Infinito Por Infinito CAPITULO CUATRO #2
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CAPITULO CUATRO #2

Otros soltaron pequeños gemidos de desesperación.

Y Greta apoyó la cabeza sobre la mesa .

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Esto parece una actividad de terapia.

—Eso es porque probablemente lo es.

Las carcajadas recorrieron el aula.

Abel esperó a que se apagaran y entonces habló.

—Quiero que escribáis una nota para vosotros mismos dentro de veinte años.

El silencio volvió.

—¿Veinte?

Preguntó alguien.

—Veinte.

—¿Y si para entonces no la encuentro?

—Ése será un problema del futuro.

Las risas reaparecieron pero Abel continuó.

—No quiero que escribáis quién creéis que seréis.

Hizo una pausa.

—Quiero que escribáis quién esperáis no dejar de ser.

Aquella frase cayó sobre el aula como piedra en agua tranquila.

Las conversaciones desaparecieron.

Incluso Greta dejó de bromear.

Porque aquella pregunta era distinta.

Mucho más difícil, mucho más peligrosa.

Abel caminó lentamente entre las mesas.

—Podéis hablar de vuestros sueños.

—De vuestros miedos.

—De lo que os gustaría recordar.

—O de aquello que tenéis miedo de olvidar.

Cuando pronunció aquella última frase, Gabriela sintió un escalofrío.

Y al mirar de reojo descubrió que Vicente también había levantado la vista.

Solo un instante .

Pero ambos pensaron exactamente en lo mismo.

Alejandro.

Lucía.

La memoria.

La ausencia.

Las cosas que uno intenta conservar cuando el tiempo empieza a llevárselas.

—No voy a leerlas, añadió Abel.

La sorpresa fue inmediata.

—¿Entonces para qué escribirlas?

Abel sonrió.

—Porque algunas cosas no se escriben para que las lean otros.

Miró a toda la clase.

—Se escriben para entenderlas uno mismo.

Y aquello produjo un silencio diferente.

Más profundo, más personal.

Gabriela observó la hoja en blanco frente a ella y por primera vez no supo qué escribir.

Porque veinte años eran demasiados.

Veinte años era casi otra vida.

Intentó imaginar cómo sería con esa edad.

No pudo.

Intentó imaginar cómo sería el mundo.

Tampoco pudo.

Y entonces recordó la verdadera pregunta.

No quién sería sino quién esperaba no dejar de ser.

La punta del bolígrafo tocó el papel.

Y las palabras comenzaron a aparecer.

Hola.

Si estás leyendo esto significa que han pasado veinte años.

Espero que sigas haciéndote preguntas.

Se detuvo porque aquello sonaba exactamente a Alejandro.

Y por primera vez desde su muerte sonrió mientras pensaba en él.

No con tristeza sino con cariño y gratitud.

Al otro lado del aula, Vicente también escribía .

Más despacio. Más concentrado.

Como si cada frase pesara mucho más de lo habitual.

Y durante un segundo Gabriela sintió curiosidad.

No por leer su nota que jamás habría hecho eso sino por saber qué estaba intentando conservar. Qué parte de sí mismo temía perder con el paso de los años.

El tiempo transcurrió en silencio.

Un silencio lleno de bolígrafos.

De pensamientos.

De recuerdos.

Y cuando faltaban pocos minutos para terminar la clase, Abel volvió a colocarse frente a ellos.

—Guardad lo que habéis escrito.

Los alumnos obedecieron.

—No lo rompáis.

—No lo perdáis.

—Y no lo releáis esta semana.

Varias personas protestaron.

—¿Por qué?

Abel sonrió.

—Porque algunas preguntas necesitan tiempo para responderse.

Miró las mochilas, las cartas, los rostros.

Y añadió:

—Y porque, a veces, la persona que seremos sabe cosas que la persona que somos todavía no puede entender.

El timbre sonó pero nadie se levantó inmediatamente como había ocurrido la semana anterior.

Una vez más Abel había conseguido algo extraño.

No les había enseñado una respuesta.

Les había regalado una pregunta.

Y, para sorpresa de todos, empezaban a descubrir que las preguntas podían ser mucho más interesantes.

El ejercicio de esa clase siguió ocupando la cabeza de Gabriela durante varios días. Más de los que estaba dispuesta a admitir .

Porque había algo extraño en las preguntas de Abel.

No desaparecían cuando terminaba la clase, se quedaban.

Como canciones pegadizas.

O como las frases importantes de los libros.

Y cuanto más intentabas ignorarlas, más regresaban.

Aquella semana todo el instituto parecía hablar del nuevo profesor.

Incluso los alumnos que no tenían clase con él.

—Mi hermano dice que les hizo debatir durante una hora sobre si es peor fracasar o no intentarlo nunca, comentó Greta durante el recreo.

—¿Y a qué conclusión llegaron?, preguntó Gabriela.

—A ninguna.

—Entonces parece una clase normal de Abel.

Vicente sonrió.

—Creo que precisamente esa era la conclusión.

Greta señaló a ambos.

—¿Veis?

Ya habláis como él.

—Eso empieza a preocuparme, dijo Gabriela.

—A mí también, respondió Vicente.

Pero ninguno parecía realmente preocupado.

La verdad era que las clases de Abel estaban cambiando algo.

No solo en ellos, en toda la clase.

Los alumnos discutían más, pensaban más y, sobre todo, empezaban a hacerse preguntas que normalmente evitaban.

Aquella mañana Abel entró en el aula sin carpeta, sin libros, sin nada.

Lo cual ya se estaba convirtiendo en una costumbre inquietante.

—Hoy no vais a escribir, anunció.

Varias personas aplaudieron.

—Tampoco vais a hacer examen.

Más aplausos.

—Ni vais a tomar apuntes.

Greta se puso en pie .

—Señor Abel, quiero dejar constancia de que es usted mi profesor favorito.

Las risas llenaron el aula.

Abel sonrió.

—Gracias, Greta.

Abel esperó a que regresara el silencio.

Después escribió una única frase en la pizarra.

¿QUÉ ES EL ÉXITO?

Gabriela observó la pregunta y sintió inmediatamente que aquello iba a complicarse porque todas las preguntas de Abel acababan complicándose.

—Bien, dijo él.

—¿Quién quiere responder?

Las manos comenzaron a levantarse.

—Tener dinero.

—Ser famoso.

—Tener trabajo.

—Conseguir tus objetivos.

—Que la gente te admire.

Abel fue anotando cada respuesta, sin corregir ninguna, sin decir si eran correctas o incorrectas. Como siempre.

Cuando terminó, dejó la tiza y miró a la clase.

—Interesante.

Señaló la lista.

—Ahora imaginad una persona con muchísimo dinero.

Varias cabezas asintieron.

—Famosa.

Más asentimientos.

—Admirada.

Otro grupo asintió.

—Y completamente infeliz.

El aula quedó en silencio.

Abel sonrió .

—¿Seguiría siendo una persona de éxito?

La pregunta cayó sobre todos como una piedra pues acababa de destruir todas las respuestas anteriores.

Y Gabriela sintió algo parecido a la frustración.

La misma frustración que sentía Alejandro cuando desmontaba una idea que parecía evidente.

Vicente levantó la mano.

Abel asintió.

—Creo que depende.

—¿De qué?

Vicente pensó unos segundos.

—De quién esté definiendo el éxito.

Una sonrisa apareció en el rostro de Abel.

No una sonrisa de aprobación, una sonrisa de interés.

—Esa es una buena pregunta.

Después miró al resto de la clase.

—Quizá ése sea el problema.

Guardó silencio.

—Pasamos media vida persiguiendo definiciones que nos han dado otras personas.

El aula permaneció inmóvil.

—Y muy poca intentando descubrir las nuestras.

Gabriela observó a Abel y por primera vez tuvo una sensación extraña, la de que no estaba enseñando filosofía. Ni siquiera estaba enseñando a pensar.

Parecía estar intentando prepararles para algo.

Como si supiera algo que ellos todavía no sabían, como si estuviera intentando entregarles herramientas antes de que las necesitaran.

La idea apareció y desapareció rápidamente pero dejó una sensación extraña.

Una sensación familiar. Muy familiar.

Exactamente la misma que sentía cuando hablaba con Alejandro.

Y aquello la inquietó.

Nadie debería parecerse tanto a alguien que ya no estaba.

Nadie .

Cuando sonó el timbre, los alumnos comenzaron a levantarse pero Gabriela permaneció sentada unos segundos observando la pregunta que seguía escrita en la pizarra.

¿QUÉ ES EL ÉXITO?

Y por primera vez en mucho tiempo no pensó en notas.

Ni en estudios. Ni en dinero. Pensó en Alejandro. Pensó en Lucía. Pensó en Greta. Pensó en Vicente.

Y una respuesta comenzó a formarse lentamente dentro de ella.

Una que todavía no estaba preparada para decir en voz alta pero que, por alguna razón, sabía que Abel terminaría obligándola a descubrir.

La siguiente clase comenzó de una forma extraña.

Abel llegó cinco minutos tarde.

Lo cual no tendría nada de particular si no fuera porque era la primera vez que ocurría y porque durante ese tiempo la clase entera estuvo hablando de él.

—Seguro que está preparando otra pregunta imposible, dijo Greta.

—O peor, respondió Gabriela.

—¿Peor que eso?

—Una pregunta imposible sobre nosotros mismos.

Vicente sonrió.

—Definitivamente peor.

Las risas se apagaron cuando la puerta se abrió.

Abel entró con una caja de cartón.

Una caja vieja.

Pequeña.

Y completamente cerrada.

La dejó sobre la mesa.

Y durante unos segundos no dijo nada.

Simplemente observó a los alumnos.

—Hoy vamos a hablar de una palabra.

Se volvió hacia la pizarra y escribió:

TIEMP O

Varias caras mostraron decepción.

—¿Tiempo?, preguntó Greta.

—Sí.

—Esperaba algo más emocionante.

—Eso es porque todavía no entiendes lo peligrosa que es esa palabra.

La clase sonrió pero Abel no parecía estar bromeando.

Observó la palabra escrita como si fuera algo importante, como si escondiera algo.

—Decidme.

Miró a los alumnos.

—¿Qué es el tiempo?

—Un reloj.

—Las horas.

—Lo que pasa entre una clase y otra.

—Lo que tarda Greta en empezar a hablar, dijo Vicente.

Las carcajadas estallaron.

—Traidor.

—Era demasiado fácil.

Abel sonrió y después negó con la cabeza.

—No.

Señaló la palabra.

—Eso no es el tiempo.

El aula quedó en silencio.

—Eso es cómo lo medimos.

La diferencia era pequeña.

Pero también enorme.

Abel abrió la caja y comenzó a sacar objetos.

Una fotografía antigua, un reloj roto, una entrada de cine, una carta amarillenta, una pulsera desgastada.

Los colocó sobre la mesa y después miró a la clase.

—¿Qué tienen en común?

Los alumnos observaron los objetos.

—Son viejos.

—No valen mucho.

—Parecen recuerdos .

Abel asintió lentamente.

—Exacto.

Tomó la fotografía.

—Esta foto tiene más de treinta años.

La dejó otra vez sobre la mesa.

—Y sin embargo hay días en los que me parece que fue ayer.

El aula guardó silencio.

Abel tomó la entrada de cine.

—Y hay películas que vi hace seis meses y que apenas recuerdo.