CAPITULO CUATRO #11
Gabriela sintió un extraño escalofrío porque pensó en Abel y comprendió que aquella lección también hablaba de él.
Quizá ellos tampoco lo conocían realmente y solo estaban viendo una pequeña parte, la visible y más sencilla.
Pero detrás existía una historia que todavía permanecía oculta.
Cuando la clase terminó, Gabriela recogió sus cosas lentamente.
Y justo antes de salir escuchó algo.
Una conversación muy breve.
Abel hablaba con otro profesor junto a la puerta.
Ella no pretendía escuchar pero una frase llegó claramente hasta donde estaba.
—¿Sigues buscando?, preguntó el otro profesor.
Abel permaneció en silencio unos segundos.
Después respondió:
—Sí.
—Después de tantos años...
Otra pausa.
—Algunas promesas no caducan.
Gabriela se quedó inmóvil.
El corazón comenzó a latir más deprisa porque aquella respuesta sonaba como la de alguien que llevaba mucho tiempo esperando.
Muchísimo tiempo.
Y por primera vez empezó a sospechar que la historia de Abel no comenzaba en aquel instituto. Ni siquiera cerca. Había comenzado muchos años antes. Mucho antes de que ella conociera a Alejandro.
Mucho antes de que Vicente conociera a Lucía.
Y quizá, solo quizá, todas aquellas historias estaban conectadas de una forma que todavía ninguno de ellos podía imaginar.
En la clase siguiente, cuando los alumnos entraron en clase, encontraron una única palabra escrita en la pizarra.
CASUALIDA D
Nada más.
Greta fue la primera en hablar.
—No existe.
Abel acababa de entrar.
—Buenos días para ti también.
—Es que he visto la palabra y quería adelantar trabajo.
Las risas recorrieron el aula.
Abel dejó una carpeta sobre la mesa.
—Interesante.
Señaló la palabra.
—¿No existe?
—No.
—¿Y qué existe entonces?
Greta se encogió de hombros.
—Mala suerte organizada.
Las carcajadas estallaron.
Incluso Abel sonrió.
—Es una teoría original.
—Gracias.
—Completamente equivocada, pero original.
—No se puede tener todo.
El aula volvió a reír.
Después Abel observó la palabra escrita en la pizarra y preguntó:
—¿Cuántas personas importantes hay en vuestra vida?
Los alumnos intercambiaron miradas.
La pregunta parecía sencilla.
Pero ya sabían que con Abel eso nunca era una garantía.
—¿Cinco?, dijo alguien.
—¿Diez?
—¿Veinte?
Abel asintió.
—Perfecto.
Tomó la tiza.
Y escribió una cifra enorme.
8.000.000.00 0
—Aproximadamente la población mundial.
Se volvió hacia ellos.
—Ahora pensad una cosa.
Señaló la cifra.
—Entre ocho mil millones de personas, ¿qué probabilidades había de que conocierais exactamente a las personas que más han cambiado vuestra vida?
El aula quedó en silencio porque nunca se habían planteado algo así y comprendieron inmediatamente la magnitud de la pregunta.
Abel comenzó a caminar lentamente.
—¿Qué habría pasado si un día vuestros padres hubieran elegido otra calle?
—¿Otro trabajo?
—¿Otra ciudad?
—¿Otro asiento?
El silencio se hizo más profundo.
—¿Y si hubierais nacido una hora antes?
—¿O una hora después?
—¿Y si aquel día hubierais decidido quedaros en casa?
Guardó silencio.
—Muchas de las personas más importantes de vuestra vida dependen de decisiones aparentemente insignificantes.
La frase quedó suspendida en el aire.
Y algo cambió en la expresión de Gabriela.
Porque recordó perfectamente el día en que conoció a Vicente.
La lluvia, la ventana, la biblioteca y comprendió algo inquietante, que hubiera bastado una pequeña decisión para que aquello nunca hubiera ocurrido.
—Voy a contaros algo, dijo Abel.
La atención fue inmediata.
—Hace muchos años perdí un tren.
Greta levantó una mano.
—¿Y sobrevivió?
—Por poco .
Las risas aparecieron.
—Perdí aquel tren por menos de un minuto.
Se apoyó sobre la mesa.
—Y estaba furioso.
—Normal.
—Muchísimo.
El aula sonrió.
—Sin embargo, mientras esperaba el siguiente conocí a una persona.
El silencio regresó.
Porque todos intuían que aquello era importante.
—Hablamos apenas veinte minutos.
—Veinte.
Miró a los alumnos.
—Y aquellos veinte minutos cambiaron el resto de mi vida.
Nadie habló.
Porque todos estaban imaginando lo mismo.
La inmensidad de una vida transformada por veinte minutos.
—Por eso desconfío un poco de la palabra casualidad.
Sonrió.
—Demasiadas cosas importantes dependen de encuentros improbables.
Gabriela sintió un escalofrío recordando algo que Alejandro decía a menudo.
"Las personas más importantes de tu vida suelen aparecer cuando todavía no sabes que las necesitas."
Y, de repente, aquella frase cobró un significado completamente nuevo.
Cuando sonó el timbre, Abel no dio deberes. Ni actividades. Ni ejercicios.
Solo hizo una última pregunta, sencilla pero devastadora.
—Pensad esta noche en una cosa.
El aula permaneció inmóvil.
—¿Cuál fue el encuentro que cambió vuestra vida?
Nadie respondió porque todos tenían una respuesta y además algunos nombres dolían demasiado para pronunciarlos .
Mientras los alumnos abandonaban el aula, Gabriela miró de reojo a Vicente.
Y él la miró a ella.
Ninguno dijo nada porque no hacía falta y ambos sabían exactamente cuál era una de sus respuestas.
Mientras caminaban por el pasillo, ninguno pudo evitar pensar en cómo tal vez Abel tenía razón y las vidas no cambian por grandes acontecimientos sino más bien por encuentros, por personas, por instantes aparentemente insignificantes que solo comprendemos muchos años después.
Y, sin saberlo, Gabriela estaba mucho más cerca de descubrir por qué Abel había llegado a sus vidas pues pronto entendería que algunos encuentros parecen casuales pero no lo son.
Aquella noche Gabriela encontró algo.
Otra vez.
Y, como casi siempre ocurría con las cosas importantes, fue por accidente.
Buscaba una carpeta de matemáticas y terminó encontrando una caja, una pequeña que llevaba meses o incluso más sin abrir.
La reconoció inmediatamente. Era una de las cajas de Alejandro.
No la importante. No la de las fotografías. No la de los recuerdos familiares.
Aquella era diferente, era la caja donde guardaba papeles sueltos, notas, recortes, artículos, ideas escritas deprisa.
Cosas que parecían insignificantes hasta que dejaban de serlo.
Gabriela permaneció varios segundos observándola hasta que por fin la abrió y el pasado apareció de golpe.
La letra de Alejandro, sus anotaciones, sus subrayados, sus comentarios escritos en los márgenes.
Durante unos minutos se limitó a sonreír porque era imposible no hacerlo.
Hasta que encontró una hoja doblada.
Una única hoja, amarillenta y gastada por el tiempo en cuya parte superior había una frase escrita a mano .
"Nunca subestimes un encuentro."
El corazón le dio un vuelco porque acababa de escuchar algo muy parecido aquella misma mañana.
Desdobló lentamente el papel y comenzó a leer.
No era una carta ni un artículo.
Parecía una reflexión, una idea.
Algo que Alejandro había escrito para sí mismo.
"La mayoría de las personas creen que los grandes cambios llegan en forma de grandes acontecimientos."
Debajo.
"Yo creo que llegan en forma de personas."
Gabriela sintió un escalofrío porque parecía estar escuchando a Abel.
Exactamente a Abel.
Siguió leyendo.
"Un encuentro puede durar cinco minutos y modificar una vida entera."
"Una conversación puede cambiar una dirección."
"Una persona puede alterar para siempre la forma en que entiendes el mundo."
Las palabras comenzaron a desdibujarse. No porque no pudiera leerlas sino porque la emoción le nubló la vista.
Aquello era exactamente lo que Abel había explicado hacía pocas horas.
Exactamente.
Y por primera vez la coincidencia comenzó a parecer demasiado grande, demasiado precisa, demasiado imposible.
Cuando terminó la última clase, Gabriela pasó junto al despacho de profesores.
La puerta estaba entreabierta y, por casualidad, vio a Abel solo, sentado frente a una mesa con una fotografía antigua entre las manos, la misma que había mostrado semanas atrás.
La observaba en silencio con aquella mezcla de tristeza y cariño que Gabriela empezaba a reconocer.
Y mientras se alejaba del despacho intentando comprender lo que acababa de ver, una única pregunta ocupó toda su mente.
¿Quién era realmente Abel?
Gabriela no durmió bien aquella noche, no porque tuviera miedo, o estuviera triste o nerviosa sino porque no podía dejar de pensar.
Cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma imagen una y otra vez hasta que dejó de hacerse preguntas y empezó a preguntarse algo mucho peor.
¿Qué significaba?
A la mañana siguiente, Gabriela llegó al instituto muy temprano. Los pasillos estaban casi vacíos y el edificio parecía dormido.
Gabriela deseó entonces que Vicente estuviera allí porque necesitaba hablar con alguien, decirlo en voz alta y comprobar que no se estaba volviendo loca.
Cuando finalmente apareció, ella fue directamente hacia él.
—Tengo que contarte algo.
Vicente la observó.
—Eso nunca empieza bien.
—Esta vez va en serio.
La sonrisa desapareció inmediatamente.
—¿Qué ha pasado?
Gabriela respiró hondo.
Creo que Abel tiene una vida oculta que no conocemos.
Vicente permaneció inmóvil.
Cuando terminó, no respondió inmediatamente.
Y aquello fue peor porque significaba que estaba pensando de verdad.
Finalmente habló.
—¿Estás segura?
—No.
Aquella respuesta salió más rápido de lo esperado.
—No completamente.
Vicente observó la ventana.
La lluvia había vuelto.
Por supuesto, siempre volvía.
En ese momento sonó el timbre y ambos se dirigieron al aula pensando en silencio e intentando ordenar piezas que no encajaban.
Cuando entraron descubrieron que Abel ya estaba allí esperándolos de pie junto a la ventana observando la lluvia.
Abel levantó entonces la vista y durante una fracción de segundo sus ojos se encontraron.