CAPÍTULO TRES #4
Pensó en Alejandro. Pensó en el hospital. Pensó en los últimos días.
Y en cómo algunas noches aquellos recuerdos intentaban ocupar todo el espacio. Como si quisieran borrar los demás. Las conversaciones, las risas, las tardes normales. La vida.
Sin pensarlo, Gabriela tomó la mano de Vicente.
Simplemente la tomó.
Nada más.
Sin discursos. Sin frases perfectas.
Porque había aprendido algo de Alejandro.
Cuando alguien está sufriendo, las palabras suelen llegar tarde, la compañía no.
Vicente bajó la mirada .
Y durante varios segundos ninguno habló.
El viento seguía soplando, las olas seguían rompiendo contra las rocas, el mundo seguía girando pero algo había cambiado. Porque por primera vez desde que se conocían, Vicente ya no estaba solo con aquella historia.
Y por primera vez desde la muerte de Alejandro, Gabriela sintió que tampoco estaba sola con la suya.
Permanecieron allí hasta que el sol comenzó a esconderse.
Y mientras observaban la torre del Castillo de Sant Joan teñirse de naranja, Gabriela comprendió algo.
Aquella tarde no acababan de hacerse amigos.
Eso había empezado semanas atrás.
Aquella tarde había ocurrido algo más importante.
Habían dejado de ser dos personas que compartían conversaciones para convertirse en dos personas que compartían sus heridas.
Y eso cambia una amistad para siempre.
Después de aquella tarde junto al mar, las cosas dejaron de ser complicadas. No porque la vida se volviera más fácil. Ni porque desaparecieran las heridas. Ni porque el dolor decidiera marcharse.
Simplemente dejaron de fingir.
Gabriela dejó de fingir que estaba bien.
Y Vicente dejó de fingir que quería estar solo.
Eso fue suficiente.
Las semanas siguientes transcurrieron deprisa. Más deprisa de lo habitual. Hubo tardes en la biblioteca. Hubo mensajes a medianoche sobre exámenes imposibles. Hubo discusiones absurdas sobre libros. Hubo bromas. Hubo silencios, muchos silencios pero ya no eran incómodos.
Eran silencios compartidos, de esos que solo existen entre personas que se conocen de verdad.
Sin darse cuenta, dejaron de buscarse por casualidad y empezaron a hacerlo por costumbre.
Si Gabriela llegaba antes a clase, buscaba automáticamente la ventana .
Si Vicente entraba en la biblioteca, miraba primero la mesa donde ella solía sentarse.
Ninguno hablaba de ello pero ambos lo sabían y lo necesitaban más de lo que estaban dispuestos a reconocer.
Una mañana, mientras caminaban hacia clase, Laia los observó durante varios segundos.
—Esto empieza a ser sospechoso.
—¿Qué cosa?, preguntó Gabriela.
—Vosotros.
—¿Nosotros qué?
—Pasáis más tiempo juntos que conmigo.
Vicente levantó la vista del libro.
—Eso es matemáticamente imposible.
—¿Lo ves?, dijo Laia señalándolo.
—Ya habla como tú.
—Eso tampoco tiene sentido.
—Exacto.
Ya sois la misma persona.
Gabriela soltó una carcajada.
Vicente negó con la cabeza.
Y Laia sonrió satisfecha.
Porque incluso ella podía ver algo evidente, ambos estaban mejor. Mucho mejor. No curados. No felices todo el tiempo. Pero mejor.
Y eso ya era una victoria.
Llegó diciembre.
Después llegaron las vacaciones.
El tiempo siguió avanzando. Como siempre hacía. Sin pedir permiso. Sin detenerse.
Y cuando terminaron las clases antes de Navidad, Gabriela descubrió algo extraño.
Ya no le daba miedo el futuro. O al menos no tanto.
Porque durante meses había sentido que caminaba sola. Y ahora no.
Ahora tenía a Greta. Tenía a Laia. Tenía a otras amigas. Tenía a Vicente .
Y tenía todas aquellas enseñanzas de Alejandro que seguían acompañándola cada día.
Tal vez la ausencia seguía allí pero ya no ocupaba todo el espacio. Y eso cambiaba muchas cosas.
Las vacaciones pasaron deprisa. Demasiado deprisa.
Y cuando comenzó el nuevo trimestre, Gabriela volvió al instituto con una sensación diferente.
No sabía exactamente cuál, quizá tranquilidad, quizá esperanza, quizá ambas.
Aquella mañana el cielo estaba despejado, no llovía. Por primera vez en mucho tiempo.
Vicente la esperaba junto a la entrada.
—Has llegado tarde.
—He llegado con personalidad.
—Sigues usando esa excusa.
—Porque sigue funcionando.
Comenzaron a caminar por el pasillo. Los alumnos hablaban. Los profesores organizaban horarios. Todo parecía normal.
Hasta que entraron en el aula…..y descubrieron que había alguien nuevo…..
Cabello oscuro salpicado de algunas canas.
Rostro tranquilo.
Una expresión serena.
Y unos ojos que Gabriela ya había visto antes y que parecían observar más de lo que mostraban.
Gabriela no supo explicar por qué pero en cuanto lo vio sintió una sensación extraña.
Como si aquella persona ya formara parte de algo importante.
- Ostras, el señor con el que me choqué el día que fuimos a ver a Ibai!, le comentó sonrojada a Laia.
La directora entró detrás de él. Y sonrió.
—Antes de empezar la clase quiero presentaros a alguien, a vuestro profe de filosofía.
Los alumnos levantaron la vista. Algunos con interés. La mayoría con resignación .
El hombre sonrió ligeramente.
Una sonrisa tranquila, casi melancólica.
—Os presento al profesor Abel.
Por alguna razón, el silencio pareció durar un segundo más de lo normal.
Gabriela observó al hombre y entonces ocurrió algo extraño.
Abel recorrió el aula con la mirada.
Fila por fila.
Alumno por alumno.
Hasta llegar a ella.
Solo un instante.
Una fracción de segundo.
Pero cuando sus ojos se cruzaron, Gabriela sintió algo imposible de describir.
No solo reconocimiento por haberse ya visto anteriormente.
No exactamente.
Algo parecido a la sensación de recordar un sueño olvidado.
Algo familiar.
Algo imposible.
Después desapareció.
Y Abel continuó observando la clase.
Como si nada hubiera ocurrido.
Como si aquel instante no hubiera existido.
—Encantado de conoceros!, dijo.
Su voz era tranquila.
Profunda.
Y por alguna razón el aula entera guardó silencio.
Incluso Greta, lo cual era casi sobrenatural.
Gabriela miró de reojo a Vicente y descubrió que él también observaba al nuevo profesor con una expresión extraña, pensativa, como si intentara recordar algo.
—¿Qué pasa?, murmuró ella.
Vicente tardó varios segundos en responder sin apartar la vista de Abel.
—No lo sé .
—¿Qué?
—Es raro.
—¿El qué?
Vicente frunció ligeramente el ceño y entonces dijo una frase que ninguno de los dos olvidaría jamás.
—Tengo la sensación de que ya lo he conocido antes.
Y, sin saberlo, en aquel instante acababa de comenzar la parte más importante de sus vidas.