Infinito Por Infinito CAPITULO CUATRO
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CAPITULO CUATRO

El nuevo profesor

El silencio que siguió a la presentación duró apenas unos segundos pero para Gabriela pareció más largo.

No por el recuerdo de su primer encuentro. No porque hubiera nada especialmente llamativo en aquel hombre, ni especialmente elegante, ni tenía esa presencia exagerada que algunos profesores intentaban proyectar.

Era justo lo contrario.

Parecía alguien completamente normal.

Y, sin embargo, algo en él hacía que resultara difícil apartar la mirada.

Tal vez era la calma.

O la forma en que observaba a las personas, como si realmente las viera.

No solo sus caras, no solo sus nombres.

A ellas.

Abel dejó una carpeta sobre la mesa. Miró a los alumnos. Y sonrió.

—Antes de empezar quiero haceros una pregunta.

Varios estudiantes intercambiaron miradas de resignación.

Aquello nunca era una buena señal.

—¿Entrará en examen?, preguntó alguien desde el fondo.

Abel sonrió.

—Probablemente no.

—Entonces nadie va a responder.

Las risas recorrieron el aula.

Abel asintió lentamente.

—Es una respuesta bastante sincera.

Aquello provocó más risas y Gabriela vio algo extraño.

Abel parecía disfrutar de las respuestas reales incluso cuando eran absurdas .

No parecía el tipo de profesor que buscaba quedar por encima de los alumnos. Parecía alguien que tenía curiosidad pero curiosidad de verdad.

Abel apoyó las manos sobre la mesa.

—Mi pregunta es sencilla.

Miró a toda la clase.

—¿Qué es lo más importante de vuestra vida?

El silencio fue inmediato.

Algunos alumnos soltaron pequeñas risas, otros se encogieron de hombros.

Greta levantó la mano.

Gabriela cerró los ojos.

Aquello nunca terminaba bien.

—¿Sí?, preguntó Abel.

—Dormir.

Las carcajadas llenaron el aula.

Abel pareció reflexionar.

—Respuesta razonable.

—Gracias.

Nadie aprecia mi compromiso con el descanso.

—Yo sí.

Greta sonrió satisfecha.

—Ya me cae bien.

Abel siguió observando la clase.

—¿Alguna respuesta más?

—Mi móvil.

—El fútbol.

—Mi perro.

—La pizza.

—Netflix.

Las respuestas comenzaron a sucederse y Abel escuchó cada una.

Como si todas merecieran atención.

Sin burlarse, sin corregir, sin juzgar .

Cuando terminaron, permaneció unos segundos en silencio.

Después caminó despacio frente a las mesas.

—La mayoría de profesores os hablarán este año de fechas.

Señaló la puerta.

—Historia.

Después una ventana.

—Geografía.

Luego un libro.

—Literatura.

Finalmente se señaló a sí mismo.

—Yo voy a hablaros de algo distinto.

La clase guardó silencio. Incluso Greta, lo cual empezaba a ser preocupante.

Abel continuó.

—No voy a enseñaros únicamente filosofía.

Hizo una pausa.

—Voy a intentar enseñaros a hacer preguntas.

Algunos alumnos fruncieron el ceño.

Otros parecieron confundidos.

Gabriela sintió algo especial porque aquellas palabras le recordaron a alguien.

Muchísimo.

Abel comenzó a caminar otra vez.

—La mayoría de las personas creen que crecer consiste en encontrar respuestas.

Miró a los alumnos.

—Yo creo que crecer consiste en aprender a hacer mejores preguntas.

El aula permaneció completamente en silencio.

Y por primera vez desde que había entrado, Gabriela sintió un escalofrío porque Alejandro decía algo muy parecido.

No igual.

Pero muy parecido.

Abel se sentó sobre el borde de la mesa .

—Así que este trimestre vamos a hablar de las cosas verdaderamente importantes.

Alguien levantó la mano.

—¿Como cuáles?

Abel sonrió.

Y durante un segundo pareció más joven. Más cercano. Más humano.

—Como el miedo.

El aula quedó en silencio.

—Como la amistad.

Gabriela miró a Vicente.

—Como la pérdida.

Su corazón se detuvo un instante.

—Como el amor.

Varias risas nerviosas aparecieron en clase.

—Como el tiempo.

—Como la felicidad.

—Como la muerte.

Las últimas palabras quedaron suspendidas en el aire y algo cambió.

Porque de repente ya no parecía una presentación.

Parecía una conversación que todos llevaban años necesitando.

Abel observó a los alumnos.

Uno por uno.

Y después hizo la pregunta que cambiaría el resto de la clase.

—Decidme una cosa.

Su voz se volvió más suave.

Más profunda.

—Si supierais con absoluta certeza que os queda exactamente un año de vida...

El silencio fue absoluto.

Incluso Greta dejó de moverse.

—¿Seguiríais viviendo exactamente igual que ahora?

Nadie respondió porque nadie esperaba aquella pregunta.

Porque nadie estaba preparado para ella .

Y porque, por primera vez en mucho tiempo, la clase entera estaba pensando de verdad.

Abel sonrió.

Una sonrisa tranquila.

Como si aquella reacción fuera exactamente la que esperaba.

—Perfecto.

Miró el reloj y añadió:

—Entonces ya hemos empezado.

Nadie respondió.

Durante varios segundos el aula permaneció completamente en silencio.

No un silencio incómodo. No un silencio aburrido. Un silencio distinto.

El silencio que aparece cuando una pregunta consigue entrar donde normalmente no llegan las palabras.

Abel observó a los alumnos. No parecía esperar una respuesta inmediata. Como si supiera que las preguntas importantes siempre tardan un poco en encontrar sitio.

Finalmente, una mano se levantó al fondo.

Greta.

Por supuesto.

—¿Sí?, preguntó Abel.

—¿Un año exacto?

—Exacto.

—¿Trescientos sesenta y cinco días?

—Sí.

Greta reflexionó unos segundos.

—Entonces suspendería matemáticas con muchísima tranquilidad.

Las carcajadas estallaron en el aula.

Incluso Abel se rio.

—Aprecio tu sinceridad.

—Mi madre no.

Más risas.

Pero cuando el ruido se apagó, Abel volvió a hablar.

—La mayoría de la gente responde algo parecido .

Los alumnos lo miraron.

—Viajaría más.

Levantó un dedo.

—Me enamoraría.

Otro dedo.

—Pasaría más tiempo con mi familia.

Otro.

—Dejaría de preocuparme por tonterías.

Guardó silencio.

—Y entonces aparece una pregunta interesante.

Se incorporó.

—¿Por qué esperamos a que la vida se vuelva corta para empezar a vivirla de verdad?

El aula quedó inmóvil.

Gabriela sintió un déjà vu p orque era exactamente el tipo de pregunta  que habría hecho Alejandro.

No una pregunta con respuesta.

Una pregunta que se quedaba contigo.

Una pregunta que seguía funcionando después de terminar la conversación.

Abel comenzó a caminar entre las filas.

—Os han enseñado muchas cosas.

Miró a un grupo de alumnos.

—Cómo resolver ecuaciones.

A otro.

—Cómo analizar un texto.

A otro.

—Cómo memorizar fechas.

Se detuvo.

—Pero nadie os enseña a perder a alguien.

El corazón de Gabriela se tensó.

—Nadie os enseña qué hacer cuando tenéis miedo.

Vicente bajó ligeramente la mirada.

—Nadie os enseña cómo decidir quién queréis ser .

El aula seguía completamente en silencio porque todos estaban escuchando, incluso los que normalmente no escuchaban nunca.

—Y, sin embargo.....

Abel sonrió.

—Esas son las cosas que terminan ocupando la mayor parte de vuestra vida.

Gabriela observó a Vicente y descubrió que él también estaba escuchando de una forma distinta. Más atento. Más concentrado. Como si aquella clase no se pareciera a ninguna otra que hubiera tenido.

Probablemente porque no se parecía.

Abel volvió a sentarse sobre la mesa.

—Así que este trimestre vamos a hablar de preguntas.

Tomó una tiza.

Y escribió algo enorme en la pizarra.

¿QUÉ HACE QUE UNA VIDA MEREZCA LA PENA?

La frase ocupó casi media pared.

Algunos alumnos la leyeron dos veces.

Otros tres.

Porque era una pregunta incómoda.

Una pregunta enorme.

Una pregunta imposible.

Y precisamente por eso era interesante.

—No quiero la respuesta correcta, dijo Abel.

—Porque no existe.

Miró a toda la clase.

—Quiero vuestra respuesta.

Señaló la frase.

—La que tengáis ahora.

Aunque dentro de diez años sea diferente.

Volvió a guardar silencio.

Y entonces añadió:

—Porque las respuestas cambian.

Su mirada recorrió lentamente el aula .

—Pero las preguntas importantes permanecen.

Gabriela sintió algo extraño.

La misma sensación que había tenido algunas veces hablando con Alejandro.

Como si una puerta se hubiera abierto, como si hubiera algo detrás, algo que todavía no podía ver pero que existía.

Y, por primera vez desde que comenzó la clase, levantó la mano.

Abel la señaló.

—¿Sí?

Gabriela dudó.

No estaba acostumbrada a hablar delante de todos.

Mucho menos desde la muerte de Alejandro.

Pero algo la impulsó a hacerlo.

—¿Y si no lo sabemos?

Abel sonrió.

No una sonrisa de profesor.

No una sonrisa de alguien que ya conoce la respuesta.

Una sonrisa de alguien que aprecia la pregunta.

—Entonces ya vais por delante de la mayoría de los adultos.

Las risas recorrieron el aula pero Abel negó con la cabeza.

—Lo digo en serio.

Miró la pregunta escrita en la pizarra.

—El problema no es no tener respuestas.

Hizo una pausa.

—El problema es dejar de hacerse preguntas.

El timbre sonó justo entonces y el aula entero pareció despertar.

Mochilas. Libros. Conversaciones. Sillas arrastrándose.

La vida recuperando su velocidad habitual.

Pero algo era diferente.

Porque nadie salió hablando del examen siguiente, ni del partido del fin de semana, ni de las vacaciones. Todos hablaban de la pregunta.

La misma pregunta.

La enorme pregunta escrita en la pizarra.

Y mientras Gabriela recogía sus cosas, escuchó a Vicente murmurar a su lado :

—Qué raro!

—¿Qué?

Vicente seguía mirando a Abel.

—Es la primera vez que salgo de una clase con más preguntas que cuando entré.

Gabriela sonrió.

—Creo que ésa era exactamente la idea.

Y por primera vez desde que había llegado al instituto, tuvo la sensación de que el nuevo trimestre acababa de empezar de verdad.

La semana siguiente, cuando Abel entró en clase, llevaba una única hoja de papel en la mano.

Nada más. Ni libros. Ni apuntes. Ni ordenador.

Greta lo observó con desconfianza.

—Nunca es buena señal cuando un profesor trae menos material que los alumnos.

—Quizá hoy no trabajemos, sugirió alguien.

—Ojalá.

Abel dejó la hoja sobre la mesa.

—Tengo una noticia buena y una mala.

Los alumnos se miraron.

—La mala primero!, dijo Greta.

—La mala es que vais a trabajar.

—Ya lo sabía.

—La buena es que no hay respuestas correctas.

—Eso también suena peligroso.

Abel sonrió.

—Lo es.

Tomó una tiza y escribió una frase en la pizarra.

¿Temes perder algo con el paso de los años?

Algunos alumnos fruncieron el ceño.