CAPÍTULO TRES #3
Le contó cómo Alejandro convertía cualquier conversación en una reflexión.
Cómo era capaz de hacer preguntas absurdas que acababan ocupando toda una tarde.
Cómo tenía la costumbre de escuchar hasta el final antes de responder.
Cómo parecía encontrar siempre algo interesante en las personas incluso cuando ellas mismas no lo conseguían.
Y mientras hablaba descubrió algo.
Vicente escuchaba. No fingía escuchar. No esperaba su turno para hablar. Escuchaba de verdad. Con atención, con interés, con respeto.
Y aquello hizo que Gabriela siguiera hablando.
Porque llevaba semanas necesitando exactamente eso, alguien que escuchara.
Nada más.
Cuando terminó, se sorprendió a sí misma.
Llevaba casi veinte minutos hablando de Alejandro.
Y por primera vez no había sentido dolor. O al menos no solo dolor.
También gratitud. También cariño. También recuerdos.
Vicente observó la lluvia unos segundos.
Después habló.
—Debía de ser una buena persona.
Aquella frase era sencilla, muy sencilla pero por alguna razón fue la que más la emocionó.
Porque no sonaba a compasión, sonaba a verdad.
—Lo era, murmuró Gabriela.
Continuaron caminando.
Y por primera vez desde que se conocían, el silencio que apareció después no fue el silencio de dos desconocidos.
Fue el silencio de dos personas que empezaban a confiar la una en la otra sin saber todavía que aquello era solo el principio.
Durante los días siguientes, Gabriela llegó a una conclusión .
Vicente era una contradicción andante pues cuanto más lo conocía, menos lo entendía. Y cuanto menos lo entendía, más le interesaba conocerlo.
Seguía siendo reservado. Seguía hablando poco. Seguía pasando más tiempo observando que participando pero ahora empezaban a aparecer pequeñas fisuras en su caparazón.
Pequeños detalles. Pequeñas versiones de él mismo que antes permanecían ocultas.
Por ejemplo, había descubierto que cuando algo le hacía gracia pero no quería sonreír, hacía una pequeña mueca con su boca y ojos.
También había descubierto que le encantaban los libros y que era capaz de recordar frases completas meses después de leerlas.
Y había descubierto algo más.
Algo que le llamaba especialmente la atención.
Vicente siempre llevaba la misma mochila. Una mochila negra, vieja, bastante gastada.
Y, por alguna razón, parecía protegerla más que cualquier otra cosa.
Aquella tarde volvieron a encontrarse en la biblioteca.
El trabajo avanzaba bien. Demasiado bien. Lo que significaba que pasaban más tiempo hablando que trabajando.
—Estamos siendo irresponsables, dijo Gabriela.
—Probablemente, respondió Vicente.
—¿Y no te preocupa?
—No especialmente.
—¿Qué has hecho con el chico serio que conocí?
—Se cansó de ti.
—Eso es imposible.
—Lo sé.
Ambos sonrieron.
Y fue entonces cuando ocurrió.
Vicente abrió la mochila para sacar un libro y algo cayó al suelo.
Un pequeño colgante plateado.
Gabriela se agachó instintivamente para recogerlo pero antes de que pudiera hacerlo, Vicente ya lo tenía en la mano .
Demasiado rápido. Demasiado nervioso. Demasiado protector.
Durante unos segundos ninguno habló.
El colgante descansaba en la palma de su mano.
Era sencillo. Nada especial.
Pero la forma en que lo observaba lo convertía en algo importante, muy importante.
—Lo siento, dijo Gabriela.
Vicente negó con la cabeza.
—No pasa nada.
Pero esta vez su voz era diferente. Más baja. Más distante. Como si acabara de regresar a un lugar donde no quería estar.
Gabriela observó el colgante y por primera vez decidió preguntar no por curiosidad sino por preocupación.
—¿Era de la persona de la fotografía?
Vicente permaneció inmóvil durante varios segundos y después asintió solamente una vez. Una vez nada más.
Y aquel gesto confirmó algo que Gabriela llevaba tiempo sospechando. La tristeza de Vicente tenía nombre. Todavía no sabía cuál pero tenía un nombre y seguía allí. Muy presente.
—Debía de ser alguien importante, dijo suavemente.
Vicente observó el colgante y sonrió.
Una sonrisa triste pero llena de cariño.
—La persona más importante de mi vida.
Aquella respuesta cayó entre ellos como una piedra.
Pesada. Sincera. Real.
Gabriela no supo qué decir porque comprendió inmediatamente algo. Aquello no era una herida reciente, era una herida antigua, una de esas heridas que aprendes a llevar contigo pero que nunca desaparecen del todo.
Vicente guardó el colgante lentamente. Como si estuviera devolviendo algo valioso a un lugar seguro.
Y durante unos segundos permanecieron en silencio hasta que él habló.
—¿Sabes qué es lo peor?
Gabriela negó con la cabeza .
—Que tengo miedo de olvidarla.
Aquellas palabras le golpearon directamente el corazón porque entendía exactamente lo que significaban.
Pensó en Alejandro. Pensó en su voz. Pensó en sus gestos.
Pensó en el miedo absurdo que sentía algunas noches. El miedo de que el tiempo empezara a borrar detalles. El miedo de olvidar.
—No creo que ocurra, murmuró.
Vicente sonrió débilmente.
—Yo tampoco.
Y entonces comprendió algo.
No llevaba aquel colgante porque creyera que iba a olvidar.
Lo llevaba porque necesitaba sentir que una parte de aquella persona seguía caminando con él.
Como ella guardaba mensajes de Alejandro. Como conservaba fotografías. Como repetía algunas de sus frases sin darse cuenta.
Porque el amor tiene formas extrañas de resistirse a la ausencia.
Cuando salieron de la biblioteca aquella tarde, la lluvia había cesado.
Las calles estaban mojadas y el aire olía a tierra húmeda.
Mientras caminaban juntos hacia la salida, Gabriela tuvo una sensación nueva.
Ya no sentía curiosidad por la historia de Vicente. Sentía respeto.
Porque intuía que detrás de aquella tristeza existía una pérdida enorme y porque empezaba a comprender lo difícil que debía de haber sido cargar con ella solo durante tanto tiempo.
Sin saberlo, ambos estaban acercándose a una conversación que cambiaría su amistad para siempre.
La conversación en la que Vicente, por primera vez, pronunciaría el nombre que llevaba meses guardando en silencio.
Durante varios días ninguno volvió a mencionar el colgante. Ni la fotografía. Ni aquella persona sin nombre que parecía vivir en todos los silencios de Vicente.
Y, curiosamente, aquello hizo que la amistad creciera aún más .
Porque Gabriela no insistió. No preguntó. No intentó abrir puertas que él todavía no estaba preparado para abrir.
Y Vicente lo notó, lo notó más de lo que ella imaginaba.
A veces las personas creen que la confianza nace cuando alguien te cuenta un secreto pero no siempre es así.
A veces nace cuando descubres que alguien respetará tu silencio.
Aquella tarde de viernes habían terminado las clases antes de lo habitual.
El cielo estaba despejado por primera vez en semanas y Greta había desaparecido misteriosamente para ensayar una obra de teatro imposible que, según ella, revolucionaría la historia del arte, lo cual significaba que probablemente terminaría provocando algún pequeño desastre.
Gabriela y Vicente caminaron por la calle Ample hasta el Paseo Marítimo. Era un lugar que ambos habían empezado a frecuentar porque allí el ruido parecía quedarse lejos y porque el mar tenía una extraña capacidad para hacer que las conversaciones difíciles resultaran un poco más fáciles.
Durante varios minutos caminaron sin hablar. Observando las olas. Escuchando el viento. Simplemente caminando.
Hasta que Vicente se detuvo.
Entonces Gabriela lo supo antes incluso de que dijera una palabra.
Fue por la forma en que observaba el horizonte, por la tensión de sus hombros, por el silencio. Un silencio diferente. Más pesado, más vulnerable.
—Gabriela.
—¿Sí?
Vicente tardó unos segundos en responder.
—La persona de la fotografía…
El corazón de Gabriela se aceleró ligeramente pero permaneció en silencio esperando porque había aprendido que algunas historias necesitan espacio para salir y las prisas las rompen.
—se llamaba Lucía.
Aquella frase quedó suspendida entre ellos.
Lucía.
Por primera vez aquella ausencia tenía nombre .
Por primera vez dejaba de ser una sombra y se convertía en una persona real.
Vicente sonrió.
Una sonrisa llena de recuerdos.
—Era mi hermana pequeña.
Gabriela sintió un nudo en la garganta porque durante semanas había imaginado muchas posibilidades pero ninguna la había preparado para escuchar aquello.
—Tenía dos años menos que yo.
Miró el mar y durante unos segundos pareció regresar a otro tiempo, a otra vida.
—Era imposible estar enfadado con ella.
—¿Por qué?
Una pequeña risa escapó de Vicente.
—Porque nunca estaba callada.
Gabriela sonrió.
—Eso suena agotador.
—Lo era.
—Entonces la entiendo perfectamente.
—No.
Nadie la entendía.
La sonrisa permaneció unos segundos y después se volvió más suave.
Más triste pero también más hermosa porque ahora no estaba recordando la pérdida, estaba recordando la vida.
—Siempre entraba en mi habitación sin llamar.
—Monstruo.
—Absolutamente.
—Yo la habría denunciado.
—Yo lo intenté.
—¿Y?, se rio.
Aquello provocó una carcajada en ambos.
Y por primera vez desde que había empezado a hablar de ella, la tristeza retrocedió un poco, lo suficiente para dejar espacio a los recuerdos .
Vicente siguió hablando.
Le contó historias. Pequeñas historias.
Cómo le robaba camisetas. Cómo cambiaba de canción cuando él estaba escuchando música. Cómo era incapaz de guardar un secreto. Cómo llenaba cualquier habitación con su energía.
Y mientras lo escuchaba, Gabriela comprendió algo importante.
Lucía seguía allí. No físicamente pero seguía allí.
En las historias. En la forma en que Vicente pronunciaba su nombre.
En aquella sonrisa que aparecía cada vez que la recordaba.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Vicente guardó silencio. Un silencio largo. Doloroso.
Y cuando volvió a hablar, su voz sonó diferente, más frágil, más baja.
—A veces tengo miedo.
Gabriela lo observó.
—¿De qué?
Vicente tardó varios segundos en responder.
—De que llegue un día en que recuerde más su muerte que su vida.
Aquellas palabras la atravesaron porque entendió exactamente lo que quería decir.
Demasiado bien.