Infinito Por Infinito CAPITULO CUATRO #5
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CAPITULO CUATRO #5

Durante un segundo. Vulnerabilidad. Real. Humana.

Y entonces comprendió algo.

Abel no estaba enseñándoles filosofía. Ni siquiera estaba enseñándoles a pensar. Estaba enseñándoles a ser valientes.

Lo bastante valientes para mirar de frente las preguntas que llevaban demasiado tiempo evitando.

Y mientras sonaba el timbre al final de la clase, Gabriela tuvo una sensación extraña.

La de que Abel sabía exactamente lo que estaba haciendo.

Como si cada pregunta estuviera llevándolos hacia algún lugar, uno que todavía no podían ver pero al que ya habían empezado a acercarse.

Cuando Abel entró en clase aquella mañana, llevaba un pequeño cuenco de cristal en las manos.

Nada más que eso,  ni libros,  ni carpetas, ni preguntas escritas en la pizarra,  lo cual, a esas alturas, ya era una mala señal.

—Tengo miedo, anunció Greta.

—Es una reacción razonable, respondió Abel.

Las risas recorrieron el aula.

Abel dejó el cuenco sobre la mesa y repartió pequeños papeles en blanco.

Uno para cada alumno .

La curiosidad se extendió inmediatamente por la clase.

—¿Qué vamos a hacer?, preguntó alguien.

—Algo sencillo.

Aquella respuesta hizo que todos sospecharan todavía más porque las actividades sencillas de Abel nunca terminaban siendo sencillas.

—Quiero que escribáis una sola frase.

Miró a los alumnos.

—No pongáis vuestro nombre.

—No pongáis pistas.

—No pongáis nada que permita identificaros.

El aula permaneció en silencio.

Entonces Abel añadió:

—Escribid cuál es vuestro mayor miedo.

El efecto fue inmediato.

Algunos alumnos soltaron una carcajada nerviosa.

Otros bajaron la mirada.

Y varios permanecieron inmóviles.

Como si la pregunta hubiera llegado demasiado deprisa.

Gabriela sintió un pequeño nudo en el estómago.

Porque algunas preguntas son incómodas.

Y otras parecen abrir una puerta que llevabas mucho tiempo intentando mantener cerrada.

—¿El mayor?

Preguntó Greta.

—El mayor.

—Tengo varios candidatos.

—Elige uno.

—Qué presión.

Abel sonrió.

Y después se sentó.

—No tenéis que enseñárselo a nadie.

—No tenéis que explicarlo.

—Solo escribirlo .

Durante varios segundos nadie se movió.

Después comenzaron a aparecer los bolígrafos.

El sonido del papel llenó el aula.

Gabriela observó la hoja en blanco y descubrió algo inquietante.

Sabía exactamente qué escribir. No necesitó pensarlo ni un segundo porque la respuesta llevaba meses viviendo dentro de ella.

Escribió lentamente.

"Tengo miedo de olvidar a las personas que amo."

Leyó la frase.

Y sintió un pequeño escalofrío.

Porque era verdad. Completamente verdad.

Pensó en Alejandro. Pensó en su voz. Pensó en el miedo absurdo de olvidar una risa.

Una expresión. Una frase.

Y comprendió que aquel miedo seguía allí y estaba tan presente como el primer día.

Al otro lado del aula, Vicente también escribía.

Muy despacio. Más despacio que todos los demás. Como si cada palabra pesara.

Como si estuviera escribiendo algo difícil, muy difícil.

Cuando todos terminaron, Abel recogió los papeles, los dobló y los introdujo en el cuenco.

Después los mezcló y volvió a sentarse.

—Ahora vamos a leer algunos.

Varias personas se removieron nerviosamente.

—Recordad.

Miró a la clase.

—No sabemos quién los escribió.

Tomó el primer papel.

Lo abrió.

Y leyó.

—"Tengo miedo de decepcionar a todo el mundo."

El silencio fue inmediato porque la frase sonaba real. Demasiado real.

Abel dejó el papel.

Tomó otro .

—"Tengo miedo de quedarme solo."

Gabriela observó cómo varias personas bajaban la mirada.

Aquella frase también era universal. También dolía.

También pertenecía a mucha más gente de la que parecía.

Otro papel.

—"Tengo miedo de descubrir que no soy suficiente."

Otro.

—"Tengo miedo de fracasar."

Otro.

—"Tengo miedo de que nadie me recuerde."

El aula estaba completamente en silencio.

Ya nadie sonreía.

Ya nadie bromeaba.

Porque de repente todos estaban descubriendo algo.

Que los demás también tenían miedo. Que los demás también dudaban. Que los demás también sufrían. Y que quizá todos estaban mucho más rotos de lo que aparentaban.

Abel tomó otro papel.

Lo abrió.

Y leyó lentamente.

—"Tengo miedo de volver a perder a alguien."

Algo se tensó dentro de Gabriela porque aquella frase era diferente. Más concreta.

Más profunda. Más dolorosa.

Instintivamente miró a Vicente.

Y descubrió que él también estaba inmóvil, completamente inmóvil, con la mirada fija en la mesa.

Y supo que aquella frase le pertenecía porque era exactamente el miedo que había visto en sus ojos junto al mar, el mismo que aparece cuando ya has perdido demasiado. El miedo de no soportar otra pérdida.

Abel dobló lentamente el papel.

Y guardó silencio unos segundos.

Después levantó la vista.

—¿Os dais cuenta de algo?

Nadie respondió porque todos estaban pensando y eso era mucho más valioso que responder.

—La mayoría de los miedos que habéis escrito tienen algo en común.

Señaló el cuenco.

—No hablan de exámenes.

—No hablan de dinero.

—No hablan de notas.

Miró a los alumnos.

—Hablan de personas.

El silencio fue absoluto porque era dolorosamente verdad.

—Al final...

Murmuró Abel.

—Las cosas más importantes de nuestra vida suelen ser también las que más miedo nos da perder.

Y mientras la clase permanecía inmóvil, Gabriela comprendió que aquella frase explicaba mucho más que una actividad.

Explicaba a Alejandro, a Lucía, a Vicente.

Y quizá también la explicaba a ella.

Cuando sonó el timbre, nadie se levantó inmediatamente.

Algo que empezaba a convertirse en una costumbre.

Antes, el timbre significaba libertad. Ahora significaba interrupción.

Y aquello era un fenómeno completamente nuevo.

—Esto es preocupante.

Murmuró Greta mientras guardaba sus cosas.

—¿Qué?, preguntó Gabriela.

—Que empiezo a disfrutar las clases.

—Definitivamente es preocupante.

—¿Verdad?

Vicente sonrió.

—Quizá deberías consultar a un médico.

—Lo haré.

Greta señaló hacia la mesa de Abel.

—La culpa es suya.

Abel soltó una carcajada auténtica que llamó la atención de Gabriela porque empezaba a comprender algo.

Abel nunca intentaba impresionar a nadie, ni parecer inteligente .

Nunca buscaba tener razón. Simplemente parecía interesado en las personas.

Interesado de verdad.

Y quizá por eso todos terminaban escuchándolo.

Aquella tarde la lluvia regresó.

Como si hubiera decidido volver para quedarse.

Gabriela observaba las gotas deslizarse por el cristal de la biblioteca.

Mientras intentaba estudiar sin demasiado éxito porque seguía pensando en la actividad de los miedos.

Y en Vicente, sobre todo en Vicente.

No porque creyera haber identificado correctamente su papel sino porque comprendía aquel miedo demasiado bien.

Perder una vez ya era insoportable.

La posibilidad de perder dos veces resultaba aterradora.

—Llevas diez minutos mirando la misma página, dijo Vicente.

Gabriela levantó la vista.

—Eso es mentira.

—Ocho.

—Sigue siendo inquietante.

—Lo sé.

La sonrisa apareció brevemente y después desapareció porque Vicente también parecía estar pensando en algo. Algo importante.

—¿Puedo preguntarte una cosa?, dijo finalmente.

—Claro.

Vicente dudó.

Algo poco habitual porque normalmente pensaba mucho antes de hablar.

Pero no parecía dudar de las palabras sino de si debía pronunciarlas.

—¿Crees que Abel tiene razón?

Gabriela cerró el libro.

—¿Sobre qué exactamente?

—Sobre que las cosas importantes son también las que más miedo dan perder.

Aquella pregunta quedó suspendida entre ellos .

Y ninguno necesitó explicar por qué era importante.

Porque ambos conocían la respuesta.

La habían vivido.

—Sí.

Murmuró Gabriela.

Vicente observó la lluvia durante varios segundos.

Después habló.

—Yo antes pensaba que el miedo desaparecía.

Ella lo miró.

—¿Y ahora?

Una sonrisa triste apareció en su rostro.

—Ahora creo que aprendes a vivir con él.

Gabriela permaneció en silencio porque aquella frase era demasiado verdadera.

Y comprendió algo. El miedo nunca desaparecía. Simplemente dejaba de decidir por ti.

Entonces recordó algo que Abel había dicho semanas atrás.

"La valentía no consiste en no tener miedo."

"Consiste en decidir que hay algo más importante que ese miedo. "

Aquella frase había quedado anotada en una esquina de su cuaderno.

Y ahora entendía por qué.

—Creo que ahí está la diferencia, dijo.

—¿Cuál?

—Que antes pensábamos que sanar era dejar de sentir miedo.

Vicente levantó la vista.

—¿Y ahora?

Gabriela observó la lluvia. Las gotas. Las personas caminando bajo paraguas. La ciudad moviéndose detrás del cristal.

—Ahora creo que sanar es volver a vivir aunque siga existiendo.

El silencio que siguió fue largo pero no incómodo porque ambos estaban pensando exactamente en lo mismo.

Y entonces ocurrió algo extraño.

Vicente sonrió pero no fue una sonrisa triste o nostálgica, fue una sonrisa tranquila, serena .

Y por primera vez Gabriela comprendió que estaba empezando a parecerse muy poco al chico de la ventana.

Aquel chico seguía existiendo. Por supuesto. Pero ya no era todo lo que había.

Había mucho más. Muchísimo más.

Cuando salieron, la lluvia seguía cayendo y mientras caminaban hacia casa, Gabriela tuvo una sensación inesperada, la de que algo estaba cambiando. No solo en ellos. En todos.

Como si las preguntas de Abel estuvieran moviendo piezas invisibles.

Como si cada conversación estuviera preparando algo.

Como si todos estuvieran acercándose lentamente a una verdad que todavía no podían ver.

Y quizá lo más extraño era que Abel parecía saberlo.

Como si estuviera esperando el momento adecuado.

Como si supiera que algunas respuestas solo aparecen cuando las personas están preparadas para encontrarlas.

La semana siguiente, Abel entró en clase con una fotografía en la mano.

Solo una. Nada más.

Aquello ya era suficiente para despertar la curiosidad de todos.

—¿Hoy toca trauma otra vez?, preguntó Greta.

—Probablemente, respondió Abel.

—Perfecto.

Ya me he acostumbrado.

Las risas recorrieron el aula.

Abel dejó la fotografía sobre la mesa pero esta vez no la mostró.

Simplemente permaneció observándola durante unos segundos.

Como si estuviera recordando algo. Como si aquella imagen significara más de lo que los alumnos podían imaginar.