Infinito Por Infinito CAPITULO CUATRO #7
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CAPITULO CUATRO #7

—Cuanto más tiempo vivimos, más valiosa es una vida.

Varias personas asintieron.

Parecía lógico y evidente.

Abel observó a la clase y entonces preguntó:

—¿Estáis seguros?

Silencio.

—Imaginad una persona que vive cien años.

Comenzó a caminar lentamente.

—Y otra que vive veinte.

El aula permaneció callada.

—¿La primera ha tenido automáticamente una vida más valiosa?

Nadie respondió porque la pregunta acababa de destruir la respuesta.

Como ocurría siempre.

Abel sonrió.

—Os voy a contar una historia.

Aquello captó inmediatamente toda la atención porque Abel rara vez contaba historias.

—Cuando era joven conocí a una persona extraordinaria.

La voz se volvió más tranquila.

Más personal.

—No era rica.

—No era famosa.

—No salió en los periódicos.

—No cambió el mundo.

Miró a los alumnos.

—Pero cambió el mundo de todos los que la conocieron.

El silencio fue absoluto.

Gabriela observó algo.

Algo pequeño.

Pero importante .

La mirada de Abel había cambiado.

Como si estuviera viendo a aquella persona y siguiera allí.

—Murió demasiado pronto.

Continuó.

Y por primera vez el aula entero quedó inmóvil.

Incluso Greta.

—Mucho antes de lo que debería.

La voz de Abel era serena pero detrás de aquella serenidad había algo.

Dolor, un dolor antiguo y profundo.

—Y durante mucho tiempo pensé que era injusto.

Guardó silencio.

—Después comprendí algo.

Miró a toda la clase.

—La grandeza de una vida no se mide por su duración.

El aula parecía contener la respiración.

—Se mide por lo que deja en los demás.

Gabriela sintió un escalofrío porque aquella frase parecía atravesarla directamente y pensó en todas las personas importantes que había perdido.

Y comprendió inmediatamente que era verdad.

Abel volvió a señalar la pizarra.

—Hay personas que viven noventa años y apenas dejan huella.

Guardó silencio.

—Y hay personas que viven muy poco y cambian para siempre a quienes las conocieron.

Nadie habló.

Porque nadie podía hacerlo y algunas verdades llegan antes al corazón que a las palabras.

Y entonces Abel hizo algo inesperado.

Borró la palabra TIEMPO .

Y escribió debajo una nueva.

Más pequeña y sencilla.

IMPACT O

Después dejó la tiza y sonrió.

—Esa es mi respuesta.

El timbre sonó unos minutos después pero Gabriela apenas lo escuchó.

Seguía pensando en aquella persona desconocida de la historia, la que habiendo  muerto demasiado pronto, aún seguía viviendo dentro de Abel.

¿Sería su mujer, su madre, su padre, un hermano?

Y mientras recogía sus cosas tuvo una intuición extraña, la de que algún día descubriría quién era.

Y cuando eso ocurriera, muchas piezas empezarían a encajar.

Aquella noche Gabriela soñó con su padre.

No era la primera vez pero sí era diferente.

Normalmente los sueños terminaban demasiado pronto,  o eran confusos,  o se deshacían al despertar como arena entre los dedos.

Pero aquella vez no.

Aquella vez estaban sentados en la misma playa de siempre,  la de las conversaciones largas, la de los atardeceres imposibles. la de las preguntas.

Alejandro observaba el mar.

Y sonreía.

Como si supiera algo.

Como siempre.

—¿Qué?

Preguntó Gabriela.

—Nada.

—Estás sonriendo.

—Porque tú también lo sabes.

—¿Saber qué?

Alejandro señaló el horizonte.

—Que las respuestas importantes nunca llegan cuando las buscas.

Gabriela frunció el ceño.

—Eso suena exactamente a algo que diría Abel.

Alejandro soltó una carcajada.

Y justo cuando iba a responder...

Despertó.

El sueño desapareció y con él la playa y el mar .

Pero la sensación permaneció.

Y durante varios minutos permaneció tumbada mirando el techo.

Pensando.

Otra vez pensando.

Definitivamente Abel estaba arruinando su capacidad para tener pensamientos sencillos.

Al día siguiente encontraron una sorpresa.

Cuando llegaron a clase, la pizarra estaba vacía.

Completamente vacía.

Ni una pregunta, ni una frase, ni una palabra.

Nada.

Greta fue la primera en detectarlo.

—Ha pasado algo horrible.

—¿Qué?, preguntó Vicente.

—No hay pregunta.

—Quizá se ha cansado.

—No.

Eso sería demasiado fácil.

Gabriela sonrió.

Porque, en el fondo, pensaba exactamente lo mismo.

Cuando Abel entró, llevaba una pequeña y antigua caja de madera y la depositó sobre la mesa con un cuidado sorprendente.

El aula entero la observó.

—Hoy no voy a haceros ninguna pregunta.

Anunció.

Greta abrió mucho los ojos.

—Lo sabía.

Algo va mal.

Las risas recorrieron la clase ppPero Abel negó suavemente con la cabeza.

—No.

Hoy voy a responder una.

Aquello captó inmediatamente la atención de todos.

Porque era la primera vez que Abel hablaba de respuestas.

—Hace unas semanas hablamos del tiempo .

Varias personas asintieron.

—Y de las personas que cambian nuestra vida.

Más asentimientos.

—Y de las huellas que dejamos en los demás.

El silencio fue creciendo porque todos intuían que aquella clase era diferente.

Abel abrió lentamente la caja.

Dentro había decenas de papeles doblados, fotografías,  cartas, entradas antiguas, pequeños recuerdos.

Una vida entera guardada en una caja.

—Esto es lo más valioso que tengo, dijo.

Nadie habló porque aquella frase tenía peso. Mucho peso.

Abel tomó una fotografía.

La observó durante unos segundos.

Y sonrió.

Una sonrisa melancólica que era hermosa y triste a la vez.

—¿Sabéis qué tienen en común todas estas cosas?

Nadie respondió.

—Que objetivamente no valen prácticamente nada.

Levantó la fotografía.

—El papel cuesta céntimos.

Tomó una entrada.

—Esto tampoco vale nada.

Tomó una carta.

—Y esto tampoco.

Volvió a dejarlo todo sobre la mesa.

—Pero si mañana desaparecieran...

Guardó silencio.

—Perdería una parte importante de mi vida.

Gabriela sintió un escalofrío porque comprendió inmediatamente que no estaba hablando de objetos.

Nunca hablaba realmente de objetos. Estaba hablando de personas.

Siempre terminaba hablando de personas.

Abel observó a la clase.

—La respuesta que llevo años buscando es muy sencilla .

El aula entero permaneció inmóvil.

—¿Qué es lo único que realmente nos llevamos de esta vida?

Nadie habló.

Y entonces Abel respondió por primera vez una de sus propias preguntas.

—Las personas.

Silencio.

—No los premios.

—No el dinero.

—No los títulos.

—No las notas.

Miró a los alumnos.

—Las personas.

Su voz se volvió más suave.

Más profunda.

—Porque al final, cuando pasan los años, lo único que sigue acompañándonos son los recuerdos de quienes amamos.

Gabriela sintió un nudo en la garganta.

Y al mirar a Vicente descubrió que él también estaba inmóvil porque ambos estaban pensando en la misma cosa.

Entonces Abel cerró lentamente la caja.

Y añadió una frase que Gabriela recordaría toda su vida.

—El objetivo no es vivir para siempre.

El aula quedó completamente en silencio.

—El objetivo es dejar algo de nosotros en suficientes corazones como para que una parte de nosotros continúe haciéndolo.

Nadie habló.

Porque nadie podía.

Porque algunas frases no parecen una lección.

Parecen una verdad.

Y aquella era una de ellas .

Sin saberlo, aquella mañana Abel acababa de pronunciar una de las ideas que años después daría sentido a toda la historia.

A Alejandro.

A Lucía.

A él mismo.

Y a la pregunta que cerraría para siempre la vida de Gabriela.

¿Cuántas personas viven todavía dentro de ti?

Durante unos segundos después de sonar el timbre nadie se movió.

Como si levantarse significara romper algo. Como si aquella frase todavía siguiera flotando en el aula.

"El objetivo no es vivir para siempre."

"El objetivo es dejar algo de nosotros en suficientes corazones como para que una parte de nosotros continúe haciéndolo."

Gabriela observó la caja de madera mientras guardaba sus cosas.

Por alguna razón no podía apartar la vista de ella. Ya no veía fotografías, ni cartas, ni recuerdos.

Veía personas. Historias. Ausencias.

Y comprendió algo que nunca había pensado antes.

Todos llevaban una caja parecida.

Invisible pero parecida.

Una caja llena de nombres.

Algunas personas apenas ocupaban espacio y otras llenaban páginas enteras.

Y unas pocas se convertían en parte de ti.

Para siempre.

—¿Te vienes?, preguntó Vicente.

Gabriela levantó la vista.

La clase ya estaba casi vacía.

—Sí.

Caminaron hacia la salida y durante varios minutos ninguno habló.

No porque no tuvieran nada que decir.

Precisamente porque tenían demasiado.

A veces las conversaciones importantes necesitan silencio antes de convertirse en palabras.

Cuando llegaron al patio, Vicente habló.

—¿Sabes qué me ha llamado la atención?

—¿Qué?

—Que Abel nunca habla de la persona que perdió.

Gabriela se quedó pensativa porque era verdad.

Hablaba del dolor. De la ausencia. De la memoria. De la pérdida.

Pero nunca de quién.

Nunca.

—Quizá todavía le duele, dijo.

Vicente observó el suelo.

—Han pasado muchos años.

—A veces eso no cambia nada.

Aquella frase salió sola.

Y ambos supieron inmediatamente que no estaban hablando de Abel sino de ellos mismos y de todas las personas que el tiempo no conseguía llevarse del todo.

Aquella noche Gabriela encontró algo.

Algo que no buscaba.

O quizá sí.

Mientras ordenaba una estantería apareció una vieja libreta de Alejandro con las esquinas dobladas.

La reconoció inmediatamente.

Era una de las que siempre llevaba encima y donde apuntaba frases,  preguntas, ideas absurdas,  reflexiones inesperadas y cosas que nadie entendía excepto él.

Gabriela se sentó en la cama y comenzó a pasar páginas.

Sonrió.

Algunas anotaciones eran tan típicamente suyas que parecían escucharse con su voz.

Hasta que encontró una frase subrayada.

Una sola frase.

Y el corazón se le aceleró porque parecía escrita para ella.

" Hay personas que pasan por nuestra vida. "

Debajo.

" Y hay personas que se convierten en parte de nuestra vida."

Y debajo de nuevo.

" Pero las más importantes son aquellas que terminan convirtiéndose en parte de nosotros."

Gabriela permaneció inmóvil durante varios segundos porque aquella frase contenía exactamente lo que Abel llevaba semanas intentando explicar.

Exactamente.

Y de repente una idea imposible cruzó su mente. Una idea absurda , ridícula.

Y, sin embargo, imposible de ignorar.

¿Qué habría pasado si Alejandro hubiera conocido a Abel?