Infinito Por Infinito CAPITULO CUATRO #10
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CAPITULO CUATRO #10

—La cara de estar pensando demasiado.

Greta levantó la mano.

—Confirmo .

—Traidores.

—Somos observadores objetivos.

Las risas regresaron.

Y durante unos segundos todo pareció extraordinariamente sencillo.

Hasta que una voz conocida sonó detrás de ellos.

—Eso suele ser una mala señal.

Los tres levantaron la vista.

Abel.

Por supuesto.

Greta señaló inmediatamente.

—¿Veis?

—¿Qué?

Preguntó Abel.

—Aparece de la nada.

—Como un personaje misterioso, añadió Vicente.

—O un vampiro filosófico, concluyó Gabriela.

Abel permaneció en silencio durante varios segundos hasta que preguntó:

—¿Debería preocuparme?

Las carcajadas estallaron.

Incluso Abel terminó riéndose de manera libre y auténtica, como si durante unos segundos hubiera olvidado el peso que parecía llevar siempre consigo.

Abel observó la mesa. Los libros. Las mochilas. A los tres amigos.

Y entonces dijo algo aparentemente sencillo.

—Me alegra veros así.

El silencio apareció durante un instante porque la frase sonaba sincera, no como una mera cordialidad sino como la diría alguien que realmente se alegraba.

Greta sonrió.

—Nosotros también solemos alegrarnos de vernos.

—Es una buena costumbre.

Respondió Abel.

Y entonces añadió algo que ninguno esperaba .

—Nunca subestiméis el valor de encontrar personas con las que podéis ser vosotros mismos.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire y de repente nadie tuvo ganas de bromear porque todos comprendieron exactamente lo que intentaba decir.

Cada uno pensó en sus seres queridos comprendiendo que aquellas personas habían sido precisamente eso,  lugares seguros. Personas ante las que no era necesario fingir y quizá por eso dolía tanto perderlas.

Porque no era solo una persona. Era un hogar.

Entonces Abel recogió el libro que había venido a buscar y antes de marcharse añadió una última frase, sencilla pero que acompañaría a Gabriela durante mucho tiempo.

—La calidad de una vida depende mucho de la calidad de las personas con las que la compartes.

Después se marchó. Sin explicaciones. Sin discursos. Como siempre.

Y durante varios segundos ninguno habló.

Hasta que Greta rompió el silencio.

—Definitivamente es un vampiro filosófico.

Las risas regresaron.

Y mientras observaba a sus amigos, Gabriela comprendió algo.

Tal vez Abel tenía razón.

Quizá una buena vida no estaba hecha únicamente de grandes momentos. También estaba hecha de tardes de lluvia, de conversaciones absurdas y de personas que aparecen cuando más las necesitas y terminan convirtiéndose en familia.

Los días comenzaron a pasar más deprisa y Gabriela se dio cuenta una mañana cualquiera mientras caminaba hacia el instituto observando el mar de como últimamente todo parecía estar conectado con alguna frase de Abel, lo cual empezaba a resultar inevitable.

Aquel día el aula estaba especialmente ruidosa. Greta debatía apasionadamente sobre algo que nadie había entendido del todo. Un grupo discutía sobre un examen y varios alumnos intentaban terminar una tarea en el último momento .

La normalidad. La maravillosa normalidad. Cuando Abel entró, esperó pacientemente sin decir nada, simplemente observando hasta que el aula quedó en silencio.

—Tengo una pregunta, dijo finalmente.

Varias personas sonrieron.

—Qué inesperado, murmuró Greta.

—Lo sé.

Abel tomó una tiza.

Y escribió lentamente:

¿QUÉ TE GUSTARÍA QUE RECORDARAN DE TI?

El silencio fue inmediato porque aquella pregunta era diferente, no hablaba del presente o el pasado.

Hablaba de algo mucho más incómodo.

El final.

—No me refiero a cuando seáis famosos, añadió Abel.

—Ni cuando tengáis ochenta años.

—Ni cuando aparezcáis en Wikipedia.

—Gracias, dijo Greta.

—Ya estaba preparando mi discurso.

Las risas recorrieron el aula.

Pero Abel continuó.

—Me refiero a las personas que os quieren.

La clase volvió a quedarse quieta.

—Dentro de muchos años.

—Cuando piensen en vosotros.

—¿Qué os gustaría que sintieran?

Gabriela bajó la mirada.

Porque la pregunta tenía una respuesta inmediata.

Le habría gustado que dijeran de Alejandro que hacía sentir importantes a las personas. Que escuchaba. Que ayudaba. Que hacía preguntas que cambiaban vidas. Pero entonces comprendió algo.

La pregunta no era sobre Alejandro. Era sobre ella.

Y eso la hacía mucho más difícil .

Abel comenzó a caminar lentamente entre las mesas.

—Hay gente que quiere ser recordada por lo que consiguió.

—Por lo que ganó.

—Por lo que construyó.

Guardó silencio.

—Yo creo que hay algo más importante.

Se detuvo.

—Cómo hiciste sentir a los demás cuando estaban contigo.

Aquella frase quedó suspendida en el aula.

Y por alguna razón nadie habló.

Porque todos sabían que era profundamente verdad.

Entonces Abel señaló la pizarra.

—Quiero que escribáis una sola frase.

—Solo una.

—La frase que os gustaría que alguien dijera sobre vosotros dentro de treinta años.

El sonido de los bolígrafos comenzó a llenar el aula.

Gabriela observó el papel.

Pensó durante unos segundos.

Y finalmente escribió:

"Me hizo mejor persona."

Leyó la frase y comprendió que era exactamente lo que pensaba de su padre.

Al otro lado del aula, Vicente escribía. Más despacio. Como siempre.

Y Gabriela tuvo curiosidad por saber qué clase de huella quería dejar.

Cuando terminaron, Abel no recogió los papeles ni los leyó, ni pidió voluntarios. Simplemente sonrió.

—Guardadlos.

Los alumnos lo miraron sorprendidos.

—¿Eso es todo?, preguntó Greta.

—Sí.

—¿Ni siquiera vamos a comentarlo?

Abel negó suavemente con la cabeza .

—No.

—¿Por qué?

Porque algunas respuestas son demasiado importantes para compartirlas antes de tiempo.

El aula quedó en silencio.

Y entonces añadió:

—Además...

Sonrió.

—Ahora ya sabéis hacia dónde queréis caminar.

Nadie habló.

Porque comprendieron algo.

Aquella frase no era una actividad.

Era una brújula.

Una dirección.

Un recordatorio.

Y mientras sonaba el timbre, Gabriela guardó cuidadosamente el papel dentro de su libreta.

Porque intuía que algún día volvería a leerlo.

Muchos años después.

Y esperaba que la persona en la que se hubiera convertido estuviera orgullosa de aquella respuesta.

Sin embargo, mientras abandonaban el aula, ocurrió algo extraño.

Abel permaneció unos segundos mirando por la ventana.

Pensativo.

Muy pensativo.

Y cuando creyó que nadie lo observaba, murmuró algo.

Algo tan bajo que Gabriela apenas logró escucharlo.

—Ojalá tú también hubieras llegado a conocerlos.

Ella se detuvo.

El corazón se aceleró.

Porque Abel estaba solo.

Completamente solo.

Y porque aquella frase parecía dirigida a alguien. A alguien ausente.

A alguien que ya no estaba allí.

Antes de que pudiera preguntarle nada, Abel se giró .

Y la expresión desapareció.

Como si nunca hubiera existido.

Pero la frase permaneció grabada en la memoria de Gabriela porque tuvo la sensación de que el misterio de Abel estaba mucho más cerca de  desvelarse.

Aquella frase no abandonó a Gabriela en todo el día. Ni al siguiente.

Ni durante el resto de la semana.

"Ojalá tú también hubieras llegado a conocerlos."

No era únicamente lo que había dicho sino cómo lo había dicho.

La tristeza. La nostalgia. Y, sobre todo, aquel plural  "Conocerlos."

No había dicho conocerla. Ni conocerlo. Había dicho conocerlos.

Como si estuviera pensando en varias personas lo cual hacía que las preguntas fueran todavía mayores.

La semana avanzó. Las clases continuaron.

La lluvia regresó. Después desapareció. Y el mundo siguió girando exactamente igual que siempre.

Pero algo estaba cambiando lenta y silenciosamente dentro de Gabriela porque empezaba a mirar a las personas de otra manera.

Como si las preguntas hubieran abierto una puerta que ya no podía cerrarse.

Aquella mañana encontraron algo diferente escrito en la pizarra.

No una pregunta.

Solo una única frase.

LAS PERSONAS SIEMPRE SON MÁS COMPLEJAS DE LO QUE PARECEN.

Greta llegó, la leyó y suspiró.

—Menos mal.

—¿Qué?, preguntó Vicente.

—Por fin una afirmación.

—Dale tiempo.

—¿Por qué?

—Porque acabará convirtiéndola en una pregunta.

Las risas aparecieron justo cuando Abel entraba en el aula.

—Buenos días .

—Tenemos una queja, anunció Greta.

—Eso tampoco es nuevo.

—Necesitamos menos preguntas y más respuestas.

Abel reflexionó unos segundos.

—Lo pensaré.

—Eso significa que no.

—Exacto.

Las carcajadas recorrieron la clase.

Abel señaló la frase de la pizarra.

—Hoy quiero hablaros de algo peligroso.

El aula guardó silencio.

—Las etiquetas.

Varias personas intercambiaron miradas.

—¿Qué tipo de etiquetas?

Preguntó alguien.

—Todas.

Abel comenzó a caminar.

—La lista interminable de palabras que utilizamos para decidir quiénes son los demás.

Escribió rápidamente:

TÍMIDO

POPULAR

LISTO

RARO

ABURRIDO

PROBLEMÁTICO

Las palabras aparecieron una debajo de otra.

—¿Os resultan familiares?

Varias personas sonrieron.

Demasiado familiares.

—El problema es que las personas son mucho más grandes que las palabras que utilizamos para describirlas.

Silencio .

—Muchísimo más grandes.

Gabriela observó la lista.

Y pensó inmediatamente en Vicente.

Porque el primer día lo habría definido con una sola palabra.

Triste.

Y se habría equivocado.

Terriblemente.

Porque ahora conocía muchas otras cosas.

Su sentido del humor, su bondad, su inteligencia, su lealtad, su capacidad para escuchar.

Y comprendió que una sola palabra nunca habría sido suficiente.

Nunca.

—Voy a haceros una pregunta, dijo Abel.

Greta levantó los brazos.

—Sabía que llegaría.

—Yo también.

Las risas aparecieron otra vez.

Después Abel miró a los alumnos.

—¿Cuál es el mayor error que podéis cometer respecto a otra persona?

Hubo varias respuestas.

—Mentirle.

—Traicionarla.

—Juzgarla.

Abel sonrió.

—La última está cerca.

Señaló la lista.

—Creer que ya la habéis entendido.

El aula quedó en silencio.

Porque aquella respuesta no era la que esperaban y precisamente por eso era interesante.

—Las personas cambian.

—Las personas esconden cosas.

—Las personas crecen.

—Las personas sufren .

—Las personas sorprenden.

Guardó silencio.

—Y la mayoría de las veces solo vemos una pequeña parte de ellas.