CAPITULO CUATRO #9
"¿Qué parte de vosotros seguiría viva en las personas que os quieren?"
La frase la acompañó durante todo el camino y continuó haciéndolo mientras hacía los deberes. Mientras cenaba. Mientras intentaba leer.
Y también cuando se acostó.
Porque cuanto más pensaba en ella, más comprendía algo.
Su padre seguía viviendo dentro de ella.
Eso ya lo sabía.
Pero ahora la pregunta era otra.
¿Qué estaba dejando ella en los demás?
Y aquella cuestión resultaba mucho más difícil.
Al día siguiente, cuando llegó al instituto, encontró a Vicente sentado junto a la vieja ventana. La primera. La de siempre. La del principio.
Sonrió.
Porque ya no parecía el mismo lugar.
Ni la misma persona.
—Creía que habías abandonado este sitio.
Dijo mientras se sentaba a su lado.
—A veces vuelvo.
—¿Por nostalgia ?
—Quizá.
Guardaron silencio unos segundos.
Después Gabriela preguntó:
—¿Pensaste en la pregunta de ayer?
Vicente soltó una pequeña risa.
—Empiezo a sospechar que deberíamos prohibirle hacer preguntas.
—Llegas tarde. Greta ya propuso esa ley.
Aquello provocó una sonrisa pero desapareció rápidamente porque ambos volvieron a pensar en lo mismo.
—Sí.
Dijo Vicente.
—Pensé en ella toda la noche.
Gabriela asintió.
—Yo también.
El silencio regresó.
Hasta que Vicente habló.
—¿Sabes qué descubrí?
—¿Qué?
—Que durante mucho tiempo pensé que mi hermana era la persona que más había cambiado mi vida.
Gabriela levantó la vista.
—¿Y ahora?
Una sonrisa suave apareció en su rostro.
—Ahora creo que hay varias.
Aquella respuesta la sorprendió porque era la primera vez que lo escuchaba decir algo así.
—¿Quiénes?
Vicente reflexionó unos segundos.
—Lucía.
Asintió lentamente.
—Mi madre.
Otra pausa.
—Y tú.
Gabriela se quedó inmóvil.
Completamente inmóvil .
Porque no esperaba aquella respuesta.
No tan directa.
No tan sincera.
Vicente pareció darse cuenta.
Y bajó la mirada.
Incómodo.
—No era una declaración dramática.
—Ya lo sé.
—Solo era la verdad.
Gabriela sonrió porque precisamente ése era el problema.
Que sonaba completamente verdadero.
—Tú también, murmuró.
Vicente levantó la vista.
—¿Yo?
—Sí.
—Eso parece un error de juicio importante.
—Posiblemente.
Las sonrisas aparecieron en ambos.
Pero la conversación había cambiado algo.
Porque acababan de decir en voz alta una verdad que llevaban tiempo sabiendo.
Se habían ayudado mutuamente y ninguna de las dos vidas sería exactamente igual sin el otro.
Aquella mañana Abel llegó a clase con un sobre. Un único sobre blanco.
Nada más.
Lo dejó sobre la mesa y observó a los alumnos.
—Hoy no vamos a hablar del pasado.
Aquello llamó inmediatamente la atención de todos.
Porque casi siempre terminaban hablando del pasado. De recuerdos. De personas. De pérdidas. De huellas.
—Vamos a hablar del futuro.
Greta levantó una mano.
—¿Está seguro ?
—No.
—Perfecto.
Todo vuelve a la normalidad.
Las risas recorrieron el aula.
Abel sonrió.
Y escribió lentamente una frase en la pizarra.
¿QUÉ CLASE DE PERSONA QUIERES LLEGAR A SER?
El silencio fue inmediato.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, la pregunta no hablaba de quiénes habían sido o de a quiénes habían perdido.
Hablaba de quiénes podían llegar a convertirse.
Y mientras Gabriela observaba aquellas palabras, tuvo la extraña sensación de que la pregunta no era para dentro de diez años.
Ni para dentro de veinte.
Era para mañana. Para la siguiente decisión. Para la siguiente conversación. Para la siguiente persona que se cruzara en su camino.
Porque quizá el futuro no se construía de golpe. Se construía exactamente igual que una vida.
Una persona.
Una elección.
Un encuentro cada vez.
La pregunta permaneció escrita en la pizarra durante toda la clase.
¿QUÉ CLASE DE PERSONA QUIERES LLEGAR A SER?
Y, sorprendentemente, nadie respondió enseguida.
Porque aquella vez no era una pregunta sobre ideas ni sobre la vida en abstracto.
Era una pregunta sobre ellos mismos.
Y esas siempre resultaban más difíciles.
Abel observó a los alumnos.
—Cuando os pregunto por el futuro, la mayoría pensáis en profesiones.
Tomó una tiza.
—Médico.
Escribió .
—Ingeniera.
—Arquitecto.
—Profesor.
—Futbolista.
Greta levantó una mano.
—Millonaria.
Las risas recorrieron el aula.
—Por supuesto.
Respondió Abel.
Y añadió la palabra.
Millonaria.
Greta sonrió satisfecha.
—Gracias.
—Pero esa no era la pregunta.
El aula volvió a quedarse en silencio.
Abel dejó la tiza.
—No os he preguntado qué queréis hacer.
Guardó una pausa.
—Os he preguntado quién queréis ser.
Aquella diferencia parecía pequeña.
Pero no lo era.
En absoluto.
—Porque una profesión es algo que haces.
Miró a la clase.
—Pero una persona es algo que eres.
Gabriela sintió inmediatamente que aquella frase iba a perseguirla varios días.
Como casi todas las de Abel.
—Imaginad que dentro de veinte años os encuentro por la calle.
Continuó.
—No sé a qué os dedicáis.
—No sé cuánto dinero tenéis.
—No sé dónde vivís.
Guardó silencio.
—¿Qué os gustaría que pudiera decir de vosotros ?
Nadie respondió porque la pregunta acababa de cambiar por completo.
Ya no trataba de éxito, estudios o logros.
Trataba de carácter, de identidad, de la clase de persona que uno decide ser cuando nadie está mirando.
Abel caminó lentamente por el aula.
—¿Os gustaría que dijera que sois inteligentes?
Algunas cabezas asintieron.
—¿Exitosos?
Más asentimientos.
—¿Admirados?
Otros tantos.
Después sonrió.
—¿Y buenas personas?
El silencio fue inmediato porque aquella respuesta parecía demasiado obvia.
Y, precisamente por eso, demasiado importante.
—Curioso.
Dijo Abel.
—Porque nadie dedica demasiado tiempo a aprender a ser una buena persona.
El aula permaneció inmóvil.
—Aprendemos matemáticas.
—Aprendemos historia.
—Aprendemos idiomas.
Miró a los alumnos.
—Pero las cualidades que más admiramos en los demás casi nunca aparecen en los exámenes.
La frase quedó suspendida en el aire.
Gabriela pensó en su padre y comprendió inmediatamente lo que quería decir.
Lo que más admiraba de él nunca había sido su inteligencia.
Ni sus conocimientos. Ni sus respuestas.
Había sido su bondad. Su capacidad para escuchar. Su manera de tratar a las personas.
Eso era lo que realmente echaba de menos. Eso era lo que realmente permanecía.
Entonces Abel escribió tres palabras enormes en la pizarra.
BONDAD
VALENTÍA
HONESTIDAD
Las observó unos segundos.
Y después preguntó:
—¿Cuál de estas cualidades es más importante?
Las respuestas aparecieron rápidamente.
—Valentía.
—Honestidad.
—Bondad.
—Depende.
—Las tres.
La discusión comenzó.
Y durante varios minutos la clase debatió sin que Abel dirigiera demasiado la conversación. Simplemente escuchando. Observando. Como hacía siempre.
Hasta que finalmente Vicente levantó la mano.
El aula guardó silencio porque cuando Vicente hablaba, normalmente merecía la pena escuchar.
—Creo que la bondad, dijo.
—¿Por qué?, preguntó Abel.
Vicente reflexionó unos segundos.
—Porque puedes ser valiente y hacer daño.
El aula quedó inmóvil.
—Puedes ser honesto y hacer daño.
Más silencio.
—Pero si eres verdaderamente bueno, intentarás no hacerlo.
Abel lo observó durante unos segundos y mostró, no una sonrisa de profesor o de aprobación, una sonrisa de orgullo. Como si acabara de escuchar algo importante.
—Esa es una respuesta interesante .
Gabriela miró a Vicente y tuvo una sensación extraña.
La sensación de que Lucía estaría orgullosa de él.
Y quizá también Alejandro porque aquella respuesta contenía algo que ambos habrían admirado por su sencillez y profundidad comprendiendo que la verdadera grandeza nunca consistía en destacar sobre los demás sino en cuidar de ellos.
Cuando sonó el timbre, Abel escribió una última frase en una esquina de la pizarra, una frase pequeña y casi discreta.
Pero que Gabriela anotó inmediatamente en su cuaderno.
"Al final de tu vida, la gente olvidará muchas cosas sobre ti."
"Pero nunca olvidará cómo la hiciste sentir."
Y mientras guardaba el bolígrafo, comprendió que aquella frase explicaba perfectamente a su padre y explicaba también la razón de que Abel siguiera recordando a la persona que había perdido.
Porque algunas personas dejan recuerdos y otras dejan una forma diferente de mirar el mundo.
Aquella tarde ocurrió algo que Gabriela no esperaba y que sin ser extraordinario o espectacular, terminó convirtiéndose en uno de esos recuerdos que permanecen.
Porque a veces los momentos que nos cambian llegan disfrazados de normalidad.
La biblioteca estaba casi vacía, una brisa golpeaba suavemente los ventanales, Vicente leía, Gabriela fingía estudiar y Greta fingía que también estudiaba, lo cual era una mentira tan evidente que nadie se molestaba ya en señalarla.
—Tengo una teoría, anunció Greta.
—Eso nunca termina bien, dijo Vicente.
—Gracias por tu apoyo constante.
—Es una de mis mejores cualidades.
—Pues mi teoría es que Abel no duerme.
Gabriela levantó la vista.
—¿Cómo?
—Pensadlo.
Greta señaló el techo como si estuviera exponiendo una investigación científica .
—Siempre tiene una pregunta preparada.
—Siempre sabe qué responder.
—Siempre parece estar pensando.
—Y nunca parece cansado.
Vicente cerró el libro.
—Tu conclusión es que es un vampiro filosófico.
—Exactamente.
—Es la teoría más absurda que he escuchado este año.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Empiezo a notar un patrón.
Las risas aparecieron.
Y entonces ocurrió.
Algo pequeño. Pero importante.
Gabriela observó a sus amigos. A Greta. A Vicente.
Y sintió una felicidad inesperada. Sencilla. Tranquila. Sin fuegos artificiales. Sin grandes acontecimientos.
Simplemente la felicidad de estar allí. Con ellos.
Y comprendió algo.
Meses atrás aquella escena habría sido imposible porque después de la muerte de Alejandro había llegado un momento en que creyó que nunca volvería a sentirse así.
Y, sin embargo, allí estaba. Riendo. Viviendo. Siguiendo adelante.
No porque hubiera olvidado sino porque había aprendido a caminar llevando el recuerdo con ella.
—¿En qué piensas?, preguntó Vicente.
Gabriela salió de sus pensamientos.
—En nada.
—Mentira.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque pones esa cara.
—¿Qué cara?