Infinito Por Infinito CAPITULO CUATRO #3
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CAPITULO CUATRO #3

Gabriela sintió un pequeño escalofrío intuyendo hacia dónde iba y porque, por alguna razón, ya conocía la respuesta aunque todavía no pudiera explicarla.

Abel caminó lentamente frente a las mesas.

—El tiempo es extraño.

Miró a los alumnos.

—Hay minutos que duran años.

Hizo una pausa.

—Y años que duran un minuto.

El corazón de Gabriela se encogió.

Pensó en Alejandro. Pensó en el hospital. Pensó en aquella última conversación.

Y en cómo era capaz de recordarlo todo segundo a segundo mientras que semanas enteras habían desaparecido de su memoria como si nunca hubieran existido.

Abel volvió a apoyarse sobre la mesa.

—La mayoría de la gente cree que la vida se mide en años.

Negó con la cabeza.

—Yo no estoy tan seguro.

Señaló los objetos.

—Creo que la vida se mide en momentos.

Silencio.

—Momentos que nos cambian.

—Momentos que recordamos.

—Momentos que permanecen.

Miró a toda la clase .

—Porque al final nadie recuerda todos los días de su vida.

La voz de Abel se volvió más suave y a la  vez más profunda.

—Recordamos unos pocos y esos pocos terminan definiendo quiénes somos.

Por primera vez desde que había llegado al instituto, Gabriela sintió un nudo en la garganta provocado por Abel. No por tristeza. Por reconocimiento.

Porque entendía exactamente lo que quería decir.

Porque Alejandro seguía viviendo en unos cuantos momentos y  esos momentos seguían cambiándola.

Entonces Abel escribió una frase enorme en la pizarra.

¿QUÉ MOMENTO CAMBIÓ TU VIDA?

El aula entero quedó inmóvil.

Nadie habló. Nadie se movió.

Porque todos comprendieron inmediatamente que algunas preguntas tienen respuestas.

Y otras tienen heridas.

Gabriela observó la frase y supo cuál era su respuesta. La supo al instante.

Tanto que le dolió.

Pero también supo algo más.

Al mirar de reojo a Vicente.

Al ver la forma en que había bajado la mirada comprendió que él también tenía una respuesta y que probablemente ninguno de los dos estaba preparado para decirla en voz alta.

Todavía no.

Pero Abel parecía saberlo porque sonrió y dijo algo que ninguno olvidaría.

—No os preocupéis.

Miró la pregunta escrita en la pizarra.

—Las respuestas importantes siempre llegan despacio.

Y algunas tardan toda una vida .

La pregunta permaneció en la pizarra toda la semana.

¿QUÉ MOMENTO CAMBIÓ TU VIDA?

Y aquello, según Greta, era una crueldad innecesaria.

—Deberían prohibirle escribir cosas así.

—¿Por qué?, preguntó Gabriela.

—Porque ahora no puedo dejar de pensar en ello.

—Creo que esa era exactamente la idea.

—Lo sé y eso es lo peor.

Vicente sonrió.

—Empiezas a parecer una alumna.

—Y tú empiezas a parecer Abel.

—Eso sí que da miedo.

Las risas aparecieron una vez más pero cuando se apagaron, Gabriela se dio cuenta de algo.

Todos estaban cambiando.

No de forma espectacular ni de un día para otro pero las conversaciones eran diferentes, las preguntas eran diferentes. Incluso las bromas parecían esconder algo más profundo.

Y gran parte de la culpa la tenía Abel pues había conseguido algo muy extraño.

Había logrado que pensaran de verdad.

Aquella mañana entró en clase con una libreta vieja bajo el brazo.

Nada más.

Como siempre.

—Tengo otra pregunta, anunció.

Greta dejó caer la cabeza sobre la mesa.

—Sabía que este día llegaría.

—Yo también, respondió Abel.

Las risas recorrieron el aula.

Abel abrió la libreta.

Y escribió una frase en la pizarra.

¿CUÁNDO FUE LA ÚLTIMA VEZ QUE CAMBIASTE DE OPINIÓN SObrE ALGO IMPORTANTE ?

Varias personas fruncieron el ceño.

—¿Eso es bueno o malo?, preguntó alguien.

Abel sonrió.

—Depende.

—¿De qué?

—De si estabas equivocado antes o después.

Más risas.

Pero Abel continuó.

—La mayoría de las personas están muy orgullosas de no cambiar nunca de opinión.

Se apoyó sobre la mesa.

—Yo creo que eso es una tragedia.

El aula quedó en silencio.

—Porque significa que llevas años sin aprender nada realmente importante.

Gabriela sintió una punzada porque recordó algo. Recordó una conversación con Alejandro muchos años atrás. Tendría unos once años.

Habían discutido sobre algo absurdo.

Ya ni siquiera recordaba qué.

Y cuando finalmente Alejandro le dio la razón, ella había sonreído victoriosa.

Entonces él había dicho:

"Ten cuidado con eso."

"¿Con qué?"

"Con creer que ganar una discusión es más importante que descubrir la verdad."

Aquella frase regresó a su memoria con una claridad sorprendente y, por un instante, sintió que Alejandro estaba allí. Tan cerca que casi podía escucharlo.

Abel caminó lentamente por el aula.

—Cuando tenía vuestra edad estaba convencido de muchas cosas.

Los alumnos levantaron la vista.

Era raro que hablara de sí mismo.

—Pensaba que entendía a las personas.

Sonrió .

—No era verdad.

—Pensaba que sabía lo que era el éxito.

Negó con la cabeza.

—Tampoco era verdad.

—Pensaba que el tiempo era infinito.

Aquella frase quedó suspendida en el aire y algo cambió en el rostro de Abel.

Solo un instante, tan breve que casi pasó desapercibido pero Gabriela lo vio.

Una sombra, una tristeza antigua.

Muy parecida a la que había visto tantas veces en Vicente.

Y, por primera vez, se preguntó si Abel también había perdido a alguien.

La idea apareció y desapareció rápidamente pero dejó una sensación extraña pues, de repente, Abel parecía menos profesor y más humano.

—La vida tiene una forma curiosa de enseñarnos, continuó.

—Normalmente empieza quitándonos certezas.

El silencio fue absoluto.

—Y eso duele.

Miró a los alumnos.

—Pero también es el principio de la sabiduría.

Nadie aprende mientras cree que ya lo sabe todo.

El timbre aún tardaría diez minutos en sonar y, sin embargo, nadie parecía mirar el reloj.

Entonces levantó la libreta que había traído.

Era vieja y gastada. Las esquinas estaban dobladas y las páginas algo amarillentas.

—Esta libreta tiene muchísimos años.

Los alumnos observaron en silencio.

—La usé cuando tenía vuestra edad.

Aquello despertó inmediatamente la curiosidad general.

Incluso Greta se incorporó.

—¿Y qué pone?

—Muchas tonterías.

Las risas aparecieron .

—¿Como cuáles?

Abel sonrió.

—Como que estaba convencido de que entendería la vida antes de cumplir los veinte.

Las carcajadas fueron inmediatas.

—¿Y la entendió? Preguntó Greta.

Abel cerró la libreta y con su sonrisa amigable y cálida respondió:

—No.

—¿A los treinta?

—Tampoco.

—¿A los cuarenta?

Abel reflexionó unos segundos.

—Creo que cuanto más vivo, más sospecho que nadie la entiende del todo.

El aula permaneció en silencio y entonces añadió algo que Gabriela jamás olvidaría.

—Quizá el sentido de la vida no sea entenderla.

Miró por la ventana.

El cielo estaba despejado, extrañamente despejado.

—Quizá el sentido de la vida sea vivirla con suficiente intensidad como para que merezca la pena no entenderla.

Nadie habló. Nadie se movió.

Porque algunas frases no se escuchan, se quedan dentro.

Y aquella fue una de ellas.

La conversación comenzó por casualidad o al menos eso pensó Gabriela al principio.

La clase había terminado hacía casi diez minutos.

La mayoría de los alumnos ya se había marchado.

Greta había desaparecido rumbo a una nueva catástrofe social.

Y Vicente estaba en la biblioteca devolviendo unos libros prestados.

Gabriela recogía lentamente sus cosas sin prisa porque últimamente había días en los que volver a casa resultaba más difícil que quedarse.

No porque no quisiera estar allí sino porque todavía había rincones que le recordaban demasiado a Alejandro .

La cocina, el sofá, la mesa donde hablaban durante horas.

Algunas ausencias tienen dirección y la de Alejandro seguía viviendo en muchos lugares.

Cuando salió al pasillo descubrió que Abel estaba guardando algo en un armario.

Por un instante pensó en seguir caminando pero entonces él levantó la vista.

—Gabriela.

Se detuvo.

—¿Sí?

Abel cerró el armario.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

Aquello la hizo sonreír.

—Creo que es contagioso.

Abel pareció divertido.

—¿El qué?

—Las preguntas.

—Es posible.

Durante unos segundos permanecieron en silencio.

Después Abel habló.

—La nota.

Gabriela levantó la vista.

—¿Qué pasa con ella?

—Nada.

Sonrió.

—Solo tenía curiosidad.

Aquella palabra le llamó la atención.

Curiosidad. No evaluación. No control. Curiosidad. Como si realmente le interesara.

—¿La escribiste?

Gabriela asintió.

—Sí.

—¿Te costó?

Aquello la sorprendió porque era exactamente la pregunta correcta.

—Mucho .

Abel asintió lentamente como si ya lo supiera.

—Las importantes suelen costar.

Volvió a guardar unos libros y añadió:

—¿Sabes qué descubrí cuando tenía vuestra edad?

Gabriela negó con la cabeza.

—Que la mayoría de las personas creen que los recuerdos sirven para mirar atrás.

Guardó silencio.

—Y se equivocan.

Ella frunció ligeramente el ceño.

—¿Entonces para qué sirven?

Abel la observó. No como un profesor. No como un adulto. Como alguien intentando responder de verdad.

—Para seguir caminando.

La frase quedó suspendida entre ambos y, por alguna razón, Gabriela sintió un nudo en la garganta al pensar inmediatamente en Alejandro.

En todas las veces que había recordado algo suyo para tomar una decisión, en todas las veces que se había preguntado qué habría dicho,  qué habría pensado, qué habría hecho.

Abel continuó.

—La gente cree que recordar significa quedarse atrapado.

Negó suavemente con la cabeza.

—Pero a veces recordar es exactamente lo que te permite avanzar.

Gabriela bajó la mirada porque aquella frase le dolió.

No por triste sino por cierta, demasiado cierta.

Durante unos segundos ninguno habló.

Hasta que Abel hizo una pregunta inesperada.

—¿Tu padre hacía muchas preguntas?

El corazón de Gabriela se detuvo.

Literalmente.

Un instante.

Solo un instante.

Pero suficiente.

Porque jamás había mencionado a Alejandro delante de él.

—¿Cómo... ?

La voz se apagó.

Abel pareció comprender inmediatamente su sorpresa.

— Imaginé que hacía muchas preguntas.

—¿Por qué?

Sonrió.

—Porque tú las haces.

Gabriela permaneció inmóvil y entonces sintió algo extraño, algo que no sabía nombrar.

Porque aquella respuesta era sencilla. Completamente lógica.

Y aun así....

no era eso.