CAPÍTULO DOS #3
No era una sonrisa perfecta, ni ensayada, ni especialmente espectacular, era sincera.
Y precisamente por eso resultaba tan difícil apartar la vista.
—No pasa nada.
Durante unos segundos ambos permanecieron allí sujetando el mismo libro y de repente Gabriela se sintió ridícula porque era un desconocido. Nada más.
Finalmente él soltó el libro.
—Le toca.
—Gracias.
—Aunque sinceramente creo que la culpa sigue siendo mía.
—Lo discutiremos ante un tribunal.
Él soltó una pequeña carcajada y Gabriela sintió algo extraño, algo que no había sentido en mucho tiempo.
Sintió paz.
Como si durante unos segundos hubiera olvidado cargar con todo lo demás.
—Acepto el juicio.
—Perfecto.
—Pero necesito un abogado.
—Eso complica las cosas .
—Mucho.
Volvieron a sonreír y entonces alguien lo llamó desde el otro extremo de la sala.
—¡Abel!
Gabriela no sabía que aquel nombre acabaría siendo importante pero lo recordó porque había en aquella persona algo que resultaba difícil de olvidar.
Él levantó una mano indicando que ya iba.
Después volvió a mirar a Gabriela.
—Ha sido un placer casi atropellarte.
—Igualmente.
—Intenta no provocar más accidentes literarios.
—Lo intentaré.
—No pareces muy convincente.
Y volvió a sonreír.
Después se alejó entre la multitud.
Sin dramatismo. Sin música. Sin grandes revelaciones.
Simplemente desapareció entre la gente.
Y, sin embargo, Gabriela continuó observando durante unos segundos el lugar por donde se había marchado.
—¿Quién era?, preguntó Laia inmediatamente.
—Nadie.
—Mentira.
—Laia.
—Te conozco.
Greta también sonreía lo que hizo que Gabriela se sintiera todavía más ridícula porque tenían razón.
No era nadie.
Y aun así....por alguna razón seguía pensando en aquel divertido episodio.
Como esas canciones que no impresionan la primera vez que las escuchas pero que se quedan contigo mucho después de que la música termine.
La firma con Ibai terminó siendo mucho menos importante de lo que Gabriela había imaginado .
Y mucho más importante para Laia.
Muchísimo más importante para Laia.
—No puedo creer que me haya hablado.
—Te ha dicho "hola".
—Exacto.
—Eso no es una conversación.
—Para ti no.
Para mí sí.
Gabriela terminó riéndose.
La tarde continuó entre puestos de libros, charlas improvisadas y grupos de lectores que discutían apasionadamente sobre historias y personajes.
Era extraño.
Llevaba meses sintiendo que el mundo se había detenido y aquel lugar parecía demostrar exactamente lo contrario.
Miles de personas, de vidas, de historias avanzando al mismo tiempo.
Por primera vez en mucho tiempo tuvo la sensación de volver a formar parte de algo.
No de un duelo, no de una tragedia. Del mundo.
Cuando comenzó a anochecer decidieron volver a la estación.
Las calles de Barcelona estaban llenas, las luces empezaban a encenderse, los escaparates reflejaban el movimiento constante de la gente y Laia seguía hablando.
Nadie sabía exactamente de dónde sacaba tanta energía.
—Y entonces Ibai me miró.
—No te miró.
—Greta.
—Estoy ayudando.
—No ayudas.
—Ayudo muchísimo.
Gabriela caminaba entre las dos escuchándolas discutir, sonriendo.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Vio al desconocido de la cola de libros nuevamente apenas unos metros más adelante cruzando una calle .
Solo durante unos segundos.
Ni siquiera estaba mirando hacia ellas pues iba hablando con otro chico, gesticulando y riéndose de algo.
Una escena completamente normal.
Y sin embargo Gabriela lo reconoció inmediatamente lo que le resultó extraño porque apenas habían hablado un minuto.
Un minuto.
Y aun así lo había identificado entre cientos de personas.
Antes de que pudiera pensarlo demasiado, el semáforo cambió, la multitud avanzó y desapareció nuevamente como si la ciudad se lo hubiera tragado.
—¿Qué pasa?, preguntó Greta.
—Nada.
—Mentira.
—¿Por qué todo el mundo dice que miento?
—Porque eres muy mala mintiendo.
Gabriela negó con la cabeza pero no respondió porque ni siquiera sabía qué habría respondido.
No era nada, de verdad, sólo un señor con el que me he chocado en la cola y con el que ahora hemos vuelto a coincidir.
Un desconocido nada más.
Aquella noche llegó a casa más cansada de lo habitual pero era un cansancio diferente.
No el agotamiento pesado que la había acompañado durante meses.
Era un cansancio agradable.
Como después de un viaje o de un día especialmente largo.
Arantxa estaba leyendo en el sofá.
—¿Qué tal?
Gabriela dejó la cartera sobre una silla.
—Bien.
Su madre levantó una ceja.
—¿Solo bien?
Gabriela se quedó pensando y entonces sonrió.
—No .
Creo que mejor que bien.
Aquella respuesta sorprendió a ambas porque era sincera.
Completamente sincera.
Y hacía muchísimo tiempo que no podía decir algo así.
Aquella noche tardó mucho menos en dormirse.
Y por primera vez desde la muerte de Alejandro no soñó con hospitales, no soñó con despedidas, no soñó con miedo.
Soñó con una estación llena de gente. Con libros. Con risas.
Lo que no sabía era que el destino suele divertirse mucho con las personas que intentan olvidar algo demasiado pronto…