Eso es porque eres predecible.

Las dos terminaron riéndose.

Y durante unos segundos ocurrió algo que hacía mucho tiempo no ocurría.

La casa sonó feliz, no feliz a pesar del dolor, simplemente feliz.

Gabriela se dio cuenta de ello en mitad de una carcajada que la sorprendió pues durante meses había vivido convencida de que la felicidad y la tristeza eran incompatibles. Como si para sentir una tuviera que desaparecer la otra.

Pero estaba descubriendo que podían convivir. La tristeza seguía allí ocupando algún espacio pero ahora ya no ocupaba toda la habitación.

La película empezó. Era absolutamente terrible.

Los diálogos parecían escritos por alguien que jamás había conocido a otro ser humano.

Los protagonistas se enamoraban en aproximadamente tres minutos.

Y las decisiones que tomaban carecían completamente de sentido.

—Si esa chica entra sola en esa casa embrujada, abandono la película.

La chica entró sola en la casa embrujada.

—Adiós.

—Ni siquiera han pasado veinte minutos.

—Mis principios son importantes.

Arantxa soltó una carcajada real de las que nacen desde dentro y Gabriela se quedó observándola unos segundos porque había algo precioso en verla reír así.

Algo que echaba muchísimo de menos y le recordaba a antes.

Mucho antes. Antes de hospitales, de diagnósticos, de despedidas, de que la palabra cáncer entrara en sus vidas y decidiera quedarse.

Y de repente pensó en su padre pero el recuerdo llegó acompañado de una sonrisa .

—¿En qué piensas?, preguntó Arantxa.

Gabriela tardó unos segundos en responder.

—En papá.

El silencio que apareció después no resultó incómodo.

Resultó cálido  como una manta, como un lugar seguro, como algo compartido.

El sábado amaneció con uno de esos cielos que parecen incapaces de decidir qué quieren ser pues ni llovía ni hacía sol. Algunas nubes flotaban y una brisa suave recorría las calles todavía medio vacías.

Gabriela se despertó tarde, más de lo que su madre consideraba aceptable para un ser humano funcional.

Cuando apareció en la cocina, Arantxa ya llevaba horas despierta.

O al menos esa era la impresión que intentaba transmitir.

—Buenos días.

—Son las once y media.

—Buenos días igualmente.

—La mitad del planeta ya ha trabajado una jornada completa.

—La otra mitad sigue durmiendo.

—No estoy segura de que eso sea cierto.

—Tampoco yo.

Arantxa intentó mantener una expresión seria.

Duró aproximadamente tres segundos.

Después ambas terminaron sonriendo.

La cocina olía a café recién hecho  y a tostadas.

Y durante un instante, mientras observaba a su madre moverse entre los armarios, Gabriela tuvo la sensación pequeña pero importante de estar volviendo a casa desde la versión extraña de su propia vida que había vivido durante mucho tiempo.

Como si hubiera estado presente pero a la vez muy lejos y poco a poco estuviera regresando.

—Hoy toca compra semanal.

Gabriela emitió un sonido de sufrimiento dramático.

—¿Por qué me odias?

—Porque te quiero.

—No tiene sentido .

—La maternidad tampoco.

Y esa fue toda la explicación.

Una hora después estaban empujando un carrito por los pasillos del supermercado lo cual, sorprendentemente, siempre terminaba convirtiéndose en una aventura porque Arantxa parecía incapaz de seguir una lista de compra normal.

—No necesitamos eso.

—Está de oferta.

—Tampoco necesitamos eso.

—Pero parece rico.

—Mamá.

—Gabi.

—Estamos comprando emocionalmente.

—Todas las compras son emocionales.

Aquella respuesta hizo que Gabriela se riera tan fuerte que varias personas se giraron para mirarlas.

Cuando llegaron a la sección de congelados, algo llamó su atención.

Una caja de pizza.

Exactamente la misma marca que compraban siempre cuando Alejandro organizaba sus famosas noches de cine.

El golpe emocional fue instantáneo,  silencioso,  profundo.

Y por un momento el mundo pareció detenerse.

Arantxa también la vio.

Gabriela lo supo inmediatamente.

Porque ambas se quedaron quietas mirando la misma caja recordando exactamente las mismas noches, risas, discusiones absurdas sobre qué película ver y comentarios ridículos de Alejandro durante las escenas importantes.

Durante unos segundos ninguna habló y después ocurrió algo hermoso.

Arantxa cogió la pizza y la colocó dentro del carrito sin decir nada como si estuviera diciendo:

"Lo recordamos juntas."

Y Gabriela sintió un nudo en la garganta que no era de tristeza sino de amor.

Por la tarde fueron a la piscina .

Gabriela protestó desde el mismo instante en que vio el agua.

—Está congelada.

—No lo está.

—Puedo ver pingüinos.

—Eso es un socorrista.

—No estoy convencida.

Arantxa soltó una carcajada.

Y Gabriela terminó lanzándose igualmente.

El impacto del agua fría le robó el aire durante varios segundos y después empezó a nadar. Rápido. Cada vez más rápido.

Como si quisiera dejar atrás algo. Como si quisiera alcanzar algo que ni siquiera ella sabía exactamente qué.

Cuando salió de la piscina se tumbó sobre la toalla empapada y agotada pero extrañamente feliz.

Observó el cielo, las nubes, el movimiento lento de los árboles.

Y pensó en Vicente.

La idea apareció sin avisar.

Simplemente estaba allí.

Como ocurría cada vez con más frecuencia.

Recordó una frase de la última clase.

Una frase aparentemente sencilla.

"La mayoría de personas vive esperando empezar a vivir algún día."

Aquellas palabras seguían dando vueltas dentro de su cabeza porque tenían muchísima razón.

Durante meses ella también había vivido esperando. Esperando sentirse mejor. Esperando dejar de sufrir. Esperando volver a ser quien era antes.

Y mientras tanto la vida había seguido avanzando sin detenerse ni preguntar.

—Estás pensando mucho.

La voz de Arantxa la sacó de sus pensamientos.

—Lo sé.

—¿Problemas existenciales?

—Probablemente.

—La filosofía está empezando a resultar peligrosa .

Gabriela sonrió y después permaneció unos segundos observando el cielo hasta que habló.

—¿Crees que papá estaría orgulloso de mí?

La pregunta salió tan deprisa que ninguna de las dos tuvo tiempo de prepararse.

El rostro de Arantxa cambió inmediatamente inundado de emoción porque había preguntas que nacían directamente del corazón y aquella era una de ellas.

—Gabriela...

Su madre tomó aire lentamente.

—Tu padre estaba orgulloso de ti cuando tenías cinco años y te empeñabas en dibujar perros que parecían tostadoras.

Gabriela soltó una pequeña risa.

—Y estaba orgulloso de ti cuando suspendiste matemáticas.

—Eso ocurrió una vez.

—Tres.

—Mamá.

—Y estaba orgulloso de ti cuando aprendiste a jugar a fútbol.

La sonrisa desapareció lentamente.

Porque ambas sabían que aquello era muy importante.

—Tu padre estaba orgulloso de ti simplemente porque eras tú.

El silencio que siguió fue suave, emocional, verdadero.

Y mientras observaba las nubes avanzar lentamente sobre sus cabezas, Gabriela sintió algo parecido a la paz, no completa ni perfecta pero sí una pequeña tregua. Y a veces una tregua ya es suficiente para seguir adelante.

El domingo amaneció luminoso.

No espectacular.

No de esos días perfectos que aparecen en las postales.

Pero sí uno de esos días sencillos que invitan a salir de casa.

Y eso fue exactamente lo que hizo Arantxa.

—Nos vamos.

Gabriela levantó la vista del móvil.

—¿Adónde?

—A la playa .

—¿Por qué?

—Porque llevas demasiado tiempo encerrada.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Porque yo también llevo demasiado tiempo encerrada.

Aquella respuesta fue suficiente.

Una hora después caminaban por el precioso paseo marítimo en la zona de Sabanell..

El mar estaba tranquilo, las olas rompían suavemente contra la arena y las terrazas comenzaban a llenarse.

Algunas familias paseaban,  los niños corrían detrás de las gaviotas y el mundo parecía funcionar exactamente igual que siempre.

Gabriela observó el horizonte y sintió algo extraño.

Durante mucho tiempo había evitado ir con su madre porque junto a ella el mar le recordaba demasiado a Alejandro. Demasiados paseos. Demasiadas conversaciones. Demasiados recuerdos. Pero quizá precisamente por eso necesitaba volver.

Porque los lugares importantes no deberían convertirse en territorios prohibidos.

Caminaron durante varios minutos sin hablar, disfrutando simplemente de la brisa, del sonido del agua y del silencio compartido hasta que llegaron a un viejo banco de madera y Gabriela se detuvo inmediatamente porque lo reconoció.

Exactamente aquel banco.

El banco donde años atrás Alejandro se sentaba después de correr.

El banco donde había comido helados.

El banco donde habían discutido sobre fútbol, películas y el sentido de la vida.