Infinito Por Infinito CAPITULO CUATRO #4
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CAPITULO CUATRO #4

Había algo más, una sensación, la de que Abel estaba viendo algo que los demás no veían.

Algo que ni siquiera ella veía.

—Mi padre decía que las preguntas importantes eran mejores que las respuestas rápidas, murmuró.

Abel sonrió y por primera vez pareció verdaderamente emocionado.

—Entonces era un hombre inteligente.

Aquella frase atravesó a Gabriela pues no era un pésame, ni compasión, ni lástima. Era respeto.

Y de repente sintió unas ganas enormes de hablar de Alejandro como había hecho con Vicente, como hacía cada vez menos.

—Lo era, dijo finalmente.

Y por primera vez pronunció aquellas palabras sin que le temblara la voz.

Abel permaneció en silencio respetando el momento y  después añadió algo que Gabriela recordaría durante años.

—Las personas importantes nunca se marchan del todo.

Ella sintió un pequeño escalofrío.

Aquella frase era peligrosa, muy peligrosa.

Podía ser una frase vacía. Una frase bonita. Una frase hecha.

Pero en la voz de Abel sonaba diferente.

Como si estuviera hablando de algo que conocía, como si no fuera una teoría, como si fuera una experiencia.

—¿Y si sí se marchan?, preguntó casi en un susurro .

Abel tardó varios segundos en responder.

Miró por la ventana.

El patio estaba vacío, el sol comenzaba a bajar lentamente.

Y cuando volvió a hablar, su voz sonó más cálida que nunca.

—Entonces nuestra responsabilidad es llevarnos con nosotros la parte de ellos que nos hizo mejores.

El silencio que siguió fue enorme porque Gabriela comprendió inmediatamente lo que significaba.

No conservar a Alejandro. Continuarlo. Continuar su forma de mirar el mundo. Continuar sus preguntas. Continuar aquello que había dejado dentro de ella.

Y por primera vez desde su muerte sintió algo parecido a la paz.

Aún muy pequeña y frágil pero real.

Cuando salió del instituto unos minutos después, Vicente la esperaba junto a la puerta.

—¿Todo bien?, preguntó.

Gabriela miró hacia atrás observando el instituto donde todavía estaba Abel y por alguna razón tuvo la sensación de que acababa de comenzar algo importante, mucho más importante de lo que todavía podía entender.

—Sí, respondió finalmente.

Y por primera vez en mucho tiempo era verdad.

Durante el camino a casa, Gabriela apenas habló lo cual llamó inmediatamente la atención de Vicente porque normalmente, después de una clase de Abel, sucedía justo lo contrario.

Discutían, debatían, intentaban responder preguntas imposibles o descubrían que una pregunta nueva había sustituido a la anterior.

Pero aquella tarde era diferente.

Vicente caminó varios minutos antes de romper el silencio.

—Ha sido una clase dura.

Gabriela sonrió ligeramente.

—¿Cómo sabes que estoy pensando en la clase?

—Porque llevas quince minutos mirando al suelo.

—Eso no demuestra nada .

—También te has saltado dos pasos de peatones.

—Eso sigue sin demostrar nada.

—Y casi saludas a una papelera.

Gabriela soltó una carcajada.

—Vale.

Quizá estoy pensando.

—Lo suponía.

Continuaron caminando en dirección hacia el Puerto donde solían detenerse algunas tardes para ver regresar a los barcos después del día de pesca.

El mar estaba tranquilo,  extrañamente tranquilo y por un instante ambos permanecieron observándolo.

—¿Puedo preguntarte algo?, dijo Gabriela.

Vicente la miró.

—Creo que ya sabes la respuesta.

—¿Cuál?

—Que sí.

Aquello la hizo sonreír.

—¿No te parece raro Abel?

Vicente tardó varios segundos en responder.

—Sí.

—¿Raro cómo?

—No lo sé.

Miró el horizonte.

—Como si hablara de cosas que ha vivido, no de cosas que ha estudiado.

Gabriela sintió un pequeño escalofrío porque era exactamente lo que ella había pensado.

—A mí me pasa algo más extraño, confesó.

—¿Qué?

Ella dudó porque ni siquiera estaba segura de cómo explicarlo.

—A veces me recuerda a mi padre.

El silencio fue inmediato.

Vicente bajó ligeramente la mirada.

No parecía sorprendido, solo pensativo .

—Lo sé por todas las cosas que me has contado de él.

Gabriela giró la cabeza.

—¿Lo sabes?

—Sí.

—¿Por qué no me lo habías dicho?

Vicente sonrió.

—Porque pensé que era cosa mía.

Aquello la dejó inmóvil.

—¿También lo pensaste?

—Desde la primera clase.

Gabriela observó el mar y por primera vez sintió que no estaba imaginando cosas.

Porque había momentos, pequeños momentos, frases, miradas, gestos, silencios que parecían extrañamente familiares. No iguales pero sí familiares.

Como escuchar una canción nueva que recuerda a otra que conocías de memoria.

—Es absurdo, murmuró.

—Probablemente.

—Ni siquiera se conocieron.

—Lo sé.

Guardaron silencio.

Hasta que Vicente añadió algo inesperado.

—Pero las personas que hacen las mismas preguntas suelen parecerse.

Aquella frase hizo que Gabriela levantara la vista porque sonaba exactamente a algo que habría dicho Abel.

O Alejandro.

Y quizá ése era precisamente el problema.

Los tres parecían pertenecer a la misma conversación.

Una conversación que ella todavía no entendía.

Cuando llegaron al final del paseo, el sol comenzaba a desaparecer, las nubes se teñían de naranja y durante unos segundos todo pareció detenerse.

Entonces Vicente habló.

—¿Sabes qué creo ?

—¿Qué?

—Que Abel no ha llegado aquí por casualidad.

Gabriela sonrió.

—Eso suena muy misterioso.

—Lo sé.

—Y muy poco científico.

—También.

—¿Entonces?

Durante unos segundos Vicente pareció debatirse consigo mismo.

Finalmente habló.

—No sé por qué pero tengo la sensación de que va a cambiar muchas cosas.

Gabriela no respondió porque sentía exactamente lo mismo y aquello era lo extraño.

No conocían a Abel porque llevaba muy poco tiempo en el instituto y, sin embargo, parecía haberse instalado en sus vidas mucho antes de llegar.

Como lo hacen algunas personas,  algunas historias, algunas preguntas.

Y mientras regresaban a casa, ninguno de los dos podía imaginar hasta qué punto aquella sensación era cierta.

Porque lo que todavía no sabían era que Abel había llegado a sus vidas buscando respuestas.

Y que algunas de ellas tenían nombre.

Gabriela.

Vicente.

Y Alejandro.

La siguiente clase comenzó de una forma diferente.

Por primera vez desde que Abel había llegado al instituto, no escribió ninguna pregunta en la pizarra.

No llevó cajas, ni fotografías, ni cartas.

Simplemente entró, se sentó sobre la mesa y permaneció en silencio.

Un silencio largo. Lo bastante largo para que la clase entera dejara de hablar.

Lo bastante largo para que incluso Greta se inquietara .

—Esto da miedo, murmuró.

—Un poco, admitió Vicente.

Abel sonrió.

—Perfecto.

—¿Qué es perfecto? Preguntó Greta.

—Que os habéis dado cuenta.

—¿De qué?

—Del silencio.

Varias personas intercambiaron miradas.

Abel observó el aula.

—¿Cuánto tiempo creéis que pasáis en silencio cada día?

—Muchísimo, dijo alguien.

—Mentira.

Respondió Abel.

Las risas aparecieron.

—¿Cómo que mentira?

—Porque estar callado no es lo mismo que estar en silencio.

El aula volvió a quedarse quieta.

Aquello sonaba exactamente a una de esas frases que parecían sencillas hasta que intentabas entenderlas.

—Explíquese, pidió Greta.

—Con mucho gusto.

Abel se levantó.

Y comenzó a caminar lentamente entre las mesas.

—La mayoría de las personas viven rodeadas de ruido.

—Música.

—Pantallas.

—Mensajes.

—Opiniones.

—Expectativas.

—Miedo.

La última palabra sonó distinta.

Más pesada .

Más real.

—Y llega un momento en que dejan de escucharse a sí mismas.

Gabriela sintió una extraña incomodidad porque sabía exactamente de qué estaba hablando.

Durante meses había evitado el silencio porque el silencio traía recuerdos y los recuerdos traían dolor.

Abel volvió a colocarse frente a la clase.

—Voy a contaros algo.

Aquello despertó inmediatamente la atención de todos porque Abel rara vez hablaba de sí mismo.

—Cuando tenía diecisiete años estaba convencido de que sabía quién era.

Sonrió.

—Era una idea bastante optimista.

Algunas risas aparecieron.

—Entonces ocurrió algo.

La sonrisa desapareció.

Y por primera vez Gabriela vio aquella sombra.

La misma sombra. La que aparecía algunas veces cuando Abel hablaba del tiempo.

O de las pérdidas. O de las personas.

—Algo importante.

El aula permaneció inmóvil.

—Y durante mucho tiempo hice lo que hace casi todo el mundo cuando algo le rompe el corazón.

Guardó silencio.

—Intenté no pensar.

La frase cayó como una piedra porque era cierta.

Terriblemente cierta.

—Funcionó durante un tiempo.

Miró a los alumnos.

—Después dejó de funcionar.

El silencio era absoluto.

—Y entonces descubrí algo.

Abel observó la ventana .

La luz entraba suavemente en el aula.

—Las preguntas que evitamos no desaparecen.

Volvió a mirar a la clase.

—Simplemente esperan.

Aquellas palabras atravesaron a Gabriela porque pensó inmediatamente en Alejandro.

Pensó en todas las preguntas que había intentado evitar.

¿Por qué él?

¿Por qué tan pronto?

¿Habría podido hacer algo más?

¿Dejaría de doler algún día?

Preguntas que seguían allí.

Esperando.

Exactamente como había dicho Abel.

—Por eso el silencio es importante.

Continuó.

—Porque tarde o temprano todos necesitamos sentarnos frente a nuestras preguntas.

—¿Y si no nos gustan las respuestas?, preguntó alguien.

Abel sonrió.

—Esa es la parte divertida.

—No parece divertida.

—Porque todavía no habéis llegado.

Las risas fueron suaves pero ayudaron a romper la tensión.

Entonces Abel hizo algo inesperado.

Miró a los alumnos uno por uno como si quisiera asegurarse de que estaban allí de verdad.

Y después preguntó:

—¿Cuál es la pregunta que más miedo os da haceros?

El aula quedó congelada.

Porque era una pregunta demasiado personal. Demasiado cercana. Demasiado real.

Nadie respondió durante varios segundos .

Hasta que Greta levantó lentamente la mano.

—¿Sí?

—¿Cuenta si es una pregunta ridícula?

—Las preguntas importantes suelen parecer ridículas al principio.

Greta respiró hondo.

—Tengo miedo de descubrir que no soy tan especial como me gustaría creer.

El silencio fue inmediato porque nadie esperaba aquello y mucho menos de Greta.

Pero Abel sonrió. No con compasión sino con respeto.

—Gracias por tu honestidad.

Greta se encogió de hombros como si quisiera quitarle importancia pero Gabriela vio algo.