Infinito Por Infinito CAPÍTULO TRES
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CAPÍTULO TRES

El chico de la ventana

Los inicios de curso deberían estar prohibidos.

Era una opinión que Gabriela defendía desde hacía años y aquel lunes no hizo nada para cambiarla.

Sonó el despertador, demasiado pronto, demasiado calor.

—Odio este día,  murmuró mientras se levantaba.

—El sentimiento es mutuo, respondió Laia por mensaje apenas unos segundos después.

Gabriela sonrió.

Aquello también estaba cambiando.

Antes tardaba horas en responder mensajes, a veces días.

Ahora volvía a hacerlo casi inmediatamente.

Pequeñas cosas.

Pero las recuperaciones importantes suelen empezar así, con pequeñas cosas.

Durante el trayecto al instituto intentó concentrarse en cómo sería su día.

Lo intentó de verdad pero su cerebro parecía tener otros planes.

El primer día de vuelta al instituto después de unas vacaciones siempre tiene algo extraño.

Parece un regreso pero nunca lo es del todo porque las personas vuelven con la misma mochila, los mismos libros, los mismos horarios y las mismas caras de sueño, pero nadie vuelve exactamente igual.

A veces el cambio es pequeño. Un corte de pelo. Un amor de verano. Una amistad que ya no funciona. Una discusión que nadie sabe cómo arreglar.

Y otras veces el cambio es tan grande que parece imposible que los demás no lo vean.

Gabriela lo sintió en cuanto cruzó la puerta del instituto .

Todo seguía allí. Las paredes claras. Los carteles torcidos. El ruido de los alumnos en el pasillo. Las taquillas cerrándose de golpe. Las voces, las risas, la vida. Sobre todo la vida.

Aquella vida ajena, ruidosa, normal, que seguía funcionando como si nada hubiera ocurrido.

Pero algo sí había ocurrido. Alejandro ya no estaba.

Y esa frase, incluso pensada en silencio, seguía pareciendo imposible.

Durante las vacaciones había aprendido que la muerte no ocupaba todo el tiempo de la misma manera.

A veces era un golpe, a veces era una niebla, a veces era una habitación vacía. Y a veces era simplemente una costumbre que ya no podía cumplirse.

No llamarlo, no escribirle, no escuchar su voz, no encontrarlo sentado en la cocina con una taza de café y una de aquellas preguntas que siempre parecían absurdas al principio y peligrosamente importantes después.

Gabriela avanzó por el pasillo intentando parecer normal.

Ese era su principal objetivo desde hacía semanas, parecer normal.

No bien, bien era demasiado. Parecer normal era suficiente.

Greta apareció por detrás y la abrazó con tanta fuerza que casi le hizo perder el equilibrio.

—Mira esa cara.

Gabriela sonrió apenas.

—¿Qué le pasa a mi cara?

—Parece que vienes a una ejecución pública.

—Es el primer día de clase.

—Buen punto.

Greta se colocó la mochila al hombro y empezó a caminar a su lado.

—Yo he decidido afrontar el trimestre con una actitud madura.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—¿Y eso qué significa?

—Que si suspendo matemáticas no lloraré delante del profesor .

Gabriela la miró.

—Muy maduro.

—Gracias. Estoy creciendo.

Aquello le arrancó una sonrisa de verdad.

Pequeña, breve, pero real.

Y durante un segundo Gabriela sintió culpa.

La culpa absurda de sonreír cuando alguien que querías ya no podía hacerlo. La culpa de seguir respirando. La culpa de que el mundo siguiera teniendo momentos ridículos incluso después de romperse.

Greta no dijo nada y Gabriela se lo agradeció.

Desde la muerte de Alejandro, Greta había aprendido algo que casi nadie sabía hacer: estar cerca sin invadir.

A veces bromeaba, a veces hablaba demasiado, a veces fingía que todo era normal.

Pero cuando veía que Gabriela necesitaba silencio, se lo daba y eso era más valioso que cualquier frase bonita.

El pasillo estaba lleno. Grupos que se reencontraban. Alumnos comentando las vacaciones, historias de playas, viajes, fiestas, familias, discusiones. Todo el mundo parecía traer algo que contar.

Gabriela, en cambio, sentía que no podía contar nada porque lo único que tenía dentro era demasiado grande.

Y demasiado triste.

Fue entonces cuando lo vio.

Estaba sentado al final del pasillo junto a una ventana.

Solo. Completamente solo.

Mientras todos los demás hablaban, gritaban o se abrazaban, él permanecía apartado, mirando la lluvia.

Porque había empezado a llover.

Una lluvia fina, casi invisible.

De esas que no parecen caer, sino quedarse suspendidas en el aire.

El chico no miraba el móvil. No leía. No hablaba con nadie.

Solo observaba la lluvia como si allí hubiera algo que los demás no podían ver.

—¿Quién es?, preguntó Gabriela.

Greta siguió su mirada .

—¿El chico nuevo?

—¿Es nuevo?

—Creo que sí. Lo vi antes en secretaría.

Gabriela volvió a mirarlo.

No era llamativo. No parecía intentar serlo.

Tenía el pelo oscuro, ojos grandes azules y una expresión difícil de describir.

No era timidez. No exactamente.

La timidez intenta esconderse.

Él no parecía esconderse, parecía estar lejos.

Como si su cuerpo hubiera llegado al instituto pero una parte importante de él se hubiera quedado en otro lugar.

—Parece triste —dijo Gabriela.

Greta lo observó con más atención.

—Parece que le deben dinero.

Gabriela soltó una carcajada.

—Greta!

—¿Qué? También puede ser una tristeza económica!

Gabriela sonrió, pero no apartó la mirada.

Había algo en aquel chico.

Algo que no sabía explicar.

Una especie de melancolía silenciosa, una tristeza que no pedía ayuda ni quería ser vista.

Y quizá por eso la vio.

Porque ella también estaba intentando hacer exactamente lo mismo.

En ese momento, el chico levantó la vista.

Sus ojos se cruzaron.

Solo un instante.

Quizá dos.

Pero fue suficiente para que Gabriela sintiera algo extraño. No una conexión. Todavía no. Más bien un reconocimiento.

Como si durante un segundo ambos hubieran visto en el otro una parte que los demás no estaban mirando .

Después él apartó la vista y volvió a observar la lluvia como si nada hubiera ocurrido, como si aquel segundo no hubiera existido.

Greta chasqueó los dedos delante de Gabriela.

—Tierra llamando a Gabriela.

—¿Qué?

—Que si vas a seguir mirando al chico triste igual conviene presentarse.

—No lo estaba mirando.

—Claro.

—Solo me ha llamado la atención.

—Eso dicen todas las novelas antes de complicarse.

Gabriela puso los ojos en blanco.

—Eres insoportable.

—Y aun así me quieres.

—Estoy revisando esa decisión.

El timbre sonó.

Los alumnos empezaron a moverse hacia las aulas.

Gabriela siguió caminando junto a Greta, pero antes de entrar en clase miró una última vez hacia la ventana.

El chico seguía allí. Solo. Quieto. Mirando la lluvia.

Y por alguna razón que todavía no entendía, Gabriela tuvo la sensación de que acababa de conocer a alguien importante.

No importante de una forma evidente.

No como esas personas que entran en una historia haciendo ruido.

Importante de otra manera.

Como algunas preguntas. Que al principio parecen pequeñas hasta que un día descubres que llevan mucho tiempo cambiándolo todo.

La primera hora transcurrió lentamente, demasiado lentamente.

Gabriela apenas escuchó la mitad de lo que dijeron los profesores.

Tomó apuntes, abrió libros, respondió alguna pregunta.

Incluso sonrió cuando Greta le pasó una nota donde había dibujado a un profesor transformado en una patata con gafas.

Pero una parte de ella seguía sintiéndose extraña. Como si hubiera regresado a un lugar que ya no terminaba de reconocer. Era una sensación que se había vuelto habitual desde la muerte de Alejandro .

La sensación de estar presente y ausente al mismo tiempo.

Como si la vida hubiera continuado avanzando mientras ella se quedaba quieta unos metros más atrás.

Cuando comenzó la tercera clase apareció la profesora de literatura.

Aquello nunca era una buena noticia.

Especialmente cuando sonreía.

Y estaba sonriendo.

—Buenos días.

Los alumnos respondieron con desigual entusiasmo.

La profesora pareció encantada.

—Veo que estáis llenos de energía.

—Nos esforzamos por ocultarla, murmuró Greta.

La clase soltó algunas risas.

Después de presentarse especialmente a los alumnos nuevos que no la conocían y exponer sus mejores intenciones para el curso, les propuso que como medida para romper el hielo entre los compañeros de la clase les encargaría realizar un proyecto en parejas.

Greta dejó caer la cabeza sobre la mesa.

—Ya está.

Estamos muertos.

—Todavía no he explicado el trabajo.

—No hace falta.

Es por parejas.

Ya estamos condenados.

Más risas.

La profesora comenzó a leer nombres.

Gabriela escuchaba distraída hasta que oyó el suyo.

—Gabriela Sanz.

Levantó la vista.

—Y Vicente Álvarez.

Durante un instante se quedó inmóvil.

Vicente.

Así que ese era su nombre.

Instintivamente miró hacia el fondo del aula.

Y lo encontró .

El chico de la ventana, el chico de la lluvia,  el chico triste.

Vicente levantó la vista y sus ojos se cruzaron durante un segundo.

Después hizo un pequeño gesto con la cabeza, una especie de saludo silencioso  y volvió a mirar sus apuntes.

Eso fue todo.

Greta se inclinó hacia ella.

—Te ha tocado el fantasma.

—No es un fantasma.

—¿Estás segura?

Porque todavía no le he oído decir una frase completa.

Gabriela sonrió.

En el fondo sentía curiosidad. Una curiosidad creciente.

La profesora continuó explicando el proyecto.

Había que preparar una presentación sobre una obra literaria, buscar información, analizar personajes, exponer conclusiones.

Nada especialmente emocionante.

Pero sí lo suficiente para obligarles a pasar tiempo juntos.

Cuando sonó el timbre, Gabriela tardó varios minutos en reunir valor para acercarse. No porque estuviera nerviosa o al menos eso quería creer. Simplemente no sabía cómo iniciar una conversación con alguien que parecía tan decidido a evitar todas las conversaciones del mundo.

Finalmente lo encontró guardando libros en su mochila.

—Hola.

Vicente levantó la vista.

—Hola.

Su voz era tranquila, más grave de lo que esperaba.

—Parece que nos ha tocado trabajar juntos.

—Sí.

Silencio.

Un silencio enorme, incómodo, larguísimo.

Gabriela decidió continuar.

—Podríamos quedar un día de estos para empezar.

—Vale.

—¿Te viene bien el jueves ?

—Sí.

—Perfecto.

—Perfecto.

Gabriela parpadeó.

Aquello era oficialmente la conversación más corta de la historia.

—Bueno...

—Bueno...