CAPITULO CUATRO #6
Después levantó la vista.
—Tengo una pregunta.
—Sorpresa.
Murmuró Greta.
—Gracias por tu entusiasmo.
—Intento aportar ambiente .
Abel sonrió y escribió lentamente en la pizarra:
¿QUÉ PERSONA HA CAMBIADO MÁS TU VIDA?
El silencio fue inmediato.
Mucho más rápido que otras veces.
Porque aquella pregunta no era difícil de entender, era difícil de responder.
Abel dejó la tiza.
—No me refiero a la persona más famosa que admiréis.
—Ni a vuestro cantante favorito.
—Ni a un personaje histórico.
Miró a los alumnos.
—Me refiero a una persona real.
Guardó silencio.
—Alguien que os haya cambiado.
La clase quedó inmóvil porque todos pensaron inmediatamente en alguien y algunos nombres dolían.
Gabriela ni siquiera necesitó reflexionar.
La respuesta apareció antes de que terminara la pregunta.
Alejandro. Por supuesto.
Siempre Alejandro.
Pensó en las conversaciones.
Pensó en las preguntas.
Pensó en las tardes enteras hablando de cosas que parecían insignificantes y que después terminaban acompañándola durante semanas.
Pensó en la forma en que escuchaba y en la forma en que miraba el mundo.
Y comprendió algo.
Gran parte de quién era ella existía gracias a él.
Al otro lado del aula, Vicente observaba fijamente la mesa.
Y Gabriela supo inmediatamente cuál era su respuesta.
Lucía.
No tenía ninguna duda.
Porque algunas personas dejan una huella tan profunda que continúan moldeándote incluso después de marcharse.
Abel volvió a caminar entre las filas.
—Ahora viene la pregunta importante.
Los alumnos levantaron la vista.
—¿Qué parte de esa persona sigue viviendo dentro de vosotros?
El silencio fue absoluto.
Y, por primera vez en semanas, Gabriela sintió que el corazón le latía más deprisa.
Porque aquella pregunta era distinta porque no preguntaba quién había sido importante.
Preguntaba qué había dejado.
Y aquello cambiaba completamente la perspectiva.
Abel observó a la clase.
—Pensadlo bien.
—Porque la mayoría de la gente cree que las personas desaparecen cuando dejan de estar.
Negó suavemente con la cabeza.
—Yo no estoy tan seguro.
Nadie habló, nadie se movió.
—Cada persona que conocéis os modifica un poco.
—Os enseña algo.
—Os cambia.
—Os deja una forma diferente de mirar el mundo.
Su voz se volvió más suave.
—Y algunas dejan tanto de sí mismas dentro de nosotros que continúan existiendo mucho después de haberse ido.
Gabriela sintió un nudo en la garganta porque era exactamente la idea que llevaba meses intentando explicar sin conseguirlo.
Exactamente.
No echaba de menos únicamente a Alejandro.
Seguía viviendo con él, en sus preguntas, en sus decisiones, en su manera de pensar, en la forma en que observaba a las personas.
Y de repente comprendió algo. Algo enorme .
Algo que parecía tan evidente que sorprendía no haberlo visto antes.
Quizá la muerte podía llevarse a una persona pero no podía llevarse todo lo que había dejado dentro de los demás.
Entonces Abel tomó la fotografía que había llevado y la mostró.
Era una fotografía antigua en la que aparecían varias personas sonriendo.
Una escena completamente normal.
Nada extraordinario, nada espectacular.
Y precisamente por eso resultaba hermosa.
—Algunas de las personas que aparecen aquí ya no están, dijo.
La clase permaneció en silencio.
—Pero sigo hablando con ellas.
Varios alumnos fruncieron el ceño.
Greta abrió mucho los ojos.
—Eso ha sonado inquietante.
Las risas aparecieron y Abel también sonrió.
—No literalmente.
—Menos mal.
—Lo que quiero decir es que sigo haciéndome preguntas que aprendí gracias a ellas.
Miró la fotografía.
Y por un instante volvió a aparecer aquella sombra.
Aquella tristeza antigua.
Aquella herida que nunca terminaba de explicarse.
—Y cada vez que lo hago, una parte de ellas sigue aquí.
El aula entero guardó silencio porque todos entendieron exactamente lo que quería decir.
Todos.
Gabriela, Vicente, incluso Greta.
Y mientras observaba aquella vieja fotografía, Gabriela sintió que una frase comenzaba a formarse lentamente dentro de ella.
Una frase sencilla pero poderosa, una frase que años después seguiría recordando porque quizá la vida no se medía por el tiempo, ni por los logros, ni por el dinero.
Quizá la vida se medía por las personas que seguían viviendo dentro de nosotros.
Aquella tarde Gabriela no consiguió dejar de pensar en la fotografía.
Ni en la pregunta. Ni en la frase.
"¿Qué parte de esa persona sigue viviendo dentro de vosotros?"
Era una de esas preguntas que parecían sencillas hasta que intentabas responderlas.
Porque entonces descubrías que la respuesta era inmensa.
Durante la cena apenas habló.
Su madre la observó varias veces.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Estás pensando.
—Mucho.
—Entonces definitivamente es culpa de ese profesor nuevo.
Gabriela sonrió.
—Probablemente.
Su madre negó con la cabeza.
—Los profesores normales mandan deberes.
—Este también.
—¿Y cuáles son?
Gabriela tardó unos segundos en responder.
—Pensar.
Aquello provocó una pequeña sonrisa.
Pero cuando subió a su habitación, la pregunta regresó.
Y esta vez decidió no evitarla.
Se sentó frente al escritorio.
Abrió una libreta.
Y escribió un nombre.
Alejandro.
Lo observó durante varios segundos.
Y después comenzó a escribir debajo.
"Me enseñó a escuchar."
Otra línea.
"Me enseñó a hacer preguntas. "
Otra.
"Me enseñó que las personas son más importantes que tener razón."
Otra.
"Me enseñó a mirar más allá de las apariencias."
La lista empezó a crecer.
Y cuanto más crecía, más comprendía algo.
Su padre no había desaparecido.
No completamente.
Porque una parte enorme de quién era ella seguía construyéndose con cosas que había aprendido de él.
Y aquella idea le hizo llorar. Pero no de tristeza. O no solamente.
También de gratitud.
Porque por primera vez entendía algo importante.
El amor no termina cuando una persona se marcha.
Simplemente cambia de forma.
Al día siguiente encontró a Vicente en la biblioteca.
Por supuesto.
A esas alturas habría sido extraño encontrarlo en cualquier otro lugar.
Él levantó la vista al verla llegar.
—Tienes cara de haber dormido poco.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
Gabriela dejó la mochila sobre la mesa.
Y durante unos segundos permaneció en silencio.
Hasta que finalmente preguntó:
—¿Pensaste en la actividad de ayer?
Vicente apoyó el bolígrafo.
—Toda la noche.
—Yo también.
Se miraron.
Y ambos sonrieron.
Porque ninguno necesitó explicar por qué.
—¿Y ?
Preguntó Gabriela.
Vicente observó la mesa durante unos segundos.
Después habló.
—Creo que Lucía sigue siendo la persona más divertida que conozco.
Una sonrisa apareció en el rostro de Vicente.
Una sonrisa cálida. Llena de recuerdos.
—Pero sigo tomando decisiones preguntándome qué haría ella.
Aquella frase la dejó inmóvil porque era exactamente lo que ella hacía con Alejandro.
Exactamente.
—Yo también, murmuró.
—¿Con tu padre?
Gabriela asintió.
El silencio que siguió fue breve, pero significativo porque ambos acababan de descubrir algo enorme.
No estaban intentando conservar a las personas que habían perdido.
Ya lo estaban haciendo. Cada día. Sin darse cuenta. En sus decisiones. En sus pensamientos. En la forma de entender el mundo.
Y entonces ocurrió algo. Pequeño pero importante.
Vicente sonrió y dijo:
—Creo que Abel tiene razón.
—¿Sobre qué?
—Sobre que algunas personas siguen aquí.
Gabriela le observó.
Después sonrió.
Y por primera vez desde la muerte de Alejandro, aquella idea no le pareció un consuelo.
Le pareció una verdad. Una verdad sencilla pero poderosa.
Y mientras los dos permanecían sentados en silencio, la puerta de la biblioteca se abrió.
Abel entró. No los vio. O al menos eso pareció.
Buscaba un libro. Nada más.
Sin embargo, cuando pasó junto a la mesa donde estaban sentados, ocurrió algo muy extraño.
Se detuvo apenas un segundo .
Miró a Gabriela.
Después a Vicente.
Y sonrió.
No una sonrisa cualquiera.
Una sonrisa tranquila.
Como si acabara de confirmar algo que llevaba tiempo sospechando.
Y después siguió caminando.
Sin decir una palabra pero aquella mirada permaneció con ambos mucho después de que desapareciera entre las estanterías porque por primera vez tuvieron la sensación de que Abel no solo les estaba enseñando.
También los estaba observando.
Como si estuviera esperando algo.
Como si supiera que una historia mucho más grande acababa de empezar.
Durante varios días, Gabriela no consiguió quitarse de la cabeza aquella sonrisa.
La sonrisa de Abel en la biblioteca.
No porque hubiera tenido nada especial o porque hubiera dicho una palabra.
Precisamente porque no había dicho nada y aun así, parecía haber entendido algo.
Algo que ellos mismos acababan de descubrir.
Aquello la inquietaba a la vez que la intrigaba.
Porque empezaba a sospechar que Abel escuchaba mucho más de lo que hablaba.
Y eso era decir bastante.
La siguiente clase comenzó con una pregunta escrita en la pizarra.
Algo que ya se había convertido en una tradición.
Cuando los alumnos entraron, encontraron una única frase.
¿QUÉ LE DA VALOR A UNA VIDA?
Greta dejó caer la mochila sobre la mesa .
—Definitivamente este hombre no tiene hobbies normales.
—Probablemente esta es su afición, dijo Vicente.
—Aterrorizarnos psicológicamente.
—Exacto.
Las risas aparecieron justo cuando Abel entraba en el aula.
—Buenos días.
—Depende, contestó Greta.
—Respuesta filosófica.
—Estoy aprendiendo.
Abel sonrió y después señaló la pregunta de la pizarra.
—Bien.
Hoy quiero una respuesta rápida.
Los alumnos intercambiaron miradas.
Aquello sí era nuevo.
—¿Rápida?, preguntó alguien.
—Muy rápida.
—¿Sin pensar?
—Pensando poco.
—Eso sí que es raro.
Abel asintió.
—Precisamente.
Señaló la frase.
—¿Qué le da valor a una vida?
Las respuestas comenzaron a aparecer.
—Ser feliz.
—Ayudar a los demás.
—Conseguir tus sueños.
—Hacer algo importante.
—Tener una familia.
—Dejar huella.
Abel fue anotándolas todas.
Sin comentar ninguna.
Como siempre.
Cuando terminaron, guardó silencio.
Después escribió una última palabra debajo de todas las demás .
TIEMPO
El aula quedó inmóvil.
—La mayoría de la gente respondería esto, dijo señalando la palabra.