Infinito Por Infinito CAPITULO CUATRO #8
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CAPITULO CUATRO #8

La pregunta apareció y desapareció pero dejó algo detrás.

Una sensación. Una intuición.

Como si existiera un hilo invisible uniendo cosas que todavía no comprendía.

Al día siguiente llegó antes al instituto, mucho antes, cuando el edificio todavía estaba casi vacío y los pasillos permanecían en silencio.

Y por primera vez en semanas volvió a ver la ventana.

La vieja ventana. La primera. La de la lluvia. La del chico triste.

La del comienzo de todo.

Sonrió.

Porque ahora le parecía imposible imaginar a Vicente sentado allí completamente solo.

Y fue entonces cuando vio algo inesperado.

Al fondo del pasillo junto a la ventana estaba Abel.

Solo.

Mirando la lluvia.

Exactamente igual que Vicente el primer día.

Gabriela se quedó inmóvil porque había algo en aquella imagen .

Algo extrañamente familiar.

Algo profundamente melancólico.

Algo que parecía encajar con todas las piezas que todavía no entendía.

Abel no la había visto.

O eso parecía.

Permanecía quieto observando la lluvia como si estuviera recordando algo.

Como si estuviera esperando algo. Como si una parte de él siguiera viviendo en otro lugar.

Y por primera vez Gabriela tuvo una certeza.

Abel no había llegado al instituto para enseñar Filosofía.

Había llegado buscando algo.

Y, de algún modo que todavía no comprendía, ella y Vicente formaban parte de esa búsqueda.

Gabriela no dijo nada.

Ni se acercó ni le llamó.

Simplemente permaneció allí observándolo porque había algo en aquella escena que parecía importante y no lo quería romper.

La lluvia golpeaba suavemente los cristales y Abel permanecía junto a la ventana.

Exactamente igual que alguien que estuviera hablando con un recuerdo.

Después de unos segundos, Abel sonrió.

No una sonrisa feliz. Una sonrisa nostálgica.

Como quien acaba de recordar algo hermoso y doloroso al mismo tiempo.

Entonces habló.

Muy bajo.

Tan bajo que Gabriela apenas pudo escucharlo.

—Buenos días.

No parecía estar hablando con ella ni con nadie.

Parecía estar hablando con alguien que ya no estaba allí.

Un escalofrío recorrió su espalda y en ese momento Abel giró ligeramente la cabeza.

La vio.

Durante una fracción de segundo pareció sorprendido .

Después sonrió.

—Buenos días, Gabriela.

Ella se acercó.

—Buenos días.

Durante unos segundos ambos permanecieron junto a la ventana mirando la lluvia.

Y entonces Gabriela preguntó algo que llevaba días queriendo preguntar.

—¿Por qué siempre habla de las personas que hemos perdido?

La pregunta salió más directa de lo que pretendía.

Pero Abel no pareció molesto. Tampoco sorprendido.

Simplemente observó la lluvia.

—Porque todos acabamos perdiendo a alguien.

Gabriela guardó silencio.

—Y porque nadie nos enseña qué hacer después.

Aquella respuesta sonó demasiado verdadera y cercana,  como si naciera de una herida.

No de una teoría.

—¿A usted le pasó?

Preguntó.

Abel tardó varios segundos en responder.

El suficiente tiempo para que Gabriela comprendiera que acababa de cruzar una frontera pero no la detuvo.

—Sí.

Solo eso.

Sí.

Una palabra.

Y, sin embargo, contenía años enteros.

Gabriela bajó la mirada.

—Lo siento.

Abel sonrió suavemente.

—No.

Negó con la cabeza.

—No lo sientas.

La observó .

Y por primera vez ella vio algo diferente en sus ojos que no era tristeza sino Amor.

Un amor enorme,  persistente e inquebrantable.

—Tuve la suerte de conocerla.

Aquella frase quedó suspendida entre ambos porque hablaba de pérdida y también de gratitud.

Y eso lo cambiaba todo.

—¿La echa de menos?, preguntó Gabriela.

Abel soltó una pequeña risa. Tranquila y humana.

—Todos los días.

El corazón de Gabriela se encogió.

Porque era exactamente la respuesta que habría dado ella sobre Alejandro.

Y probablemente la misma que habría dado Vicente sobre Lucía.

Entonces Abel añadió algo inesperado.

—Pero ya no desearía no haberla conocido.

Gabriela levantó la vista.

—¿Qué quiere decir?

Abel observó la lluvia.

Y durante unos segundos pareció buscar las palabras adecuadas.

—Cuando perdemos a alguien importante aparece una tentación muy peligrosa.

Guardó silencio.

—Pensar que habría sido mejor no querer tanto.

Aquella frase atravesó a Gabriela porque alguna vez lo había pensado.

En silencio.

A escondidas.

En los peores días.

Cuando el dolor parecía demasiado grande.

Abel sonrió.

—Pero eso sería un error.

Miró el cielo gris tras la ventana.

—El dolor es el precio.

Hizo una pausa.

—Pero el amor siempre vale más .

Ninguno habló durante varios segundos.

Porque algunas frases no admiten respuesta inmediata y necesitan quedarse dentro hasta crecer y echar raíces.

Entonces comenzaron a escucharse voces en el pasillo. Eran los primeros alumnos que estaban llegando como anuncio de que la mañana comenzaba. La vida comenzaba otra vez.

Abel se incorporó y recogió unos papeles que llevaba bajo el brazo.

—Tengo una pregunta para la clase de hoy.

Gabriela sonrió.

—Qué sorpresa.

—Lo sé.

Por primera vez Abel pareció divertirse de verdad.

Y mientras ambos caminaban hacia el aula añadió:

—Hoy vamos a hablar de algo difícil.

—¿Más difícil que la muerte?

Abel la miró.

Y sonrió.

—Mucho más.

Gabriela frunció el ceño.

—Eso parece imposible.

—Ya veremos.

Entraron en clase.

Los alumnos iban ocupando sus sitios.

Greta discutía con alguien sobre algo absurdo.

Vicente leía.

Todo parecía normal.

Hasta que Abel tomó una tiza.

Y escribió lentamente en la pizarra.

¿A QUIÉN LE DEBES SER QUIEN ERES?

El silencio fue inmediato.

Y Gabriela comprendió que otra vez iba a salir de aquella clase siendo una persona ligeramente distinta de la que había entrado.

Nadie respondió inmediatamente .

Como casi siempre ocurría con las preguntas de Abel.

Pero aquella vez era diferente porque no preguntaba qué pensaban ni quiénes eran.

Y eso siempre era más difícil.

Abel observó la clase.

Después señaló la frase escrita en la pizarra.

¿A QUIÉN LE DEBES SER QUIEN ERES?

—No os estoy preguntando quién os educó.

—Ni quién os dio de comer.

—Ni quién os enseñó a montar en bicicleta.

Algunas risas suaves aparecieron.

—Os estoy preguntando quién os cambió.

El silencio regresó porque todos entendieron inmediatamente la diferencia.

Y porque algunos nombres aparecieron demasiado deprisa.

Greta, por primera vez, no pareció tener ganas de bromear.

Abel caminó lentamente entre las mesas.

—Hay personas que pasan por nuestra vida.

—Y hay personas que modifican la trayectoria de nuestra vida.

Se detuvo.

—No siempre son las mismas.

Aquella frase hizo que varios alumnos levantaran la vista.

—A veces una conversación de diez minutos cambia más una vida que diez años de convivencia.

—A veces una persona permanece décadas a nuestro lado sin transformarnos.

—Y a veces alguien aparece durante unos meses y deja una huella para siempre.

Gabriela sintió un escalofrío porque aquella frase le recordó inmediatamente a Alejandro y por primera vez, incluso a Abel.

—Quiero contaros una historia.

Dijo.

La atención fue inmediata.

Porque todos sabían que las historias de Abel nunca eran realmente historias .

Eran preguntas disfrazadas.

Abel se sentó en la mesa.

—Cuando tenía vuestra edad conocí a un hombre.

El aula permaneció inmóvil.

—No era profesor.

—No era filósofo.

—Ni siquiera era especialmente brillante.

Varias sonrisas aparecieron.

—Pero hacía algo extraordinario.

Silencio.

—Escuchaba.

Aquella respuesta sorprendió a todos.

Porque parecía demasiado sencilla.

Demasiado normal.

Abel sonrió.

—No os imagináis lo raro que es eso.

Algunas risas suaves aparecieron.

—La mayoría de la gente escucha para responder.

—Él escuchaba para comprender.

Guardó silencio.

—Y cambió mi vida.

El aula entero permaneció inmóvil.

Porque aquella frase sonaba sincera.

Profundamente sincera.

—No porque me enseñara respuestas.

—Ni porque me diera consejos.

—Ni porque resolviera mis problemas.

Miró a los alumnos.

—La cambió porque me hizo sentir visto.

Nadie habló porque todos entendieron exactamente lo que significaba.

Sentirse visto de verdad. No observado ni juzgado.

Visto. Comprendido. Aceptado.

Y Gabriela recordó inmediatamente a su padre.

Las tardes enteras en las que parecía escuchar incluso aquello que ella no sabía expresar .

Vicente recordó a su hermana porque nadie había entendido sus silencios como ella.

Y por un instante, toda la clase estaba pensando en alguien.

Alguien diferente e importante para cada uno de ellos.

Entonces Abel tomó una tiza y escribió una frase debajo de la pregunta.

TODOS SOMOS UNA SUMA DE ENCUENTROS.

La observó unos segundos.

Y añadió:

—Creemos que nos construimos solos.

Negó suavemente con la cabeza.

—No es verdad.

Señaló la frase.

—Somos una mezcla de todas las personas que nos han amado.

Silencio.

—De quienes nos enseñaron.

—De quienes nos ayudaron.

—De quienes nos hirieron.

—Y también de quienes nos salvaron.

Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire.

Y algo cambió dentro de Gabriela porque por primera vez pensó en algo que nunca se había planteado.

Quizá ella también vivía dentro de otras personas.

Quizá Alejandro seguía viviendo dentro de ella.

Pero quizá ella también seguía viviendo dentro de Greta.

Dentro de Vicente.

Dentro de su madre.

Dentro de todas las personas que había querido.

La idea era extraña.

Y hermosa.

Entonces Abel dejó la tiza.

Y preguntó:

—Si mañana desaparecierais...

El aula entero guardó silencio.

—¿Qué parte de vosotros seguiría viva en las personas que os quieren?

Nadie respondió porque aquella pregunta era demasiado grande e importante.

Y porque todos sabían que la respuesta no estaba en los libros, ni en los exámenes, ni en la Filosofía. Estaba en la vida.

Y mientras sonaba el timbre, Gabriela comprendió algo.

Quizá Abel no estaba enseñándoles cómo pensar. Estaba enseñándoles cómo vivir.

Y quizá, algún día, también les enseñaría cómo despedirse.

Aquella tarde Gabriela volvió a casa caminando despacio porque había descubierto algo que no era una respuesta.

Abel nunca daba respuestas tan fácilmente.

Había descubierto una pregunta.

Y las preguntas de Abel tenían la desagradable costumbre de instalarse en su cabeza durante días.