CAPÍTULO TRES #2
Durante un segundo creyó ver una sonrisa.
Muy pequeña, casi invisible.
Como si Vicente también fuera consciente de lo ridículo de la situación.
Entonces sonó el timbre de la siguiente clase.
—Nos vemos el jueves, dijo Gabriela.
—Nos vemos.
Y se marchó.
Sin prisas, sin mirar atrás. Con aquella forma extraña de caminar que tenía la gente que estaba acostumbrada a hacerlo sola.
Durante el resto del día Gabriela intentó concentrarse en otras cosas.
No lo consiguió.
Cada vez que pensaba en el proyecto terminaba pensando en Vicente.
Y cuanto más pensaba en él, más preguntas aparecían.
¿Era siempre tan callado?¿Tenía amigos?¿Por qué parecía tan triste?¿Y por qué tenía la sensación de que aquella tristeza era mucho más antigua que él?
Cuando terminaron las clases, Greta apareció junto a ella.
—¿Qué tal tu nuevo compañero?
—He hablado treinta segundos con él.
—¿Y?
—Creo que batiría récords mundiales de monosílabos.
Greta soltó una carcajada.
—Entonces es perfecto para ti.
—¿Qué significa eso?
—Que tú hablas suficiente para dos personas .
Gabriela le dio un pequeño empujón.
—Idiota.
—Ya me lo agradecerás cuando os caséis.
—Greta.
—Vale, vale.
Demasiado pronto.
Gabriela negó con la cabeza pero mientras caminaba hacia casa, recordó algo.
El instante en que sus miradas se habían cruzado aquella mañana.
Y después la forma en que Vicente había observado la lluvia.
Como si estuviera buscando algo. O esperando algo. O recordando algo.
No sabía cuál de las tres pero tenía la sensación de que detrás de aquel silencio existía una historia y que tarde o temprano acabaría descubriéndola sin saber que aquella historia iba a cambiar también la suya.
El jueves llegó más deprisa de lo que Gabriela esperaba.
Y también más despacio.
Porque cuanto más se acercaba la hora de reunirse con Vicente, más consciente era de una realidad bastante incómoda.
No tenía ni idea de cómo hablar con él.
Durante los días anteriores habían intercambiado algunas frases, nada importante. Un saludo. Algún comentario sobre una clase. Una observación rápida sobre el trabajo. Pero poco más.
Y aun así, cada vez que lo veía sentado junto a una ventana o caminando solo por el pasillo, la curiosidad regresaba.
Como una pregunta que se negaba a desaparecer.
La biblioteca estaba casi vacía cuando llegó. Las gotas de lluvia golpeaban suavemente los ventanales. Algunas mesas estaban ocupadas por estudiantes. Otras permanecían vacías.
Y en una de ellas estaba Vicente.
Por supuesto.
Había llegado antes. Mucho antes.
Tenía varios libros abiertos frente a él y escribía algo en una libreta negra. Parecía tan concentrado que Gabriela dudó unos segundos antes de acercarse. Finalmente dejó la mochila sobre la mesa .
—Hola.
Vicente levantó la vista.
—Hola.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Diez minutos.
—Eso es mucho tiempo.
—Llegaste cinco minutos antes.
Gabriela parpadeó.
—¿Lo has calculado?
—Sí.
—Eso es inquietante.
—Lo sé.
Por primera vez apareció una pequeña sonrisa. Y aquella sonrisa produjo un efecto extraño porque transformaba completamente su rostro.
Durante unos segundos dejaba de parecer triste y simplemente parecía un chico de su edad.
Comenzaron a trabajar.
Al principio resultó incómodo. No porque discutieran. Ni porque hubiera problemas sino porque ninguno sabía muy bien cómo comportarse.
Gabriela intentaba iniciar conversaciones. Vicente respondía pero nunca añadía demasiado.
—¿Siempre te gusta llegar tan pronto?
—Sí.
—¿Y siempre te sientas junto a las ventanas?
—Casi siempre.
—¿Por qué?
Vicente observó la lluvia.
—No lo sé.
Me gustan.
—Eso tampoco es una respuesta.
—Lo sé.
Gabriela soltó un suspiro exagerado.
—Eres desesperante .
—Lo intento.
Aquello la hizo reír.
Y, para su sorpresa, también a él.
Las siguientes dos horas fueron extrañas.
Porque cuanto más hablaban sobre literatura, menos silencioso parecía Vicente. Sus ideas eran inteligentes. Originales. A veces brillantes.
Relacionaba conceptos que nadie más veía. Encontraba significados ocultos en frases aparentemente simples. Y tenía una forma de analizar a los personajes que resultaba fascinante.
—No entiendo cómo puedes ser tan bueno hablando de personajes ficticios y tan malo hablando de personas reales, dijo Gabriela.
Vicente levantó la vista, pensó la respuesta y dijo:
—Los personajes ficticios no hacen preguntas incómodas.
Gabriela tuvo que admitir que era un argumento bastante sólido.
Poco a poco la conversación empezó a fluir.
No mucho. Pero lo suficiente. Hasta que ocurrió algo inesperado.
Vicente abrió la libreta negra para buscar una hoja y una fotografía cayó al suelo.
Los dos se agacharon al mismo tiempo pero Gabriela la vio antes de que él pudiera recogerla.
Solo un segundo, tal vez menos.
Era una fotografía antigua.
En ella aparecía Vicente.
Más joven. Sonriendo.
Y junto a él había una niña.
Los dos reían. Parecían felices. Extraordinariamente felices.
Y entonces la foto desapareció.
Vicente la guardó demasiado deprisa. Como si se acabara de descubrir un secreto.
El silencio llenó la mesa.
Gabriela sintió inmediatamente que había tocado algo importante.
Algo doloroso.
—Lo siento, dijo.
—No pasa nada, respondió él demasiado rápido.
Aquello confirmó exactamente lo contrario .
Durante varios segundos Vicente observó la libreta cerrada como si estuviera debatiéndose consigo mismo. Como si una parte de él quisiera hablar y otra quisiera salir corriendo.
—Era alguien importante, dijo.
Nada más, solo aquella frase pero el tono de su voz hizo que Gabriela sintiera un nudo en el estómago porque reconoció algo. No sabía exactamente qué pero lo reconoció.
La misma tristeza, la misma ausencia, la misma herida, la misma sensación que aparecía cada vez que alguien pronunciaba el nombre de Alejandro.
No preguntó nada más y aquello sorprendió a Vicente porque la mayoría de las personas habría seguido preguntando.
—Gracias, murmuró él.
Gabriela levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Por no insistir.
Ella sonrió.
—Todos tenemos cosas que todavía no sabemos contar.
Vicente permaneció inmóvil durante varios segundos.
Y por primera vez desde que se conocían, la observó de una forma diferente. No como a una compañera. No como a alguien con quien compartía un trabajo.
Como a una persona que entendía algo. Algo importante.
Cuando terminaron de estudiar y mientras caminaban hacia la salida, Gabriela tuvo una sensación extraña.
La sensación de que acababa de ver una pequeña grieta en el muro que Vicente llevaba semanas construyendo.
Una grieta mínima. Casi invisible. Pero suficiente para comprender algo. Vicente no estaba intentando mantener lejos a los demás. Estaba intentando proteger algo. O quizá protegerse de algo. Y por primera vez tuvo ganas de descubrir qué era, no por curiosidad sino porque empezaba a importarle.
Cuando salieron de la biblioteca seguía lloviendo .
No una tormenta. Ni siquiera una lluvia intensa. Solo aquella lluvia fina y constante que parecía haberse instalado en la ciudad desde el comienzo del curso.
Gabriela se colocó la mochila sobre un hombro y observó el cielo gris.
—Empiezo a pensar que el sol se ha mudado.
Vicente levantó la vista.
—Probablemente.
—¿Y eso es todo lo que tienes que decir?
—Sobre meteorología sí.
—Tu capacidad para mantener conversaciones sigue siendo preocupante.
—Estoy trabajando en ello.
Gabriela sonrió.
Y por alguna razón aquella respuesta la hizo feliz.
Porque unos días antes Vicente habría contestado con un simple encogimiento de hombros.
Era un cambio pequeño pero real.
Y ella empezaba a aprender que los cambios importantes casi siempre empezaban así.
Pequeños, silenciosos, casi invisibles.
Comenzaron a caminar.
Al principio ninguno dijo nada.
No porque fuera incómodo. Simplemente porque no era necesario.
La lluvia golpeaba suavemente el asfalto. Los coches pasaban despacio. La ciudad parecía moverse a otro ritmo.
Más lento. Más tranquilo.
—¿Siempre vuelves andando?, preguntó Vicente.
—Casi siempre.
¿Y tú?
—También.
—Eso explica por qué siempre llegas antes.
—No creo que tenga relación.
—Claro que la tiene.
Has desarrollado una obsesión enfermiza por la puntualidad .
—Y tú una preocupante afición a llegar tarde.
—No llego tarde, llego con personalidad.
Aquello arrancó una sonrisa. Pequeña pero auténtica.
Siguieron caminando unos metros más hasta que llegaron a un pequeño parque.
Las hojas mojadas cubrían parte de los caminos. Los bancos brillaban bajo la lluvia. Y por alguna razón el lugar parecía completamente vacío, como si perteneciera solo a ellos.
Fue entonces cuando Gabriela habló sin pensarlo demasiado.
—A mi padre le gustaban los días así.
La frase salió sola y en cuanto la pronunció sintió ese viejo miedo.
El miedo que aparecía cada vez que mencionaba a Alejandro.
Porque la mayoría de las personas no sabía qué hacer después.
Se producía un silencio, una incomodidad, una búsqueda desesperada de frases adecuadas.
Alejandro era mi padre y falleció el año pasado.
Lo siento. Qué pena. Debe de ser muy duro.
Esas son las frases que cualquiera le hubiera dicho y aunque todas eran ciertas, ninguna ayudaba.
Por eso la sorprendió la respuesta de Vicente.
—¿A tu padre le gustaban estos días por la lluvia?
Gabriela parpadeó.
—Sí.
—A mí también me gustan.
Aquello no era una respuesta de compromiso. No era una forma de cambiar de tema. Era una continuación de la conversación.
Y por primera vez desde la muerte de Alejandro, Gabriela sintió que alguien le permitía hablar de él sin convertirlo inmediatamente en una tragedia.
—Decía que los días de lluvia obligaban a la gente a pensar.
Vicente sonrió.
—Suena a algo que diría un profesor de filosofía.
—Era peor.
—¿Peor?
—Era de los que hacían preguntas durante la cena .
—Eso sí es grave.
Gabriela soltó una carcajada.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Comenzó a hablar.
De verdad.